Paz que vence el miedo

Una doctrina que sana

Min. Saulo Toto Cajal

En ocasiones nos encontramos, como los discípulos hace mucho tiempo, en un mundo que a menudo nos asusta. Las noticias, la economía, el narcotráfico, las ideologías sociales, los conflictos entre naciones; incluso nuestras propias inseguridades, limitaciones o heridas emocionales pueden hacernos sentir que estamos viviendo detrás de “puertas cerradas”. Quizás, como ellos, hemos experimentado decepción, dolor, o la sensación de que nuestras esperanzas de un futuro pleno se han desvanecido. Es natural sentir temor, es humano; lo que no es natural, es que el miedo paralice nuestra vida.

Si miramos al mundo, es probable que nos angustiemos; si miramos adentro de nosotros, tal vez nos deprimamos; pero si miramos a Jesús, seguramente nos renovaremos con Su paz, que sobrepasa todo entendimiento.

La Palabra de Dios hoy nos ofrece una salida de esas “habitaciones del miedo”, hacia una realidad de paz, propósito y poder.

En cierta ocasión los discípulos de Jesús estaban reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos. ¡Qué imagen tan vívida! Miedo, parálisis, aislamiento. ¿Acaso no es así como a veces nos sentimos en la iglesia, o en lo personal? Tememos el juicio, el fracaso o la crítica. Tememos no ser lo suficientemente buenos, no saber qué decir, o incluso qué pensar. Nos encerramos, consciente o inconscientemente, de las necesidades del mundo y del arrojo y valentía que el Evangelio nos pide.

LA NOCHE

Juan 20:19-21 nos sitúa en una escena cargada de tensión: Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos se encontraban, por miedo a los judíos.

Jesús había resucitado al finalizar el sábado. Por la mañana las mujeres fueron al sepulcro y les fue dicho que Jesús había resucitado, tal como lo prometió.

Los discípulos no estaban celebrando la resurrección, estaban escondidos, habían cerrado las puertas del lugar donde se encontraban. El día de la resurrección debía ser un día de confirmación de la fe en Jesús, ya que él había prometido que al tercer día iba a resucitar; sin embargo, se había convertido en otra cosa, el día de la fe se había convertido en el día del temor.

Esta escena se lleva a cabo cuando llegó la noche. En la Biblia se usa el término “noche” como símbolo de tinieblas, ignorancia, confusión, miedo, caos, pecado, de alejamiento de Dios, de imposibilidad de trabajar, y de muerte; al contrario del día, que simboliza luz, vida, fuerzas para trabajar, y seguridad.

En este tiempo de tinieblas, los discípulos están paralizados por el miedo. El Maestro ha sido crucificado y ellos saben que pueden correr la misma suerte: ser aprehendidos, azotados y crucificados. El temor a morir, a ser perseguidos, a perderlo todo y al sufrimiento, ha robado su paz.

A nosotros, ¿qué nos roba la paz?

EL MIEDO QUE NOS ROBA LA PAZ

Los discípulos habían caminado con Jesús, habían visto milagros, habían escuchado promesas, pero ahora el miedo domina su corazón.

Este miedo tiene varias causas, muy similares a las nuestras:

1. El temor al sufrimiento y a la muerte

Los discípulos sabían que seguir a Jesús podía costarles la vida. El miedo al dolor, a la pérdida y a lo desconocido, les robó la paz en su corazón.

Los principales miedos de las personas, son:

– A la pobreza.

– A la enfermedad.

– A la crítica.

– A un suceso inesperado y trágico.

– A la vejez.

– A la pérdida del amor.

– A la muerte.

La iglesia también evidencia su miedo al sufrimiento, cuando:

– Invierte más en la comodidad de los templos (mejores bancas/sillas, sonido, proyección, instrumentos, instalaciones) que en ministerios de alcance evangelístico.

– Evita ir a predicar el mensaje de salvación a lugares lejanos o en zonas de riesgo, como cinturones de miseria, con personas que viven en situación de calle, migrantes, enfermos terminales, asilos u orfanatos, o con personas que venden su cuerpo para vivir.

– Cuida más la observancia de sus costumbres y tradiciones, que la restauración del ser humano.

2. La culpa y el fracaso

Pedro lo negó y los demás huyeron. La culpa no resuelta es una de las mayores ladronas de la paz. Cuando creemos que hemos fallado demasiado, vivimos encerrados, como los discípulos, detrás de puertas cerradas.

Cuando depositaste tu confianza y te fallaron, te es muy difícil volver a creer y confiar en las personas. Cuando has vivido un divorcio, cuando tu negocio no dio los resultados esperados, cuando no pasaste el examen de admisión, cuando te despidieron de tu trabajo, cuando la iglesia se dividió, cuando tu familia se desintegró, cuando cometiste un error o pecado; te es muy difícil intentarlo de nuevo.

Volver a creer que Dios hace nuevas todas las cosas, perdona y restaura el corazón humillado es uno de los desafíos más grandes que tenemos.

La iglesia evidencia su miedo a la culpa o fracaso, cuando:

– Deja de intentar maneras creativas y contextuales para compartir el evangelio.

– Crea costumbres religiosas, que más que anunciar el reino de Dios solamente buscan mitigar el sentido de culpa por no cumplir la misión dada de hacer discípulos de Jesucristo.

3. La pérdida del control

Nada estaba saliendo como esperaban. Cuando sentimos que no controlamos el futuro, la ansiedad se instala en el corazón.

En ocasiones, nos da miedo no poder controlar las circunstancias, porque perder el control nos genera inseguridad. Muchas veces tomamos decisiones equivocadas porque no permitimos opiniones que nos confronten o nos corrijan. En ocasiones los padres queremos dirigir la vida de nuestros hijos diciéndoles cómo deben vestirse, cómo deben peinarse, qué carrera deben estudiar, o incluso, con quién deben casarse. Lo único que hacemos es generar hijos que no se valen por sí mismos, inseguros.

Los pastores, en ocasiones, también tenemos miedo a perder el control de las congregaciones, a veces obstruimos ministerios florecientes por temor a que nos rebasen; incluso, nos atrevemos a dictaminar quién tiene este don espiritual y quién tiene aquel otro. Nosotros no somos Dios. Nosotros no somos Jesucristo. Nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros somos siervos. ¡El control de todo lo tiene Jesús!

Así también hoy, muchos creyentes viven con las puertas del alma cerradas: miedo al mañana, miedo a enfermar, miedo a no ser suficientes, miedo a fracasar.

JESÚS ENTRA DONDE EL MIEDO GOBIERNA

Y es precisamente en ese contexto donde Jesús aparece y pronuncia una palabra que transforma la escena y la vida de sus seguidores: “paz a vosotros.”

¡Qué interrupción tan gloriosa! Jesús no esperó a que abrieran la puerta, no pidió permiso, no esperó a que el miedo se fuera; entró al lugar, tal y como sus discípulos se encontraban; Él se manifestó justo donde estaban, en su miedo, en su encierro. Y lo primero que les ofreció no fue una reprimenda, ni un reproche, ni una queja; sino, paz. La palabra que les dijo fue “paz” (eirene, griego; shalom, hebreo), una paz que no es simplemente ausencia de conflicto, sino plenitud, un bienestar total que viene de la presencia de Dios.

Esta es la primera verdad que debemos abrazar: nuestro encuentro con Jesús siempre comienza con su oferta de paz. Antes de que nos pida algo, antes de que nos envíe, Él quiere quitar nuestros miedos. Quiere que soltemos esas cargas de ansiedad y temor que nos aprisionan. Él nos muestra sus manos y su costado, las marcas de su sacrificio, recordándonos que su paz no es barata; fue ganada en la cruz. Es una paz que el mundo no puede dar, pero tampoco puede quitar.

El texto dice algo poderoso: Jesús vino y se puso en medio. La paz que Jesús ofrece no depende de las circunstancias externas, sino de su presencia viva en medio de nosotros. Por eso repite dos veces: “paz a vosotros.”

No es una paz superficial. Es la paz que:

• vence al miedo de la muerte,

• sana la culpa del pasado,

• afirma que el amor de Dios es más fuerte que nuestro fracaso.

La paz es la presencia de Dios, no la ausencia de conflictos, es la certeza de que Cristo resucitado está con nosotros.

CÓMO VIVIR LA PAZ DE JESÚS

1. Entender que la paz es un regalo

Juan 14:27 dice: La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden (NVI).

La paz de Jesús es un don. No podemos trabajar por ella ni podemos ganarla. No podemos programarnos para ella. No podemos trabajar con ahínco para obtenerla. Es un regalo que simplemente aceptamos o no.

2. Aceptar el perdón de Dios en Jesucristo

1 Juan 1:9 recuerda: Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (NVI).

Para la mayoría de las personas, la culpa es el destructor número uno de la paz. Cuando nos sentimos culpables, nos sentimos obsesionados y perseguidos por nuestro pasado.

La única forma de tener paz es tener una conciencia limpia, y sólo Dios puede darla. Dios está interesado en borrar tus cuentas con él. Esa es su naturaleza. Le gusta perdonar, porque su esencia es el amor.

Pero hay que reconocer el error, arrepentirse y tomar la decisión de corregir, con la ayuda del Espíritu. Dice el salmista (32:3 y 5): Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, pero también dice: Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad.

3. Recordar que Dios está presente y tiene el control

Siempre es bueno recordar que Dios está presente con nosotros, y debemos aprender a sentir su presencia. Por lo tanto, tenemos la opción de concentrar la atención en nuestros problemas, miedos, tristezas, o en Dios, quien tiene la solución: la paz verdadera que solo Jesús puede dar.

Si miras al mundo, te angustiarás; si buscas adentro, te deprimirás; pero si miras a Cristo, hallarás descanso a tu corazón. En lo que te concentres será lo que determine tu nivel de paz personal. Ponerse tenso o estresado, vivir angustiados, tener duelos o pérdidas no resueltos es una clara indicación de que quitamos nuestros ojos del Señor y los pusimos en las circunstancias. Estamos mirando al problema en lugar de la solución.

El Salmo 46:1 y 10 dice: Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia… Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios (NVI).

¡Dios es la ayuda siempre presente en momentos de dificultad!

Recibimos su ayuda cuando reconocemos que Él es Dios. ¿Sabía que justo en medio de un huracán o tornado hay un centro tranquilo, que se llama ojo? De igual manera, aunque todo se deshace alrededor de usted, puede haber un centro tranquilo en su vida.

Filipenses 4:7 dice: y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (NVI).

No tenemos que entender el por qué ni el cómo, ni tampoco el cuándo Dios hace lo que hace. Todo lo que tenemos que hacer es confiar en Dios para experimentar su paz. Mientras me esfuerzo por arreglar las cosas, en realidad no estoy confiando en Dios y es probable que no tendré paz.

La paz no es una vida sin problemas. Es un sentido de calma en medio de las tormentas de la vida.

Un discípulo sin paz no puede vivir la misión. El miedo paraliza, la culpa calla, la ansiedad desgasta. Pero cuando recibimos la paz de Cristo:

• el miedo se transforma en confianza

• la culpa se transforma en perdón

• la inseguridad se transforma en valentía

• La desesperanza se transforma en propósito y sentido de vida

La misión cristiana no nace de la obligación, sino de la paz recibida. Solo quien ha sido reconciliado con Dios puede anunciar reconciliación al mundo.

