ÚLTIMA CENA, INICIO DE LA VIDA NUEVA

ÚLTIMA CENA, INICIO DE LA VIDA NUEVA

“Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fué entregado, tomó pan”

(1 Corintios 11:23).

La mayoría de los pueblos, tiene una narración con la que cuenta la historia de su fundación. Roma contaba la historia de Rómulo y Remo alimentados por una loba. Los aztecas contaban la leyenda de cómo, sus deidades los guiaron hasta encontrar el águila devorando una serpiente apoyada sobre un nopal, en medio de un lago, lugar en el que fundarían su gran ciudad. El México moderno contará la historia de su independencia y pondrá especial interés en el momento conocido como «el grito», evento que se recordará año con año como «símbolo» de la emancipación y del nacimiento de La Nación.

La Pascua fue para los israelitas la historia de su fundación, no surgieron como nación a partir de que ocuparon el territorio prometido, sino a partir de su liberación en Egipto. Desde entonces, cada año, se recordó en Israel aquel evento, no solo por ser un mandamiento de Dios sino por ser tan importante para su historia y significativo para su vida. De esclavos a libres, de no ser pueblo a ser pueblo elegido por Dios, de vivir oprimidos a formar una sociedad justa, de ser propiedad de otros a tener su propiedad, de estar lejos de Dios a tenerlo como tesoro más preciado, cercano y compañero de jornadas.

La ceremonia, permaneció con aquellos símbolos que recordaban los actos extraordinarios de Dios y las bendiciones recibidas, incluso; con el paso del tiempo, se añadieron elementos como las oraciones, los himnos y la bendición de la copa. Sin lugar a dudas, para el pueblo de Israel, la Pascua es la celebración más importante, pues en ella están contenidos los símbolos de la fe, de la explicación de su origen como pueblo y de sus más altos valores.

Para cada pueblo, contar su historia fundante no representa solo el saber acerca de su origen, el dato histórico de hecho es lo menos importante, lo que más interesa son los valores que se desprenden de su historia, por eso, la narración y sus símbolos tienen un gran peso, pues llegan a determinar la cosmovisión, la forma de ser y de pensar de quienes se ven identificados con ella, en consecuencia sirve para dar forma a sus estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas. En el relato de fundación se justifican las acciones, las decisiones y los derroteros que se eligen en el desarrollo histórico de cada pueblo.

El nuevo pueblo de Dios: la Iglesia, no es la excepción. También contamos con una historia en la que explicamos nuestro origen y todo lo que ello comprende. Para nosotros, no es el relato de Pentecostés (Hechos 2), sino el Evangelio, y este está representado en el relato de la Cena del Señor. Desde el inicio de la Iglesia, reunirse a participar de la Mesa del Señor, mediante los emblemas del pan y del vino, ha sido el evento más importante entre las celebraciones que la comunidad tiene. El inicio de nuestro pueblo está determinado por la entrega de Jesús como cordero perfecto. Esa narración, con la profundidad de sus símbolos, son determinantes para la vida de la Iglesia y no se pueden tomar a la ligera ni confundir o diluir con otros, pues al hacerlo también se puede demeritar su contenido y fuerza.

Si bien, es cierto que la Cena del Señor se instituyó en el marco de la celebración de la Pascua judía, no es equivalente. Es decir, la Cena del Señor no es para los cristianos lo que la cena de Pascua (Séder) para los judíos. Sin embargo, hay quienes pueden confundir ambos eventos y ponerlos en la misma dimensión. Esto, quizá se deba al hecho de que el apóstol Pablo menciona a Cristo como «nuestra pascua» y a que ambos eventos coinciden en el tiempo. Será importante entonces señalar algunas diferencias, aunque necesitamos comenzar con sus «similitudes».

