Jesús y los que no tienen lugar en la mesa

Dara Kenneth Trujillo González

Hay restaurantes donde, para conseguir una mesa, hay que reservar con semanas de anticipación, y donde solo algunas personas con cierta posición económica o estatus social tienen la oportunidad de acercarse. Tener un lugar en la mesa puede representar mucho más que un simple espacio; simboliza pertenencia, aceptación y la oportunidad de ser escuchado. Estar en la mesa es sentirse parte, es saber que alguien te espera y te toma en cuenta.

En contraste con la aceptación, está el rechazo: la acción y efecto de no aceptar, negar o apartar a alguien. Y aunque no hubiera mencionado su definición, muchos de nosotros no solo entendemos lo que significa, sino que también lo hemos sentido. Todos, en algún momento, hemos experimentado la exclusión por parte de una persona o un grupo.

El rechazo no es algo exclusivo de nuestros tiempos; en la época de Jesús existía una marcada exclusión hacia distintos grupos sociales. El valor de una persona estaba determinado por su posición económica, académica o social; por lo que, si alguien no tenía nada “valioso” que aportar, simplemente no era considerado. Peor aún, a muchos se les negaba la oportunidad de relacionarse con Dios. Pero en medio de esa dinámica, el Evangelio rompe el molde: Jesús trae una verdad transformadora: el Rey da lugar a los más pequeños y sinceros.

Para conocer mejor la actitud de Jesús hacia aquellos que no eran considerados importantes, Marcos nos presenta dos escenarios reveladores:

Jesús y los niños

Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios. De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía (Marcos 10:13-16).

En este pasaje, Jesús permite que los niños se acerquen a Él. A simple vista, podría parecer que solo los está defendiendo de los reproches de los discípulos; sin embargo, más que una defensa, Jesús está restaurando su dignidad al otorgarles un lugar importante en el reino de Dios. Si nos adentramos en el contexto cultural de este pasaje, podemos observar el menosprecio con la que eran tratados los niños. Eran considerados de tal manera debido a que no podían aportar dinero, fuerza o conocimiento; su inocencia los hacía manipulables y sus limitaciones no los hacían capaces de entender las profundidades de la sabiduría y el conocimiento de Dios (o eso era lo que la gente creía).

Volviendo al versículo, desde la perspectiva de los discípulos, los niños no tenían nada que aportar, ya que no podrían contribuir con la Misión, y querían proteger a su Maestro de atenciones agobiantes (Taylor, 1980, 503-505). Para los seguidores de Jesús, la presencia de los pequeños no era importante; mientras más rápido se deshicieran de ellos, mejor, ya que atenderlos parecía una completa pérdida de tiempo y energía. Pero Jesús actúa de una forma impresionante: en lugar de ignorar a los niños y pasar de largo, se indigna ante la actitud de los discípulos y los reprende en ese mismo momento. En una época en la que los niños no tenían posición alguna que les diera valor, Jesús los mira, los abraza, los bendice y, no solo pone sus manos sobre ellos, sino que los coloca al centro del mensaje.

Me pregunto si alguna vez nosotros hemos sido tratados de esa forma o, peor aún, si hemos tratado así a alguien más. Las miradas de superioridad reflejan una perspectiva limitada que nos hace olvidar el valor que Dios ha puesto en cada persona. Así como Jesús elevó la dignidad de los pequeños al hacerlos parte del reino de Dios, Él sigue defendiendo a los marginados y dándoles un lugar en su mesa. Este privilegio no se basa en la posición social ni en la fuerza humana. Ser aceptado en la mesa del Señor no tiene nada que ver con lo que una persona puede dar; sino con la gracia y el amor inagotable de Cristo.

Cuando Jesús ve a los más pequeños, no ve su debilidad como una desventaja, sino como una oportunidad de recibir el mensaje del Evangelio de una manera diferente. Pues cuando a alguien pequeño se le da la oportunidad de tener un lugar en la mesa de aquel incomparable y soberano Dios, la invitación es recibida con humildad.

Cristo está buscando corazones sencillos, dispuestos y humildes. Y este pasaje nos recuerda que tenemos que ver de manera diferente a los niños y también a las personas que son consideradas “pequeñas”. El Señor nos invita a tratarlas con paciencia y compasión, a incluirlas en las actividades de la Iglesia y a tomar en cuenta su voz.

