Una doctrina que sana

Min. Jonas Guzmán

En la sociedad en la que vivimos, obsesionada con los “likes”, la perfección que se debe mostrar en redes sociales y las relaciones desechables, los evangelios a través de Jesús nos presentan un paradigma completamente distinto y desafiante: el cuidado de los vínculos humanos. La propuesta de Jesús contrasta con los estándares sociales de nuestra cultura desafiándolos de una manera tal que nos pone en el terreno de la toma de una decisión: Seguir los patrones del mundo o abrazar el modelo relacional del maestro.

El contexto social de las relaciones modernas

Vivimos en la sociedad de las “relaciones líquidas”, como las ha descrito el sociólogo Zygmunt Bauman, aquellas relaciones frágiles, temporales y utilitarias. Ghostear1 a una persona es algo aceptable hoy en día, lo mismo que bloquear en redes sociales es la solución ante algún conflicto, y la cultura de “cancelar” vino a reemplazar a la reconciliación entre dos personas.

Ante lo anterior, como sociedad establecimos en el ámbito de lo relacional:

– Si alguien me lastima, lo corto de mi vida.

– Las relaciones deben ser mutuamente beneficiosas, o no valen la pena.

– El perdón es para los débiles, la venganza está justificada.

– Es mejor estar solo, que mal acompañado.

– Los conflictos son señal de que no somos compatibles, no son oportunidades de crecimiento y desarrollo personal.

Sin embargo, Jesús, nuestro Maestro de vida, propone algo completamente diferente.

Jesús: revolucionario de las relaciones humanas

Al examinar detenidamente la vida de Jesús, nos encontramos a alguien que no solamente predicó sobre temas importantes como el amor, sino que vivió de manera tan contracultural que quienes le observaban quedaron admirados. Su propuesta hacia las relaciones humanas era tan desconcertante y radical que incomodaba fácilmente.

La mesa compartida: más que protocolo social

Uno de los aspectos en los que Jesús fue más revolucionario fue cuando se sentaba a la mesa a comer. En su cultura, comer con alguien era una declaración pública de aceptación y comunión con esa persona. A Jesús lo vemos comiendo con publicanos, prostitutas, pecadores y marginados, es decir, se sentaba con aquellos con los que una “persona de bien” jamás se sentaría.

Por ello, cuando Zaqueo, aquel corrupto cuya profesión era ser cobrador de impuestos, se subió al árbol de sicómoro para ver a Jesús, la respuesta que recibe del Maestro es realmente escandalosa: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa (Lucas 19:5). Aquella invitación no fue una reunión en una de las sinagogas, tampoco un sermón de corrección, fue una cena íntima en su hogar.

¿Cuándo fue la última vez que invitamos a nuestra mesa a alguien incómodo o que nos ha causado alguna herida? ¿O cuándo hemos mostrado un gesto bondadoso a quien consideramos “problemático”? Ante estas personas, la sociedad dice: “Guarda tu distancia de gente tóxica”; sin embargo, el desafío del Evangelio dice: “Acércate, conoce su historia de vida, comparte con él tu mesa”.

El arte de la confrontación amorosa

Debemos ser cuidadosos también con estas situaciones, ya que no significa que Jesús fuera permisivo o ingenuo. Su propuesta incluía la confrontación con miras a la restauración. Por ejemplo, cuando conversó con la mujer samaritana (Juan 4), no pasó por alto su realidad. La confrontó de manera directa: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido (Juan 4:17-18).

¿Qué marca la diferencia con nosotros? La intención. En nuestro contexto social se busca ganar, dominar o castigar, mientras que la confrontación de Jesús busca restaurar, liberar y sanar. Jesús no expuso públicamente a la mujer, tampoco la avergonzó delante de los demás, no la “bloqueó”. La confrontó en privado, con verdad, pero también ofreciéndole el agua viva.

Reconciliación en cotextos difíciles

Cuando el perdón parece imposible

Jesús no estableció un modelo teórico, de palabras bien intencionadas solamente; su modelo fue probado en las situaciones más extremas. Mientras agonizaba en la cruz, traicionado por su amigo, abandonado por su círculo íntimo y siendo ejecutado por un sistema corrupto, su respuesta fue: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34).

