Cuida tu alma para cuidar el rebaño

Min. Ausencio Arroyo García

¿Por qué estás tan abatida, alma mía? ¿Por qué estás tan angustiada? (Salmo 42:5a, NVI).

Los siervos de Dios llevan cargas invisibles que pueden provocar agotamiento emocional. Porque sí, el líder también se cansa. También se vacía. También se rompe por dentro, y también necesita ser pastoreado por Dios. El agotamiento llega incluso después de nuestros mejores momentos. No es pecado. No es falta de oración. No es debilidad espiritual. Significa que somos humanos.

Esta meditación es para quienes se sienten agotados y han perdido el entusiasmo del ministerio cristiano o incluso de la vida misma. Muchos de nosotros, en distintos momentos o circunstancias, nos hemos sentido sin energía en las actividades de la predicación, la visitación, planeación u organización de eventos. Nos llegamos a sentir abrumados, atrapados en un estado de confusión mental y emocional, se nos hace difícil tomar decisiones y estamos descontentos de haber aceptado el ministerio. En nuestro abatimiento interior llegamos a perder el rumbo y viajamos en “modo automático”.

Hay ocasiones en que, aun haciendo el máximo esfuerzo, el entusiasmo pronto se viene abajo y abandonamos los proyectos, las personas dejan de importarnos, nos tornamos irritables, respondemos con palabras o gestos que lastiman, estamos siempre cansados, hemos perdido el asombro de la presencia de Dios y extrañamos el gozo de vivir. Frente a esto, algunos nos aislamos y dejamos de avanzar.

Los pastores somos tan frágiles como cualquiera. Al enfrentar responsabilidades, con sus adversidades o cambios, nuestra alma (acepción de sede de afectos y voluntad) se quebranta y muchas veces parece que hemos llegado al final. Cuando te sientas agobiado o agobiada, acepta que está bien no estar bien. Pero, recuerda que nadie puede liderar bien si no reconoce a tiempo el desgaste porque negar la condición solo la agrava. Entiende que: “Si no cuidas tu alma, nadie más lo hará por ti”. Dios actuará si reconoces que lo necesitas y le invocas para confiarte a Él.

Un alma abatida

Todos quisiéramos tener un espíritu inquebrantable que resistiera el paso del tiempo y el esfuerzo continuo; sin embargo, muchos atravesamos por ciclos de euforia y depresión. De alguna manera, podemos vernos reflejados en la historia del profeta Elías. Por un lado, admiramos al Elías de 1 de Reyes 18, pero reprobamos al del capítulo 19. La imagen de Elías en el desierto es patética: débil, a punto del colapso, este hombre de Dios se muestra solo, agotado, frustrado, quejumbroso y deseando morir. Elías parece un hombre acabado.

La sensación de fracaso puede llegar luego de enormes victorias. El profeta viene de una serie de eventos extraordinarios: experimenta la provisión sobrenatural en el arroyo de Querit, resucita al hijo de una viuda en Sarepta de Sidón; se enfrenta al rey Acab quien le buscaba para matarle; finalmente, desafía a 450 profetas de Baal y, en la cumbre del monte Carmelo les demuestra la superioridad de su fe religiosa.

La caída de un grande en la fe. Inmediatamente después de estos éxitos le sobreviene un desplome brutal. El gigante de la fe se transforma en una persona mediocre. El amigo de Dios se desmaya hasta el polvo porque perdió su sentido de la trascendencia y quedó embargado por una profunda tristeza.

El factor precipitante

En el caso de Elías fue la amenaza proferida por la reina Jezabel, quien juró en nombre de sus dioses acabar con la vida del profeta: «Así me hagan los dioses y así me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos» (1 Reyes 19:2).

Las causas de la ansiedad que nos aqueja llegan a ser más teóricas que reales. La amenaza es la declaración de intención de hacer daño, no es el daño en sí mismo; el peligro es la contingencia inminente de que suceda algún mal, pero no es el mal en operación. Por tanto, ni las amenazas ni los peligros que provienen del contexto social en que nos desenvolvemos son la causa del fracaso para el siervo cristiano, puesto que tenemos la promesa bíblica y la seguridad que ésta produce: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar (Salmo 46:12).

El profeta llega al abatimiento siguiendo una serie de situaciones:

Un sentimiento de fracaso. Supuso que su victoria en el enfrentamiento con el rey Acab y la muerte de los profetas de Baal sería el comienzo de un avivamiento religioso que podría llegar a sacudir la indecisión de Israel. En la narración prevalece silencio sobre los efectos de esta batalla, no hay una humillación ante el verdadero Dios Yahvé como sí se describe en el Sinaí o en otros momentos de las intervenciones sobrenaturales. La sensación podría haber sido de decepción, lo inútil que resultó el riesgo de vida y la poca eficacia de tan tremendo poder.

Temor paralizante. Cuando permitimos que las amenazas determinen nuestro ánimo, el miedo inicial llega a convertirse en un temor paralizante. Esto fue lo que le ocurrió a Elías: «Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida» (19:3). De colaborador de Dios, Elías pasa a ser víctima de su miedo a una figura de paja. Su mente se nubla y no recuerda al Dios poderoso que se mostró en el Carmelo. La euforia con que venció a los profetas de un dios falso se tornó en ansiedad una reina pagana.

Perder el rumbo. Partiendo del monte Carmelo en dirección sur, Elías anduvo de día y de noche, durmiendo unas veces en cavernas junto a los caminos y otras al pie de algún árbol solitario. En Beerseba, límite sur de Israel, dejó a su criado y se adentró solo en la inmensidad del desierto, quizá teniendo como meta el monte Sinaí, buscando una nueva manifestación de Dios. Elías caminó todo el día bajo un sol abrasador sin rumbo claro en realidad.

