Una doctrina que sana

Min. Saulo Toto Cajal

En ocasiones nos encontramos, como los discípulos hace mucho tiempo, en un mundo que a menudo nos asusta. Las noticias, la economía, el narcotráfico, las ideologías sociales, los conflictos entre naciones; incluso nuestras propias inseguridades, limitaciones o heridas emocionales pueden hacernos sentir que estamos viviendo detrás de “puertas cerradas”. Quizás, como ellos, hemos experimentado decepción, dolor, o la sensación de que nuestras esperanzas de un futuro pleno se han desvanecido. Es natural sentir temor, es humano; lo que no es natural, es que el miedo paralice nuestra vida.

Si miramos al mundo, es probable que nos angustiemos; si miramos adentro de nosotros, tal vez nos deprimamos; pero si miramos a Jesús, seguramente nos renovaremos con Su paz, que sobrepasa todo entendimiento.

La Palabra de Dios hoy nos ofrece una salida de esas “habitaciones del miedo”, hacia una realidad de paz, propósito y poder.

En cierta ocasión los discípulos de Jesús estaban reunidos a puertas cerradas por miedo a los judíos. ¡Qué imagen tan vívida! Miedo, parálisis, aislamiento. ¿Acaso no es así como a veces nos sentimos en la iglesia, o en lo personal? Tememos el juicio, el fracaso o la crítica. Tememos no ser lo suficientemente buenos, no saber qué decir, o incluso qué pensar. Nos encerramos, consciente o inconscientemente, de las necesidades del mundo y del arrojo y valentía que el Evangelio nos pide.

LA NOCHE

Juan 20:19-21 nos sitúa en una escena cargada de tensión: Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos se encontraban, por miedo a los judíos.

Jesús había resucitado al finalizar el sábado. Por la mañana las mujeres fueron al sepulcro y les fue dicho que Jesús había resucitado, tal como lo prometió.

Los discípulos no estaban celebrando la resurrección, estaban escondidos, habían cerrado las puertas del lugar donde se encontraban. El día de la resurrección debía ser un día de confirmación de la fe en Jesús, ya que él había prometido que al tercer día iba a resucitar; sin embargo, se había convertido en otra cosa, el día de la fe se había convertido en el día del temor.

Esta escena se lleva a cabo cuando llegó la noche. En la Biblia se usa el término “noche” como símbolo de tinieblas, ignorancia, confusión, miedo, caos, pecado, de alejamiento de Dios, de imposibilidad de trabajar, y de muerte; al contrario del día, que simboliza luz, vida, fuerzas para trabajar, y seguridad.

En este tiempo de tinieblas, los discípulos están paralizados por el miedo. El Maestro ha sido crucificado y ellos saben que pueden correr la misma suerte: ser aprehendidos, azotados y crucificados. El temor a morir, a ser perseguidos, a perderlo todo y al sufrimiento, ha robado su paz.

A nosotros, ¿qué nos roba la paz?

EL MIEDO QUE NOS ROBA LA PAZ

Los discípulos habían caminado con Jesús, habían visto milagros, habían escuchado promesas, pero ahora el miedo domina su corazón.

Este miedo tiene varias causas, muy similares a las nuestras:

1. El temor al sufrimiento y a la muerte

Los discípulos sabían que seguir a Jesús podía costarles la vida. El miedo al dolor, a la pérdida y a lo desconocido, les robó la paz en su corazón.

Los principales miedos de las personas, son:

– A la pobreza.

– A la enfermedad.

– A la crítica.

– A un suceso inesperado y trágico.

– A la vejez.

– A la pérdida del amor.

– A la muerte.

La iglesia también evidencia su miedo al sufrimiento, cuando:

– Invierte más en la comodidad de los templos (mejores bancas/sillas, sonido, proyección, instrumentos, instalaciones) que en ministerios de alcance evangelístico.

– Evita ir a predicar el mensaje de salvación a lugares lejanos o en zonas de riesgo, como cinturones de miseria, con personas que viven en situación de calle, migrantes, enfermos terminales, asilos u orfanatos, o con personas que venden su cuerpo para vivir.

– Cuida más la observancia de sus costumbres y tradiciones, que la restauración del ser humano.