Esta respuesta viene a desafiarnos completamente con respecto a nuestra justicia emocional, ya que nuestra lógica dice: “Después de lo que me hicieron, me las van a pagar”, mientras que Jesús dice: “Incluso en mi mayor dolor, busco su restauración”.

Conflictos en la familia como oportunidades para la gracia

Las heridas familiares suelen ser las más profundas. Hermanos distanciados por problemas de herencia, padres e hijos distanciados por asuntos del pasado, parejas que no se dirigen la palabra, entre otros. Jesús tenía experiencia con familias complicadas, por ejemplo, cuando su propia familia pensó que estaba fuera de sí y fueron a llevárselo (Marcos 3:21), su respuesta no fue con resentimiento ni distante, más bien redefinió el concepto de familia: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre (Marcos 3:33-35).

Jesús no rechazó a su familia biológica, por el contrario, extendió su concepto de familia. Esto nos muestra que en ocasiones la reconciliación puede no ser volver a lo que era antes la relación, sino a crear algo nuevo y mejor.

Rupturas en la iglesia: El desafío mayor

En ocasiones los conflictos que se viven al interior de la iglesia son los más dolorosos. Líderes que traicionan, congregaciones que se dividen, amistades en el ministerio que se fracturan por diferencias doctrinales o administrativas, familias que se distancian por problemas entre sus miembros. La propuesta de Jesús en casos como estos, es: Confrontación directa, búsqueda de mediación y, de ser necesario, una separación temporal con la esperanza de una restauración futura.

Cuando Pablo y Bernabé tuvieron una diferencia acerca de Juan Marcos, al grado de separarse el uno del otro (Hechos 15:39), no fue el fin de la historia. Después de unos años, Pablo escribe: Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio (2 Timoteo 4:11). Dicha separación sirvió para la reconciliación.

Método de acercamiento personal y restauración

Escucha activa: Más allá de oír palabras

El método que Jesús utilizó para restaurar las relaciones empezaba por la escucha profunda. Con Nicodemo, no empezó con respuestas sino con preguntas que traían a la luz lo que anidaba en el corazón de Nicodemo. Con la mujer samaritana, primero pidió agua, creando con ello un espacio de acercamiento genuino antes de abordar el tema con ella.

En nuestros conflictos interpersonales, solemos preparar nuestra defensa argumentativa mientras la otra persona habla. El modelo de Jesús nos confronta a escuchar atentamente para entender, no para responder, lo que significa:

– Hacer preguntas que revelen motivaciones, no solamente acciones.

– Validar las emociones sin necesariamente validar comportamientos.

– Buscar la historia que se esconde detrás de la herida.

El perdón como proceso, no como evento

Opuesto a la mentalidad común en donde el perdón se presenta como un momento único: “ya te perdoné”, Jesús presentó el perdón como un proceso continuo. Cuando Pedro le preguntó sobre el límite del perdón (si perdonar siete veces era la medida suficiente), Jesús le respondió: No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete (Mateo 18:22). No era cuestión de matemáticas, sino de mentalidad: El perdón es una decisión que constantemente debe renovarse en nosotros.

El aspecto más radical del modelo de Jesús consistió en que su acogida del otro no dependía del cambio previo, su acogida fue lo que generó el cambio.

Elegir el camino de Jesús

Al final, somos confrontados desde el modelo relacional de Jesús con una elección: ¿Seguiremos el camino cultural o elegiremos el camino más excelente en nuestras relaciones humanas, a pesar del tremendo desafío que representa para nosotros?

Elegir el camino de Jesús implica:

– Valorar las relaciones, por encima de tener la razón.

– Buscar la restauración, antes que la venganza.

– Invertir en personas que otros han descartado.

– Crear espacios seguros para la vulnerabilidad y el crecimiento.

Mateo 5:23-24 lo resume perfectamente: Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Dios prioriza la salud relacional por encima del ritual religioso.

La próxima vez que tengas la oportunidad de “bloquear” a alguien o de extender una mano restauradora, recuerda: Jesús ya tomó su decisión. ¿Cuál será la tuya?

Referencia

1 Expresión que se usa cuando una persona deja de contestar mensajes o llamadas de manera repentina y sin dar explicación, cortando toda comunicación con otra persona.

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