La primera similitud que salta a la vista es la fecha. Dentro de la gran celebración de pascua, que duraba siete días y se componía de dos eventos, el primero, era la cena de Pascua conocida como Séder, que se comía en la tarde, al final del día 14 del primer mes (Nisán), después de que se sacrificaba a los corderos (Éxodo 12:6). Con esta cena, comenzaba la celebración de los panes sin levadura o los ázimos (matzá/mazzot) que comenzaba en la tarde que da inicio al día 15, la cual duraba siete días (Éxodo 12:14-20). El Maestro no instituyó la Cena en la fecha que corresponde al Séder, sino que «se adelantó» (Juan 13:1) y la tomó al inicio del día 14. Juan 18:28 indica que la mañana en la que el Señor fue juzgado, precedía a la Cena pascual, por lo tanto, aunque la Cena del Señor y la Pascua (Séder) se comen el día 14 de nisán, la primera se realiza al inicio y la segunda al final, y esto tiene un propósito que más adelante comentaremos.

La segunda similitud es la referencia a la palabra Pascua. La palabra Pesaj (Pascua), hace referencia a un brinco, a un salto, al movimiento que hace un cojo al caminar. Es muy probable que esta expresión refiera a la acción de Dios al pasar aquella noche y «saltarse» las casas que tenían la señal en el marco de la puerta. En 1 Corintios 5:7, Pablo menciona que Cristo es nuestra pascua, en este contexto, no se refiere a la fiesta sino a la acción mediante la cual, por medio de su sangre somos libres de la muerte. Aquí, la palabra pascua se utiliza de la misma forma que la levadura, como símbolos de la experiencia cristiana, con la primera se refiere a la experiencia de haber sido liberados de la muerte y la segunda acerca de la pureza moral a la que los creyentes somos llamados.

La tercera similitud es el uso de pan ázimo. El maestro tomó el pan que era parte del Séder (aunque no era la fecha) e hizo el rito como era costumbre, sin embargo, introdujo una explicación diferente a la tradicional, con ello, rompe el significado original y le da un nuevo sentido. Para los Israelitas, el ázimo significaba la prisa con la que tuvieron que salir de Egipto, representaba que la acción liberadora de Dios dio lugar a una salida rápida, sin previsiones (Éxodo 12:34, 39). Jesús por su parte dijo: este es mi cuerpo que por vosotros es entregado (Lucas 22:19). En otros textos del Nuevo Testamento, la levadura tiene una interpretación diferente.

Hemos visto que las similitudes solo son aparentes, es decir, aunque el mismo símbolo está presente, su significado es muy diferente. Completaremos el conjunto de diferencias atendiendo a los elementos distintivos de la Cena del Señor.

La presencia de los doce. La Cena pascual se realizaba regularmente entre familiares, por supuesto había excepciones, sin embargo, en el caso de la Cena del Señor es claro que la presencia de los discípulos no fue accidental, estaba determinada por el propósito de Jesús. En los doce se representa a un Nuevo Pueblo, con ellos se fundará la Iglesia, ellos son, las primicias del Reino de Dios que ha llegado (Apocalipsis 21:14). El número doce representa elección y no es casualidad que sea el mismo número de los patriarcas de Israel que dieron origen a las tribus que conformarían el Pueblo de Dios.  Estos doce fueron llamados, Jesús los eligió, están sentados a la mesa por la gracia de Dios, son lo vil del mundo y lo menospreciado (1 Corintios 1:28), aún el que entregaría al Maestro está allí, símbolo de la inclusión, y los otros le abandonarán, pero serán redimidos. En aquella mesa estaba presente la gracia, la aceptación, el perdón, la justificación, la redención y el amor de Dios vertidos sobre doce discípulos que nos representan a nosotros: la Nueva Humanidad.

El vino. Este no era parte de la cena de pascua que se relata en el libro del Éxodo, se incorporó después como copa de bendición (en realidad eran cuatro). Para los hebreos, el vino representa la alegría de los hombres (Jueces 9:13), se incorporó a la ceremonia como símbolo que expresa alegría, lo opuesto a las hierbas amargas, que les recordaban la condición de esclavitud y los sufrimientos. Jesús utiliza una copa e introduce la frase: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada (Marcos 14:24). Aquí, Jesús da otro giro, completamente novedoso e inesperado al ceremonial, porque carga con un significado incomparable al acto de participar de la copa, es Su sangre y es un Nuevo Pacto.

