Paz que vence el miedo

Una doctrina que sana

Min. Saulo Toto Cajal

En ocasiones nos encontramos, como los discípulos hace mucho tiempo, en un mundo que a menudo nos asusta. Las noticias, la economía, el narcotráfico, las ideologías sociales, los conflictos entre naciones; incluso nuestras propias inseguridades, limitaciones o heridas emocionales pueden hacernos sentir que estamos viviendo detrás de “puertas cerradas”. Quizás, como ellos, hemos experimentado decepción, dolor, o la sensación de que nuestras esperanzas de un futuro pleno se han desvanecido. Es natural sentir temor, es humano; lo que no es natural, es que el miedo paralice nuestra vida.

Si miramos al mundo, es probable que nos angustiemos; si miramos adentro de nosotros, tal vez nos deprimamos; pero si miramos a Jesús, seguramente nos renovaremos con Su paz, que sobrepasa todo entendimiento.

La Palabra de Dios hoy nos ofrece una salida de esas “habitaciones del miedo”, hacia una realidad de paz, propósito y poder.

En cierta ocasión los discípulos de Jesús estaban reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos. ¡Qué imagen tan vívida! Miedo, parálisis, aislamiento. ¿Acaso no es así como a veces nos sentimos en la iglesia, o en lo personal? Tememos el juicio, el fracaso o la crítica. Tememos no ser lo suficientemente buenos, no saber qué decir, o incluso qué pensar. Nos encerramos, consciente o inconscientemente, de las necesidades del mundo y del arrojo y valentía que el Evangelio nos pide.

LA NOCHE

Juan 20:19-21 nos sitúa en una escena cargada de tensión: Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos se encontraban, por miedo a los judíos.

Jesús había resucitado al finalizar el sábado. Por la mañana las mujeres fueron al sepulcro y les fue dicho que Jesús había resucitado, tal como lo prometió.

Los discípulos no estaban celebrando la resurrección, estaban escondidos, habían cerrado las puertas del lugar donde se encontraban. El día de la resurrección debía ser un día de confirmación de la fe en Jesús, ya que él había prometido que al tercer día iba a resucitar; sin embargo, se había convertido en otra cosa, el día de la fe se había convertido en el día del temor.

Esta escena se lleva a cabo cuando llegó la noche. En la Biblia se usa el término “noche” como símbolo de tinieblas, ignorancia, confusión, miedo, caos, pecado, de alejamiento de Dios, de imposibilidad de trabajar, y de muerte; al contrario del día, que simboliza luz, vida, fuerzas para trabajar, y seguridad.

En este tiempo de tinieblas, los discípulos están paralizados por el miedo. El Maestro ha sido crucificado y ellos saben que pueden correr la misma suerte: ser aprehendidos, azotados y crucificados. El temor a morir, a ser perseguidos, a perderlo todo y al sufrimiento, ha robado su paz.

A nosotros, ¿qué nos roba la paz?

EL MIEDO QUE NOS ROBA LA PAZ

Los discípulos habían caminado con Jesús, habían visto milagros, habían escuchado promesas, pero ahora el miedo domina su corazón.

Este miedo tiene varias causas, muy similares a las nuestras:

1. El temor al sufrimiento y a la muerte

Los discípulos sabían que seguir a Jesús podía costarles la vida. El miedo al dolor, a la pérdida y a lo desconocido, les robó la paz en su corazón.

Los principales miedos de las personas, son:

– A la pobreza.

– A la enfermedad.

– A la crítica.

– A un suceso inesperado y trágico.

– A la vejez.

– A la pérdida del amor.

– A la muerte.

La iglesia también evidencia su miedo al sufrimiento, cuando:

– Invierte más en la comodidad de los templos (mejores bancas/sillas, sonido, proyección, instrumentos, instalaciones) que en ministerios de alcance evangelístico.

– Evita ir a predicar el mensaje de salvación a lugares lejanos o en zonas de riesgo, como cinturones de miseria, con personas que viven en situación de calle, migrantes, enfermos terminales, asilos u orfanatos, o con personas que venden su cuerpo para vivir.

– Cuida más la observancia de sus costumbres y tradiciones, que la restauración del ser humano.

2. La culpa y el fracaso

Pedro lo negó y los demás huyeron. La culpa no resuelta es una de las mayores ladronas de la paz. Cuando creemos que hemos fallado demasiado, vivimos encerrados, como los discípulos, detrás de puertas cerradas.

Cuando depositaste tu confianza y te fallaron, te es muy difícil volver a creer y confiar en las personas. Cuando has vivido un divorcio, cuando tu negocio no dio los resultados esperados, cuando no pasaste el examen de admisión, cuando te despidieron de tu trabajo, cuando la iglesia se dividió, cuando tu familia se desintegró, cuando cometiste un error o pecado; te es muy difícil intentarlo de nuevo.

Volver a creer que Dios hace nuevas todas las cosas, perdona y restaura el corazón humillado es uno de los desafíos más grandes que tenemos.

La iglesia evidencia su miedo a la culpa o fracaso, cuando:

– Deja de intentar maneras creativas y contextuales para compartir el evangelio.

– Crea costumbres religiosas, que más que anunciar el reino de Dios solamente buscan mitigar el sentido de culpa por no cumplir la misión dada de hacer discípulos de Jesucristo.

3. La pérdida del control

Nada estaba saliendo como esperaban. Cuando sentimos que no controlamos el futuro, la ansiedad se instala en el corazón.

En ocasiones, nos da miedo no poder controlar las circunstancias, porque perder el control nos genera inseguridad. Muchas veces tomamos decisiones equivocadas porque no permitimos opiniones que nos confronten o nos corrijan. En ocasiones los padres queremos dirigir la vida de nuestros hijos diciéndoles cómo deben vestirse, cómo deben peinarse, qué carrera deben estudiar, o incluso, con quién deben casarse. Lo único que hacemos es generar hijos que no se valen por sí mismos, inseguros.

Los pastores, en ocasiones, también tenemos miedo a perder el control de las congregaciones, a veces obstruimos ministerios florecientes por temor a que nos rebasen; incluso, nos atrevemos a dictaminar quién tiene este don espiritual y quién tiene aquel otro. Nosotros no somos Dios. Nosotros no somos Jesucristo. Nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros somos siervos. ¡El control de todo lo tiene Jesús!

Así también hoy, muchos creyentes viven con las puertas del alma cerradas: miedo al mañana, miedo a enfermar, miedo a no ser suficientes, miedo a fracasar.

JESÚS ENTRA DONDE EL MIEDO GOBIERNA

Y es precisamente en ese contexto donde Jesús aparece y pronuncia una palabra que transforma la escena y la vida de sus seguidores: “paz a vosotros.”

¡Qué interrupción tan gloriosa! Jesús no esperó a que abrieran la puerta, no pidió permiso, no esperó a que el miedo se fuera; entró al lugar, tal y como sus discípulos se encontraban; Él se manifestó justo donde estaban, en su miedo, en su encierro. Y lo primero que les ofreció no fue una reprimenda, ni un reproche, ni una queja; sino, paz. La palabra que les dijo fue “paz” (eirene, griego; shalom, hebreo), una paz que no es simplemente ausencia de conflicto, sino plenitud, un bienestar total que viene de la presencia de Dios.

Esta es la primera verdad que debemos abrazar: nuestro encuentro con Jesús siempre comienza con su oferta de paz. Antes de que nos pida algo, antes de que nos envíe, Él quiere quitar nuestros miedos. Quiere que soltemos esas cargas de ansiedad y temor que nos aprisionan. Él nos muestra sus manos y su costado, las marcas de su sacrificio, recordándonos que su paz no es barata; fue ganada en la cruz. Es una paz que el mundo no puede dar, pero tampoco puede quitar.

El texto dice algo poderoso: Jesús vino y se puso en medio. La paz que Jesús ofrece no depende de las circunstancias externas, sino de su presencia viva en medio de nosotros. Por eso repite dos veces: “paz a vosotros.”

No es una paz superficial. Es la paz que:

• vence al miedo de la muerte,

• sana la culpa del pasado,

• afirma que el amor de Dios es más fuerte que nuestro fracaso.

La paz es la presencia de Dios, no la ausencia de conflictos, es la certeza de que Cristo resucitado está con nosotros.

CÓMO VIVIR LA PAZ DE JESÚS

1. Entender que la paz es un regalo

Juan 14:27 dice: La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden (NVI).

La paz de Jesús es un don. No podemos trabajar por ella ni podemos ganarla. No podemos programarnos para ella. No podemos trabajar con ahínco para obtenerla. Es un regalo que simplemente aceptamos o no.

2. Aceptar el perdón de Dios en Jesucristo

1 Juan 1:9 recuerda: Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (NVI).

Para la mayoría de las personas, la culpa es el destructor número uno de la paz. Cuando nos sentimos culpables, nos sentimos obsesionados y perseguidos por nuestro pasado.

La única forma de tener paz es tener una conciencia limpia, y sólo Dios puede darla. Dios está interesado en borrar tus cuentas con él. Esa es su naturaleza. Le gusta perdonar, porque su esencia es el amor.

Pero hay que reconocer el error, arrepentirse y tomar la decisión de corregir, con la ayuda del Espíritu. Dice el salmista (32:3 y 5): Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, pero también dice: Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad.

3. Recordar que Dios está presente y tiene el control

Siempre es bueno recordar que Dios está presente con nosotros, y debemos aprender a sentir su presencia. Por lo tanto, tenemos la opción de concentrar la atención en nuestros problemas, miedos, tristezas, o en Dios, quien tiene la solución: la paz verdadera que solo Jesús puede dar.

Si miras al mundo, te angustiarás; si buscas adentro, te deprimirás; pero si miras a Cristo, hallarás descanso a tu corazón. En lo que te concentres será lo que determine tu nivel de paz personal. Ponerse tenso o estresado, vivir angustiados, tener duelos o pérdidas no resueltos es una clara indicación de que quitamos nuestros ojos del Señor y los pusimos en las circunstancias. Estamos mirando al problema en lugar de la solución.

El Salmo 46:1 y 10 dice: Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia… Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios (NVI).

¡Dios es la ayuda siempre presente en momentos de dificultad!

Recibimos su ayuda cuando reconocemos que Él es Dios. ¿Sabía que justo en medio de un huracán o tornado hay un centro tranquilo, que se llama ojo? De igual manera, aunque todo se deshace alrededor de usted, puede haber un centro tranquilo en su vida.

Filipenses 4:7 dice: y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (NVI).

No tenemos que entender el por qué ni el cómo, ni tampoco el cuándo Dios hace lo que hace. Todo lo que tenemos que hacer es confiar en Dios para experimentar su paz. Mientras me esfuerzo por arreglar las cosas, en realidad no estoy confiando en Dios y es probable que no tendré paz.

La paz no es una vida sin problemas. Es un sentido de calma en medio de las tormentas de la vida.

Un discípulo sin paz no puede vivir la misión. El miedo paraliza, la culpa calla, la ansiedad desgasta. Pero cuando recibimos la paz de Cristo:

• el miedo se transforma en confianza

• la culpa se transforma en perdón

• la inseguridad se transforma en valentía

• La desesperanza se transforma en propósito y sentido de vida

La misión cristiana no nace de la obligación, sino de la paz recibida. Solo quien ha sido reconciliado con Dios puede anunciar reconciliación al mundo.