Conclusión

Hoy, Jesús sigue presentándose en medio de nuestras puertas cerradas y sigue diciendo: “paz a vosotros.”

Él conoce las razones por las cuales no tenemos paz en el corazón. Él conoce nuestra historia. Él conoce todo de nosotros, conoce nuestros miedos, conoce nuestras heridas, conoce nuestras culpas, conoce todas las veces que hemos fallado. Pero nos regala su paz, es una muestra de su gracia.

Esa paz:

• nos libera del miedo a morir,

• nos sana por dentro,

• nos quita la culpa

• nos sana las heridas

• y nos capacita para vivir como discípulos enviados.

Abramos hoy el corazón para recibir la paz de Dios, y desde esa paz, responder al llamado de Cristo de ir, amar y servir, confiando en que el Resucitado camina con nosotros.

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REDES SOCIALES

Jesús y los que no tienen lugar en la mesa

Jesús y los que no tienen lugar en la mesa

Dara Kenneth Trujillo González

Hay restaurantes donde, para conseguir una mesa, hay que reservar con semanas de anticipación, y donde solo algunas personas con cierta posición económica o estatus social tienen la oportunidad de acercarse. Tener un lugar en la mesa puede representar mucho más que un simple espacio; simboliza pertenencia, aceptación y la oportunidad de ser escuchado. Estar en la mesa es sentirse parte, es saber que alguien te espera y te toma en cuenta.

En contraste con la aceptación, está el rechazo: la acción y efecto de no aceptar, negar o apartar a alguien. Y aunque no hubiera mencionado su definición, muchos de nosotros no solo entendemos lo que significa, sino que también lo hemos sentido. Todos, en algún momento, hemos experimentado la exclusión por parte de una persona o un grupo.

El rechazo no es algo exclusivo de nuestros tiempos; en la época de Jesús existía una marcada exclusión hacia distintos grupos sociales. El valor de una persona estaba determinado por su posición económica, académica o social; por lo que, si alguien no tenía nada “valioso” que aportar, simplemente no era considerado. Peor aún, a muchos se les negaba la oportunidad de relacionarse con Dios. Pero en medio de esa dinámica, el Evangelio rompe el molde: Jesús trae una verdad transformadora: el Rey da lugar a los más pequeños y sinceros.

Para conocer mejor la actitud de Jesús hacia aquellos que no eran considerados importantes, Marcos nos presenta dos escenarios reveladores:

Jesús y los niños

Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía (Marcos 10:13-16).

En este pasaje, Jesús permite que los niños se acerquen a Él. A simple vista, podría parecer que solo los está defendiendo de los reproches de los discípulos; sin embargo, más que una defensa, Jesús está restaurando su dignidad al otorgarles un lugar importante en el reino de Dios. Si nos adentramos en el contexto cultural de este pasaje, podemos observar el menosprecio con la que eran tratados los niños. Eran considerados de tal manera debido a que no podían aportar dinero, fuerza o conocimiento; su inocencia los hacía manipulables y sus limitaciones no los hacían capaces de entender las profundidades de la sabiduría y el conocimiento de Dios (o eso era lo que la gente creía).

Volviendo al versículo, desde la perspectiva de los discípulos, los niños no tenían nada que aportar, ya que no podrían contribuir con la Misión, y querían proteger a su Maestro de atenciones agobiantes (Taylor, 1980, 503-505). Para los seguidores de Jesús, la presencia de los pequeños no era importante; mientras más rápido se deshicieran de ellos, mejor, ya que atenderlos parecía una completa pérdida de tiempo y energía. Pero Jesús actúa de una forma impresionante: en lugar de ignorar a los niños y pasar de largo, se indigna ante la actitud de los discípulos y los reprende en ese mismo momento. En una época en la que los niños no tenían posición alguna que les diera valor, Jesús los mira, los abraza, los bendice y, no solo pone sus manos sobre ellos, sino que los coloca al centro del mensaje.

Me pregunto si alguna vez nosotros hemos sido tratados de esa forma o, peor aún, si hemos tratado así a alguien más. Las miradas de superioridad reflejan una perspectiva limitada que nos hace olvidar el valor que Dios ha puesto en cada persona. Así como Jesús elevó la dignidad de los pequeños al hacerlos parte del reino de Dios, Él sigue defendiendo a los marginados y dándoles un lugar en su mesa. Este privilegio no se basa en la posición social ni en la fuerza humana. Ser aceptado en la mesa del Señor no tiene nada que ver con lo que una persona puede dar; sino con la gracia y el amor inagotable de Cristo.

Cuando Jesús ve a los más pequeños, no ve su debilidad como una desventaja, sino como una oportunidad de recibir el mensaje del Evangelio de una manera diferente. Pues cuando a alguien pequeño se le da la oportunidad de tener un lugar en la mesa de aquel incomparable y soberano Dios, la invitación es recibida con humildad.

Cristo está buscando corazones sencillos, dispuestos y humildes. Y este pasaje nos recuerda que tenemos que ver de manera diferente a los niños y también a las personas que son consideradas “pequeñas”. El Señor nos invita a tratarlas con paciencia y compasión, a incluirlas en las actividades de la Iglesia y a tomar en cuenta su voz.

Jesús nos ha comprado con su sangre, un lugar en su mesa. Él abrió el espacio para todos los que alguna vez fueron dejados fuera. Ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a responder a esa invitación? El Reino pertenece a quienes se acercan con la fe de un niño: una fe humilde y sencilla, sin pretensiones ni méritos, y con un corazón que confía plenamente en el amor del Padre.

La viuda y su ofrenda

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento (Marcos 12:41-44).

En este segundo escenario aparece una viuda pobre que deposita una ofrenda. Desde la perspectiva de la mayoría, no había nada especial en este acto; es más, hasta podría parecer insignificante, ya que el dinero echado por la viuda era una cantidad muy pequeña. Las dos monedas (blancas) que ofrece la mujer suman un centavo (un cuadrante). Una blanca era una pequeña moneda de cobre, la cual era la más baja denominación en su uso. Equivalía a un octavo de centavo de dólar (Montanilla Romero, 2015). El arca donde había puesto las monedas probablemente era una de las dedicadas a las ofrendas voluntarias. La mujer no tenía ninguna obligación de donar; sin embargo, la Palabra menciona que dio todo su sustento; esto significa que dio todo lo que tenía para vivir. La ofrenda, más que una donación, era un sacrificio.

Socialmente, la viudez era considerada una desgracia y una vergüenza; ella no tenía cómo trabajar, era rechazada por la sociedad y por los hombres (Galindo Reyes, 2021). Su extrema pobreza, su baja posición social y su falta de amparo familiar la colocaban en una situación sumamente vulnerable. Pero es la actitud de esta mujer vulnerable lo que llama la atención de Jesús. Ella no dio su dinero por un compromiso con el templo o en busca de admiración; lo dio todo porque sabía que la providencia de Dios era más grande que su necesidad. Su devoción al Padre permeaba todos los aspectos de su vida, demostrando una completa dependencia de Él.

La mujer no tenía un lugar reservado en la sinagoga; probablemente tampoco tenía un asiento en la mesa de su familia. Pero su lugar estaba apartado en la mesa del Rey. Nadie se detenía a mirarla, pero Jesús sí la vio. La verdadera adoración no se mide por la cantidad que damos, sino por la actitud del corazón y la disposición con la que nos acercamos a Él.

¡Qué asombroso es ver que las personas ignoradas por la sociedad —aquellas que fueron hechas a un lado, las menospreciadas y olvidadas— son las que muestran una devoción más profunda a Dios! Ellas saben lo que es no tener un lugar, y por eso valoran cada gesto de gracia. Su respuesta a Dios viene de un corazón que conoce bien el rechazo, pero que también ha experimentado la ternura de ser visto y amado por el Señor. Tanto los niños como la viuda nos recuerdan que el reino de Dios no es exclusivo de los fuertes, sabios o influyentes; es para los sencillos, sinceros y para las personas que se acercan con humildad.

Los pequeños encuentran en Jesús un amigo que los toma en los brazos, y los vulnerables hallan en Él al Dios que los mira. En la mesa del Señor hay lugar para todos los que el mundo ha dejado fuera; en su Reino, la grandeza se mide por la fe y la dependencia, no por el poder o la posición. Tal vez el rechazo, la soledad o el no tener un lugar nos han dolido, pero también pueden hacernos comprender con mayor profundidad el amor incondicional y sobreabundante de Dios. A los ojos del Rey, nadie está olvidado.

Jesús nos invita a ser partícipes de su mesa; nos llama a cada uno de nosotros y nos recuerda que, por su gracia y sacrificio, ahora le pertenecemos al Padre. Vivamos bajo los valores del Reino: humildad, sencillez, confianza en Dios y un amor que siempre da un lugar a los demás.

Referencias

1. Fikkert, E. (2024, 18 julio). La ofrenda de la viuda: Corazón de abundancia | Faithward.org.

2. Galindo Reyes, W. (2021, 27 diciembre). La ofrenda de la viuda. Logos Sermons.

3. Miguel, C. F. A. (2011). Evangelio de Marcos. Evangelio de Mateo. Verbo Divino.

4. Montanilla Romero, J. A. (2015). Exégesis de Marcos 12:41-44. En Seminario Evangélico de Caracas.

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REDES SOCIALES

Jesús y el cuidado de los vínculos humanos

Una doctrina que sana

Min. Jonas Guzmán

En la sociedad en la que vivimos, obsesionada con los “likes”, la perfección que se debe mostrar en redes sociales y las relaciones desechables, los evangelios a través de Jesús nos presentan un paradigma completamente distinto y desafiante: el cuidado de los vínculos humanos. La propuesta de Jesús contrasta con los estándares sociales de nuestra cultura desafiándolos de una manera tal que nos pone en el terreno de la toma de una decisión: Seguir los patrones del mundo o abrazar el modelo relacional del maestro.

El contexto social de las relaciones modernas

Vivimos en la sociedad de las “relaciones líquidas”, como las ha descrito el sociólogo Zygmunt Bauman, aquellas relaciones frágiles, temporales y utilitarias. Ghostear1 a una persona es algo aceptable hoy en día, lo mismo que bloquear en redes sociales es la solución ante algún conflicto, y la cultura de “cancelar” vino a reemplazar a la reconciliación entre dos personas.

Ante lo anterior, como sociedad establecimos en el ámbito de lo relacional:

– Si alguien me lastima, lo corto de mi vida.

– Las relaciones deben ser mutuamente beneficiosas, o no valen la pena.

– El perdón es para los débiles, la venganza está justificada.

– Es mejor estar solo, que mal acompañado.

– Los conflictos son señal de que no somos compatibles, no son oportunidades de crecimiento y desarrollo personal.

Sin embargo, Jesús, nuestro Maestro de vida, propone algo completamente diferente.

Jesús: revolucionario de las relaciones humanas

Al examinar detenidamente la vida de Jesús, nos encontramos a alguien que no solamente predicó sobre temas importantes como el amor, sino que vivió de manera tan contracultural que quienes le observaban quedaron admirados. Su propuesta hacia las relaciones humanas era tan desconcertante y radical que incomodaba fácilmente.