2. La culpa y el fracaso

Pedro lo negó y los demás huyeron. La culpa no resuelta es una de las mayores ladronas de la paz. Cuando creemos que hemos fallado demasiado, vivimos encerrados, como los discípulos, detrás de puertas cerradas.

Cuando depositaste tu confianza y te fallaron, te es muy difícil volver a creer y confiar en las personas. Cuando has vivido un divorcio, cuando tu negocio no dio los resultados esperados, cuando no pasaste el examen de admisión, cuando te despidieron de tu trabajo, cuando la iglesia se dividió, cuando tu familia se desintegró, cuando cometiste un error o pecado; te es muy difícil intentarlo de nuevo.

Volver a creer que Dios hace nuevas todas las cosas, perdona y restaura el corazón humillado es uno de los desafíos más grandes que tenemos.

La iglesia evidencia su miedo a la culpa o fracaso, cuando:

– Deja de intentar maneras creativas y contextuales para compartir el evangelio.

– Crea costumbres religiosas, que más que anunciar el reino de Dios solamente buscan mitigar el sentido de culpa por no cumplir la misión dada de hacer discípulos de Jesucristo.

3. La pérdida del control

Nada estaba saliendo como esperaban. Cuando sentimos que no controlamos el futuro, la ansiedad se instala en el corazón.

En ocasiones, nos da miedo no poder controlar las circunstancias, porque perder el control nos genera inseguridad. Muchas veces tomamos decisiones equivocadas porque no permitimos opiniones que nos confronten o nos corrijan. En ocasiones los padres queremos dirigir la vida de nuestros hijos diciéndoles cómo deben vestirse, cómo deben peinarse, qué carrera deben estudiar, o incluso, con quién deben casarse. Lo único que hacemos es generar hijos que no se valen por sí mismos, inseguros.

Los pastores, en ocasiones, también tenemos miedo a perder el control de las congregaciones, a veces obstruimos ministerios florecientes por temor a que nos rebasen; incluso, nos atrevemos a dictaminar quién tiene este don espiritual y quién tiene aquel otro. Nosotros no somos Dios. Nosotros no somos Jesucristo. Nosotros no somos el Espíritu Santo. Nosotros somos siervos. ¡El control de todo lo tiene Jesús!

Así también hoy, muchos creyentes viven con las puertas del alma cerradas: miedo al mañana, miedo a enfermar, miedo a no ser suficientes, miedo a fracasar.

JESÚS ENTRA DONDE EL MIEDO GOBIERNA

Y es precisamente en ese contexto donde Jesús aparece y pronuncia una palabra que transforma la escena y la vida de sus seguidores: “paz a vosotros.”

¡Qué interrupción tan gloriosa! Jesús no esperó a que abrieran la puerta, no pidió permiso, no esperó a que el miedo se fuera; entró al lugar, tal y como sus discípulos se encontraban; Él se manifestó justo donde estaban, en su miedo, en su encierro. Y lo primero que les ofreció no fue una reprimenda, ni un reproche, ni una queja; sino, paz. La palabra que les dijo fue “paz” (eirene, griego; shalom, hebreo), una paz que no es simplemente ausencia de conflicto, sino plenitud, un bienestar total que viene de la presencia de Dios.

Esta es la primera verdad que debemos abrazar: nuestro encuentro con Jesús siempre comienza con su oferta de paz. Antes de que nos pida algo, antes de que nos envíe, Él quiere quitar nuestros miedos. Quiere que soltemos esas cargas de ansiedad y temor que nos aprisionan. Él nos muestra sus manos y su costado, las marcas de su sacrificio, recordándonos que su paz no es barata; fue ganada en la cruz. Es una paz que el mundo no puede dar, pero tampoco puede quitar.

El texto dice algo poderoso: Jesús vino y se puso en medio. La paz que Jesús ofrece no depende de las circunstancias externas, sino de su presencia viva en medio de nosotros. Por eso repite dos veces: “paz a vosotros.”

No es una paz superficial. Es la paz que:

• vence al miedo de la muerte,

• sana la culpa del pasado,

• afirma que el amor de Dios es más fuerte que nuestro fracaso.