Conclusión

Hoy, Jesús sigue presentándose en medio de nuestras puertas cerradas y sigue diciendo: “paz a vosotros.”

Él conoce las razones por las cuales no tenemos paz en el corazón. Él conoce nuestra historia. Él conoce todo de nosotros, conoce nuestros miedos, conoce nuestras heridas, conoce nuestras culpas, conoce todas las veces que hemos fallado. Pero nos regala su paz, es una muestra de su gracia.

Esa paz:

• nos libera del miedo a morir,

• nos sana por dentro,

• nos quita la culpa

• nos sana las heridas

• y nos capacita para vivir como discípulos enviados.

Abramos hoy el corazón para recibir la paz de Dios, y desde esa paz, responder al llamado de Cristo de ir, amar y servir, confiando en que el Resucitado camina con nosotros.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Jesús y los que no tienen lugar en la mesa

Jesús y los que no tienen lugar en la mesa

Dara Kenneth Trujillo González

Hay restaurantes donde, para conseguir una mesa, hay que reservar con semanas de anticipación, y donde solo algunas personas con cierta posición económica o estatus social tienen la oportunidad de acercarse. Tener un lugar en la mesa puede representar mucho más que un simple espacio; simboliza pertenencia, aceptación y la oportunidad de ser escuchado. Estar en la mesa es sentirse parte, es saber que alguien te espera y te toma en cuenta.

En contraste con la aceptación, está el rechazo: la acción y efecto de no aceptar, negar o apartar a alguien. Y aunque no hubiera mencionado su definición, muchos de nosotros no solo entendemos lo que significa, sino que también lo hemos sentido. Todos, en algún momento, hemos experimentado la exclusión por parte de una persona o un grupo.

El rechazo no es algo exclusivo de nuestros tiempos; en la época de Jesús existía una marcada exclusión hacia distintos grupos sociales. El valor de una persona estaba determinado por su posición económica, académica o social; por lo que, si alguien no tenía nada “valioso” que aportar, simplemente no era considerado. Peor aún, a muchos se les negaba la oportunidad de relacionarse con Dios. Pero en medio de esa dinámica, el Evangelio rompe el molde: Jesús trae una verdad transformadora: el Rey da lugar a los más pequeños y sinceros.

Para conocer mejor la actitud de Jesús hacia aquellos que no eran considerados importantes, Marcos nos presenta dos escenarios reveladores:

Jesús y los niños

Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía (Marcos 10:13-16).

En este pasaje, Jesús permite que los niños se acerquen a Él. A simple vista, podría parecer que solo los está defendiendo de los reproches de los discípulos; sin embargo, más que una defensa, Jesús está restaurando su dignidad al otorgarles un lugar importante en el reino de Dios. Si nos adentramos en el contexto cultural de este pasaje, podemos observar el menosprecio con la que eran tratados los niños. Eran considerados de tal manera debido a que no podían aportar dinero, fuerza o conocimiento; su inocencia los hacía manipulables y sus limitaciones no los hacían capaces de entender las profundidades de la sabiduría y el conocimiento de Dios (o eso era lo que la gente creía).

Volviendo al versículo, desde la perspectiva de los discípulos, los niños no tenían nada que aportar, ya que no podrían contribuir con la Misión, y querían proteger a su Maestro de atenciones agobiantes (Taylor, 1980, 503-505). Para los seguidores de Jesús, la presencia de los pequeños no era importante; mientras más rápido se deshicieran de ellos, mejor, ya que atenderlos parecía una completa pérdida de tiempo y energía. Pero Jesús actúa de una forma impresionante: en lugar de ignorar a los niños y pasar de largo, se indigna ante la actitud de los discípulos y los reprende en ese mismo momento. En una época en la que los niños no tenían posición alguna que les diera valor, Jesús los mira, los abraza, los bendice y, no solo pone sus manos sobre ellos, sino que los coloca al centro del mensaje.

Me pregunto si alguna vez nosotros hemos sido tratados de esa forma o, peor aún, si hemos tratado así a alguien más. Las miradas de superioridad reflejan una perspectiva limitada que nos hace olvidar el valor que Dios ha puesto en cada persona. Así como Jesús elevó la dignidad de los pequeños al hacerlos parte del reino de Dios, Él sigue defendiendo a los marginados y dándoles un lugar en su mesa. Este privilegio no se basa en la posición social ni en la fuerza humana. Ser aceptado en la mesa del Señor no tiene nada que ver con lo que una persona puede dar; sino con la gracia y el amor inagotable de Cristo.

Cuando Jesús ve a los más pequeños, no ve su debilidad como una desventaja, sino como una oportunidad de recibir el mensaje del Evangelio de una manera diferente. Pues cuando a alguien pequeño se le da la oportunidad de tener un lugar en la mesa de aquel incomparable y soberano Dios, la invitación es recibida con humildad.

Cristo está buscando corazones sencillos, dispuestos y humildes. Y este pasaje nos recuerda que tenemos que ver de manera diferente a los niños y también a las personas que son consideradas “pequeñas”. El Señor nos invita a tratarlas con paciencia y compasión, a incluirlas en las actividades de la Iglesia y a tomar en cuenta su voz.

Jesús nos ha comprado con su sangre, un lugar en su mesa. Él abrió el espacio para todos los que alguna vez fueron dejados fuera. Ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a responder a esa invitación? El Reino pertenece a quienes se acercan con la fe de un niño: una fe humilde y sencilla, sin pretensiones ni méritos, y con un corazón que confía plenamente en el amor del Padre.

La viuda y su ofrenda

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento (Marcos 12:41-44).

En este segundo escenario aparece una viuda pobre que deposita una ofrenda. Desde la perspectiva de la mayoría, no había nada especial en este acto; es más, hasta podría parecer insignificante, ya que el dinero echado por la viuda era una cantidad muy pequeña. Las dos monedas (blancas) que ofrece la mujer suman un centavo (un cuadrante). Una blanca era una pequeña moneda de cobre, la cual era la más baja denominación en su uso. Equivalía a un octavo de centavo de dólar (Montanilla Romero, 2015). El arca donde había puesto las monedas probablemente era una de las dedicadas a las ofrendas voluntarias. La mujer no tenía ninguna obligación de donar; sin embargo, la Palabra menciona que dio todo su sustento; esto significa que dio todo lo que tenía para vivir. La ofrenda, más que una donación, era un sacrificio.

Socialmente, la viudez era considerada una desgracia y una vergüenza; ella no tenía cómo trabajar, era rechazada por la sociedad y por los hombres (Galindo Reyes, 2021). Su extrema pobreza, su baja posición social y su falta de amparo familiar la colocaban en una situación sumamente vulnerable. Pero es la actitud de esta mujer vulnerable lo que llama la atención de Jesús. Ella no dio su dinero por un compromiso con el templo o en busca de admiración; lo dio todo porque sabía que la providencia de Dios era más grande que su necesidad. Su devoción al Padre permeaba todos los aspectos de su vida, demostrando una completa dependencia de Él.

La mujer no tenía un lugar reservado en la sinagoga; probablemente tampoco tenía un asiento en la mesa de su familia. Pero su lugar estaba apartado en la mesa del Rey. Nadie se detenía a mirarla, pero Jesús sí la vio. La verdadera adoración no se mide por la cantidad que damos, sino por la actitud del corazón y la disposición con la que nos acercamos a Él.

¡Qué asombroso es ver que las personas ignoradas por la sociedad —aquellas que fueron hechas a un lado, las menospreciadas y olvidadas— son las que muestran una devoción más profunda a Dios! Ellas saben lo que es no tener un lugar, y por eso valoran cada gesto de gracia. Su respuesta a Dios viene de un corazón que conoce bien el rechazo, pero que también ha experimentado la ternura de ser visto y amado por el Señor. Tanto los niños como la viuda nos recuerdan que el reino de Dios no es exclusivo de los fuertes, sabios o influyentes; es para los sencillos, sinceros y para las personas que se acercan con humildad.

Los pequeños encuentran en Jesús un amigo que los toma en los brazos, y los vulnerables hallan en Él al Dios que los mira. En la mesa del Señor hay lugar para todos los que el mundo ha dejado fuera; en su Reino, la grandeza se mide por la fe y la dependencia, no por el poder o la posición. Tal vez el rechazo, la soledad o el no tener un lugar nos han dolido, pero también pueden hacernos comprender con mayor profundidad el amor incondicional y sobreabundante de Dios. A los ojos del Rey, nadie está olvidado.

Jesús nos invita a ser partícipes de su mesa; nos llama a cada uno de nosotros y nos recuerda que, por su gracia y sacrificio, ahora le pertenecemos al Padre. Vivamos bajo los valores del Reino: humildad, sencillez, confianza en Dios y un amor que siempre da un lugar a los demás.

Referencias

1. Fikkert, E. (2024, 18 julio). La ofrenda de la viuda: Corazón de abundancia | Faithward.org.

2. Galindo Reyes, W. (2021, 27 diciembre). La ofrenda de la viuda. Logos Sermons.

3. Miguel, C. F. A. (2011). Evangelio de Marcos. Evangelio de Mateo. Verbo Divino.

4. Montanilla Romero, J. A. (2015). Exégesis de Marcos 12:41-44. En Seminario Evangélico de Caracas.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Sin lugar para la neutralidad

Sin lugar para la neutralidad

Min. Ausencio Arroyo

«Ante los actos de injusticia, la neutralidad no es piedad; es complicidad». En este momento, millones de personas enfrentan profundas situaciones de injusticia:

En Gaza, alrededor de 55 000 personas han muerto por los bombardeos en la zona desde que comenzó el conflicto en octubre de 2023; 17 400 de ellos eran niños, según datos del Ministerio de Salud local1. En Ucrania, cerca de 11 millones de personas han sido desplazadas por la guerra con Rusia: unos 7 millones han buscado refugio en otros países y el resto se ha movido a zonas distantes del conflicto. De estos desplazados, 1.5 millones de niños enfrentarán serias secuelas por el estrés y la violencia2.

En los Estados Unidos de América, en los primeros cuatro meses de 2025, se reportaron 168 390 detenciones de familias migrantes. Estos solo son los casos más visibles. Muchas de las detenciones han ocurrido en lugares sensibles como escuelas, graduaciones y tribunales, lo que ha generado un clima de miedo en las personas indocumentadas y de indignación en la comunidad solidaria. Las imágenes de las detenciones son impactantes.

Un informe reciente indica que al menos 1360 niños aún no han sido reunidos con sus padres, seis años después de haber sido separados forzosamente en la frontera. Esta forma de trato a los migrantes está generando severas afectaciones traumáticas, según reporte de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU3.

En el discurso político se ha señalado que se va tras quienes tienen antecedentes criminales, pero en la práctica se está persiguiendo a las personas de piel morena y de bajos recursos económicos. Se está criminalizando la pobreza. ¿Cómo respondemos a eso?

Lo que predomina en el ambiente es un clima de injusticia social. Nos encontramos frente a la falta de equidad y justicia en las oportunidades, distribución de recursos y poder en la sociedad. Extensas multitudes enfrentan discriminación, marginación o exclusión por su nacionalidad, raza, género o clase social, lo que atenta contra su dignidad, su salud o su libertad.