La mesa compartida: más que protocolo social

Uno de los aspectos en los que Jesús fue más revolucionario fue cuando se sentaba a la mesa a comer. En su cultura, comer con alguien era una declaración pública de aceptación y comunión con esa persona. A Jesús lo vemos comiendo con publicanos, prostitutas, pecadores y marginados, es decir, se sentaba con aquellos con los que una “persona de bien” jamás se sentaría.

Por ello, cuando Zaqueo, aquel corrupto cuya profesión era ser cobrador de impuestos, se subió al árbol de sicómoro para ver a Jesús, la respuesta que recibe del Maestro es realmente escandalosa: Zaqueo, date prisa y desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa (Lucas 19:5). Aquella invitación no fue una reunión en una de las sinagogas, tampoco un sermón de corrección, fue una cena íntima en su hogar.

¿Cuándo fue la última vez que invitamos a nuestra mesa a alguien incómodo o que nos ha causado alguna herida? ¿O cuándo hemos mostrado un gesto bondadoso a quien consideramos “problemático”? Ante estas personas, la sociedad dice: “Guarda tu distancia de gente tóxica”; sin embargo, el desafío del Evangelio dice: “Acércate, conoce su historia de vida, comparte con él tu mesa”.

El arte de la confrontación amorosa

Debemos ser cuidadosos también con estas situaciones, ya que no significa que Jesús fuera permisivo o ingenuo. Su propuesta incluía la confrontación con miras a la restauración. Por ejemplo, cuando conversó con la mujer samaritana (Juan 4), no pasó por alto su realidad. La confrontó de manera directa: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido (Juan 4:17-18).

¿Qué marca la diferencia con nosotros? La intención. En nuestro contexto social se busca ganar, dominar o castigar, mientras que la confrontación de Jesús busca restaurar, liberar y sanar. Jesús no expuso públicamente a la mujer, tampoco la avergonzó delante de los demás, no la “bloqueó”. La confrontó en privado, con verdad, pero también ofreciéndole el agua viva.

Reconciliación en cotextos difíciles

Cuando el perdón parece imposible

Jesús no estableció un modelo teórico, de palabras bien intencionadas solamente; su modelo fue probado en las situaciones más extremas. Mientras agonizaba en la cruz, traicionado por su amigo, abandonado por su círculo íntimo y siendo ejecutado por un sistema corrupto, su respuesta fue: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34).

Esta respuesta viene a desafiarnos completamente con respecto a nuestra justicia emocional, ya que nuestra lógica dice: “Después de lo que me hicieron, me las van a pagar”, mientras que Jesús dice: “Incluso en mi mayor dolor, busco su restauración”.

Conflictos en la familia como oportunidades para la gracia

Las heridas familiares suelen ser las más profundas. Hermanos distanciados por problemas de herencia, padres e hijos distanciados por asuntos del pasado, parejas que no se dirigen la palabra, entre otros. Jesús tenía experiencia con familias complicadas, por ejemplo, cuando su propia familia pensó que estaba fuera de sí y fueron a llevárselo (Marcos 3:21), su respuesta no fue con resentimiento ni distante, más bien redefinió el concepto de familia: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre (Marcos 3:33-35).

Jesús no rechazó a su familia biológica, por el contrario, extendió su concepto de familia. Esto nos muestra que en ocasiones la reconciliación puede no ser volver a lo que era antes la relación, sino a crear algo nuevo y mejor.

Rupturas en la iglesia: El desafío mayor

En ocasiones los conflictos que se viven al interior de la iglesia son los más dolorosos. Líderes que traicionan, congregaciones que se dividen, amistades en el ministerio que se fracturan por diferencias doctrinales o administrativas, familias que se distancian por problemas entre sus miembros. La propuesta de Jesús en casos como estos, es: Confrontación directa, búsqueda de mediación y, de ser necesario, una separación temporal con la esperanza de una restauración futura.

Cuando Pablo y Bernabé tuvieron una diferencia acerca de Juan Marcos, al grado de separarse el uno del otro (Hechos 15:39), no fue el fin de la historia. Después de unos años, Pablo escribe: Toma a Marcos y tráelo contigo, porque me es útil para el ministerio (2 Timoteo 4:11). Dicha separación sirvió para la reconciliación.

Método de acercamiento personal y restauración

Escucha activa: Más allá de oír palabras

El método que Jesús utilizó para restaurar las relaciones empezaba por la escucha profunda. Con Nicodemo, no empezó con respuestas sino con preguntas que traían a la luz lo que anidaba en el corazón de Nicodemo. Con la mujer samaritana, primero pidió agua, creando con ello un espacio de acercamiento genuino antes de abordar el tema con ella.

En nuestros conflictos interpersonales, solemos preparar nuestra defensa argumentativa mientras la otra persona habla. El modelo de Jesús nos confronta a escuchar atentamente para entender, no para responder, lo que significa:

– Hacer preguntas que revelen motivaciones, no solamente acciones.

– Validar las emociones sin necesariamente validar comportamientos.

– Buscar la historia que se esconde detrás de la herida.

El perdón como proceso, no como evento

Opuesto a la mentalidad común en donde el perdón se presenta como un momento único: “ya te perdoné”, Jesús presentó el perdón como un proceso continuo. Cuando Pedro le preguntó sobre el límite del perdón (si perdonar siete veces era la medida suficiente), Jesús le respondió: No te digo hasta siete, sino aún hasta setenta veces siete (Mateo 18:22). No era cuestión de matemáticas, sino de mentalidad: El perdón es una decisión que constantemente debe renovarse en nosotros.

El aspecto más radical del modelo de Jesús consistió en que su acogida del otro no dependía del cambio previo, su acogida fue lo que generó el cambio.

Elegir el camino de Jesús

Al final, somos confrontados desde el modelo relacional de Jesús con una elección: ¿Seguiremos el camino cultural o elegiremos el camino más excelente en nuestras relaciones humanas, a pesar del tremendo desafío que representa para nosotros?

Elegir el camino de Jesús implica:

– Valorar las relaciones, por encima de tener la razón.

– Buscar la restauración, antes que la venganza.

– Invertir en personas que otros han descartado.

– Crear espacios seguros para la vulnerabilidad y el crecimiento.

Mateo 5:23-24 lo resume perfectamente: Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. Dios prioriza la salud relacional por encima del ritual religioso.

La próxima vez que tengas la oportunidad de “bloquear” a alguien o de extender una mano restauradora, recuerda: Jesús ya tomó su decisión. ¿Cuál será la tuya?

Referencia

1 Expresión que se usa cuando una persona deja de contestar mensajes o llamadas de manera repentina y sin dar explicación, cortando toda comunicación con otra persona.

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REDES SOCIALES

Empieza de nuevo en el Espíritu

Empieza de nuevo en el Espíritu

Jessica González

¿En algún momento de tu vida has deseado dejar todo atrás y empezar de cero? Muchas personas han tenido historias de vida desfavorables, tanto así que han deseado haber nacido en otro lugar, en otro núcleo familiar o bajo otras circunstancias. Tienen estos pensamientos como una fuga mental de su realidad, una decepción o frustración por su vida actual o pasada, pero sabemos que esto solo es posible en el pensamiento: no podemos cambiar ningún hecho del pasado.

Si bien, es cierto que hay realidades que no están en nuestra elección —porque el nacimiento físico simplemente ocurre—, nadie nos pide permiso. No elegimos a los padres que tendremos, el color de nuestra piel, nuestra formación, el entorno familiar ni nuestro lugar de origen; ni siquiera podemos elegir nuestro nombre. Pareciera que estamos condenados a vivir con esa situación de vida que nos tocó.

Lo interesante aquí es: ¿qué hacer si esta situación de vida que tengo en el presente me está generando frustración o descontento? ¿Debo vivir amargado por mi pasado, por cosas que no fueron mi decisión? Gracias a Dios tenemos esperanza.

El deseo de tener un nuevo comienzo se puede hacer realidad en nuestra vida cuando nosotros tomamos la decisión y optamos por renacer en el Espíritu. Este nuevo nacimiento implica una renovación interna que es esencial para la vida cristiana, como lo vemos en Juan 3:5-6: Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

Necesitamos nacer en agua y Espíritu. En este sentido, tenemos total y completo control sobre nuestro nacimiento espiritual, sobre nuestra vida presente y futura, en la cual la frustración se convierte en esperanza y la amargura en plenitud, con muchos beneficios. Pero esto implica un esfuerzo y compromiso, porque encontrar a Dios es un camino personal, y nuestras experiencias en este camino son tan únicas como nosotros.

Entonces, podríamos decir lo siguiente: cada ser humano tiene dos realidades, la física y la espiritual. A través de nuestro nacimiento físico llegamos a este mundo temporal, pero para vivir en el reino de Dios necesitamos experimentar un nacimiento espiritual.

¿Cuánto tengo que esperar? Primero es necesario realizar un ejercicio para examinar nuestra vida: reconocer nuestra condición de pecado, lo que nos permitirá dejar de justificarnos y empezar a hacer cambios en nuestra vida. Sobre todo, empezar a hacer cambios en aquellas situaciones de nuestro pasado en las cuales no tuvimos la oportunidad de elegir.

Debemos renunciar a aquello que nos hace daño, pero sobre todo necesitamos estar dispuestos a reaprender, descartar las viejas creencias, actitudes y hábitos, y empezar de cero como aquellos bebés que empiezan a conocer la vida y tienen que aprender absolutamente todo. Pero no lo hacen solos: siempre tienen la compañía de sus progenitores que les guían y acompañan. En esta nueva vida nosotros tendremos la compañía y guía de Jesús.

Cuando nos dejamos guiar por Jesús, nos permitimos experimentar cambios reales en nuestra vida. Aunque al principio puede haber temor ante lo desconocido, debemos ser pacientes con nuestro propio proceso y, sobre todo, ser perseverantes, porque el crecimiento espiritual es gradual, no siempre lineal.

Estos cambios graduales se empiezan a ver en nuestro día a día. Principalmente podemos tener una mejor comprensión de nosotros mismos, más allá de las cotidianidades que establece la sociedad. Comenzamos a aceptarnos tal cual somos, podemos comenzar a entender y descubrir nuestro propósito de vida. Podemos decidir cortar con aquellas cargas emocionales de nuestra vieja vida como la frustración, el rencor, la culpa o el dolor no sanado, preparándonos para tener una mejor gestión emocional y libertad para expresar y vivir plenamente.

Otro cambio oportuno que llega a nuestra vida es poder comprender un poco más la existencia de las demás personas, permitiéndonos ser más empáticos, compasivos y amorosos con los demás (Mateo 25:35-40).

El reino de Dios es hoy

Muchas veces hemos creado la idea de que el reino de Dios es algo por lo que debemos esperar porque es un evento en el futuro, pero como lo dice Lucas 17:20-21: El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: ‘Helo aquí’ o ‘Helo allí’, porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros. El reino de Dios no es solo un lugar, sino una realidad que podemos experimentar hoy.