La consigna de Jesús: haced esto en memoria de mí (Lucas 22:19, 1 Corintios 11:24, 25).  Otro elemento diferente es la encomienda del Maestro, claramente está diciendo que esto es algo nuevo y diferente a la Pascua, está instituyendo. Normalmente cabe la pregunta acerca de las interrogantes que podrían suscitarse en la mente de los discípulos, ya que la instrucción para ellos era la de preparar la Pascua (Lucas 22:13), sin embargo; todas estas diferencias: adelantarse, dar significado nuevo al pan y al vino, hablar de su cuerpo partido, de su sangre derramada y del establecimiento de un Nuevo Pacto, no concordaban con la tradición, era de esperarse que Jesús les dejara claro que estaba estableciendo un Nuevo Memorial, pues se estaba dando origen a algo completamente novedoso. Así que no hubo preguntas, aunque la comprensión vendría después.

¿Y el cordero? Es evidente que Jesús no tomó la «pascua de los Judíos» con sus discípulos, dentro del memorial está completamente ausente el cordero. En esto es necesario detenerse porque Jesús dejó muy claro que iba a morir, que su cuerpo iba a ser partido y su sangre derramada, Él iba a ser el cordero sacrificado. Por ello, es importante resaltar que el día 14, fecha en que murió Jesús, a la hora de la tarde, en medio del proceso de su crucifixión, de manera simultánea, estaban siendo sacrificados muchos corderos como parte de la preparación para la cena pascual. Jesús murió como cordero, su muerte estaba terminando con aquella tradición, un justo estaba siendo víctima de la injusticia, el inocente Cordero de Dios se estaba entregando, eso sería el colmo de la maldad humana y al mismo tiempo el culmen de la gracia divina. En la última cena de Jesús no hubo cordero ni lo habrá después, porque Jesús murió y con su entrega terminó con los sacrificios, pues el suyo, vale una vez y para siempre (Hebreos 9:26; 10:12-14).

Aquella última Cena, narra el inicio de la Vida Nueva, el origen de nuestro Pueblo. En ella están contenidos los símbolos únicos e inigualables que relatan y dan fe del porqué, este Nuevo Pueblo puede ser la luz, la esperanza y el modelo para crear una nueva humanidad.  Nuestros símbolos sagrados, no hayan comparación en ninguna cultura, en ningún acontecimiento histórico, aún la Pascua hebrea, con todo y que fue instituida por Dios, queda como una sombra ante la grandeza de la gloria manifestada en la cruz del calvario. Vivamos nuestra celebración, nuestra pascua, conscientes de los valores, las expectativas, los desafíos y las bondades que están representadas en los símbolos que nos unen a la experiencia de la salvación, de la Nueva Creación, del Nuevo Pacto, del Nuevo Pueblo de Dios, de la Nueva Humanidad y de la Nueva Creación, hasta que lleguemos al banquete celestial, a la cena en la que El Cordero estará presente para unirse con su Novia.

Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.

Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios (Apocalipsis 19:9).

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UNA IGLESIA PRECIOSA

UNA IGLESIA PRECIOSA

Demos gracias a Dios porque nos permite pertenecer a esta familia hermosa llamada: Iglesia de Dios (7° día) A.R. sin duda, es una Iglesia preciosa, como muchas veces lo cantamos: «Hay una Iglesia preciosa, esta es la Iglesia de Dios».

En esta Iglesia el Señor nos ha permitido tener una familia, amigos, hermanos en la fe, pero sobre todo hemos encontrado el gozo de la Salvación que es en Cristo Jesús. En esta Iglesia hemos aprendido acerca de las promesas de Dios para nuestras vidas, hemos escuchado su palabra muchas veces, «Palabra fiel y digna de ser recibida», hemos encontrado que nuestro Fundamento Doctrinal es sólidamente Bíblico y Cristo-céntrico, es una Iglesia que busca la verdad y privilegia guardar los mandamientos de Dios.

La Biblia es nuestra única norma de Fe que contiene la voluntad y Palabra de Dios, la Biblia es un tesoro y un testimonio para nosotros, testimonio que ha sido escrito para nuestra enseñanza. Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió a fin de que por medio de la paciencia y el consuelo de las Escrituras tengamos esperanza (Romanos 15:4).

Es una Iglesia bien estructurada con un sistema funcional que continuamente se adecua a las necesidades y demandas de nuestra Asociación Religiosa, los líderes que ocupan los cargos y puestos administrativos son elegidos democráticamente y creemos que Dios es Él que pone a cada uno en el ministerio para el cuál lo quiere usar, pues la Iglesia es de Dios y los líderes, pastores y administradores únicamente somos instrumentos en las manos del Redentor.