Despreciar la vida. No obstante, haber sido testigo de milagros y un fiel instrumento en las manos del Señor, Elías choca con un muro mental y emocional, olvida la gratitud por el pasado y queda abrumado por un futuro oscuro. La vida le pesa, la aborrece, desea la muerte, la muerte se percibe como el medio para poner fin al dolor interno: Deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres (19:4). Las contradicciones se acumulan. Huye de la amenaza de muerte de Jezabel para salvar su vida y ahora pide a gritos la muerte.

El ser humano, con sus trazos de misterio, de enigma y de absurdo, es tremendamente complejo y, en su complejidad, pasa de los estados eufóricos a la angustia caótica en un instante. En las Escrituras tenemos las radiografías de los hombres bíblicos para que no desesperemos en nuestras horas bajas.

Enfrentar adversidades sin renovarse. Elías había realizado un extraordinario esfuerzo físico, mental y emocional: había puesto a prueba su fe ante un rey que lo buscaba para matarlo y ante 450 profetas de un culto extraño, había caminado hasta el agotamiento bajo un sol quemante. Estaba hambriento, sediento, falto de sueño, rendido de cansancio. Sobre él pesaba una amenaza de muerte dictada por una mujer poderosa y sin escrúpulos. Todo esto producía en él disminución de energías, apatía, pérdida de interés por la vida y deseos de muerte. Nadie puede estar dando todo el tiempo sin alimentar su energía espiritual, se requiere volver a conectar con la fuente.

En el proceso de Elías encontramos las claves de su agotamiento emocional y mental:

a. Tuvo expectativas equivocadas, supuso la conversión de todos los israelitas;

b. Se centró en sí mismo, creyendo ser el centro de la lucha religiosa;

c. Miró el problema más que al Señor, su miedo le cegó a la respuesta de quién está sobre todas las cosas.

Las lecciones para aprender de la vida personal del profeta

¿Puede un cristiano, un pastor, hoy, caer de las alturas de la comunión con Dios hasta la negación y la miseria espiritual? Las evidencias nos muestran que sí. El testimonio bíblico declara la condición humana del siervo de Dios: Elías era “hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras” (Santiago 5:17).

Estos postulados deducidos de la crisis del Elías nos ayudarán a evitar el agotamiento emocional y mental:

1. No pierdas el enfoque. No olvidemos que en el ministerio cristiano se trata del Señor y no de nosotros, no es nuestra imagen o popularidad ni nuestro éxito, el fin que perseguimos es sobre Su gloria y Sus propósitos eternos.

2. No te compares con nadie. “No soy mejor que mis padres”, dijo Elías. Si medimos nuestros resultados con los de otros consiervos podremos resultar perdedores en las estadísticas de los logros, pero nadie tiene los mismos dones ni las mismas circunstancias de vida, la comparación debe ser con uno mismo, si somos mejores que el tiempo pasado.

3. Encuentra a Dios en la quietud: “Dios se le mostró en un silbo apacible”. La restauración del alma fatigada ocurre en la serenidad que se alcanza al ser conscientes de la presencia de Dios, dentro y alrededor nuestro.

4. Apóyate en la comunidad. Dios preserva a otros creyentes junto con nosotros para su gloria y para que le sean testigos en su contexto histórico, ninguno puede hacer la misión solo. Eliseo fue compañero de Elías, ¿quién te acompaña a ti?

5. El plan final está en las manos de Dios. Nuestra naturaleza humana requiere tener el control sobre las cosas que suceden, sin embargo, el desenlace de los eventos escapa a criterios personales porque Dios es el soberano que establece sus planes. Aun las adversidades pueden ser direccionadas en nuestra bendición.

6. No temas a los espantapájaros. La realidad se representa a veces en signos que parecen caos y destrucción, pero son solo imaginaciones que pueden ser vencidas por la confianza en un poder mayor: Mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo (1 Juan 4:4).

7. El Dios de las montañas es el Dios de los valles. En los tiempos de bienestar es fácil percibir la presencia divina, los dones y caricias de su poder y gracia son confortables; sin embargo, en las adversidades desaparece la confianza. No olvidar sus bondades de ayer que nos sostienen en los quebrantos. El Dios del Carmelo es el Dios del desierto.

Cómo dimensionar el fracaso

Recuerda que ni tu vida ni tu trabajo dependen de ti, sino de Dios. Considera que lo que estimas como fracaso puede ser parte de un plan divino que ignoras. Y, confía que aun siendo un fracaso real, Dios puede convertirlo en éxito. Cuida tu alma para que puedas cuidar bien el rebaño que Dios te ha confiado.

Un mensaje final

«Al igual que Elías, podemos quedar tan atrapados en las dificultades de nuestra vida que perdemos la perspectiva y comenzamos a consumirnos. En esos momentos, podemos sentir que nada puede mejorar. Estamos tentados a preguntarnos por qué Dios no nos ayudará a arreglar las cosas, por qué no nos pondrá todo en orden. Es exactamente en esos momentos que Dios quiere que estemos quietos, no para tratar de encontrar su voluntad en las tormentas que nos rodean, sino para descansar en su paz. A veces, en medio de una crisis, necesitamos tomarnos un momento para hacer una pausa y dejar que el Señor nos ministre». Sally y Joel Clarkson. Elías el profeta exhausto. Ct. 8/03/17

En Dios pondré mi esperanza y lo seguiré alabando. ¡Él es mi salvación y mi Dios! (Salmo 42:5b).

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