Disfruta el reino de Dios en tu vida hoy; concédete la oportunidad de tener una mejor relación contigo mismo, encuentra tu propósito y procura tener una mejor relación con Dios. Déjate guiar por su Espíritu y, para fortalecer esa comunión, persiste en la oración, cumple la voluntad de Dios en tu vida, cuidando tu corazón y pensamientos, al mismo tiempo que cuidas y sirves a los demás.

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Sin lugar para la neutralidad

Sin lugar para la neutralidad

Min. Ausencio Arroyo

«Ante los actos de injusticia, la neutralidad no es piedad; es complicidad». En este momento, millones de personas enfrentan profundas situaciones de injusticia:

En Gaza, alrededor de 55 000 personas han muerto por los bombardeos en la zona desde que comenzó el conflicto en octubre de 2023; 17 400 de ellos eran niños, según datos del Ministerio de Salud local1. En Ucrania, cerca de 11 millones de personas han sido desplazadas por la guerra con Rusia: unos 7 millones han buscado refugio en otros países y el resto se ha movido a zonas distantes del conflicto. De estos desplazados, 1.5 millones de niños enfrentarán serias secuelas por el estrés y la violencia2.

En los Estados Unidos de América, en los primeros cuatro meses de 2025, se reportaron 168 390 detenciones de familias migrantes. Estos solo son los casos más visibles. Muchas de las detenciones han ocurrido en lugares sensibles como escuelas, graduaciones y tribunales, lo que ha generado un clima de miedo en las personas indocumentadas y de indignación en la comunidad solidaria. Las imágenes de las detenciones son impactantes.

Un informe reciente indica que al menos 1360 niños aún no han sido reunidos con sus padres, seis años después de haber sido separados forzosamente en la frontera. Esta forma de trato a los migrantes está generando severas afectaciones traumáticas, según reporte de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU3.

En el discurso político se ha señalado que se va tras quienes tienen antecedentes criminales, pero en la práctica se está persiguiendo a las personas de piel morena y de bajos recursos económicos. Se está criminalizando la pobreza. ¿Cómo respondemos a eso?

Lo que predomina en el ambiente es un clima de injusticia social. Nos encontramos frente a la falta de equidad y justicia en las oportunidades, distribución de recursos y poder en la sociedad. Extensas multitudes enfrentan discriminación, marginación o exclusión por su nacionalidad, raza, género o clase social, lo que atenta contra su dignidad, su salud o su libertad.

La actitud de muchos es mantenerse ajenos, sin compromisos ni riesgos personales, guardando silencio. Muy pocas figuras públicas han mostrado indignación por la manera de proceder de las autoridades del vecino país, y las iglesias desviamos la mirada. La neutralidad ante la injusticia puede interpretarse como una forma de consentimiento tácito. En contextos de opresión, el silencio no es neutralidad: es una toma de posición.

Diversas causas de la injusticia social

Los actos de injusticia social se originan en una diversidad de factores de la naturaleza humana y su interacción con estructuras de poder. Un análisis del fenómeno de masas puede ayudarnos a entender por qué se aplaude lo injusto mientras se rechaza la justicia.

Por un lado, tenemos el mecanismo del chivo expiatorio. Este es una dinámica social, cultural y religiosa en la que una comunidad canaliza su violencia, tensiones o culpa sobre un individuo o grupo, responsabilizándolo por el malestar colectivo. El término proviene del ritual descrito en Levítico 16, donde el sumo sacerdote cargaba simbólicamente los pecados del pueblo de Israel sobre un macho cabrío y lo enviaba al desierto, liberando de su culpa a la comunidad.

Según el antropólogo René Girard4, el mecanismo tiene una lógica muy precisa. Comienza con lo que denomina la crisis mimética, que consiste en que las comunidades experimentan rivalidades y tensiones internas que amenazan su cohesión. Como segundo paso, se hace la selección —consciente o inconsciente— del chivo expiatorio, que implica identificar una figura vulnerable o distinta —que no puede defenderse fácilmente— y se le atribuyen las causas del conflicto. Luego deviene la violencia colectiva: la comunidad descarga su agresión, en diferentes formas y grados, sobre el chivo expiatorio, lo cual genera una aparente unidad o paz en el grupo. Posteriormente, hay una especie de sacralización, cuando la víctima es vista como sagrada o divina después de su sacrificio, lo que refuerza el mito de que su eliminación era necesaria.

En las enseñanzas bíblicas encontramos lo absurdo de este proceder. Desde Barrabás hasta los regímenes modernos, las sociedades buscan víctimas propiciatorias para canalizar sus miedos. La crucifixión de Jesús (Mateo 27:20-23) manifiesta cómo la multitud prefiere liberar a un criminal antes que al Justo. Girard afirma que el Evangelio revela y desmonta este mecanismo. La muerte de Cristo como inocente muestra que la víctima no merecía su destino, y con ello desarma toda legitimación de la violencia religiosa o social.

Esto tiene repercusiones profundas sobre la iglesia que somos y la ética cristiana: la comunidad de fe no debe definirse en base a la exclusión de un “otro”, sino por la identificación con la víctima. Este mecanismo puede aparecer disfrazado en discursos políticos, redes sociales, dinámicas laborales o incluso dentro de instituciones religiosas. Para los cristianos es imperativo identificarlo y resistirlo para construir comunidades justas e integradoras.

Otro factor explicativo es la banalidad del mal5. Adolf Eichmann fue uno de los principales arquitectos del Holocausto. Como teniente coronel de las SS, se encargó de organizar la logística del exterminio sistemático de millones de judíos europeos: coordinó la deportación masiva de judíos desde diversos países ocupados hacia guetos y campos de exterminio como Auschwitz. Supervisó las deportaciones en Hungría en 1944, donde más de 400 000 judíos fueron enviados a su muerte en apenas unos meses. Diseñó sistemas de transporte ferroviario para maximizar la eficiencia en los traslados hacia los campos de concentración.

El concepto de la banalidad del mal se refiere a la idea de que personas comunes y corrientes pueden cometer actos atroces no por maldad consciente, sino por obediencia ciega, irreflexión y conformismo dentro de sistemas burocráticos o autoritarios. Según Arendt, Eichmann no era un monstruo sádico, sino un burócrata que cumplía órdenes sin cuestionar su moralidad. El mal puede surgir de la ausencia de pensamiento crítico, no necesariamente de una intención maliciosa.

La obediencia a la autoridad puede llevar a acciones inmorales, incluso sin conciencia del daño causado. La estructura burocrática fragmenta la responsabilidad, diluyendo la culpa individual, por lo que un individuo se convierte en una pieza funcional del sistema sin reflexionar sobre el impacto de sus actos.

Este concepto desafía la noción tradicional del mal como algo radical o excepcional. Arendt sugiere que el verdadero peligro está en la normalización del horror, cuando las personas dejan de pensar por sí mismas y actúan por rutina o conveniencia. Esto explica cómo es posible que funcionarios de diferentes gobiernos actuales sean capaces de ejecutar políticas injustas, al parecer, sin cuestionarlas; por qué algunas empresas dañan el medio ambiente de los pueblos sin seguir protocolos de prevención; o por qué algunos ciudadanos perpetúan discriminación por costumbre o indiferencia.

Los sistemas opresivos logran que personas comunes cometan atrocidades mediante la normalización progresiva del mal. En ejemplos históricos encontramos a ciudadanos “decentes” que apoyaron el Holocausto en Alemania o el apartheid en Sudáfrica.

De manera prevalente, encontramos las causas bíblicas y teológicas: la corrupción del corazón humano, que se caracteriza por el engaño radical (Jeremías 17:9). El corazón humano tiene capacidad infinita para autojustificar el mal como “bien necesario”. Algunos cristianos, en el siglo XIX, justificaban la esclavitud con interpretaciones bíblicas.

Además, es notoria la tendencia humana a la idolatría del poder (1 Samuel 8:4-7): los israelitas dejaron a Dios en segundo plano cuando prefirieron un rey de carne y hueso, con todas sus ambiciones y actitudes opresoras. Existe una necesidad de dependencia de caracteres dominantes que guíen las almas de los sumisos “corderos”.

También se hace evidente una ceguera espiritual estructurada. El “dios de este siglo” ha provocado ceguera de las verdades trascendentes (2 Corintios 4:4); por esta razón surgen sistemas de mentira que crean realidades alternativas como: “El muro es protección y no división” o “La deportación es seguridad y no crueldad”. O bien, la afirmación de “obedecer a las autoridades” (Romanos 13:1) para ponerse del lado de la violencia del Estado que pisotea la dignidad de las personas por sus rasgos físicos o su condición de pobreza; ignorando la declaración del apóstol Pedro: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).

En este mundo dominado por los dioses contemporáneos del poder y el individualismo, la voz de Juan el profeta clama como la voz de los explotados, de los “no personas”, de quienes no tienen voz.

Un llamado a evitar la complacencia

Las visiones que recibe Juan, lejos de distanciarlo del mundo, alimentan la preocupación por las víctimas de la injusticia (Apocalipsis 6:3-8; 18:24). Un verdadero cristiano nunca puede ser indiferente a las aflicciones del pueblo. El fundamento de esta posición se basa en la comprensión de que Jesucristo es el Señor de la historia y el mundo es el ámbito de nuestra misión. El Señor nos llama a experimentar y proclamar nuestra fe en el mundo.

La neutralidad no es una virtud cristiana; es complicidad con los poderes opresores. El silencio frente a la injusticia es permitir la entronización de los dioses terrenales. En su Revelación de la historia de Dios para el mundo entero, Juan denuncia al Imperio Romano, tilda al emperador de bestia diabólica y su propaganda como vómito de demonios (16:13-14). La “imparcialidad” y la “neutralidad” no son posiciones aceptables para los creyentes fieles; son posiciones que favorecen que prevalezca la injusticia.

Tan culpables son los que se callan y se quedan indiferentes ante la maldad a su alrededor, como los que la cometen. Pretender no involucrarse ante el abuso y el maltrato es dejar hacer el mal; el silencio ante la injusticia al final traerá consecuencias destructivas para todos. Así lo expresó, en una muy conocida frase, Martin Niemöller, un pastor protestante en la época del nazismo alemán:

«Primero vinieron a buscar a los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos, pero no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.»

El Apocalipsis emplea varias metáforas para aludir al imperio dominante de la época; entre ellas, lo refiere simbólicamente como una mujer que se prostituye, habla de una ramera que se viste de los colores sagrados (púrpura), pero su sacralidad es falsa, ya que es una diosa del poder que oprime. A ojos del mundo, Roma es admirada por su riqueza y su profunda visión del derecho, pero Juan la condena como servidora de la bestia.

El signo distintivo de la ramera es una copa que contiene la sangre de sus abominaciones. Esta figura femenina no es procreadora ni nutriente, sino embriagante y sanguinaria; ella lleva a una cosificación del ser humano. Derrama sangre para satisfacer su sed de poder. Las manifestaciones de este símbolo son muy variadas a lo largo de la historia humana, pero los resultados son los mismos.

Los cristianos daremos cuenta de nuestra neutralidad pasiva ante el Señor. Como bien lo expresara Martin Luther King Jr.: «Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos».