Las más de 800 comunidades de Fe, que hay en el país, trabajan desde una misma Visión y Misión, nuestra Iglesia cuenta con un Plan Rector que marca las líneas de trabajo para todas las congregaciones y promueve la unidad en medio de la diversidad, buscando cumplir con la misión encomendada por el Señor Jesucristo en el Evangelio: Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén(Mateo 28:19-20).

Al ser una Iglesia que abarca todos los estados del territorio Nacional, cada comunidad de fe tiene sus propias características, necesidades y formas de ser y de accionar, cada congregación tiene sus rasgos característicos propios del lugar en donde está establecida. En este sentido cada congregación es diferente y singular, sin embargo, como Iglesia de Dios (7° día) hay algo que nos une y que nos identifica como comunidad.

El común denominador de todas las congregaciones locales que nos une es: «La fe, la esperanza y el amor» el apóstol Pable escribe: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor (1 Corintios 13:13).

A estas cualidades se les conoce como «virtudes teologales», es decir; son las virtudes que nos conectan con Dios, que nos vinculan con el Padre, son virtudes con las que el ser humano puede accionar y son dadas por Dios.

Como Iglesia nos une la fe en Dios y en Jesús su amado hijo, nos une la la esperanza en Dios, la esperanza en la resurrección, la esperanza en el regreso de Cristo Jesús por su pueblo, y sobre todo nos une el amor a Dios y a Jesús, el amor como hermanos unos a otros, el amor al prójimo.

La fe, la esperanza y el amor son las virtudes que nos hacen tener un mismo sentir, y también al aceptar a Jesús y reconocerle como nuestro Señor y Salvador nos hace participes para estar en su Mesa. Es una bendición y un privilegio pertenecer a la Iglesia de Dios y poder compartir la Mesa con nuestro Señor Jesús y en comunión con los hermanos.

Como Iglesia estamos llamados a ser una Iglesia santa y consagrada a Dios, también a ser una Iglesia unida, la santidad y la unidad son virtudes de la Iglesia que Dios anhela, Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie vera al Señor (Hebreos 12:14). Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía Es como el buen óleo sobre la cabeza, el cual desciende sobre la barba, la barba de Aarón, y baja hasta el borde de sus vestiduras; como el rocío de Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición, y vida eterna (Salmos 133).

Cuando una Iglesia es unida y busca la paz, cuando una Iglesia es santa y consagrada a Dios nada ni nadie la puede destruir, porque la Iglesia es un proyecto divino, no humano, la Iglesia nace en el corazón de Dios. Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella (Efesios 5:25), procuremos que al llegar a la Mesa del Señor lleguemos en paz con nuestro prójimo, máxime con nuestros hermanos en la fe, con nuestra familia.

Continuemos construyendo la Iglesia que Dios quiere que seamos, pon tus dones y talentos al Servicio de Dios, para hacer de esta Iglesia, cada día, una mejor Iglesia: A fin de presentársela a sí mismo, una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha (Efesios 5:27). Esforcémonos por ser la Iglesia que Dios espera que seamos, busquemos todo lo bueno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, dejemos a un lado la indiferencia, la apatía, la murmuración que para nada edifica, sólo destruye y daña a nuestras congregaciones, seamos una luz en medio de un mundo que vive lleno de malas noticias, que la Iglesia sea portadora de buenas noticias, sea el heraldo del Reino de Dios aquí en la tierra, y que sólo piense y actué en todo lo que sea de buen nombre, en lo que tiene virtud y en lo que es digno de alabanza.

Preparemos nuestros corazones para estar en la Mesa del Rey una vez más, procuremos la unidad, el apoyo mutuo, el servicio cristiano, cuidemos de los más pequeños, fomentemos el gozo, la alegría de vivir vidas consagradas para Dios Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca (Hebreos 10:24-25), promovamos relaciones fraternas, vínculos de hermandad y unidad, busquemos ser una Iglesia saludable.