La actitud de muchos es mantenerse ajenos, sin compromisos ni riesgos personales, guardando silencio. Muy pocas figuras públicas han mostrado indignación por la manera de proceder de las autoridades del vecino país, y las iglesias desviamos la mirada. La neutralidad ante la injusticia puede interpretarse como una forma de consentimiento tácito. En contextos de opresión, el silencio no es neutralidad: es una toma de posición.

Diversas causas de la injusticia social

Los actos de injusticia social se originan en una diversidad de factores de la naturaleza humana y su interacción con estructuras de poder. Un análisis del fenómeno de masas puede ayudarnos a entender por qué se aplaude lo injusto mientras se rechaza la justicia.

Por un lado, tenemos el mecanismo del chivo expiatorio. Este es una dinámica social, cultural y religiosa en la que una comunidad canaliza su violencia, tensiones o culpa sobre un individuo o grupo, responsabilizándolo por el malestar colectivo. El término proviene del ritual descrito en Levítico 16, donde el sumo sacerdote cargaba simbólicamente los pecados del pueblo de Israel sobre un macho cabrío y lo enviaba al desierto, liberando de su culpa a la comunidad.

Según el antropólogo René Girard4, el mecanismo tiene una lógica muy precisa. Comienza con lo que denomina la crisis mimética, que consiste en que las comunidades experimentan rivalidades y tensiones internas que amenazan su cohesión. Como segundo paso, se hace la selección —consciente o inconsciente— del chivo expiatorio, que implica identificar una figura vulnerable o distinta —que no puede defenderse fácilmente— y se le atribuyen las causas del conflicto. Luego deviene la violencia colectiva: la comunidad descarga su agresión, en diferentes formas y grados, sobre el chivo expiatorio, lo cual genera una aparente unidad o paz en el grupo. Posteriormente, hay una especie de sacralización, cuando la víctima es vista como sagrada o divina después de su sacrificio, lo que refuerza el mito de que su eliminación era necesaria.

En las enseñanzas bíblicas encontramos lo absurdo de este proceder. Desde Barrabás hasta los regímenes modernos, las sociedades buscan víctimas propiciatorias para canalizar sus miedos. La crucifixión de Jesús (Mateo 27:20-23) manifiesta cómo la multitud prefiere liberar a un criminal antes que al Justo. Girard afirma que el Evangelio revela y desmonta este mecanismo. La muerte de Cristo como inocente muestra que la víctima no merecía su destino, y con ello desarma toda legitimación de la violencia religiosa o social.

Esto tiene repercusiones profundas sobre la iglesia que somos y la ética cristiana: la comunidad de fe no debe definirse en base a la exclusión de un “otro”, sino por la identificación con la víctima. Este mecanismo puede aparecer disfrazado en discursos políticos, redes sociales, dinámicas laborales o incluso dentro de instituciones religiosas. Para los cristianos es imperativo identificarlo y resistirlo para construir comunidades justas e integradoras.

Otro factor explicativo es la banalidad del mal5. Adolf Eichmann fue uno de los principales arquitectos del Holocausto. Como teniente coronel de las SS, se encargó de organizar la logística del exterminio sistemático de millones de judíos europeos: coordinó la deportación masiva de judíos desde diversos países ocupados hacia guetos y campos de exterminio como Auschwitz. Supervisó las deportaciones en Hungría en 1944, donde más de 400 000 judíos fueron enviados a su muerte en apenas unos meses. Diseñó sistemas de transporte ferroviario para maximizar la eficiencia en los traslados hacia los campos de concentración.

El concepto de la banalidad del mal se refiere a la idea de que personas comunes y corrientes pueden cometer actos atroces no por maldad consciente, sino por obediencia ciega, irreflexión y conformismo dentro de sistemas burocráticos o autoritarios. Según Arendt, Eichmann no era un monstruo sádico, sino un burócrata que cumplía órdenes sin cuestionar su moralidad. El mal puede surgir de la ausencia de pensamiento crítico, no necesariamente de una intención maliciosa.

La obediencia a la autoridad puede llevar a acciones inmorales, incluso sin conciencia del daño causado. La estructura burocrática fragmenta la responsabilidad, diluyendo la culpa individual, por lo que un individuo se convierte en una pieza funcional del sistema sin reflexionar sobre el impacto de sus actos.

Este concepto desafía la noción tradicional del mal como algo radical o excepcional. Arendt sugiere que el verdadero peligro está en la normalización del horror, cuando las personas dejan de pensar por sí mismas y actúan por rutina o conveniencia. Esto explica cómo es posible que funcionarios de diferentes gobiernos actuales sean capaces de ejecutar políticas injustas, al parecer, sin cuestionarlas; por qué algunas empresas dañan el medio ambiente de los pueblos sin seguir protocolos de prevención; o por qué algunos ciudadanos perpetúan discriminación por costumbre o indiferencia.

Los sistemas opresivos logran que personas comunes cometan atrocidades mediante la normalización progresiva del mal. En ejemplos históricos encontramos a ciudadanos “decentes” que apoyaron el Holocausto en Alemania o el apartheid en Sudáfrica.

De manera prevalente, encontramos las causas bíblicas y teológicas: la corrupción del corazón humano, que se caracteriza por el engaño radical (Jeremías 17:9). El corazón humano tiene capacidad infinita para autojustificar el mal como “bien necesario”. Algunos cristianos, en el siglo XIX, justificaban la esclavitud con interpretaciones bíblicas.

Además, es notoria la tendencia humana a la idolatría del poder (1 Samuel 8:4-7): los israelitas dejaron a Dios en segundo plano cuando prefirieron un rey de carne y hueso, con todas sus ambiciones y actitudes opresoras. Existe una necesidad de dependencia de caracteres dominantes que guíen las almas de los sumisos “corderos”.

También se hace evidente una ceguera espiritual estructurada. El “dios de este siglo” ha provocado ceguera de las verdades trascendentes (2 Corintios 4:4); por esta razón surgen sistemas de mentira que crean realidades alternativas como: “El muro es protección y no división” o “La deportación es seguridad y no crueldad”. O bien, la afirmación de “obedecer a las autoridades” (Romanos 13:1) para ponerse del lado de la violencia del Estado que pisotea la dignidad de las personas por sus rasgos físicos o su condición de pobreza; ignorando la declaración del apóstol Pedro: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).

En este mundo dominado por los dioses contemporáneos del poder y el individualismo, la voz de Juan el profeta clama como la voz de los explotados, de los “no personas”, de quienes no tienen voz.

Un llamado a evitar la complacencia

Las visiones que recibe Juan, lejos de distanciarlo del mundo, alimentan la preocupación por las víctimas de la injusticia (Apocalipsis 6:3-8; 18:24). Un verdadero cristiano nunca puede ser indiferente a las aflicciones del pueblo. El fundamento de esta posición se basa en la comprensión de que Jesucristo es el Señor de la historia y el mundo es el ámbito de nuestra misión. El Señor nos llama a experimentar y proclamar nuestra fe en el mundo.

La neutralidad no es una virtud cristiana; es complicidad con los poderes opresores. El silencio frente a la injusticia es permitir la entronización de los dioses terrenales. En su Revelación de la historia de Dios para el mundo entero, Juan denuncia al Imperio Romano, tilda al emperador de bestia diabólica y su propaganda como vómito de demonios (16:13-14). La “imparcialidad” y la “neutralidad” no son posiciones aceptables para los creyentes fieles; son posiciones que favorecen que prevalezca la injusticia.

Tan culpables son los que se callan y se quedan indiferentes ante la maldad a su alrededor, como los que la cometen. Pretender no involucrarse ante el abuso y el maltrato es dejar hacer el mal; el silencio ante la injusticia al final traerá consecuencias destructivas para todos. Así lo expresó, en una muy conocida frase, Martin Niemöller, un pastor protestante en la época del nazismo alemán:

«Primero vinieron a buscar a los comunistas, y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas, y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos, pero no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.»

El Apocalipsis emplea varias metáforas para aludir al imperio dominante de la época; entre ellas, lo refiere simbólicamente como una mujer que se prostituye, habla de una ramera que se viste de los colores sagrados (púrpura), pero su sacralidad es falsa, ya que es una diosa del poder que oprime. A ojos del mundo, Roma es admirada por su riqueza y su profunda visión del derecho, pero Juan la condena como servidora de la bestia.

El signo distintivo de la ramera es una copa que contiene la sangre de sus abominaciones. Esta figura femenina no es procreadora ni nutriente, sino embriagante y sanguinaria; ella lleva a una cosificación del ser humano. Derrama sangre para satisfacer su sed de poder. Las manifestaciones de este símbolo son muy variadas a lo largo de la historia humana, pero los resultados son los mismos.

Los cristianos daremos cuenta de nuestra neutralidad pasiva ante el Señor. Como bien lo expresara Martin Luther King Jr.: «Tendremos que arrepentirnos en esta generación no solo por las acciones y palabras hijas del odio de los hombres malos, sino también por el inconcebible silencio atribuible a los hombres buenos».

La fe cristiana como compromiso

En el Evangelio no hay amor sin solidaridad, y no hay solidaridad sin encarnación. Dios se ha solidarizado con nosotros; se ha hecho uno como nosotros. Solo el modelo encarnacional puede permitirnos conocer al Dios verdadero. La actitud de Cristo contra la injusticia indica el camino a sus seguidores:

Cultivar una conciencia espiritual crítica

Estamos llamados a discernir la realidad para descubrir los sistemas injustos y cuestionar los actos morales de las personas y las naciones, cualquiera que sea. La Biblia explica que el pecado no es un tema especulativo sino relacional. Se manifiesta en las relaciones entre el hombre y Dios, el hombre y su prójimo, y el hombre y su medio ambiente.

Es una fuerza destructiva que obstaculiza y deforma la vida humana. El pecado es la desobediencia al señorío de Dios, lo que produce como consecuencia la separación presente y futura de la comunicación con Él. Desobedecer a Dios es rechazar su amor; sufrir la ira es quedar fuera del ámbito de su Reino de amor.

Además, el pecado significa todo acto injusto, todo atropello de la dignidad humana y toda violencia del hombre contra el hombre. La injusticia que practicamos se nos revierte, nos enajena, nos deforma moralmente y nos desvía de la vocación de criaturas de Dios. Por esta razón, los profetas denunciaron las situaciones de abuso, aquellas donde se negaba el valor del prójimo.

Reenfocar nuestros valores

Los valores morales y espirituales son esenciales para construir sociedades más justas y equitativas; son fundamentales para la convivencia de las personas y las comunidades. Son esenciales porque guían nuestro comportamiento como principios que orientan las acciones y decisiones de la vida cotidiana y distinguen entre lo correcto y lo incorrecto.

Además, nos favorecen en la construcción de nuestra identidad. Si adoptamos los valores de Dios, reflejamos la imagen de Dios. Los valores que afirmamos representan la identidad personal y cultural, y reflejan las creencias, los principios y las aspiraciones más profundas de la iglesia que formamos.

Los valores cristianos fortalecen las relaciones. Son fundamentales para establecer vínculos saludables y profundos con la comunidad que integramos. El evangelio de Jesucristo no solo mira a un futuro lejano; atiende a un presente que se transforma para hacer posible la vida de todos al desarrollar una sociedad justa.

Esta comunidad solidaria se construye a partir del respeto a los derechos morales de todas las personas para promover el bienestar común. Jesús miró con compasión a los extranjeros y los marginados que eran menoscabados por el sistema de pureza que controlaba la vida social del pueblo de Israel.