La fe cristiana como compromiso

En el Evangelio no hay amor sin solidaridad, y no hay solidaridad sin encarnación. Dios se ha solidarizado con nosotros; se ha hecho uno como nosotros. Solo el modelo encarnacional puede permitirnos conocer al Dios verdadero. La actitud de Cristo contra la injusticia indica el camino a sus seguidores:

Cultivar una conciencia espiritual crítica

Estamos llamados a discernir la realidad para descubrir los sistemas injustos y cuestionar los actos morales de las personas y las naciones, cualquiera que sea. La Biblia explica que el pecado no es un tema especulativo sino relacional. Se manifiesta en las relaciones entre el hombre y Dios, el hombre y su prójimo, y el hombre y su medio ambiente.

Es una fuerza destructiva que obstaculiza y deforma la vida humana. El pecado es la desobediencia al señorío de Dios, lo que produce como consecuencia la separación presente y futura de la comunicación con Él. Desobedecer a Dios es rechazar su amor; sufrir la ira es quedar fuera del ámbito de su Reino de amor.

Además, el pecado significa todo acto injusto, todo atropello de la dignidad humana y toda violencia del hombre contra el hombre. La injusticia que practicamos se nos revierte, nos enajena, nos deforma moralmente y nos desvía de la vocación de criaturas de Dios. Por esta razón, los profetas denunciaron las situaciones de abuso, aquellas donde se negaba el valor del prójimo.

Reenfocar nuestros valores

Los valores morales y espirituales son esenciales para construir sociedades más justas y equitativas; son fundamentales para la convivencia de las personas y las comunidades. Son esenciales porque guían nuestro comportamiento como principios que orientan las acciones y decisiones de la vida cotidiana y distinguen entre lo correcto y lo incorrecto.

Además, nos favorecen en la construcción de nuestra identidad. Si adoptamos los valores de Dios, reflejamos la imagen de Dios. Los valores que afirmamos representan la identidad personal y cultural, y reflejan las creencias, los principios y las aspiraciones más profundas de la iglesia que formamos.

Los valores cristianos fortalecen las relaciones. Son fundamentales para establecer vínculos saludables y profundos con la comunidad que integramos. El evangelio de Jesucristo no solo mira a un futuro lejano; atiende a un presente que se transforma para hacer posible la vida de todos al desarrollar una sociedad justa.

Esta comunidad solidaria se construye a partir del respeto a los derechos morales de todas las personas para promover el bienestar común. Jesús miró con compasión a los extranjeros y los marginados que eran menoscabados por el sistema de pureza que controlaba la vida social del pueblo de Israel.

Practicar la justicia solidaria

La justicia que encarna Jesucristo no es solo una ética social, sino una expresión del Reino: una realidad donde Dios reina con equidad, compasión y verdad. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). Jesús exige una justicia del corazón, no solo del cumplimiento ritual. La ley se cumple en el amor (Mateo 22:37-40). Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino (Mateo 5:20).

En la parábola del buen samaritano (Lucas 10), la justicia que predica se manifiesta en el cuidado del otro, sin importar su origen. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (Mateo 5:6): no es una justicia punitiva, sino restauradora. Jesús vincula justicia con sanación, inclusión y dignidad. Su ministerio es una respuesta concreta a la injusticia estructural. El Espíritu del Señor está sobre mí […]  para liberar a los oprimidos (Lucas 4:18).

Jesús revela una justicia que no excluye, sino que restaura al quebrantado. Dios es justo, pero su justicia se expresa en gracia: No romperá la caña quebrada (Isaías 42:3, citado en Mateo 12:20). La fe cristiana no es neutral: nos llama a defender al débil, romper el silencio y buscar la equidad. Como bien lo declara el profeta Miqueas: ¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor?: Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios (Miqueas 6:8, NVI).

Encarnar la compasión en lo cotidiano

Resistir la injusticia no siempre implica grandes gestos; puede consistir simplemente en acompañar al que sufre, intervenir ante el abuso o educar con verdad sobre los actos éticos. La parábola del buen samaritano (Lucas 10) muestra que la fe se vive en el camino, no solo en el templo.

El amor cristiano incluye a todos; no hay ningún individuo humano en toda la tierra a quien pudiéramos excluir de nuestra misericordia activa. La práctica del amor cristiano hacia un prójimo en particular está determinada por la naturaleza de la relación particular que tengamos con él.

Amamos al migrante, sufriente de hambre, de soledad y de desarraigo, de una manera diferente de la que amamos a nuestra familia inmediata y a los que pertenecen a la misma comunidad cristiana. No obstante, tenemos que amar a todos. Nuestro compromiso es tratarlos como personas que tienen un valor intrínseco y una dignidad de criaturas de Dios.

Cada ser humano tiene sus propios fines en el plan de Dios, y no debemos mirarlo como medio para alcanzar nuestros fines; más bien, de acuerdo con nuestra capacidad y oportunidades, debemos ayudarle en la realización de sus propios fines, comenzando con la supervivencia y el bienestar básico.

Dios nos conceda desarrollar una actitud positiva y constructiva al promover el bienestar del prójimo, y no una mera actitud pasiva y negativa de no hacerle daño.

Defiendan la causa del débil y del huérfano; háganles justicia al pobre y al oprimido. Salven al débil y al necesitado; líbrenlos de la mano de los malvados (Salmo 82:3-4).

Referencias

1 https://www.france24.com/es/medio-oriente/20250611-total-de-asesinados-en-gaza-supera-los-55-000-israel-vuelve-a-atacar-en-centros-de-ayuda-humanitaria

2 https://eacnur.org/es/actualidad/noticias/emergencias/guerra-en-ucrania-3-anos-de-sufrimiento-y-necesidad

3 https://www.hrw.org/es/news/2024/12/16/ee-uu-danos-profundos-por-la-separacion-familiar-en-la-frontera

4 El chivo expiatorio, ed. Anagrama, 1986.

5 Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal, Lumen, 1999.

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No apto para débiles

No apto para débiles

Por: Perla Esquivel
Profesora en el SEBAID

¿Qué necesitamos como individuos para que la iglesia crezca y se fortalezca?

Esa pregunta le hice hace años a una sabia anciana después de comentarle que había diferencias en la iglesia a la que recién me había integrado, lo cual me preocupaba. Para mi sorpresa, me contó que ella pasó por algo similar debido a una diferencia de opiniones, lo cual la llevó al grado de alejarse por el resentimiento que albergó en su corazón, recordando ese episodio como “el día que casi dejé la iglesia”.

Después de un año fuera, se dio cuenta de cuánto había perdido por hacerle caso a su ego herido y dejar de lado la comunión con los hermanos. Añadió: “Cuando oré por mi enojo y resentimiento hacia mis hermanos en la fe, Dios me mostró Efesios 4:1-3. Entonces le pedí que me ayudara a encontrar a las personas con las que necesitaba hablar”.

Agradezco a Dios porque hizo posible que se restableciera la relación con mis hermanos en la fe, a quienes no veía desde hacía un año. Ese fue el primer paso, pero hubo más. Con el tiempo, el Señor logró lo que anhelaba; más de una vez llegué a pensar que nunca volvería a tener comunión con mi iglesia. Sin embargo, Dios me mostró que debía cambiar y seguir el ejemplo de Jesús. Es ahí donde solo quienes deciden dejar la cobardía dan un paso adelante, actuando con valentía para ser dignos de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (RV60).

Si maximizamos las diferencias, surgirán las divisiones

Toma un momento para reflexionar si has vivido una situación como la que se ha descrito. Quizá en algún momento has sido grosero(a), indiferente o has dicho una palabra desconsiderada cuando no estuviste de acuerdo con algún hermano o hermana, o tal vez alguien se ha portado así contigo. ¿Qué sentimiento te genera? Seguramente malestar, tristeza o preocupación, sabiendo que esas actitudes no reflejan el vivir en Cristo.

Es claro que no somos una iglesia perfecta. Tenemos diferentes formas de pensar y eso está bien; el hecho de que no compaginemos con ciertas opiniones o ideologías no nos hace enemigos. Por el contrario, nos permite reconocer que puede y debe haber unidad en la diversidad, fomentada por el respeto y el amor.

Una iglesia resistente, orgullosa e impaciente es aquella que difícilmente logrará avanzar en el reino de Dios. Se convierte en un cuerpo enfermo, incapaz de actuar según la comisión que nos ha sido dada por Cristo. En cambio, una iglesia mansa, humilde, paciente y amorosa desarrolla una actitud que refleja la gracia, lo que le permite superar obstáculos y dificultades en su caminar hacia la plenitud del Señor.

Lograr la unidad en la iglesia es primordial

En los primeros tres capítulos de Efesios, Pablo comienza revelando que Dios ha escogido, de entre judíos y gentiles, un pueblo para sí, unido en un solo cuerpo: la iglesia. Sin embargo, en el capítulo cuatro, versículo 1, Pablo les “ruega”. La palabra παρακαλέω (parakalō) se traduce como una súplica, un llamado con urgencia; es decir, está implorándoles que vivan de una manera digna de acuerdo al llamado que han recibido. Esta acción se refiere a la vida diaria, pues para los creyentes es un privilegio que nos fue dado al ser llamados por Dios. Nuestra manera diaria de vivir debe corresponder a la posición que se nos ha dado como hijos de Dios.

En los versículos 2 y 3 lo explica con más detalle. Vivir de una manera digna del llamado de Dios requiere ciertas características en nuestras vidas. En la medida en que estos elementos se reflejan en el diario vivir, andaremos de la manera que corresponda a lo que Dios ha hecho por nosotros. En el versículo dos menciona: con toda humildad (ταπεινοφροσύνης) y mansedumbre (πραΰτητος), con paciencia (μακροθυμίας), soportándoos unos a otros en amor.

Ahora bien, humildad (ταπεινοφροσύνης / tapeinophrosýnēs), según la RAE, es la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Aquí podemos inferir que debemos vernos desde la perspectiva correcta, dejando de lado el orgullo, la soberbia y la arrogancia, reconociendo el valor de nuestro prójimo.

La segunda característica corresponde a la temática de este trimestre: la mansedumbre (πραΰτητος / praütētos), también traducida como consideración o apacibilidad. Hace referencia al dominio propio, la actitud pacífica y conciliadora que vemos encarnada en Moisés, quien fue descrito como “el hombre más manso de toda la tierra” (Números 12:3).

La tercera característica se refiere a la paciencia o largura de espíritu (μακροθυμίας / makrothymías) como una virtud activa, un llamado a soportar con calma las circunstancias negativas y nunca ceder ante ellas. Es cierto que, en la actualidad, la paciencia es entendida como la capacidad de esperar durante periodos prolongados; sin embargo, en la Biblia esta espera no es pasiva, sino que implica una actitud de seguir haciendo el bien, de no desmayar, de perseverar, confiando en que, a su debido tiempo, el Señor actuará de una manera maravillosa y especial.

Una vez que hemos desarrollado esas virtudes, podremos ser capaces de soportarnos unos a otros (ἀνεχόμενοι ἀλλήλων ἐν ἀγάπῃ) anteponiendo el amor que Dios ha tenido para nosotros, esforzándonos en buscar la santidad, ayudándonos mutuamente a superar el pecado, siendo comprensivos unos con otros sin juzgar ni condenar, sino llevando las cargas los unos de los otros y procurando guardar la unidad en el Espíritu, haciendo lo necesario para vivir en paz con todos.