La paz es la presencia de Dios, no la ausencia de conflictos, es la certeza de que Cristo resucitado está con nosotros.

CÓMO VIVIR LA PAZ DE JESÚS

1. Entender que la paz es un regalo

Juan 14:27 dice: La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden (NVI).

La paz de Jesús es un don. No podemos trabajar por ella ni podemos ganarla. No podemos programarnos para ella. No podemos trabajar con ahínco para obtenerla. Es un regalo que simplemente aceptamos o no.

2. Aceptar el perdón de Dios en Jesucristo

1 Juan 1:9 recuerda: Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (NVI).

Para la mayoría de las personas, la culpa es el destructor número uno de la paz. Cuando nos sentimos culpables, nos sentimos obsesionados y perseguidos por nuestro pasado.

La única forma de tener paz es tener una conciencia limpia, y sólo Dios puede darla. Dios está interesado en borrar tus cuentas con él. Esa es su naturaleza. Le gusta perdonar, porque su esencia es el amor.

Pero hay que reconocer el error, arrepentirse y tomar la decisión de corregir, con la ayuda del Espíritu. Dice el salmista (32:3 y 5): Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día, pero también dice: Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad.

3. Recordar que Dios está presente y tiene el control

Siempre es bueno recordar que Dios está presente con nosotros, y debemos aprender a sentir su presencia. Por lo tanto, tenemos la opción de concentrar la atención en nuestros problemas, miedos, tristezas, o en Dios, quien tiene la solución: la paz verdadera que solo Jesús puede dar.

Si miras al mundo, te angustiarás; si buscas adentro, te deprimirás; pero si miras a Cristo, hallarás descanso a tu corazón. En lo que te concentres será lo que determine tu nivel de paz personal. Ponerse tenso o estresado, vivir angustiados, tener duelos o pérdidas no resueltos es una clara indicación de que quitamos nuestros ojos del Señor y los pusimos en las circunstancias. Estamos mirando al problema en lugar de la solución.

El Salmo 46:1 y 10 dice: Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia… Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios (NVI).

¡Dios es la ayuda siempre presente en momentos de dificultad!

Recibimos su ayuda cuando reconocemos que Él es Dios. ¿Sabía que justo en medio de un huracán o tornado hay un centro tranquilo, que se llama ojo? De igual manera, aunque todo se deshace alrededor de usted, puede haber un centro tranquilo en su vida.

Filipenses 4:7 dice: y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús (NVI).

No tenemos que entender el por qué ni el cómo, ni tampoco el cuándo Dios hace lo que hace. Todo lo que tenemos que hacer es confiar en Dios para experimentar su paz. Mientras me esfuerzo por arreglar las cosas, en realidad no estoy confiando en Dios y es probable que no tendré paz.

La paz no es una vida sin problemas. Es un sentido de calma en medio de las tormentas de la vida.

Un discípulo sin paz no puede vivir la misión. El miedo paraliza, la culpa calla, la ansiedad desgasta. Pero cuando recibimos la paz de Cristo:

• el miedo se transforma en confianza

• la culpa se transforma en perdón

• la inseguridad se transforma en valentía

• La desesperanza se transforma en propósito y sentido de vida

La misión cristiana no nace de la obligación, sino de la paz recibida. Solo quien ha sido reconciliado con Dios puede anunciar reconciliación al mundo.

Conclusión

Hoy, Jesús sigue presentándose en medio de nuestras puertas cerradas y sigue diciendo: “paz a vosotros.”

Él conoce las razones por las cuales no tenemos paz en el corazón. Él conoce nuestra historia. Él conoce todo de nosotros, conoce nuestros miedos, conoce nuestras heridas, conoce nuestras culpas, conoce todas las veces que hemos fallado. Pero nos regala su paz, es una muestra de su gracia.

Esa paz:

• nos libera del miedo a morir,

• nos sana por dentro,

• nos quita la culpa

• nos sana las heridas

• y nos capacita para vivir como discípulos enviados.

Abramos hoy el corazón para recibir la paz de Dios, y desde esa paz, responder al llamado de Cristo de ir, amar y servir, confiando en que el Resucitado camina con nosotros.

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