Practicar la justicia solidaria

La justicia que encarna Jesucristo no es solo una ética social, sino una expresión del Reino: una realidad donde Dios reina con equidad, compasión y verdad. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia (Mateo 6:33). Jesús exige una justicia del corazón, no solo del cumplimiento ritual. La ley se cumple en el amor (Mateo 22:37-40). Si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino (Mateo 5:20).

En la parábola del buen samaritano (Lucas 10), la justicia que predica se manifiesta en el cuidado del otro, sin importar su origen. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (Mateo 5:6): no es una justicia punitiva, sino restauradora. Jesús vincula justicia con sanación, inclusión y dignidad. Su ministerio es una respuesta concreta a la injusticia estructural. El Espíritu del Señor está sobre mí […]  para liberar a los oprimidos (Lucas 4:18).

Jesús revela una justicia que no excluye, sino que restaura al quebrantado. Dios es justo, pero su justicia se expresa en gracia: No romperá la caña quebrada (Isaías 42:3, citado en Mateo 12:20). La fe cristiana no es neutral: nos llama a defender al débil, romper el silencio y buscar la equidad. Como bien lo declara el profeta Miqueas: ¡Él te ha mostrado, oh mortal, lo que es bueno! ¿Y qué es lo que espera de ti el Señor?: Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente ante tu Dios (Miqueas 6:8, NVI).

Encarnar la compasión en lo cotidiano

Resistir la injusticia no siempre implica grandes gestos; puede consistir simplemente en acompañar al que sufre, intervenir ante el abuso o educar con verdad sobre los actos éticos. La parábola del buen samaritano (Lucas 10) muestra que la fe se vive en el camino, no solo en el templo.

El amor cristiano incluye a todos; no hay ningún individuo humano en toda la tierra a quien pudiéramos excluir de nuestra misericordia activa. La práctica del amor cristiano hacia un prójimo en particular está determinada por la naturaleza de la relación particular que tengamos con él.

Amamos al migrante, sufriente de hambre, de soledad y de desarraigo, de una manera diferente de la que amamos a nuestra familia inmediata y a los que pertenecen a la misma comunidad cristiana. No obstante, tenemos que amar a todos. Nuestro compromiso es tratarlos como personas que tienen un valor intrínseco y una dignidad de criaturas de Dios.

Cada ser humano tiene sus propios fines en el plan de Dios, y no debemos mirarlo como medio para alcanzar nuestros fines; más bien, de acuerdo con nuestra capacidad y oportunidades, debemos ayudarle en la realización de sus propios fines, comenzando con la supervivencia y el bienestar básico.

Dios nos conceda desarrollar una actitud positiva y constructiva al promover el bienestar del prójimo, y no una mera actitud pasiva y negativa de no hacerle daño.

Defiendan la causa del débil y del huérfano; háganles justicia al pobre y al oprimido. Salven al débil y al necesitado; líbrenlos de la mano de los malvados (Salmo 82:3-4).

Referencias

1 https://www.france24.com/es/medio-oriente/20250611-total-de-asesinados-en-gaza-supera-los-55-000-israel-vuelve-a-atacar-en-centros-de-ayuda-humanitaria

2 https://eacnur.org/es/actualidad/noticias/emergencias/guerra-en-ucrania-3-anos-de-sufrimiento-y-necesidad

3 https://www.hrw.org/es/news/2024/12/16/ee-uu-danos-profundos-por-la-separacion-familiar-en-la-frontera

4 El chivo expiatorio, ed. Anagrama, 1986.

5 Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal, Lumen, 1999.

Más Artículos

REDES SOCIALES

La gracia de Dios se renueva en cada fracaso

La gracia de Dios se renueva en cada fracaso

Min. Israel García López

«¿Cuán libre soy?

Preguntó el hombre a su creador:

Yo no puedo rechazar mi cuerpo.

Yo no puedo renegar de mis ancestros.

Yo no puedo desaparecer de mi entorno.

Yo no puedo escapar de mi tiempo.

Él contestó: tú no eres libre de tus condiciones, pero tú eres libre de elegir una actitud ante tus condiciones y eso es lo máximo que jamás he concedido.» ― Elizabeth Lukas.

El salmo 23 es claro al presentar una cosmovisión real de la vida, la vida está llena de altibajos, y no hay ser humano que escape de la constante tensión entre el control y el caos, entre la vida y la muerte, entre los fracasos y los aciertos, ya sea en el ámbito personal, profesional o espiritual, todos enfrentamos momentos de caída, de incertidumbre, y decepción. Sin embargo, en medio de esas experiencias difíciles, los creyentes pueden encontrar consuelo y esperanza en una verdad fundamental: la gracia de Dios se renueva en cada mañana, en cada crisis y fracaso. No somos libres de nuestras circunstancias y condiciones, pero sí de la actitud con la que nos enfrentamos a ellas; y nuestra actitud se fundamenta en nuestras convicciones acerca de la comprensión del carácter de Dios y de nuestra relación con Él.

¿Qué es la gracia de Dios?

Antes de profundizar sobre cómo la gracia se renueva en cada fracaso, es importante entender qué significa la gracia de Dios. La gracia es el favor inmerecido y libre que Dios otorga a las personas, es donación y plena generosidad. No es algo que podamos ganar ni merecer, sino que es un regalo divino que se manifiesta en su amor incondicional hacia nosotros.

En la Biblia, la gracia de Dios se describe como una fuerza poderosa que no solo perdona nuestros pecados, sino que también nos fortalece en nuestras debilidades, nos da esperanza en medio de la desesperación y nos guía hacia una vida plena y restaurada. Como dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 12:9: Pero él me dijo: ‘Te basta mi gracia, porque mi poder se perfecciona en la debilidad.’ Por lo tanto, gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

La gracia de Dios en el fracaso

El fracaso, en muchas ocasiones, es un sentimiento de derrota, de incapacidad, o de haber caído en algo que no esperábamos. Pero lo que muchas veces no vemos en el momento de la caída es que, en esos fracasos, Dios se muestra aún más cercano, dispuesto a ofrecernos una gracia renovada. El pueblo de Dios a lo largo de su historia enfrentó varios fracasos, y en todo ello Dios siempre estuvo presente, estuvo con Adán y Eva al salir del Edén, con Caín después de violentar a su hermano, con su pueblo en el desierto después de su éxodo y también los acompañó en el exilio, Dios se exilia, se hace errante con su pueblo.

La gracia nos cubre cuando caemos

Cuando fallamos, es fácil sentirse desanimado y pensar que ya no hay oportunidad de volverlo a intentar. Sin embargo, la gracia de Dios no está limitada a nuestros éxitos; su gracia abarca también nuestras caídas. Al igual que el padre amoroso de la parábola del hijo que abandona su hogar (Lucas 15:11-32), Dios siempre está esperando con los brazos abiertos, dispuesto a perdonarnos y restaurarnos. Cada fracaso es una oportunidad para experimentar la gracia renovadora de Dios, que nos cubre y nos levanta. El pueblo de Dios, por medio de sus fracasos aprendió y maduró, sus creencias se perfeccionaron, a lo largo de la Biblia podemos ver este proceso progresivo; así mismo, podemos crecer al ver nuestros fracasos como oportunidad de mejora y ver cómo la misericordia y gracia de Dios se manifiestan.

La gracia nos enseña y nos moldea

El fracaso no solo nos muestra nuestras debilidades, sino que también nos ofrece lecciones valiosas. Dios usa nuestros fracasos para enseñarnos lecciones de humildad, paciencia, dependencia de Él y madurez espiritual. Como menciona Romanos 8:28: Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. En el proceso de restauración, la gracia de Dios nos moldea, fortalece y permite aprender de nuestras experiencias. La gracia no solo perdona, sino que también transforma nuestro carácter: transforma nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestra actitud.

La gracia es una fuente inagotable

Un aspecto único de la gracia de Dios es que nunca se agota. En momentos de fracaso, podemos sentir que hemos agotado nuestra capacidad de ser perdonados o de seguir adelante, pero la gracia de Dios es inagotable. Como dice Lamentaciones 3:22-23: Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Cada día, independientemente de nuestros errores del pasado, la gracia de Dios se renueva. Este amor y favor divino no tiene fin; es constante, disponible y suficientemente fuerte para cubrir cada uno de nuestros fracasos.

La gracia nos impulsa a seguir adelante

El fracaso puede ser paralizante: Puede hacernos dudar de nuestras capacidades o incluso de nuestro llamado. Sin embargo, la gracia de Dios no solo nos cubre, sino que también nos impulsa a seguir adelante. Como dice Filipenses 3:13-14: Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya alcanzado, pero una cosa hago: Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está adelante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. La gracia de Dios nos permite no quedar atrapados en el fracaso, sino mirar hacia el futuro con esperanza, sabiendo que Él está con nosotros en cada paso del camino.

El fracaso, en cualquiera de sus formas, es una experiencia desafiante y dolorosa para cualquier ser humano. Para los líderes, ya sea en el ámbito familiar, personal o ministerial, el impacto del fracaso puede ser aún más abrumador debido a la responsabilidad que recae sobre sus hombros. No obstante, un líder genuino tiene la capacidad de superar las adversidades, aprender de sus errores y transformar las lecciones difíciles en oportunidades para crecer y servir de manera más efectiva.

Ámbito familiar

La familia es uno de los pilares más importantes en la vida de cualquier persona, lo que se hace en familia repercute en todos los ámbitos. Cuando un líder enfrenta dificultades familiares, puede sentirse profundamente afectado. Las tensiones familiares, las crisis de pareja o los desafíos con los hijos pueden dejar una huella emocional significativa. Es necesario:

Practicar la vulnerabilidad: Un líder no debe temer mostrar su humanidad. Reconocer sus errores y limitaciones frente a su familia es el primer paso para reconstruir puentes de confianza. La honestidad y la apertura con la familia son fundamentales para sanar las relaciones rotas.

Buscar el perdón y ofrecerlo: El líder, en el afán de no faltar a su llamado y posición, puede relegar a su familia como última prioridad, esto lastima a la esposa y a los hijos. El perdón es un componente esencial en cualquier restauración. En muchos casos, el líder puede ser el primero en dar el paso hacia la reconciliación, ya sea pidiendo perdón por sus fallos o perdonando a los miembros de la familia. El perdón no solo libera a los demás, sino también a uno mismo. Es necesario recordar que a la persona ofendida puede tomarle más tiempo poder perdonar y hay que aceptar el ritmo de su proceso.

Establecer límites saludables: A veces, el fracaso en el ámbito familiar puede derivar de la falta de equilibrio. El líder debe aprender a establecer límites saludables, tanto en su vida personal como en su ministerio, para proteger su bienestar emocional y su relación con la familia. Primero es la salud marital y familiar, si esto está bien, lo demás será más fácil de enfrentar.

Ámbito personal

El fracaso personal es una de las experiencias más universales, y puede abarcar desde la pérdida de objetivos y metas hasta la lucha interna con la autoimagen y el autoconcepto. En este sentido, un líder puede seguir algunos principios clave para superar el fracaso personal:

El fracaso siempre es una oportunidad de crecimiento: En lugar de ver el fracaso como algo negativo, un líder sabio lo percibe como una lección valiosa. Cada error ofrece una oportunidad para el aprendizaje y el crecimiento personal. Este enfoque puede transformar lo que inicialmente parece un fracaso en una herramienta poderosa de desarrollo. La lluvia evidencia las fisuras del techo por medio de goteras, las goteras y la lluvia no son el problema; las fisuras son el problema. Los fracasos son la lluvia que anuncia que hay algo que reparar o resolver.