Mantengamos y promovamos la unidad en la Iglesia para que el mundo crea que Jesús es el Cristo, el hijo del Dios viviente. Cumplamos el deseo de Jesús de ser UNO: Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste (Juan 17:21). Si así lo hacemos, la Iglesia se edificará, fortalecerá y continuará cumpliendo su razón de Ser, el Señor nos bendecirá, y con gozo podremos proclamar y cantar:

«Oh ven, ven, ven,

Ven a la Iglesia de Dios

Donde podrás descansar

Otro sitio tal vez nunca encuentres

Cual la Iglesia de Dios sin igual».

Nuestra Iglesia es:

a) Una Iglesia que tiene su fundamento de fe basado en la Biblia

b) Una Iglesia que guarda los principios bíblicos y cristianos

c) Una Iglesia que privilegia guardar lo mandamientos divinos

d) Una Iglesia que promueve el ministerio de todos los creyentes

e) Una Iglesia que predica fielmente la Palabra de Dios

f) Una Iglesia que Sirve

g) Una Iglesia que Adora

h) Una Iglesia que Edifica

i) Una Iglesia que Evangeliza

j) Una Iglesia que vive en comunión

En suma, una Iglesia que cumple su misión, una Iglesia en acción.

Sigamos preparándonos para ser la Iglesia que Dios espera encontrar cuando venga y cuando cara a cara podremos verle y participaremos juntamente con Él en su Mesa.

Y oí como la voz de una gran multitud, como el estruendo de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso Reina! Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa (la Iglesia) se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos (Apocalipsis 19:6-8).

Y el Espíritu y la Esposa dicen: «Ven, Señor Jesús».

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UNO QUE SE OFRECE POR TODOS

UNO QUE SE OFRECE POR TODOS

El mandamiento de Jesucristo de celebrar el acto de comer el pan y beber el vino tiene una profunda trascendencia. Mucho más allá de lo que alcanzamos a ver, en su origen mantiene un significado que jamás deberá cambiar con el paso de los años. Vale la pena que intentemos recuperar el sentido de las expresiones y descubrir no una frase, sino una presencia y unidad dados por el acto sublime de la Cena del Señor.

La frase pronunciada al distribuir el Pan partido: Esto es mi Cuerpo (Marcos 14:22) significa: «Esto soy yo mismo; con este pan me doy a mí mismo». Según esto, si Jesús interpreta la acción de distribuirles el Pan partido (una acción con significado) con las palabras: «Esto soy yo», esta frase quiere decir que: al recibir los discípulos el pan, participan de la auto entrega de Jesús. Y la frase de la copa: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada (Marcos 14:24b), derramar la sangre se usa cuando se habla de la muerte violenta y de entregar la vida. En otras palabras equivaldría a: «Esta es mi muerte por la multitud», que interpreta la muerte de Jesús como expiatoria y ofrecida en nombre y representación de la muchedumbre; o sea, «uno que se ofrece por todos».

Al distribuir el pan partido y al pasar el vino, la realidad significada por las palabras indica que los discípulos participan de la entrega que Jesús hace de su propia vida por los demás. Debemos agregar a esto la perspectiva profética (Marcos 14:25), que coloca a la Cena del Señor en un horizonte del futuro: Jesús introduce a sus discípulos ya ahora en la venida del Reino de Dios.

«La última Cena es la última de las comunidades de mesa que Jesús tiene con sus discípulos; y, al igual que todas estas comunidades, fue un anticipo de su pleno cumplimiento en el Reino de Dios. Aquí y ahora los hijos Pródigos pueden ya sentarse a la mesa del Padre. A la vez, es un ruego para que lleve a cabo la consumación de su Reino» (Joachim Jeremías).

En 1 Corintios 11:28, tomar la Cena o dejar de hacerlo es una responsabilidad personal; cuando participamos cada uno de nosotros nos sometemos a la acción salvífica de Dios o a su juicio. La invitación a participar de la mesa nos pone de nuevo frente a esta decisión.

Participamos de los emblemas en comunidad y no individualmente. Nuestra vida en la Iglesia es confirmada en la Cena. No podemos evadir las disensiones que tuviéremos con nuestros hermanos. No debemos dividir el Cuerpo de Cristo. Él, como padre de la familia reparte a todos sus hijos.