Jesús nos ha comprado con su sangre, un lugar en su mesa. Él abrió el espacio para todos los que alguna vez fueron dejados fuera. Ahora la pregunta es: ¿cómo vamos a responder a esa invitación? El Reino pertenece a quienes se acercan con la fe de un niño: una fe humilde y sencilla, sin pretensiones ni méritos, y con un corazón que confía plenamente en el amor del Padre.

La viuda y su ofrenda

Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra; pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento (Marcos 12:41-44).

En este segundo escenario aparece una viuda pobre que deposita una ofrenda. Desde la perspectiva de la mayoría, no había nada especial en este acto; es más, hasta podría parecer insignificante, ya que el dinero echado por la viuda era una cantidad muy pequeña. Las dos monedas (blancas) que ofrece la mujer suman un centavo (un cuadrante). Una blanca era una pequeña moneda de cobre, la cual era la más baja denominación en su uso. Equivalía a un octavo de centavo de dólar (Montanilla Romero, 2015). El arca donde había puesto las monedas probablemente era una de las dedicadas a las ofrendas voluntarias. La mujer no tenía ninguna obligación de donar; sin embargo, la Palabra menciona que dio todo su sustento; esto significa que dio todo lo que tenía para vivir. La ofrenda, más que una donación, era un sacrificio.

Socialmente, la viudez era considerada una desgracia y una vergüenza; ella no tenía cómo trabajar, era rechazada por la sociedad y por los hombres (Galindo Reyes, 2021). Su extrema pobreza, su baja posición social y su falta de amparo familiar la colocaban en una situación sumamente vulnerable. Pero es la actitud de esta mujer vulnerable lo que llama la atención de Jesús. Ella no dio su dinero por un compromiso con el templo o en busca de admiración; lo dio todo porque sabía que la providencia de Dios era más grande que su necesidad. Su devoción al Padre permeaba todos los aspectos de su vida, demostrando una completa dependencia de Él.

La mujer no tenía un lugar reservado en la sinagoga; probablemente tampoco tenía un asiento en la mesa de su familia. Pero su lugar estaba apartado en la mesa del Rey. Nadie se detenía a mirarla, pero Jesús sí la vio. La verdadera adoración no se mide por la cantidad que damos, sino por la actitud del corazón y la disposición con la que nos acercamos a Él.

¡Qué asombroso es ver que las personas ignoradas por la sociedad —aquellas que fueron hechas a un lado, las menospreciadas y olvidadas— son las que muestran una devoción más profunda a Dios! Ellas saben lo que es no tener un lugar, y por eso valoran cada gesto de gracia. Su respuesta a Dios viene de un corazón que conoce bien el rechazo, pero que también ha experimentado la ternura de ser visto y amado por el Señor. Tanto los niños como la viuda nos recuerdan que el reino de Dios no es exclusivo de los fuertes, sabios o influyentes; es para los sencillos, sinceros y para las personas que se acercan con humildad.

Los pequeños encuentran en Jesús un amigo que los toma en los brazos, y los vulnerables hallan en Él al Dios que los mira. En la mesa del Señor hay lugar para todos los que el mundo ha dejado fuera; en su Reino, la grandeza se mide por la fe y la dependencia, no por el poder o la posición. Tal vez el rechazo, la soledad o el no tener un lugar nos han dolido, pero también pueden hacernos comprender con mayor profundidad el amor incondicional y sobreabundante de Dios. A los ojos del Rey, nadie está olvidado.

Jesús nos invita a ser partícipes de su mesa; nos llama a cada uno de nosotros y nos recuerda que, por su gracia y sacrificio, ahora le pertenecemos al Padre. Vivamos bajo los valores del Reino: humildad, sencillez, confianza en Dios y un amor que siempre da un lugar a los demás.

Referencias

1. Fikkert, E. (2024, 18 julio). La ofrenda de la viuda: Corazón de abundancia | Faithward.org.

2. Galindo Reyes, W. (2021, 27 diciembre). La ofrenda de la viuda. Logos Sermons.

3. Miguel, C. F. A. (2011). Evangelio de Marcos. Evangelio de Mateo. Verbo Divino.

4. Montanilla Romero, J. A. (2015). Exégesis de Marcos 12:41-44. En Seminario Evangélico de Caracas.

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