Buscar apoyo emocional: Los líderes no están exentos de las dificultades emocionales que pueden surgir después de un fracaso. A menudo, hablar con un mentor, consejero o amigo cercano puede ser crucial. La empatía de otros puede ofrecer una perspectiva fresca y la fuerza necesaria para seguir adelante. Cada pastor debe contar con un amigo pastor con quien abrir su corazón, para llevar mutuamente las cargas. La madurez se evidencia en la capacidad de pedir ayuda.

Restaurar la confianza en uno mismo: El fracaso personal puede erosionar la autoconfianza. Sin embargo, un líder debe trabajar en reconstruir esa confianza, recordando que el valor personal no depende de los éxitos o fracasos. Reconocer sus talentos, habilidades y logros previos puede servir como recordatorio de su capacidad para superar las dificultades. Así mismo, debe actualizarse el auto concepto, cada crisis nos da la oportunidad de redescubrirnos como nuevas personas, siempre hay algo que mejorar, dar paso a nuestra mejor versión como personas.

Ámbito ministerial

El fracaso en el ministerio, ya sea una crisis moral, desempeño deficiente en las funciones administrativas o una relación rota con los miembros de la congregación, puede ser uno de los fracasos más difíciles de manejar. Para los pastores, el desafío radica en mantener la integridad, la fe y el propósito en medio de las dificultades. Ante las crisis es necesario:

Volver a la visión y misión original: Los líderes ministeriales deben recordar el propósito más grande detrás de su vocación. A veces, el fracaso puede hacer que se pierda de vista la razón por la cual comenzamos en el ministerio. Reflexionar sobre nuestro llamado puede renovar la pasión y la claridad para continuar en la labor.

Desarrollar resiliencia espiritual: El fracaso ministerial puede generar conflictos teológicos y conflictos con el llamado. Es esencial que los líderes mantengan una vida espiritual sólida, fortaleciendo su relación con Dios a través de una espiritualidad sana. La resiliencia espiritual es la base para enfrentar cualquier desafío y tensión en el ministerio.

Buscar la restauración en la comunidad: El apoyo de la comunidad de fe es esencial en momentos de crisis ministerial. Los líderes deben estar dispuestos a recibir consejería y acompañamiento de otros colegas. No se trata solo de ofrecer apoyo a los demás, sino de reconocer que también necesitamos el cuidado y el acompañamiento de la iglesia.

En general, para los líderes que buscan superar el fracaso, ya sea en su familia, en su vida personal o en su ministerio, es necesario: la humildad de reconocer los errores y aprender de ellos; la paciencia para permitir el proceso de restauración, tanto personal como en las relaciones; la perseverancia, recordando que el fracaso no es el final, sino una oportunidad para empezar de nuevo.

El fracaso es una parte inevitable de la vida, pero no tiene por qué definir la vida de un líder. Superarlo requiere una combinación de humildad, resiliencia y una profunda fe en que cada dificultad puede ser transformada en una oportunidad para crecer. Los líderes se vuelven más fuertes, más sabios y más capaces cuando se ven a sí mismos como personas que también están en proceso de crecimiento. El fracaso nos recuerda nuestra necesidad constante de la misericordia de Dios. En esos momentos, cuando nos sentimos indignos o alejados, la gracia de Dios se convierte en el puente que nos conecta con Su misericordia. Es un recordatorio de que no estamos definidos por nuestros fracasos, sino por el amor incondicional de un Dios que nunca nos abandona.

La gracia de Dios no es solo un concepto teológico abstracto, sino una realidad vivida que se renueva cada día. Cada caída, cada error, cada dificultad es una oportunidad para experimentar la gracia de Dios de una manera más profunda. Al entender que su gracia nunca se acaba y que se renueva constantemente, podemos enfrentar el fracaso con la seguridad de que no estamos solos y que el fracaso no tiene la última palabra. Dios nos cubre, nos restaura, nos transforma y nos impulsa hacia adelante, siempre recordándonos que, aunque fracasemos, Su gracia es más grande que cualquier error. En Él, hay segundas, terceras y las oportunidades que necesitemos para seguir caminando y creciendo.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Más allá de la elección de canciones

Más allá de la elección de canciones

Por: Hazael García

La música ha sido parte integral de la adoración desde los tiempos más antiguos. En la Biblia, vemos cómo los salmos y cánticos eran utilizados para alabar a Dios, y cómo instrumentos y voces se unían para crear momentos sagrados. Sin embargo, reducir la función de la música en la adoración simplemente a seleccionar canciones sería subestimar su verdadero poder y profundidad. La música es un medio profundo y poderoso que trasciende la melodía y las letras; es un lenguaje espiritual que nos conecta con Dios y nos permite expresar nuestras emociones y pensamientos más íntimos.

El poder de la música en la adoración radica en su capacidad para facilitarnos una conexión más profunda con Dios. La música tiene una cualidad única para trascender las barreras del lenguaje, lo que nos permite comunicarnos con Dios a un nivel más allá de las palabras. Cuando cantamos, podemos expresar emociones que muchas veces no somos capaces de verbalizar: gratitud, asombro, lamento, arrepentimiento o esperanza. Por ejemplo, el uso de un himno solemne puede guiar a una comunidad en momentos de lamento y súplica, mientras que una canción con ritmos alegres puede reflejar la celebración de la bondad de Dios.

En muchos momentos de la vida, nos encontramos con situaciones en las que nuestras emociones son demasiado complejas para explicarlas con simples palabras. La música proporciona una vía para canalizar estos sentimientos, ayudándonos a procesarlos y a presentarlos ante Dios. Por esta razón, los diferentes estilos y géneros musicales pueden cumplir funciones variadas en el contexto de la adoración, dependiendo del estado emocional y espiritual de quienes participan.

Cada comunidad de fe tiene su propia identidad musical, y esto está influenciado por la cultura, la tradición y las preferencias individuales. Lo interesante es que diferentes estilos musicales pueden contribuir a diferentes aspectos de la adoración. Por ejemplo, el uso de música contemporánea con ritmos modernos y dinámicos puede resonar con congregaciones más jóvenes, ayudándoles a conectar con Dios a través de un lenguaje musical más cercano a su día a día. Estas canciones tienden a centrarse en temas como la confianza en Dios, la gracia y la adoración colectiva.

Por otro lado, los himnos tradicionales tienen una estructura más formal y, a menudo, contienen teología profunda en sus letras, lo que puede invitar a la reflexión y la meditación. La música clásica o coral, en sus momentos más sobresalientes, puede elevar el espíritu hacia una experiencia de adoración más contemplativa, centrada en la reverencia y el asombro.

Además, géneros como el góspel, ofrecen una rica herencia musical que combina pasión y profundidad espiritual. Este estilo, a pesar de ser antiguo, sigue siendo un poderoso vehículo de adoración en la actualidad, recordándonos que la música tiene el poder de trascender generaciones y modas.

Estrategias para los jóvenes en el liderazgo de adoración

Para los jóvenes que desean involucrarse en el liderazgo de adoración, es importante comprender que su papel va mucho más allá de simplemente tocar música. Se trata de crear un ambiente en el que toda la comunidad pueda acercarse a Dios y experimentar su presencia. A continuación, se ofrecen algunas estrategias clave:

1. Selección de canciones que reflejen verdades bíblicas: No todas las canciones más aceptadas necesariamente tienen un contenido teológico sólido. Un líder de adoración debe ser cuidadoso al seleccionar canciones que no solo sean musicalmente atractivas, sino que también reflejen fielmente las verdades bíblicas. Es esencial que las canciones que se canten en la iglesia guíen a la congregación hacia una mayor comprensión de la Palabra de Dios.

2. Creación de un ambiente auténtico de adoración: La autenticidad es crucial en la adoración. Un buen líder debe ser consciente de las necesidades espirituales de la comunidad. En lugar de simplemente imitar lo que está de moda en otras iglesias, es importante buscar formas genuinas de conectar con Dios a través de la música. Esto puede implicar la creación de momentos de silencio, oración o lectura de citas bíblicas entre las canciones.

3. Diversificar el repertorio musical: La diversidad en los estilos musicales puede enriquecer la experiencia de adoración. Incluir diferentes géneros y ritmos no solo refleja la variedad dentro del cuerpo de Cristo, sino que también permite que diferentes personas puedan conectarse con Dios de manera más profunda a través de la música. No se trata de complacer a todos, sino de entender que diferentes momentos de la vida espiritual requieren diferentes expresiones musicales.

4. Preparación espiritual y técnica: Servir en el ministerio de adoración requiere tanto preparación espiritual como técnica. Es fundamental que los jóvenes líderes de adoración no solo practiquen sus habilidades musicales, sino que también dediquen tiempo a la oración y al estudio de la Palabra. La música es un medio para adorar a Dios, y un corazón alineado con Él es esencial para guiar a otros de manera efectiva.

La música en la adoración es mucho más que una simple elección de canciones. Es un medio a través del cual podemos expresar nuestras emociones más profundas y conectarnos con Dios de maneras que las palabras no siempre permiten. Los diversos estilos musicales, desde los himnos tradicionales hasta las canciones contemporáneas, tienen un papel valioso en la vida espiritual de nuestras comunidades de fe, ya que cada uno aporta una dimensión única a la experiencia de adoración.

Para los jóvenes que desean servir en este ámbito, es vital entender la responsabilidad que conlleva el ministerio de adoración. Se trata de seleccionar música con propósito, crear un espacio auténtico de conexión con Dios y, sobre todo, guiar a la congregación en una experiencia de adoración que sea significativa y bíblicamente sólida. La música tiene el poder de transformar corazones y mentes, y, cuando se utiliza correctamente en la adoración, se convierte en un poderoso puente que podemos cruzar para experimentar la presencia de Dios.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Adoración renovada: una vida de entregay frutos.

Adoración renovada: una vida de entrega y frutos.

Min. Derick Jaramillo

Jonathan Edwards expresó: «El amor de Cristo fue de tal manera que se entregó a sí mismo por nosotros, su amor no consistió meramente en sentimientos, ni en esfuerzos ligeros, ni en sacrificios pequeños, sino que mientras nosotros éramos sus enemigos, aun así Él nos amó de tal manera que tuvo un corazón para negarse a sí mismo y asumir los esfuerzos más extraordinarios y pasar por los peores sufrimientos para beneficio nuestro, Él renunció a su propia comodidad y tranquilidad e interés y honor y riqueza, y se hizo pobre y despreciado, y no tuvo donde descansar su cabeza, y lo hizo por nosotros; cuando se trata de amar, Cristo Jesús es nuestro modelo a seguir, Él se hizo sacrificio vivo por nosotros, y cuando se trata de adorar, Cristo también es nuestro modelo a seguir quién nos capacita para honrar a Dios con toda devoción y todo nuestro ser» (Edwards, 1738/2002).