La Cena del Señor tiene a lo largo del Nuevo Testamento un carácter festivo. Vivamos con alegría y reverencia de la prenda que Él ha dejado. En medio de este mundo sin esperanza, en un tiempo de tormentas, el ser cristiano se alza triunfante viviendo y amando la eternidad del Reino de Dios.

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PAN Y VINO: SÍMBOLOS DE AMOR Y DESAFÍO

PAN Y VINO: SÍMBOLOS DE AMOR Y DESAFÍO

El 4 de abril de éste año, se cumplen cuarenta y ocho años del asesinato de Martin Luther King, quien fuera un pastor evangélico estadounidense. Estuvo al frente de un movimiento que buscaba el reconocimiento de los derechos civiles para los afroamericanos. Participó como activista en numerosas protestas contra la Guerra del Vietnam y la pobreza en general. Organizó y llevó a cabo diversas actividades pacíficas reclamando: 1) El derecho al voto, 2) La no discriminación y 3) otros derechos civiles básicos para la gente de color en Estados Unidos.

El 28 de agosto de 1963, en Washington, durante la «Marcha por el trabajo y la libertad», en un momento considerado como definitorio en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, ante más de 250,000 personas, en lo que constituyó la manifestación más grande que haya tenido lugar en la capital estadounidense, pronunció el discurso «Yo tengo un sueño» (considerado de los mejores de la historia por su retórica). En éste, habló poderosa y elocuentemente sobre su deseo de un futuro en el cual, la gente de raza negra y blanca, pudiesen coexistir armoniosamente y como iguales. He aquí un fragmento: «¡Yo tengo un sueño hoy!, que un día… pequeños niños negros y pequeñas niñas negras serán capaces de unir sus manos con pequeños niños blancos y niñas blancas, como hermanos y hermanas».

Martin Luther King murió asesinado de un disparo el 4 de Abril de 1968, a los 39 años de edad. El 30 de marzo de ese año, King fue a Memphis (Tennessee) para apoyar a los empleados afroamericanos de obras públicas sanitarias, que habían estado en huelga desde el 12 de marzo para pedir salarios más altos y mejor trato. El 3 de abril, King volvió a Memphis, pues participaría en una reunión. Se alojó en la habitación 306 de un hotel. El 4 de abril, a las 18:01, mientras estaba asomado al balcón, una persona de raza blanca, racista, le disparó. La bala entró por su mejilla derecha, le rompió la mandíbula y pasó por la médula espinal antes de alojarse en su hombro. Sus últimas palabras en el balcón fueron para el músico Ben Branch, que debía actuar esa noche en el evento al que asistiría King: -Ben, asegúrate de que cantes: «Toma mi mano, precioso Señor» en la reunión de ésta noche. Cántalo muy real-.

Durante el funeral, a petición de su viuda, se reprodujo el último sermón de King, en la Iglesia Bautista de Eben Ezer. Era una grabación de su famosa predicación «Drum Major» (Tambor Mayor), en base a Marcos 10, realizado el 4 de febrero de 1968. En aquel sermón, King pedía que en su entierro no se hiciera ninguna mención a sus premios y honores, sino que se dijera que él trató de «alimentar al hambriento», «vestir al desnudo», «ser justo sobre la cuestión de la guerra» y «amar y servir a la humanidad». Por la petición de King, su buen amigo Mahalia Jackson cantó su himno favorito «Toma mi mano, precioso Señor» en el funeral.

La vida de este hombre, es un buen ejemplo de cómo vivir lo que representa la Cena del Señor, todos los días. Tal vivencia, es más que sólo mantenerse en comunión con los demás. Implica una entrega hasta el final, por amor, como lo hizo Jesús. La Cena del Señor, representa el modo de ser que pasa de Jesús a sus seguidores y, por el testimonio de éstos, tiende a irradiarse en la sociedad y en el mundo.

Los Evangelios y el apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios, hacen referencia a éste acto tan central e importante para la fe cristiana. Evento que tiene como emblemas centrales, el pan, que representa al cuerpo de Jesús, y al vino, que simboliza su sangre.

El Pan

También tomó pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí(Lucas 22:19, NVI).

El sentido inmediato del pan es el de alimento, y como tal, indispensable para la vida. Es el que sustenta, el que sacia el hambre, el que da fuerza y vigoriza. Es Jesús, en ese sentido, el pan que nos sostiene, alienta y fortalece; es alimento y sostén espiritual para el pueblo de Dios que camina en la historia.