No apto para débiles

La vida cristiana en comunidad nos permite conocer a personas diferentes a nosotros. Aunque eso pueda generar tensión, frustración y dificultades, también brinda una gran oportunidad para ver cómo nuestras diferencias se complementan al vivir la misión de Cristo en este mundo.

El llamado para vivir en la unidad del Espíritu nos libera del resentimiento y las quejas. Esto no significa que no puedan presentarse desafíos, pero nos permite soportar las faltas de los otros entendiendo que tenemos diferentes niveles de madurez espiritual, porque cuando nos toleramos, aprendemos y crecemos.

Por eso, este desafío es para mujeres valientes que deseen vivir de manera contracultural, no conformándonos con relaciones superficiales en nuestra comunidad de fe que al primer desacuerdo se dañan o rompen, sino interesándonos en formar vínculos que resistan los desafíos. Por ello, quiero invitarte a tomar acción en los siguientes ámbitos:

Ora por ese hermano o hermana difícil de amar: Quizá vino alguien a tu mente; también es probable que tú seas esa persona difícil para alguien más. Así que practica con humildad la oración por ese hermano o hermana, pidiendo a Dios que ponga en ti el verle con ojos de amor.

Busca la reconciliación: Atrévete a dar el primer paso. No es sencillo, lo sé, pero una vez que hayas orado, también pide al Señor que te guíe para tomar valor y llevarlo a cabo en el tiempo adecuado.

Sé honesta: Reconoce tus fallas. Resulta más fácil ver los errores en los demás que los propios, pero en un ejercicio de honestidad es sano revisar las palabras y/o acciones que pudieron dañar a tu prójimo.

Sé empática: Todos cometemos errores, pero es importante demostrar que, a pesar de eso, podemos mirar a nuestros semejantes con aprecio y respeto, sabiendo que todos somos hijos de Dios y que estamos en un proceso de crecimiento y transformación hasta llegar a la medida de la fe y la estatura del Señor Jesucristo.

Motiva a mantener la unidad: Es decir, debemos ser promotores de la paz. Debemos preferir siempre estar juntos y no divididos. Cuando apreciamos el sacrificio de Jesucristo y lo valoramos en profundidad, entonces estamos en posibilidad de comprender la importancia de estar unidos, pues así lo desea Él; esa es la voluntad de Dios para su iglesia.

En nuestra época posmoderna, ser iglesia es ir contra corriente, pues la sociedad promueve todos aquellos valores que hoy son considerados en alta estima, y resultan antivalores como la competitividad y la predilección del “yo” por encima del “nosotros”. Es el evangelio de Jesucristo el que nos exhorta a considerar a nuestros hermanos como más valiosos que uno mismo, y eso nunca ha sido sencillo; por supuesto, tampoco lo es en la actualidad.

Lograr la unidad con el cuerpo de Cristo nos permite influir en la sociedad como un reflejo resplandeciente del amor de Dios. La unidad entre el diverso pueblo de Dios es un testimonio maravilloso en un mundo fragmentado. Seamos mujeres fuertes en la fe, que promuevan la unidad, capaces de encontrar maneras de vincularnos y no dividirnos.

El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos (Juan 13:35, NTV).

Bibliografía

• https://www.logosklogos.com/interlinear/NT/Ef/4/

• https://www.biblegateway.com/

Bonhoeffer, D. (2017). El costo del discipulado (1ª ed.). Peniel.

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Nuevos colores para pintar tu matrimonio

Nuevos colores para pintar tu matrimonio

Min. Avelardo Alarcón Pineda

Cuando hablamos de actitudes nos referimos a la “disposición” previa con la que afrontamos nuestras vivencias cotidianas y con las que construimos nuestras relaciones. En todos nosotros existe algo así como una paleta de colores que seleccionamos previamente para pintar un cuadro; dependiendo de los colores que hayamos elegido daremos vida a nuestra obra. Así, podemos elegir colores pastel o neón, fríos o cálidos, brillantes u opacos, entre otros.

Las actitudes son determinantes para el éxito o el fracaso de un matrimonio. Se conforman de sentimientos, valores, preferencias, gustos, motivos o intenciones que seleccionamos previamente para determinar nuestras conductas. Por eso, existen actitudes que resultan positivas para pintar matrimonios sólidos, como también las hay negativas, que entorpecen, enferman, dañan o destruyen la relación.

Las actitudes podemos situarlas en el corazón, son predisposiciones de la voluntad. Son mecanismos automáticos que vamos construyendo para responder favorable o desfavorablemente ante situaciones que se nos presentan. Estos los vamos definiendo conforme vamos creciendo y nos vamos formando a lo largo de la vida, con base en experiencias previas. Así, este mecanismo, es nuestra manera de decidir: ante este tipo de experiencias yo responderé de esta manera. Así, podemos concluir que las actitudes se aprenden, las tomamos de las experiencias y los modelos que nos rodean. Están arraigadas en lo más hondo e íntimo de nuestro ser. Veamos 15 colores (actitudes) que pintan un matrimonio:

1. El egocentrismo. Cuando tenemos una predisposición a colocarnos en el centro de la vida matrimonial, pintamos un cuadro en el que los demás giran a nuestro alrededor y nosotros estamos ubicados en el lugar de privilegio y de atención. De esta manera no existe relación de iguales ni de reciprocidad, sino de utilitarismo, la pareja o los hijos son valorados en la medida en que son útiles a nuestros propósitos y satisfacción personal. El egocentrismo es lo opuesto al amor, cuando determina nuestras decisiones no es posible entregarse a una relación de iguales.

2. Desprecio. Cuando tenemos una predisposición a despreciar a otros nos conducimos con falta de respeto, burlas o insultos. Esta actitud le comunica a la pareja que tiene un valor inferior, sus aportes, comentarios, decisiones o anhelos ocupan un lugar de menor importancia que los nuestros. Nuestra vida se llena de color, mientras que la vida de los otros está en las sombras.

3. Crítica destructiva. Cuando tenemos una predisposición a señalar constantemente los errores, defectos o limitaciones de nuestra pareja, sin reconocer sus aspectos positivos. Esta actitud se manifiesta en comentarios negativos frecuentes, juicios severos y una tendencia a magnificar las fallas. La crítica destructiva erosiona la autoestima del cónyuge y crea un ambiente de tensión constante donde la pareja siente que nada de lo que hace es suficientemente bueno.

4. Actitud defensiva. Cuando tenemos una predisposición a interpretar cualquier comentario o sugerencia como un ataque personal. Esta actitud se caracteriza por respuestas automáticas de justificación, contraataque o victimización. La persona defensiva no puede recibir retroalimentación constructiva y convierte cada conversación en un campo de batalla donde debe defender su posición, impidiendo el diálogo genuino y el crecimiento de la relación. Esta actitud surge de creer que el matrimonio es un campo de batalla, y todo lo que ocurre lo pintamos como una escena de conflicto.

5. Indiferencia. Cuando tenemos una predisposición a mostrar desinterés por las necesidades, sentimientos o experiencias de nuestra pareja. Se manifiesta en la falta de atención, escucha y respuesta emocional. La persona indiferente crea una distancia emocional que hace sentir al cónyuge invisible y sin importancia, destruyendo gradualmente la conexión íntima necesaria para un matrimonio saludable. Este cuadro se parece a las fotografías en las que el fondo está difuminado.

6. Evasión. Cuando tenemos una predisposición a huir de los conflictos, las responsabilidades o las conversaciones difíciles. Esta actitud se refleja en comportamientos como el silencio prolongado, el refugio en el trabajo o actividades fuera del hogar, y la negativa a abordar temas importantes. La evasión impide la resolución de conflictos y el desarrollo de intimidad en la relación. En este cuadro la pintura queda siempre inconclusa.

7. Manipulación emocional. Cuando tenemos una predisposición a usar las emociones como herramienta de control. Se manifiesta mediante chantaje emocional, culpabilización, victimización o amenazas sutiles. El manipulador utiliza colores de miedo, culpa o compasión para conseguir que su pareja actúe según sus deseos, destruyendo la confianza y la autenticidad en la relación.

8. Descalificación. Cuando tenemos una predisposición a invalidar las opiniones, sentimientos o experiencias de nuestra pareja. Esta actitud se expresa minimizando o ridiculizando lo que el otro siente o piensa, negando su realidad emocional y deslegitimando sus perspectivas. La descalificación constante destruye el color de la confianza del cónyuge en su propio juicio y percepción.

9. Resentimiento. Cuando tenemos una predisposición a guardar y alimentar heridas pasadas sin resolverlas. Esta actitud se manifiesta en el recuerdo constante de ofensas anteriores, la incapacidad de perdonar y la tendencia a usar el pasado como arma en los conflictos actuales. El resentimiento envenena la relación y bloquea la posibilidad de renovación y crecimiento. Es un cuadro lleno de rayones.

10. Comparaciones negativas. Cuando tenemos una predisposición a contrastar constantemente a nuestra pareja con otros, señalando sus deficiencias. Esta actitud se expresa mediante comentarios que destacan las cualidades de otros mientras menosprecian las del cónyuge. Las comparaciones negativas destruyen la autoestima y generan inseguridad en la relación. Pintamos un cuadro que siempre se ve inferior al del vecino.

11. Cerrados a la comunicación íntima. Cuando tenemos una predisposición a mantener barreras emocionales que impiden la vulnerabilidad y la apertura. Esta actitud se caracteriza por la resistencia a compartir sentimientos profundos, temores o necesidades emocionales. La falta de comunicación íntima impide la construcción de una conexión profunda y significativa. Pintamos un cuadro que no expresa su belleza y arte.

12. Control excesivo. Cuando tenemos una predisposición a supervisar y dirigir cada aspecto de la vida matrimonial y de nuestra pareja. Se manifiesta en la necesidad de tomar todas las decisiones, monitorear actividades y restringir la libertad del cónyuge. El control excesivo borra los colores de la individualidad y la autonomía necesarias en una relación saludable.

13. Celos excesivos. Cuando tenemos una predisposición a la desconfianza y la posesividad extrema. Esta actitud usa colores de sospechas constantes, vigilancia, restricciones sociales y acusaciones infundadas. Los celos excesivos envenenan la relación con inseguridad y paranoia, destruyen la libertad y la confianza mutua.

14. Negación de problemas. Cuando tenemos una predisposición a ignorar o minimizar las dificultades en la relación. Esta actitud se manifiesta en la resistencia a reconocer conflictos, la minimización de preocupaciones válidas y el rechazo a buscar ayuda cuando es necesaria. Los colores de la negación impiden el crecimiento y la resolución efectiva de problemas.

15. Falta de apoyo emocional. Cuando tenemos una predisposición a ausentarnos emocionalmente en la vida de nuestra pareja, sobre todo en momentos de necesidad. Se caracteriza por la ausencia de colores que reflejan empatía, comprensión y soporte en situaciones difíciles. Esta actitud deja al cónyuge sintiéndose solo y abandonado en sus luchas personales.

Un aspecto que debemos destacar de las actitudes es que estas pertenecen al mundo afectivo. Es decir, manifestamos actitudes negativas o positivas en la medida en que sentimos afecto o aprecio por la persona ante quien debemos responder: no mantenemos la misma actitud ante nuestros padres, nuestros hijos o nuestro cónyuge.