La renovación hacia una vida de adoración en el Espíritu es un llamado profundo que cada uno de nosotros, como creyentes, debemos atender con el corazón abierto. En el tiempo de postpandemia que aún vivimos, donde se nos ha endurecido un poco a todos el corazón por tantas pérdidas, es sumamente necesaria una renovación de nuestra persona e iglesia mediante una vida que adora con todo lo que somos, en todo lo que hacemos. El apóstol Pablo, en Romanos 12:1-2, nos presenta un mensaje poderoso que nos invita a transformar nuestra vida a través de la adoración.

Pablo escribe a la iglesia en Roma en un contexto muy particular. En medio de la diversidad cultural y la presión social de la ciudad, esta comunidad de creyentes enfrentaba desafíos significativos: desde la persecución, muerte, y hasta las divisiones internas. La iglesia, compuesta tanto por judíos como por gentiles, formaba un crisol de tradiciones y creencias. Según el comentarista C. E. B. Cranfield, “la comunidad cristiana en Roma era un crisol de diversas tradiciones culturales y teológicas, lo que la hacía vulnerable a disputas internas sobre la identidad y la práctica de la fe” (Cranfield, 2004).

Pablo, al dirigirse a ellos, no solo busca aclarar la doctrina de la salvación, sino también exhortar a los creyentes a vivir de manera coherente con su fe. Su llamado a la renovación espiritual se convierte en un ancla para una iglesia que lucha por mantener su identidad y propósito en Cristo. En medio de estos desafíos, Pablo les recuerda que la adoración genuina puede y debe ser un elemento central de su vida comunitaria.

Romanos 12:1-2 (NVI)

Por lo tanto, hermanos, les ruego que, por las misericordias de Dios, ofrezcan su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Ese es el verdadero culto que deben rendir. No se amolden al mundo actual, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios.

La adoración como estilo de vida

Cuando Pablo invita a los romanos a ofrecer sus cuerpos como sacrificio vivo, nos está recordando que la adoración es más que un acto aislado; se trata de un estilo de vida que refleja la devoción a Dios en cada acción, evoca la obediencia a Cristo. Alguien escribió: «La fuerza se mide en kilos, la velocidad en segundos, pero la entrega a Dios no la podemos medir, pero sí ver sus frutos». Este pensamiento nos recuerda que, aunque no siempre podemos cuantificar nuestra entrega, sus resultados son evidentes en nuestras vidas y en la comunidad que nos rodea. La adoración genuina trae consigo frutos que se manifiestan en relaciones sanas y un compromiso profundo con los principios del reino de Dios.

En este contexto, es fundamental que entendamos que Pablo no solo está hablando de una adoración que se limita al canto en la iglesia; está hablando de una vida que se entrega a Dios en cada rincón de nuestra existencia. N.T. Wright menciona que “la comunidad cristiana en Roma necesitaba entender su identidad como un pueblo llamado a reflejar la gloria de Dios en medio de una cultura que se oponía a ella” (Wright, 2004). Al hacerlo, Pablo resalta la importancia de vivir de manera que nuestras vidas se conviertan en un testimonio de la gracia y el amor de Dios.

La adoración se manifiesta en cada acción, la cual puede ser un acto de adoración si está enfocada en honrar a Dios y reflejar su carácter en nuestras vidas. El autor John Stott enfatiza que «la verdadera adoración implica rendirnos a Dios en todo lo que somos y hacemos, lo que transforma nuestra vida cotidiana en un acto de adoración» (Stott, 1994). Esta perspectiva amplía nuestra comprensión de lo que significa adorar y evidencia la renovación que busca Pablo para la iglesia en Roma.

El concepto de adoración también implica renuncia y entrega. Como creyentes, estamos llamados a despojarnos de nuestro ego y de nuestras quejas, lamentos y reproches. No podemos adorar a Dios plenamente si nuestras mentes y corazones están atados a lo negativo. Pablo nos exhorta a ser transformados por la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2).

La palabra griega ἀνακαινόω” (anakenóō), que se traduce como “renovar”, implica un proceso continuo de transformación en nuestra mente y vida. Este cambio no es superficial, es una metamorfosis interna que nos lleva a una nueva forma de pensar y vivir. Por otro lado, la entrega, representada en el término griego sōma (σῶμα), significa “cuerpo”, y nos invita a ofrecer cada parte de nuestra vida a Dios, convirtiendo nuestra adoración en un sacrificio vivo, santo y agradable.

La adoración, entonces, no es solo un acto ritual, sino una respuesta profunda y continua a la gracia de Dios en nuestras vidas. Te invito a reflexionar sobre tu propia vida: ¿Hay áreas que necesitan renovación? ¿Estás permitiendo que la adoración transforme tus acciones cotidianas? A medida que nos comprometemos a adorar con todo lo que somos, en todo lo que hacemos, podemos experimentar la renovación que Dios anhela para cada uno de nosotros y para nuestra iglesia.

Aplicaciones prácticas:

1. Cultivar una mentalidad de adoración: Dedica un momento diario para reflexionar sobre las misericordias de Dios en tu vida en Cristo. Escribe un diario de gratitud donde anotes al menos tres cosas por las cuales estás agradecido cada día. Esto ayudará a enfocar tu mente en la bondad de Dios y transformará tu perspectiva. 1 Tesalonicenses 5:18: Den gracias en toda situación, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús.

2. Integrar la adoración en las relaciones: En tus interacciones diarias con la familia, amigos y compañeros de trabajo, practica la adoración siendo intencional en mostrar amor y respeto. Recuerda que cada acción puede ser un acto de adoración si se hace con un corazón sincero. Colosenses 3:23: Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

3. Renunciar a lo negativo: Establece un compromiso de no quejarte durante una semana. Observa cómo esto afecta tu estado de ánimo y tu capacidad para adorar. Elimina las quejas y en su lugar, busca lo positivo en cada situación, confiando en que Dios tiene un propósito. Filipenses 2:14: Hagan todo sin quejas ni discusiones.

4. Servir a otros como acto de adoración: Busca oportunidades para servir a los demás, ya sea en tu iglesia, comunidad o familia. Al hacerlo, recuerda que servir a otros es un acto de adoración a Dios, donde reflejamos su amor y compasión. Gálatas 5:13: Ustedes, hermanos, han sido llamados a ser libres. Debemos pedir a Dios que nos libre de un amor excesivo hacia nosotros mismos y un amor insuficiente hacia nuestro prójimo.

Conclusión

La adoración renovada no es solo un acto, sino un estilo de vida vibrante que nos llama a entregarnos por completo a Dios en cada rincón de nuestra existencia; al hacerlo transformamos no solo nuestras vidas, sino también nuestras comunidades reflejando la gloria de un Dios que merece nuestra entrega total. En un mundo sediento de autenticidad y esperanza, cada acción, cada palabra y cada relación se convierten en un poderoso testimonio del amor y la gracia divina, desafiándonos a vivir con fervor y a demostrar que, a través de nuestra adoración podemos experimentar una vida llena de propósito, frutos abundantes y una renovación que impacta a todos a nuestro alrededor. ¡Que nuestra adoración sea un fuego inextinguible que inspire a otros a unirse a este llamado glorioso!

Referencias

1. Cranfield, C. E. B. (2004). A Commentary on the Epistle to the Romans. The Epworth Press.

2. Stott, J. (1994). The Message of Romans: God’s Good News for the World. InterVarsity Press.

3. Wright, N. T. (2004). Paul for Everyone: Romans, Part 1. Society for Promoting Christian Knowledge.

4. Bibilia Interlineal (2013). La Biblia Interlineal Griego-Español. Editor: Estudios Bíblicos.

5. Edwards, J. (2002). Charity and Its Fruits. (S. E. F. T. Leith, Ed.). Carlisle, PA: Banner of Truth Trust. (Original work published 1738)

Más Artículos

REDES SOCIALES

Un llamado a la unidad en Cristo

Un llamado a la unidad en Cristo

Carla Liliana Moya Caza

«No somos salvos por nuestra asistencia a la iglesia, pero la iglesia es una parte vital de la vida de alguien que ha sido salvo. Mientras permanecemos en Cristo estamos unidos unos con otros»

(Kruger, 2021).

Cuando tomamos la decisión de ser seguidores de Cristo, adquirimos también responsabilidades. Una de las más importantes es replicar las acciones que realizó Jesús en su ministerio terrenal. Con sus palabras y acciones nos dejó dos tareas fundamentales que no pueden ser negociables ni pospuestas, estas se encuentran en Mateo 22: 37-39: Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, este es el primero y grande mandamiento y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Una iglesia dividida no puede crecer. Quizá te parezca raro, dentro de la iglesia también se levantan muros, barreras, delimitaciones, brechas, etcétera. Esto es fruto de los pensamientos carnales que se materializan en acciones concretas. Con frecuencia, nos hemos dedicado a separarnos, aislarnos y crear categorías donde nos ubicamos según nuestras ideas y conveniencias.

Estas actitudes divisorias se manifiestan de múltiples formas, a pesar de que presumimos compartir un mismo Espíritu y, por ende, un mismo pensar y sentir. Lamentablemente, esta realidad persiste dentro de la comunidad cristiana, evidenciándose en la incapacidad de consensuar para el trabajo conjunto, las luchas de poder y la oposición a nuestras autoridades, entre otros ejemplos.

Son muchas las formas en que estas acciones se manifiestan, aunque asumimos que tenemos un mismo Espíritu, por ende, un mismo pensar y sentir. Lamentablemente, esto existe dentro de la misma comunidad cristiana; evidenciándose en la incapacidad de ponerse de acuerdo para el trabajo, la lucha de poderes, la oposición a nuestras autoridades , entre otros ejemplos.

Las estadísticas revelan la existencia de aproximadamente 4,200 grupos o tipos de creencias en el mundo, con divisiones significativas incluso dentro del cristianismo. Esto pone de manifiesto la fragilidad de nuestra unidad y cómo aspectos secundarios pueden distanciarnos aún más.

Por lo tanto, es importante reflexionar, si hemos permitido que diferentes barreras se levanten dentro de nuestras congregaciones formando grupos y subgrupos que fragmentan nuestra valiosa comunión en la fe.

Un dilema habitual en nuestra cultura

Cuando se trata de trabajar juntos en la obra del Señor, debemos reconocer que la unidad es crucial, pero no es algo que se dé naturalmente, por eso debemos fomentarla y procurarla.

La época que vivimos está marcada por una cultura que afecta la colaboración efectiva de las congregaciones. Por poner algunos ejemplos, observamos que:

• La cultura moderna enfatiza el individualismo y la autosuficiencia. Las prioridades e intereses personales se anteponen a los objetivos comunes de la iglesia.

• La desinformación que se genera a través de las redes sociales, en ocasiones nos lleva a tomar posturas en situaciones que realmente desconocemos, a propagar rumores y chismes, lo cual genera divisiones.

• La falta de una comunicación horizontal y transparente, por parte de diversos líderes a nivel social genera desconfianza, malentendidos y conflictos, en la iglesia esto no es la excepción.

• Las diversas expectativas generacionales, pueden provocar fricciones. Las diferencias generacionales son una realidad que pocas veces hacemos consciente, privilegiando los métodos y perspectivas de una sola, fomentando así el adultocentrismo en las iglesias.

• Los conflictos no resueltos, generan resentimientos y divisiones. Hay que tener presente que, cuando se evitan confrontaciones, permitimos que los problemas se agraven.

Estos son algunos de los problemas más significativos que afectan la unidad en nuestro tiempo.