El pan era símbolo de la Ley, al tomarlo Jesús como emblema, significa también que, Jesús, en su persona y obra, resume el código de la alianza antigua. En otras palabras, la norma de vida para el discípulo es Jesús mismo, su vida y su actividad.

Jesús dice que el pan es símbolo de su cuerpo. El «cuerpo», en la mente hebrea, representa la manera en que una persona está presente en el mundo; a la forma como ésta vive, y por tanto, al impacto que su manera de vivir genera en la historia. De esta forma, las opciones de Jesús transformadas en actos son «cuerpo»; los gestos con los que comunica sus sentimientos son «cuerpo»; sus pensamientos exteriorizados en palabras son «cuerpo».

Jesús, invita a los discípulos a comer el pan. El acto de comer o masticar, adquiere, en el testimonio bíblico, un carácter simbólico. Es más que sólo consumir alimento. El comer, hace referencia al acto de apropiación de una determinada realidad, para asimilarla e interiorizarla de tal forma que ya sea parte indisociable de quien la come. En ese sentido, comer el pan en la Cena del Señor, significa que hacemos propias las ideas de Jesús, su voluntad, sus sueños  y anhelos, los cuales, son del Padre, que cuando estuvo en la tierra, los tradujo en actos de amor, justicia y misericordia. Comer en la cena, significa entonces que asumimos la forma de vida del Resucitado, como paradigma de la nuestra, lo cual es todo un desafío.

En resumen, al darles el pan a sus discípulos, Jesús les está diciendo: «¡Hagan suya mi vida, mi forma de pensar y actuar, anuncien, también con sus pensamientos traducidos en acciones, que el Reino de los cielos se ha acercado!».  Al darnos el pan en la Cena del Señor, ese es su mensaje, ese es su deseo. Jesús, por medio de su cuerpo (la iglesia) posibilita la renovación y transformación del mundo, conforme a los propósitos del Reino.

El vino

…tomó la copa después de la cena, y dijo: esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes (Lucas 22:20, NVI).

En el pensamiento hebreo, el vino simboliza el amor. Así, en las bodas, el signo del amor que unía a los esposos, se expresaba mediante la abundancia del vino en el banquete. Por eso, cuando se termina el vino en las bodas de Caná, a las que Jesús asistió, parece ser un serio problema.

En el texto bíblico, el vino simboliza el amor de Dios en la alianza con su pueblo. En el testimonio de los evangelios sobre la última cena, el vino representa la sangre de Jesús, precisamente porque fue derramada por amor. Es el Hijo, la manifestación máxima del amor del Padre, por eso la cruz es la expresión de todo lo que se opone a Él. La sangre, pues, simboliza el amor derramado, entregado hasta la muerte, y desde la muerte, ese mismo amor genera vida, y vida en abundancia.

El vino entonces, es señal de amor y de perdón; pues es el perdón una de las expresiones más sublimes del amor. En la cruz, estará concretizándose todo lo nuestro que se opone a Dios, y en la sangre, se manifiesta el perdón a ese rechazo que nuestra forma de vida ha evidenciado. El perdón de nuestros pecados es posible por su sangre.

Beber el vino, en la Cena del Señor, significa asumir ese perdón que ha sido ofrecido de parte del Padre a través de Jesús. Representa la conciencia de que, por más terrible que hubiese sido la manera como nos opusimos a Él, nos perdona, si abrazamos a Jesús. Beber el vino, entonces, representa la disposición a amar de quien lo bebe; a amar, de la misma forma que Él, sin esperar nada a cambio. Tomar de la copa, evidencia también la disposición a perdonar las ofensas de los demás, así como Él ha otorgado el perdón.

La Cena del Señor

La Cena del Señor, entonces, ante todo, representa la vida misma de Cristo. Vida que es modelo, ejemplo y desafío, para la vida del discípulo. Comer el pan que simboliza su cuerpo, es estar dispuestos a vivir como Él. Beber el vino que simboliza su sangre, es estar dispuestos a amar como Él.

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, también el que come de mí, vivirá por mí (Juan 6:55 -57, NVI).

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