Dios pensó en ti antes de que tú pensaras en él

Min. Leonardo Domínguez Mendoza

Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él(Efesios 1:4)

Con frecuencia construimos nuestra identidad a partir de lo que hacemos, de lo que poseemos o de la opinión que otros tienen acerca de nosotros. Si recibimos reconocimiento, nos sentimos valiosos; si somos ignorados, comenzamos a dudar de nosotros mismos. Cuando alcanzamos una meta, sentimos que nuestra vida tiene sentido; pero cuando fracasamos, llegamos a pensar que hemos perdido nuestro valor.

Todos necesitamos saber que nuestra vida importa. Buscar afecto y aceptación no es malo; fuimos creados para relacionarnos. El problema aparece cuando dejamos en manos de otros la definición de quiénes somos. Entonces una crítica puede derrumbarnos y un rechazo puede convencernos de que no somos dignos de amor.

Una identidad construida solamente sobre la aprobación humana siempre será inestable. Las personas cambian, las circunstancias se modifican, los logros se olvidan y nuestras capacidades disminuyen. Por eso, este primer artículo abre la serie: “De creyentes a discípulos: la ruta del discipulado”, un recorrido que nos ayudará a comprender cómo la fe puede convertirse en una vida de transformación, madurez, servicio y misión.

Comenzaremos por la identidad, porque el primer paso del discipulado no consiste en preguntarnos qué podemos hacer para Dios, sino en comprender lo que Dios ya hizo por nosotros. Antes de hablar de obediencia, servicio o perseverancia, necesitamos descubrir quiénes somos en Cristo. Solo cuando nuestra vida encuentra su fundamento en la gracia de Dios podemos caminar con Jesús, aprender de Él y parecernos cada día más a Él.

El contexto del pasaje

La carta a los Efesios fue escrita por el apóstol Pablo mientras se encontraba prisionero, probablemente en Roma, alrededor del año 60 d. C. Es significativo que un hombre limitado físicamente pudiera escribir acerca de una libertad espiritual tan grande. Aunque estaba encadenado, Pablo sabía que su identidad no dependía de sus circunstancias, sino de su relación con Jesucristo.

Efesios presenta dos grandes dimensiones de la vida cristiana. Los primeros tres capítulos explican nuestra posición en Cristo: quiénes somos y qué hemos recibido por gracia. Los últimos tres describen nuestra práctica: cómo debemos vivir como resultado de esa nueva identidad. Primero aparece lo que Dios hizo por nosotros; después, lo que nosotros estamos llamados a hacer.

Este orden es fundamental. No obedecemos para conseguir el amor de Dios; obedecemos porque hemos sido amados. No buscamos la santidad para convencer a Dios de que nos acepte; la buscamos porque ya hemos sido recibidos en Cristo. Tampoco servimos para comprar un lugar en su familia; servimos porque, por medio de Jesucristo, hemos sido incorporados a ella.

Efesios 1:3-14 es una extensa expresión de alabanza. Pablo contempla el plan de salvación desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura. Habla de elección, adopción, redención, perdón, herencia y del sello del Espíritu Santo. No presenta estas verdades para llenar nuestra mente de conceptos difíciles, sino para despertar gratitud.

1. Nuestra identidad comienza en el corazón de Dios

Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4).

Pablo dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo. Esto significa que nuestra vida no es un accidente perdido dentro de la historia. Antes de que nuestra familia nos conociera, antes de nuestros aciertos y equivocaciones, antes de nuestras heridas y aun antes de nuestro nacimiento, Dios ya había establecido en Cristo un propósito de salvación.

Esta verdad no debe hacernos sentir superiores. Por el contrario, debe conducirnos a la humildad. No fuimos alcanzados porque fuéramos mejores, más inteligentes o más religiosos. Fuimos alcanzados por gracia. La iniciativa fue de Dios.

Nuestro valor delante de Dios no se fundamenta en nuestros méritos, sino en nuestra unión con Jesucristo. Dios no nos recibe porque hayamos conseguido ordenar y perfeccionar nuestra vida, sino porque nos acercamos a Él por medio de su Hijo. Cuando Pablo repite expresiones como “en Cristo”, “en Él” o “en el Amado”, quiere recordarnos que todo lo que hemos recibido descansa en la persona y en la obra de Jesús.

Muchas de nuestras luchas emocionales están relacionadas con una identidad lastimada. Hay personas que crecieron escuchando que no servían para nada, que fueron un error o que nunca llegarían muy lejos. Esas palabras pueden acompañarlas durante años hasta convertirse en una voz interior que condiciona sus decisiones. Aunque el tiempo pase, continúan viviendo como si tuvieran que demostrar que merecen ser vistas, respetadas o amadas.

Tal vez nosotros también hemos cargado palabras que nunca debimos aceptar como una definición de nuestra vida. Quizá alguien nos rechazó, nos hizo sentir insuficientes o nos convenció de que siempre seríamos iguales.

El Evangelio no elimina mágicamente todos los recuerdos dolorosos, pero nos ofrece una identidad más profunda que nuestras heridas. Podemos haber sido rechazados por algunas personas sin estar rechazados por Dios. Podemos haber atravesado experiencias que no escogimos, pero esas experiencias no poseen la autoridad final para definirnos. Por lo tanto, ser discípulo significa aprender a mirar nuestra vida desde lo que Dios dice y no solamente desde lo que otros hicieron con nosotros.

2. Dios no solamente nos perdonó: nos recibió como hijos

Habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Efesios 1:5).