La característica de la Iglesia es la búsqueda de la unidad

Cuando los cristianos dejan de ser testimonio visible de unidad, fraternidad y armonía, fallan en su misión evangelizadora y pierden su eficacia como instrumentos para guiar a la humanidad hacia los propósitos divinos en la tierra. Así que, hermanos, os ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer (1 Corintios 1:10).

En teoría, todos estamos de acuerdo en vivir la unidad de la iglesia como un distintivo principal en la Iglesia de Dios, y rechazar cualquier práctica que amenace este propósito. Sin embargo, el verdadero desafío radica en despojarnos del orgullo y los sentimientos de autosuficiencia, así como en romper con los valores mundanos que se contraponen a los objetivos comunes de la Iglesia.

La experiencia nos ha demostrado que hay más desacuerdo entre los cristianos cuando ponemos más énfasis en la diversidad que en la unidad; es decir, cuando nos centramos en lo que nos distingue en lugar de en lo que nos une.

Conclusión

Fomentar la unidad de la iglesia requiere un esfuerzo intencional y constante. Entendemos que hay diversidad dentro de nuestras congregaciones locales e internacionales, puede que en muchos aspectos seamos diferentes, pero al final somos muy semejantes; todos nacemos del amor de Dios. De hecho, Jesús mismo oró por la unidad de sus seguidores para ser un poderoso testimonio al mundo (Juan 17:21).

Mi experiencia como estudiante del Seminario de Entrenamiento Ministerial me ha enseñado que, a pesar de vivir a miles de kilómetros, en un país con una cultura diferente y prácticas eclesiales distintas, podemos vivir unidos como hijos e hijas de Dios.

Una verdad innegable, digna de profunda reflexión, es que una iglesia unida es una iglesia atractiva. Juntos, podemos lograr mucho más para la gloria de Dios. Nuestro testimonio de unidad se convierte en el mensaje más poderoso para atraer a otros al Evangelio.

Bibliografía

García, J. M. (2015). La religión en el mundo actual. La Albolafia: revista de humanidades y cultura.

Kruger, M. (2021). Creciendo juntas: Una guía para profundizar las conversaciones entre mentoras y discipulas. Estados Unidos: KREGEL PUBN.

Martínez, T. (2019). En las fronteras del cristianismo. ResearchGate.

Más Artículos

REDES SOCIALES

La sinfonía del amor

La sinfonía del amor

Hna. Noemí Flores Vélez

La música es un medio de comunicación muy poderosa; eso lo descubrimos mi esposo y yo, aún antes de conocernos. Cada uno por nuestra parte, participábamos en el ministerio de alabanza donde nos reuníamos; de hecho, fue en un evento relacionado con la música, que tuvimos la oportunidad de conocernos. Después de casarnos, hicimos de la alabanza un hábito diario que impactó favorablemente nuestra relación matrimonial.

La Biblia contiene abundantes ejemplos de salmos que nos motivan a una vida que exprese con música la gratitud de nuestro corazón. El salmo 92 se desglosa de la siguiente manera: Bueno es alabarte, oh Jehová, y cantar salmos a tu nombre, oh Altísimo (v. 1). ¿Por qué el salmista nos dice que la alabanza a Dios es buena? En los cánticos podemos expresar muchas cosas que solo con palabras sería muy limitado. Es una oportunidad para reconocer su grandeza, para expresarle nuestras gratitudes, para conocer su carácter, para encontrarnos en intimidad con Él. Por otro lado, Childen´s Health, en su artículo “Seis beneficios de la música para la salud” en los primeros tres numerales dice: «1) Reduce la ansiedad y el estrés, 2) puede ayudar a aliviar el dolor y las molestias y 3) promueve estados de ánimo y emociones positivos». Esto es algo que nosotros experimentamos cuando alabamos a Dios en nuestros tiempos devocionales. Hacer de la música de alabanza un hábito en nuestras vidas, ha sido de mucha bendición.

Anunciar por la mañana tu misericordia, y tu fidelidad cada noche (v. 2). Antes de irnos a dormir, pasamos un momento devocional cantando acompañados de la guitarra. Creemos que esa práctica influyó positivamente la vida de nuestros hijos desde el embarazo. Después, siendo niños participaban en los devocionales familiares y, a través de los años, han desarrollado sus dones en la música. El salmo nos invita a cantar alabanzas a Dios desde la mañana y hasta el anochecer.

En el decacordio y en el salterio, en tono suave con el arpa (v. 3). Nunca aprendí a tocar el arpa, pero el Señor me permitió aprender la guitarra, la mandolina, la flauta, pandero y para mí era un verdadero placer alabar a Dios, en cualquier momento. Después, de casada, desarrollé el don de acompañar con la guitarra los cantos. Mi esposo y yo siempre nos consideramos levitas del Señor Dios, porque Él nos usaba, para la gloria de su nombre. Compartimos momentos en la alabanza y en la música, tanto nuestra vida matrimonial, como en el servicio en la iglesia.

Por cuánto me has alegrado, oh Jehová con tus obras (v. 4). Como esposos, tenemos muchos motivos de alegría. El Señor nos ha llenado de su gozo en diferentes momentos de la vida. En nuestras alabanzas damos testimonio de ellas. Sus obras en nuestra vida, nos motivan a alabarle constantemente. Una de esas alegrías es por haber sembrado la semilla de la música en nuestros hijos. Nos alegramos mucho cuando de pequeños, en casa, eran preparados para presidir y hablar de la Palabra, y en la Iglesia siempre estaban dispuestos a servir, y más cuando les daban la oportunidad a los niños. Por eso, con plena certidumbre de fe podemos decir: en las obras de tus manos me gozo. Porque si no fuera por el Señor, nosotros no seríamos nada.

Amados matrimonios, en casa es donde empieza todo; y cuando invitamos a Dios a ser el centro de nuestra vida, el primero en todo lo que hagamos, y a no hacer nada sin antes consultarlo con Él, entonces toma el control y nos lleva de gloria en gloria, nos encamina, dirige y actúa por nosotros. Por eso, a través de nuestro ejemplo queremos decirles que vale la pena cultivar un don o interés que tengamos en común, para que mientras lo practicamos, nuestra relación de pareja se vea fortalecida. Así ocurrió con nosotros, pasamos tiempo juntos, trabajamos en unidad, hacemos equipo, se fortalece la comunicación, se favorece la convivencia, damos buen testimonio a los hijos, por la gracia de Dios damos testimonio de una familia que busca la unidad y el trabajo en equipo.

Quiero ofrecerles algunos consejos prácticos.

• Descubran algún don o interés que tengan en común. No tiene que ser algo relacionado con la iglesia, pero sí alguna actividad que les permita comunicarse, pasar tiempo juntos, trabajar en equipo, algo que favorezca la convivencia y el fortalecimiento de su relación.

• Trabajen para hacer de ello un hábito. Un hábito es un ejercicio que hacemos de forma repetida, cada vez con mayor naturalidad. Si logramos convertir ese interés mutuo en un hábito, sumaremos importantemente al vínculo matrimonial

• No dejen de practicar. Aunque logren formar el hábito, no se relajen o piensen que ahora funcionará automáticamente; al contrario, busquen practicarlo constantemente.

La intención no tiene que ver directamente con cultivar buenos hábitos, sino que, al hacerlo, encontremos oportunidades para que la relación matrimonial se fortalezca, que aporten favorablemente a la confianza, a la unidad o a la comunicación. La razón verdadera es que todas esas “notas musicales” cooperen para hacer de nuestro matrimonio una hermosa sinfonía que traiga armonía y plenitud a quienes habitamos en ella.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Nosotras también anunciamos

Nosotras también anunciamos

Por: Jocheved Martínez

Tú, Dios mío, hablaste, y miles de mujeres dieron la noticia (Salmos 68:11, TLA).

Deseo iniciar esta reflexión, enviando un especial reconocimiento a las mujeres de la Iglesia por su gran fe y perseverancia; a las que se acaban de bautizar, a quienes han permanecido fieles y firmes en medio de enfermedades y crisis, a las que honran al Señor, atendiendo amorosamente a su familia, a las mayores que con su sabiduría siguen brindando consejos. A las líderes que con todo el corazón se paran al frente para guiar y animar. A las mujeres que, habiendo recibido el llamado de Dios y fortalecidas por su Espíritu Santo, reflexionan en la Palabra y anuncian el mensaje.

La pandemia que vivimos años atrás fue el detonante para que muchas despertaran sus dones y los ejercieran. Por ejemplo, en el 2020 y debido a la contingencia sanitaria, con el programa La iglesia en casa, muchas mujeres se vieron en la necesidad de desempeñarse como guías espirituales en su hogar. En esa misma época y para mantener la comunión con el cuerpo de Cristo, se establecieron los cultos en línea, donde también dirigieron las reuniones, participaron con alabanzas, oraciones y expusieron mensajes bíblicos. De hecho, en la actualidad, en las redes sociales, siguen operando, con gran bendición, diversos programas donde ellas comparten la Palabra de Dios.

En una capacitación a mujeres líderes en el norte del país, se habló de la necesidad de prepararse de manera sistemática en las ciencias bíblicas y se mencionaron espacios de formación como los que ofrece el SEM para adquirir un desarrollo bíblico-teológico adecuado. Al finalizar una hermana comentó: “Yo pensé que las hermanas solamente habíamos sido llamadas para hacer tamales” ¡Sí, podemos hacer tamales y más obras para colaborar en la construcción de los templos! pero si se ha recibido el don de la predicación u otros dones, ¡hay que ejercerlos!

Los dones espirituales que Dios da a la iglesia para su edificación, ¿son exclusivamente para los hombres?

El ministerio de la mujer no es un derecho que se busque, tampoco una obligación que se otorgue, sino una manifestación de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10). No es un fin, sino el cumplimiento de un llamado divino. La función de la mujer en los ministerios de la iglesia sigue siendo un asunto de gran interés. En este tema tan trascendental, nuestro punto de partida es la Biblia con su mensaje pertinente, vivo y eficaz.

En el Nuevo Testamento vemos a Jesús durante su ministerio, alentando la vida de las mujeres; entabla una relación amistosa con Martha y María; sana a una endemoniada, María Magdalena; se deja interpelar por una extranjera; se conmueve ante la viuda que lleva a enterrar a su hijo; expone temas de profundidad teológica con una samaritana… y ella como fruto de su encuentro, es impulsada a cumplir un rol misionero en su comunidad. Existen más ejemplos de cómo Jesús dignifica a la mujer y la equipa para compartir el mensaje de salvación.

Una profetiza, una predicadora

En el Antiguo Testamento encontramos a Hulda, una profetiza que es mencionada en 2 Reyes 22:14-20 y 2 Crónicas 34:22-28. Vivió en Jerusalén, aproximadamente en el año 640 a.C., bajo el reinado de Josías, fue contemporánea de profetas como Jeremías y Sofonías. En ese tiempo, el rey envía algunos colaboradores al templo de Dios y allí encuentran una copia del libro de la Ley. Lo toman y lo leen ante Josías, y al escucharlo, rasga sus vestiduras en señal de tristeza y dolor porque el pueblo había desobedecido a Dios, y ahora sufrirían las consecuencias de su alejamiento.