Igual de importante es reconocer que las actitudes también obedecen a relaciones de poder; no tenemos la misma actitud ante nuestro jefe que ante un subordinado, ante una autoridad que ante una persona común.

En tercer lugar, debemos notar que las actitudes pueden convertirse en predisposiciones pecaminosas. Nuestras actitudes, tanto pueden estar motivadas por el pecado, como pueden llevarnos a pecar. Sobre todo, en el caso de las actitudes negativas; pues estas, generalmente van en contra de la voluntad santa del Señor.

Las actitudes, como hemos señalado, son asuntos del corazón, tienen que ver con nuestra esencia íntima. Por lo tanto, no siempre somos conscientes de ellas, generalmente no nos damos cuenta de que estamos siendo movidos por esa predisposición, actuamos en “automático” y no percibimos que estamos actuando de esa manera.

Con base en lo anterior, podemos comprender la importancia que tiene la acción del Espíritu Santo en nuestra relación, ya que Él lleva a cabo tres acciones en nuestra vida:

1. El Espíritu nos hace conscientes de nuestras malas actitudes. El Espíritu Santo tiene un papel fundamental en la convicción del pecado (Juan 16:8). Por ello, como hizo David, necesitamos orar constantemente: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad (Salmo 139:23-24).

2. El Espíritu nos lleva a desear las mejores actitudes. El deseo por mejorar y adoptar actitudes más positivas también es obra del Espíritu Santo. Pablo explica: los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu (Romanos 8:5-6). Esto implica que el Espíritu Santo nos guía hacia un anhelo por lo espiritual y lo bueno (Filipenses 2:13) y produce en nosotros un mejor fruto (Gálatas 5:22-23).

3. El Espíritu transforma nuestros corazones para cambiar nuestras actitudes. La transformación del corazón es una obra poderosa del Espíritu Santo. En Ezequiel 36:26 Dios promete: Y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Esta transformación permite un cambio genuino en nuestras actitudes y comportamientos. Pues el Espíritu nos permite vernos como somos, tal y como ocurre cuando nos miramos en un espejo, pero no nos deja así, sino que nos va transformando a la imagen misma de Jesús (2 Corintios 3:18) y nos va renovando constantemente (Tito 3:5).

Estas tres acciones del Espíritu Santo funcionan de manera interrelacionada, de suerte que forman un círculo virtuoso:

• La consciencia de nuestras malas actitudes nos lleva al arrepentimiento y la búsqueda de cambio.

• El deseo de mejores actitudes nos motiva a someternos a la dirección del Espíritu.

• La transformación es un proceso continuo que requiere nuestra disposición a la acción del Espíritu Santo.

• La transformación que experimentamos nos lleva a una mayor consciencia de nuestras actitudes.

El itinerario hacia un matrimonio exitoso requiere una transformación profunda de nuestras actitudes, una tarea que no podemos lograr por nuestras propias fuerzas. Es aquí donde descubrimos el papel determinante del Espíritu Santo.

Es importante que reconozcamos que muchas de nuestras actitudes destructivas están profundamente arraigadas en nuestro corazón, formadas por años de experiencias y patrones aprendidos. Sin embargo, no estamos condenados a vivir encadenados a estos ciclos destructivos. El Espíritu Santo está impulsándonos a experimentar la nueva vida y es poderoso para transformar incluso las actitudes con raíces muy profundas de nuestro ser.

Anímense a dar estos tres pasos prácticos en cooperación con el Espíritu Santo:

1. Permitan que el Espíritu Santo ilumine esas actitudes que están dañando su relación. Como David, oren pidiendo que Dios examine su corazón. La verdadera transformación comienza con el reconocimiento honesto de nuestras áreas de necesidad. ¿Con qué colores cuentas para pintar tu matrimonio?

2. Respondan al trabajo de convencimiento que hace el Espíritu Santo con disposición al cambio. Él está generando en ustedes el deseo de desarrollar actitudes que edifican y fortalecen su matrimonio. Cultiven esos deseos santos que Él está sembrando en sus corazones. ¿Qué colores nuevos necesitas para pintar tu matrimonio?

3. La transformación de actitudes es un proceso continuo que requiere paciencia y persistencia. Confíen en que el mismo Espíritu que inició esta obra en ustedes es fiel para completarla. Manténganse sensibles a Su dirección y corrección diaria. ¿Comienza a cambiar los colores con los que estás pintando tu matrimonio? Pinta un matrimonio lleno de vida y felicidad.

Recuerden que el matrimonio es como un lienzo donde Dios quiere manifestar Su poder transformador. Que el Señor les dé por su gracia una nueva paleta de colores para cooperar con Su Espíritu en este proceso de creación y transformación.

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Concilio ministerial 2025 “Con la actitud de Cristo”

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La gracia de Dios se renueva en cada fracaso

La gracia de Dios se renueva en cada fracaso

Min. Israel García López

«¿Cuán libre soy?

Preguntó el hombre a su creador:

Yo no puedo rechazar mi cuerpo.

Yo no puedo renegar de mis ancestros.

Yo no puedo desaparecer de mi entorno.

Yo no puedo escapar de mi tiempo.

Él contestó: tú no eres libre de tus condiciones, pero tú eres libre de elegir una actitud ante tus condiciones y eso es lo máximo que jamás he concedido.» ― Elizabeth Lukas.

El salmo 23 es claro al presentar una cosmovisión real de la vida, la vida está llena de altibajos, y no hay ser humano que escape de la constante tensión entre el control y el caos, entre la vida y la muerte, entre los fracasos y los aciertos, ya sea en el ámbito personal, profesional o espiritual, todos enfrentamos momentos de caída, de incertidumbre, y decepción. Sin embargo, en medio de esas experiencias difíciles, los creyentes pueden encontrar consuelo y esperanza en una verdad fundamental: la gracia de Dios se renueva en cada mañana, en cada crisis y fracaso. No somos libres de nuestras circunstancias y condiciones, pero sí de la actitud con la que nos enfrentamos a ellas; y nuestra actitud se fundamenta en nuestras convicciones acerca de la comprensión del carácter de Dios y de nuestra relación con Él.

¿Qué es la gracia de Dios?

Antes de profundizar sobre cómo la gracia se renueva en cada fracaso, es importante entender qué significa la gracia de Dios. La gracia es el favor inmerecido y libre que Dios otorga a las personas, es donación y plena generosidad. No es algo que podamos ganar ni merecer, sino que es un regalo divino que se manifiesta en su amor incondicional hacia nosotros.

En la Biblia, la gracia de Dios se describe como una fuerza poderosa que no solo perdona nuestros pecados, sino que también nos fortalece en nuestras debilidades, nos da esperanza en medio de la desesperación y nos guía hacia una vida plena y restaurada. Como dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 12:9: Pero él me dijo: ‘Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.’ Por lo tanto, gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

La gracia de Dios en el fracaso

El fracaso, en muchas ocasiones, es un sentimiento de derrota, de incapacidad, o de haber caído en algo que no esperábamos. Pero lo que muchas veces no vemos en el momento de la caída es que, en esos fracasos, Dios se muestra aún más cercano, dispuesto a ofrecernos una gracia renovada. El pueblo de Dios a lo largo de su historia enfrentó varios fracasos, y en todo ello Dios siempre estuvo presente, estuvo con Adán y Eva al salir del Edén, con Caín después de violentar a su hermano, con su pueblo en el desierto después de su éxodo y también los acompañó en el exilio, Dios se exilia, se hace errante con su pueblo.

La gracia nos cubre cuando caemos

Cuando fallamos, es fácil sentirse desanimado y pensar que ya no hay oportunidad de volverlo a intentar. Sin embargo, la gracia de Dios no está limitada a nuestros éxitos; su gracia abarca también nuestras caídas. Al igual que el padre amoroso de la parábola del hijo que abandona su hogar (Lucas 15:11-32), Dios siempre está esperando con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y restaurarnos. Cada fracaso es una oportunidad para experimentar la gracia renovadora de Dios, que nos cubre y nos levanta. El pueblo de Dios, por medio de sus fracasos aprendió y maduró, sus creencias se perfeccionaron, a lo largo de la Biblia podemos ver este proceso progresivo; así mismo, podemos crecer al ver nuestros fracasos como oportunidad de mejora y ver cómo la misericordia y gracia de Dios se manifiestan.

La gracia nos enseña y nos moldea

El fracaso no solo nos muestra nuestras debilidades, sino que también nos ofrece lecciones valiosas. Dios usa nuestros fracasos para enseñarnos lecciones de humildad, paciencia, dependencia de Él y madurez espiritual. Como menciona Romanos 8:28: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. En el proceso de restauración, la gracia de Dios nos moldea, fortalece y permite aprender de nuestras experiencias. La gracia no solo perdona, sino que también transforma nuestro carácter: transforma nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestra actitud.

La gracia es una fuente inagotable

Un aspecto único de la gracia de Dios es que nunca se agota. En momentos de fracaso, podemos sentir que hemos agotado nuestra capacidad de ser perdonados o de seguir adelante, pero la gracia de Dios es inagotable. Como dice Lamentaciones 3:22-23: Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Cada día, independientemente de nuestros errores del pasado, la gracia de Dios se renueva. Este amor y favor divino no tiene fin; es constante, disponible y suficientemente fuerte para cubrir cada uno de nuestros fracasos.

La gracia nos impulsa a seguir adelante

El fracaso puede ser paralizante: Puede hacernos dudar de nuestras capacidades o incluso de nuestro llamado. Sin embargo, la gracia de Dios no solo nos cubre, sino que también nos impulsa a seguir adelante. Como dice Filipenses 3:13-14: Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya alcanzado, pero una cosa hago: Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. La gracia de Dios nos permite no quedar atrapados en el fracaso, sino mirar hacia el futuro con esperanza, sabiendo que Él está con nosotros en cada paso del camino.

El fracaso, en cualquiera de sus formas, es una experiencia desafiante y dolorosa para cualquier ser humano. Para los líderes, ya sea en el ámbito familiar, personal o ministerial, el impacto del fracaso puede ser aún más abrumador debido a la responsabilidad que recae sobre sus hombros. No obstante, un líder genuino tiene la capacidad de superar las adversidades, aprender de sus errores y transformar las lecciones difíciles en oportunidades para crecer y servir de manera más efectiva.

Ámbito familiar

La familia es uno de los pilares más importantes en la vida de cualquier persona, lo que se hace en familia repercute en todos los ámbitos. Cuando un líder enfrenta dificultades familiares, puede sentirse profundamente afectado. Las tensiones familiares, las crisis de pareja o los desafíos con los hijos pueden dejar una huella emocional significativa. Es necesario:

Practicar la vulnerabilidad: Un líder no debe temer mostrar su humanidad. Reconocer sus errores y limitaciones frente a su familia es el primer paso para reconstruir puentes de confianza. La honestidad y la apertura con la familia son fundamentales para sanar las relaciones rotas.