Dios podría habernos perdonado y mantenernos a la distancia, pero decidió recibirnos en su familia. Pablo utiliza la figura de la adopción para describir la nueva relación que tenemos con Él por medio de Jesucristo. Ya no somos extraños que miran desde afuera; hemos sido acercados con los privilegios y también con las responsabilidades de los hijos.

La adopción nos enseña que la salvación es mucho más que escapar de la condenación. Es entrar en una relación. Dios no quiere que vivamos como desconocidos que se acercan temerosamente a su puerta, sino como hijos que aprenden a confiar en el corazón de su Padre.

Suele pasar que algunos hermanos creen en Dios, pero continúan relacionándose con Él desde el miedo. Piensan que cualquier equivocación hará que los abandone o que todos los días deben ganarse nuevamente su aceptación. Oran y sirven en la iglesia, pero lo hacen bajo una presión constante. En lugar de disfrutar su comunión con Dios, viven intentando demostrar que merecen permanecer cerca de Él.

Esta manera de vivir termina produciendo agotamiento espiritual. Cuando nuestra relación con Dios se fundamenta únicamente en el rendimiento, cada error se convierte en una amenaza y cada debilidad en motivo de vergüenza. Sin embargo, Pablo afirma que fuimos aceptados “en el Amado” (Efesios 1:6). Nuestra aceptación no descansa en la perfección de nuestro comportamiento, sino en Cristo.

Esto no significa que nuestras decisiones carezcan de importancia. Un hijo puede entristecer a su padre y sufrir las consecuencias de sus actos, pero no deja de ser hijo porque se equivocó. De la misma manera, la gracia no elimina nuestra responsabilidad; pero nos proporciona un lugar seguro desde el cual podemos reconocer nuestros pecados, levantarnos y continuar creciendo.

Un creyente puede conocer muchas verdades acerca de Dios, pero un discípulo aprende a vivir como hijo de Dios. Deja de obedecer solamente por temor al castigo y comienza a responder desde la gratitud, la confianza y el amor.

3. Fuimos redimidos para comenzar una vida diferente

En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia (Efesios 1:7).

La palabra redención comunica la idea de una liberación que ha requerido el pago de un precio. Jesucristo entregó su vida para liberarnos de la culpa y del dominio del pecado. Su sangre representa el precio de nuestra libertad. El perdón no significa que Dios finja que nada ocurrió. El pecado produjo una ruptura real, pero en la cruz Cristo asumió el costo de nuestra reconciliación. Por eso Pablo no dice que fuimos perdonados según la pequeñez de nuestros méritos, sino según las riquezas de su gracia. A veces afirmamos que Dios nos ha perdonado, pero seguimos castigándonos interiormente. Recordamos nuestros errores, nos hablamos con dureza y llegamos a pensar que ya no podemos ser útiles. La culpa puede ayudarnos a reconocer que hicimos algo malo; pero cuando se transforma en una condenación permanente, termina paralizándonos y alejándonos de Dios.

El arrepentimiento verdadero no consiste en odiarnos por lo que hicimos. Consiste en reconocer el pecado, volvernos a Dios, recibir su perdón y permitir que transforme nuestra manera de vivir. La gracia no nos invita a negar el pasado ni a evitar las consecuencias de nuestros actos, sino a impedir que el pasado siga gobernando nuestro presente.

Pablo añade que quienes escucharon el evangelio y creyeron fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa. En el mundo antiguo, un sello comunicaba pertenencia, autenticidad y seguridad. De igual manera, la obra del Espíritu en nuestra vida confirma que pertenecemos a Dios y constituye la garantía de la herencia prometida. Dios no solamente se acercó a nosotros para comenzar la historia de salvación. También se ha comprometido a acompañarnos mientras avanzamos. Como discípulos podemos atravesar dudas, luchas y temporadas difíciles, pero no caminamos solos. Dios continúa obrando en nuestra vida y conduciéndonos hacia la madurez espiritual.

Comprender estas verdades no resolverá de inmediato todas nuestras inseguridades, pero cambiará el lugar desde el cual las enfrentamos. Ya no lucharemos solos para fabricar una identidad; podremos llevar nuestras heridas, temores y dudas delante de Dios, sabiendo que su gracia continúa siendo mayor que aquello que intenta definirnos.

Consejos para la vida

1. No pongas tu valor en manos de los demás. Escucha consejos y correcciones, pero recuerda que tu identidad descansa en lo que Dios ha dicho de ti en Cristo.

2. Distingue entre lo que hiciste y quién eres. Asume tus errores con responsabilidad, pero no permitas que un fracaso se convierta en la definición completa de tu vida.

3. Vive de acuerdo con lo que has recibido. La gracia no es una excusa para permanecer igual, sino la oportunidad de crecer y reflejar cada día el carácter de Jesús.

Reflexionemos en estas preguntas:

1. En qué he fundamentado principalmente mi valor: ¿en Dios, en mis logros o en la opinión de otras personas?

2. ¿Vivo mi relación con Dios como un hijo amado o como alguien que intenta ganarse diariamente su aceptación?

Nuestro camino al verdadero discipulado comienza cuando dejamos de luchar para demostrar nuestro valor y aprendemos a vivir desde el amor que ya hemos recibido. Dios no solo quiere cambiar nuestras acciones; quiere renovar la manera en que nos vemos. Tu pasado explica parte de tu historia, pero la gracia de Dios señala hacia dónde puede dirigirse tu vida.

Referencias

MacDonald, W. (2004). Comentario bíblico de William MacDonald: Antiguo y Nuevo Testamento. Editorial CLIE.

Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia: Reina-Valera 1960.

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