El rey reconoce y honra el ministerio profético de Hulda al consultarle la voluntad del Señor. Ella cumple su función, interpreta fielmente el designio divino y no duda en advertir sobre el duro castigo. Josías entiende el mensaje y realiza de inmediato acciones pertinentes para acatar la voluntad de Dios y llamar al pueblo a la obediencia.

La profecía o predicación es un don

La profecía o predicación es un don, un regalo de Dios y Él, lo reparte a quien quiere. No tiene que ver con edad, sexo, condición social o nivel intelectual. Es la interpretación de la voluntad divina en circunstancias concretas de un pueblo. Genera esperanza, y su significado permite que sea interpretado desde nuevas realidades. Tiene que ver con evidenciar el pecado y llamar al arrepentimiento. La profecía es una palabra que se menciona en el presente, pero sigue siendo de inspiración para generaciones venideras. La denuncia, solución y esperanza es el camino de quienes ejercen esta actividad espiritual.

Las Huldas de hoy

¿A cuántas ha llamado Dios en este tiempo? Aunque había más profetas, Josías llama a Hulda por su reputación y credibilidad. Ella le da un mensaje claro y directo. Dios hoy sigue llamando Huldas. Mujeres con un testimonio de fe que prediquen la Palabra con denuedo y pasión.

¿Pueden realizar dentro de las disciplinas de las ciencias bíblicas una interpretación del texto sagrado? Las mujeres que interpretan el texto bíblico desafían las explicaciones tradicionales, impulsan un nuevo acercamiento hacia la Biblia, donde hombres y mujeres son tratados con la dignidad otorgada por Dios. Desde la visión que el Señor les presenta, aportan sabiduría y enseñanza, liberan la Palabra y el potencial que tiene, ofrecen nuevas ideas que enriquecen el conocimiento teológico. Promueven un diálogo para erradicar la discriminación donde “nadie debe ser excluido”.

¿Qué impacto ha tenido la interpretación bíblica realizada por mujeres? Las mujeres que se han preparado bíblica y teológicamente han encontrado textos liberadores para las personas oprimidas y marginadas. Como grupo menos favorecido, han vivido en carne propia el menosprecio y a través del evangelio han sabido experimentar la plenitud en sus vidas.

¿Pueden enriquecer el conocimiento teológico desde su perspectiva femenina? Claro que sí. Las predicadoras visibilizan a las mujeres, redescubren la posición que tuvieron en el movimiento de Jesús. Dan voz a enfermas como la desahuciada con flujo de sangre que toca el manto del Maestro; a la cananea, quien pasa de la súplica al reclamo, con tal de conseguir la salud para su hija; a la viuda de Naín, que le resucita a su único hijo. Recrean el tierno abrazo que se dan María y Elizabeth embarazadas, en la zona montañosa de Judá, y experimentan la sublime y sinigual emoción de María Magdalena al ver a Jesús resucitado.

¿Pueden promover mejores espacios para ellas dentro de la Iglesia? Sí, la reflexión bíblico-teológica ha impulsado la dignificación de las mujeres y de personas excluidas. Han ubicado en su contexto algunos textos que tradicionalmente habían sido usados para silenciar la voz de las mujeres. Tienen el compromiso de generar una vida digna para ellas y para todos. Buscan superar la dominación y deshumanización de la mitad del género humano.

Consideraciones finales

La interpretación del texto bíblico realizado por mujeres que tienen el don:

1. Bendice a quien la realiza y bendice a quien la recibe. La iglesia valida la acción.

2. El texto revelado es liberador y genera un encuentro de Dios con las mujeres.

3. Visibiliza a la mujer, le da voz y acción, identidad y propósito.

4. Resalta aspectos que a simple vista no se ven, como la misión de las mujeres.

5. Favorece la comprensión, la fe y la inclusión de las mujeres en la vida de la iglesia.

6. Desarrolla una pastoral para atender las necesidades específicas de las mujeres, promoviendo su bienestar completo.

Impulsemos la labor teológica de las mujeres. Estaremos bendiciendo a toda nuestra iglesia.

Más Artículos

REDES SOCIALES

El amor de Dios en medio de la oscuridad

El amor de Dios en medio de la oscuridad

Hna. Valeria Alejandra Espinoza Pardo

Es parte de la vida humana experimentar distintas emociones, las mismas pueden ser de felicidad, angustia, tristeza y demás. Son tan comunes que en la Biblia encontramos varias narraciones que se centran en el estado anímico de las personas. Por supuesto, a todos nos encantaría vivir separados de situaciones que desencadenan emociones que causan conflicto y son negativas, sin embargo, a pesar de que las calamidades suelen venir acompañadas de mucho dolor y angustia, también se hace presente el abrazo lleno de ternura por parte de nuestro Dios, quien permanece en todo el proceso de sombra y dolor, no se aleja ni abandona, hasta que al final del túnel se alcanza a ver la luz. Al menos así lo sentí yo, y hoy quiero platicarte parte de mi historia.

En el 2020 mis papás se contagiaron de Covid-19. Comenzaron con síntomas controlables, pero pasados unos días, los dos empezaron a tener dificultad para respirar, por lo que requirieron apoyo de oxígeno. Recuerdo perfectamente un día donde el tanque con el que contaba mi papá se quedó vacío y solo teníamos un concentrador que usaba mi mamá, el cual generaba oxígeno, pero solo lo suficiente para abastecer a una persona. Comenzamos desesperadamente a buscar un lugar donde pudieran rellenar el tanque de mi papá, pero no encontrábamos, ya que en ese momento había escasez en todo Nuevo León, debido a la pandemia. Al no contar con el tanque, llegó un punto donde no sabíamos a quién darle el concentrador, por un lado, mi papá, quien tenía la saturación más baja, lo necesitaba, por el otro mi mamá, cuando se lo retirábamos un rato, nos suplicaba que no nos tardáramos, porque sentía que el aire le faltaba cada vez más. La incertidumbre y desesperación de no encontrar un lugar para rellenar el tanque y la tristeza que me daba elegir entre a quién darle el concentrador, y por cuánto tiempo, a dos de las personas más importantes de mi vida, provocaron algunas de las horas más largas que he tenido en la vida.

Pasados los días, las cosas empeoraron, teniendo que internar de urgencia a mi papá que ya no estaba reaccionando al tratamiento, tuve que despedirme de él, sin saber que ese día que lo dejé en el hospital, sería el último que lo volvería a ver con vida. Recuerdo las llamadas recurrentes de parte del hospital, para reportarnos sobre la situación de mi papá y siempre eran malas noticias. No se recuperaba, iba empeorando. Y así, mientras tanto, la situación con mi mamá también era inestable, ya que su oxigenación estaba cada vez más baja, y después de días de lucha por respirar, tuvimos que internarla también.

Lamentablemente, un domingo por la mañana nos dieron la noticia que nadie quería escuchar, mi papá ya descansaba en el Señor. Era tan difícil el panorama, por una parte, el dolor de perder a mi papá, de saber que ya no lo vería más, fue devastador. Por otro lado, la incertidumbre que causaba que mi mamá estuviera hospitalizada, con la posibilidad de que ella tampoco sobreviviera a la enfermedad. Por si eso no fuera suficiente, justo en ese tiempo, mi hermana y yo dimos positivo a Covid-19. En los días siguientes, el sueño desapareció de nosotras, debido a la tristeza ocasionada por papá, a la angustia que sentíamos por mamá y al malestar físico que teníamos. El cansancio mental era extremo. Una de las cosas que más me dolía, era que, en medio de tanto dolor, no podíamos recibir visitas, nadie nos podía abrazar o acercarse, solo éramos mi hermana y yo.

Mi mamá duró internada casi dos meses, donde tuvieron que intubarla para que pudiera seguir respirando, y como la intubación no fue suficiente, tuvieron que realizarle una traqueostomía. El pronóstico era muy desalentador, los doctores nos decían que nos preparáramos para lo peor. Sumado a eso, la cuenta del hospital iba en aumento, como ya llevaba tiempo internada, tendríamos que pagar más de medio millón de pesos.

En esos momentos de mayor incertidumbre y profundo dolor, nunca dejamos de confiar, de creer y de orar a Dios, porque sabíamos que Él tenía el control. Recordaba fielmente lo que dice su palabra: La voluntad de Dios siempre será buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2). Tal vez pienses: “¿cómo es posible esto? ¡Si perdió a su papá!” pero, aunque la muerte de papá no era lo que yo quería, pude descansar en la idea de que, para Dios, ese fue el tiempo de mi papá con nosotras, y confié firmemente que el propósito del Señor, en la vida de mi papá, ya había sido cumplido, confiando además en la promesa de que algún día lo volveré a ver. También comprendí que hubiera sido egoísta de mi parte querer que mi papá sobreviviera, ya que posiblemente sufriría secuelas muy graves por todo el proceso de enfermedad que atravesó, lo cual hubiera limitado mucho sus actividades; y para mi papá, quien era una persona demasiado activa, esto hubiera sido algo devastador.

En medio de ese valle de sombra, pude ver y sentir tan claro y palpable el amor de Dios, sentir su abrazo a través de las personas que me rodeaban. ¡Fue algo maravilloso! Mis amigos organizaron una caravana fuera de mi casa, y aunque fue a lo lejos, su visita fue muy reconfortante. Hermanos de la iglesia y familia nos apoyaron en todo momento, económica, emocional y espiritualmente, en muchas personas conocidas y no conocidas Dios puso una gran disposición en sus corazones. Jamás me sentí sola. Dios me abrazó con fuerza por medio de tantas muestras de amor.

Sé que el Señor cuidó de mi vida en todo momento, aunque me contagié de Covid, mis síntomas fueron leves, y gracias a eso puede cuidar a mis padres. Él proveyó, aún con la escasez de oxígeno, y la saturación en los hospitales, suplió toda necesidad que tuvimos. Vi el inmenso amor de Dios al sanar completamente a mi mamá, y que ahora ella pueda ser un testimonio vivo de lo que Dios puede hacer a pesar de cualquier pronóstico.

Y, respecto a la cuenta del hospital, aunque no teníamos los recursos para cubrirla, Dios abrió las puertas. Un primo le escribió por redes sociales al gobernador de aquel entonces de N. L., comentándole la situación por la que mi familia pasaba. Era casi imposible que pudiera leer su mensaje, pero pasó. La Secretaría de Salud se puso en contacto conmigo y ellos arreglaron la cuenta del hospital a una módica cantidad, pudiendo así dar de alta a mi mamá. El proceso de recuperación y duelo fue muy duro y lento, pero pudimos salir adelante con la ayuda de Dios. Hoy, más que nunca, confío plenamente en que tenemos un Dios que hace lo imposible posible, solo tienes que creer en Él.

Durante todo este proceso experimenté aquel texto que dice: Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús (Filipenses 4:7). Esa paz que solo da nuestro Señor, inundó mi vida, abrazándome y no dejándome caer en mi momento más difícil.

Sea cual sea la situación por la que estés pasando, tienes que saber de dónde viene tu ayuda, Dios tiene el control de toda situación, y por más oscuro que esté el panorama, Él siempre está obrando, y te puede brindar una paz profunda y verdadera que provee confianza y seguridad a pesar de las circunstancias que nos rodean, una paz que supera cualquier situación que estemos atravesando.

Tenemos un Dios que hace lo imposible posible, solo tienes que creer en Él.

Más Artículos

REDES SOCIALES