Buscar el perdón y ofrecerlo: El líder, en el afán de no faltar a su llamado y posición, puede relegar a su familia como última prioridad, esto lastima a la esposa y a los hijos. El perdón es un componente esencial en cualquier restauración. En muchos casos, el líder puede ser el primero en dar el paso hacia la reconciliación, ya sea pidiendo perdón por sus fallos o perdonando a los miembros de la familia. El perdón no solo libera a los demás, sino también a uno mismo. Es necesario recordar que a la persona ofendida puede tomarle más tiempo poder perdonar y hay que aceptar el ritmo de su proceso.

Establecer límites saludables: A veces, el fracaso en el ámbito familiar puede derivar de la falta de equilibrio. El líder debe aprender a establecer límites saludables, tanto en su vida personal como en su ministerio, para proteger su bienestar emocional y su relación con la familia. Primero es la salud marital y familiar, si esto está bien, lo demás será más fácil de enfrentar.

Ámbito personal

El fracaso personal es una de las experiencias más universales, y puede abarcar desde la pérdida de objetivos y metas hasta la lucha interna con la autoimagen y el autoconcepto. En este sentido, un líder puede seguir algunos principios clave para superar el fracaso personal:

El fracaso siempre es una oportunidad de crecimiento: En lugar de ver el fracaso como algo negativo, un líder sabio lo percibe como una lección valiosa. Cada error ofrece una oportunidad para el aprendizaje y el crecimiento personal. Este enfoque puede transformar lo que inicialmente parece un fracaso en una herramienta poderosa de desarrollo. La lluvia evidencia las fisuras del techo por medio de goteras, las goteras y la lluvia no son el problema; las fisuras son el problema. Los fracasos son la lluvia que anuncia que hay algo que reparar o resolver.

Buscar apoyo emocional: Los líderes no están exentos de las dificultades emocionales que pueden surgir después de un fracaso. A menudo, hablar con un mentor, consejero o amigo cercano puede ser crucial. La empatía de otros puede ofrecer una perspectiva fresca y la fuerza necesaria para seguir adelante. Cada pastor debe contar con un amigo pastor con quien abrir su corazón, para llevar mutuamente las cargas. La madurez se evidencia en la capacidad de pedir ayuda.

Restaurar la confianza en uno mismo: El fracaso personal puede erosionar la autoconfianza. Sin embargo, un líder debe trabajar en reconstruir esa confianza, recordando que el valor personal no depende de los éxitos o fracasos. Reconocer sus talentos, habilidades y logros previos puede servir como recordatorio de su capacidad para superar las dificultades. Así mismo, debe actualizarse el auto concepto, cada crisis nos da la oportunidad de redescubrirnos como nuevas personas, siempre hay algo que mejorar, dar paso a nuestra mejor versión como personas.

Ámbito ministerial

El fracaso en el ministerio, ya sea una crisis moral, desempeño deficiente en las funciones administrativas o una relación rota con los miembros de la congregación, puede ser uno de los fracasos más difíciles de manejar. Para los pastores, el desafío radica en mantener la integridad, la fe y el propósito en medio de las dificultades. Ante las crisis es necesario:

Volver a la visión y misión original: Los líderes ministeriales deben recordar el propósito más grande detrás de su vocación. A veces, el fracaso puede hacer que se pierda de vista la razón por la cual comenzamos en el ministerio. Reflexionar sobre nuestro llamado puede renovar la pasión y la claridad para continuar en la labor.

Desarrollar resiliencia espiritual: El fracaso ministerial puede generar conflictos teológicos y conflictos con el llamado. Es esencial que los líderes mantengan una vida espiritual sólida, fortaleciendo su relación con Dios a través de una espiritualidad sana. La resiliencia espiritual es la base para enfrentar cualquier desafío y tensión en el ministerio.

Buscar la restauración en la comunidad: El apoyo de la comunidad de fe es esencial en momentos de crisis ministerial. Los líderes deben estar dispuestos a recibir consejería y acompañamiento de otros colegas. No se trata solo de ofrecer apoyo a los demás, sino de reconocer que también necesitamos el cuidado y el acompañamiento de la iglesia.

En general, para los líderes que buscan superar el fracaso, ya sea en su familia, en su vida personal o en su ministerio, es necesario: la humildad de reconocer los errores y aprender de ellos; la paciencia para permitir el proceso de restauración, tanto personal como en las relaciones; la perseverancia, recordando que el fracaso no es el final, sino una oportunidad para empezar de nuevo.

El fracaso es una parte inevitable de la vida, pero no tiene por qué definir la vida de un líder. Superarlo requiere una combinación de humildad, resiliencia y una profunda fe en que cada dificultad puede ser transformada en una oportunidad para crecer. Los líderes se vuelven más fuertes, más sabios y más capaces cuando se ven a sí mismos como personas que también están en proceso de crecimiento. El fracaso nos recuerda nuestra necesidad constante de la misericordia de Dios. En esos momentos, cuando nos sentimos indignos o alejados, la gracia de Dios se convierte en el puente que nos conecta con Su misericordia. Es un recordatorio de que no estamos definidos por nuestros fracasos, sino por el amor incondicional de un Dios que nunca nos abandona.

La gracia de Dios no es solo un concepto teológico abstracto, sino una realidad vivida que se renueva cada día. Cada caída, cada error, cada dificultad es una oportunidad para experimentar la gracia de Dios de una manera más profunda. Al entender que su gracia nunca se acaba y que se renueva constantemente, podemos enfrentar el fracaso con la seguridad de que no estamos solos y que el fracaso no tiene la última palabra. Dios nos cubre, nos restaura, nos transforma y nos impulsa hacia adelante, siempre recordándonos que, aunque fracasemos, Su gracia es más grande que cualquier error. En Él, hay segundas, terceras y las oportunidades que necesitemos para seguir caminando y creciendo.

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Más allá de la elección de canciones

Más allá de la elección de canciones

Por: Hazael García

La música ha sido parte integral de la adoración desde los tiempos más antiguos. En la Biblia, vemos cómo los salmos y cánticos eran utilizados para alabar a Dios, y cómo instrumentos y voces se unían para crear momentos sagrados. Sin embargo, reducir la función de la música en la adoración simplemente a seleccionar canciones sería subestimar su verdadero poder y profundidad. La música es un medio profundo y poderoso que trasciende la melodía y las letras; es un lenguaje espiritual que nos conecta con Dios y nos permite expresar nuestras emociones y pensamientos más íntimos.

El poder de la música en la adoración radica en su capacidad para facilitarnos una conexión más profunda con Dios. La música tiene una cualidad única para trascender las barreras del lenguaje, lo que nos permite comunicarnos con Dios a un nivel más allá de las palabras. Cuando cantamos, podemos expresar emociones que muchas veces no somos capaces de verbalizar: gratitud, asombro, lamento, arrepentimiento o esperanza. Por ejemplo, el uso de un himno solemne puede guiar a una comunidad en momentos de lamento y súplica, mientras que una canción con ritmos alegres puede reflejar la celebración de la bondad de Dios.

En muchos momentos de la vida, nos encontramos con situaciones en las que nuestras emociones son demasiado complejas para explicarlas con simples palabras. La música proporciona una vía para canalizar estos sentimientos, ayudándonos a procesarlos y a presentarlos ante Dios. Por esta razón, los diferentes estilos y géneros musicales pueden cumplir funciones variadas en el contexto de la adoración, dependiendo del estado emocional y espiritual de quienes participan.

Cada comunidad de fe tiene su propia identidad musical, y esto está influenciado por la cultura, la tradición y las preferencias individuales. Lo interesante es que diferentes estilos musicales pueden contribuir a diferentes aspectos de la adoración. Por ejemplo, el uso de música contemporánea con ritmos modernos y dinámicos puede resonar con congregaciones más jóvenes, ayudándoles a conectar con Dios a través de un lenguaje musical más cercano a su día a día. Estas canciones tienden a centrarse en temas como la confianza en Dios, la gracia y la adoración colectiva.

Por otro lado, los himnos tradicionales tienen una estructura más formal y, a menudo, contienen teología profunda en sus letras, lo que puede invitar a la reflexión y la meditación. La música clásica o coral, en sus momentos más sobresalientes, puede elevar el espíritu hacia una experiencia de adoración más contemplativa, centrada en la reverencia y el asombro.

Además, géneros como el góspel, ofrecen una rica herencia musical que combina pasión y profundidad espiritual. Este estilo, a pesar de ser antiguo, sigue siendo un poderoso vehículo de adoración en la actualidad, recordándonos que la música tiene el poder de trascender generaciones y modas.

Estrategias para los jóvenes en el liderazgo de adoración

Para los jóvenes que desean involucrarse en el liderazgo de adoración, es importante comprender que su papel va mucho más allá de simplemente tocar música. Se trata de crear un ambiente en el que toda la comunidad pueda acercarse a Dios y experimentar su presencia. A continuación, se ofrecen algunas estrategias clave:

1. Selección de canciones que reflejen verdades bíblicas: No todas las canciones más aceptadas necesariamente tienen un contenido teológico sólido. Un líder de adoración debe ser cuidadoso al seleccionar canciones que no solo sean musicalmente atractivas, sino que también reflejen fielmente las verdades bíblicas. Es esencial que las canciones que se canten en la iglesia guíen a la congregación hacia una mayor comprensión de la Palabra de Dios.

2. Creación de un ambiente auténtico de adoración: La autenticidad es crucial en la adoración. Un buen líder debe ser consciente de las necesidades espirituales de la comunidad. En lugar de simplemente imitar lo que está de moda en otras iglesias, es importante buscar formas genuinas de conectar con Dios a través de la música. Esto puede implicar la creación de momentos de silencio, oración o lectura de citas bíblicas entre las canciones.

3. Diversificar el repertorio musical: La diversidad en los estilos musicales puede enriquecer la experiencia de adoración. Incluir diferentes géneros y ritmos no solo refleja la variedad dentro del cuerpo de Cristo, sino que también permite que diferentes personas puedan conectarse con Dios de manera más profunda a través de la música. No se trata de complacer a todos, sino de entender que diferentes momentos de la vida espiritual requieren diferentes expresiones musicales.

4. Preparación espiritual y técnica: Servir en el ministerio de adoración requiere tanto preparación espiritual como técnica. Es fundamental que los jóvenes líderes de adoración no solo practiquen sus habilidades musicales, sino que también dediquen tiempo a la oración y al estudio de la Palabra. La música es un medio para adorar a Dios, y un corazón alineado con Él es esencial para guiar a otros de manera efectiva.

La música en la adoración es mucho más que una simple elección de canciones. Es un medio a través del cual podemos expresar nuestras emociones más profundas y conectarnos con Dios de maneras que las palabras no siempre permiten. Los diversos estilos musicales, desde los himnos tradicionales hasta las canciones contemporáneas, tienen un papel valioso en la vida espiritual de nuestras comunidades de fe, ya que cada uno aporta una dimensión única a la experiencia de adoración.

Para los jóvenes que desean servir en este ámbito, es vital entender la responsabilidad que conlleva el ministerio de adoración. Se trata de seleccionar música con propósito, crear un espacio auténtico de conexión con Dios y, sobre todo, guiar a la congregación en una experiencia de adoración que sea significativa y bíblicamente sólida. La música tiene el poder de transformar corazones y mentes, y, cuando se utiliza correctamente en la adoración, se convierte en un poderoso puente que podemos cruzar para experimentar la presencia de Dios.

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