Vocación profética en tiempos de polarización social

Min. Israel García López

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mateo 5:9)

La polarización produce ruptura de la fraternidad social y eclesial. Ante esta realidad, la Iglesia está llamada a ejercer una vocación profética que no sea partidista ni neutral, sino crítica desde el Evangelio, servicial ante el bien común y comprometida con una práctica concreta de reconciliación con justicia.

Cuando dejamos de ver al prójimo

La polarización social es una de las heridas de nuestro tiempo. No consiste simplemente en que existan opiniones distintas. Toda sociedad es diversa: hay diferencias, matices y desacuerdos legítimos. El problema aparece cuando la diferencia deja de ser diversidad y se convierte en frontera. Entonces el otro deja de ser ciudadano, hermano y prójimo, y se le asume como amenaza, traidor, ignorante, enemigo o impuro. La polarización no es solo diferencia de ideas; deforma la mirada.

En la sociedad, las categorías de derecha e izquierda se han vuelto cada vez más confusas. A veces nombran tradiciones políticas reales; otras veces funcionan como etiquetas que simplifican la realidad. Se habla de ultraderecha y ultraizquierda, pero también las fronteras se difuminan. Una izquierda puede asumir prácticas autoritarias; una derecha puede usar lenguaje popular; un movimiento puede hablar de justicia mientras practica exclusión; otro puede hablar de libertad mientras protege privilegios. Las etiquetas se vuelven máscaras. Desde la mirada del Reino podemos discernir discursos y sistemas por sus frutos.

Dentro de las instituciones eclesiales ocurre algo semejante. Se normaliza la sospecha hacia quien piensa distinto; se confunde fidelidad con uniformidad; se toma el desacuerdo como amenaza y rebeldía; desaparece la conversación y se normaliza la hostilidad con lenguaje piadoso. Entonces el hermano con ideas contrarias deja de ser prójimo. La Iglesia, llamada a ser señal del Reino, puede convertirse en reflejo de las mismas fracturas del mundo. Una Iglesia polarizada pierde su capacidad de ser luz y sal.

Formación crítica

La polarización debe leerse en varios niveles. En el plano sociopolítico, deteriora la confianza pública, empobrece la conversación democrática y vuelve sospechosa toda mediación. En el plano personal, puede producir soledad, aumento de la violencia verbal o física, delitos de odio y desconfianza cotidiana. En el plano emocional, se alimenta de ira, resentimiento, rencor y odio. El odio es especialmente peligroso porque puede dejar de ser arrebato momentáneo y convertirse en raíz de destrucción de la vida y de las circunstancias que la hacen posible.

La polarización también tiene una dimensión cognitiva. No pensamos siempre con la misma velocidad ni con la misma profundidad. Daniel Kahneman distingue entre pensamiento rápido, intuitivo y emocional, y pensamiento lento, deliberativo y lógico. En tiempos de excitación política, reaccionamos con frecuencia desde el pensamiento rápido: compartimos antes de verificar, juzgamos antes de escuchar y etiquetamos antes de comprender. Las impresiones intuitivas influyen de forma duradera en nuestra conducta; por eso necesitamos activar el pensamiento crítico para protegernos de malos juicios.1

Nuestra intuición puede engañarnos. La falta de atención se relaciona con ilusiones de confianza, causalidad y conocimiento. En clave social, esto significa que podemos mirar una realidad y no ver lo que contradice nuestros presupuestos. Podemos creer que entendemos un conflicto cuando solo repetimos la explicación de nuestro grupo. Podemos confundir correlación con causa, rumor con verdad y confianza con conocimiento.2

En una sociedad hiperconectada, la mentira se mueve con gran rapidez. Las redes sociales, los titulares de impacto y las imágenes cargadas de emotividad pueden modelar la opinión pública sin pasar por el filtro de la duda. Una sociedad que no activa el pensamiento crítico se vuelve colaboradora de la mentira disfrazada de verdad. Por eso la polarización no se vence solo con mejores argumentos, sino con una formación crítica respecto al deseo, la atención, el lenguaje y la escucha.3

Adoración y justicia

La historia de la salvación ofrece un criterio para leer la vida pública. Desde la creación, el ser humano fue llamado a vivir como imagen de Dios en responsabilidad, cuidado y justicia. La literatura veterotestamentaria da testimonio de cómo el pueblo integró culto y vida social. Los profetas denunciaron precisamente esa ruptura: orar mirando al cielo mientras se oprime al débil convierte el culto en encubrimiento religioso de la injusticia.4

Isaías 1:10-17 denuncia el culto desvinculado de la justicia. La voz profética une adoración y defensa del vulnerable: Aprended a hacer el bien; buscad el juicio; restituid al agraviado; haced justicia al huérfano; amparad a la viuda. Mientras el pueblo vive en injusticia, toda adoración se vuelve cómplice.

En la parábola del buen samaritano, Jesús pregunta: “¿Quién es mi prójimo?” Tal pregunta rompe con la polarización entre judíos y samaritanos, y la transforma en un criterio de responsabilidad: “¿Quién se hizo prójimo?” (Lucas 10:25-37). En el Reino, el prójimo no es el que pertenece a mi bando, sino aquel ante quien Dios me llama a ejercer misericordia. La indiferencia deja intactas las injusticias; el fanatismo encuentra enemigos en todo lugar. El Evangelio presenta un tercer camino que renuncia a los extremos: discernimiento, verdad, justicia, misericordia y servicio al bien común.

Vocación profética

El profetismo en la Biblia es discernimiento de la historia desde la justicia de Dios. El profeta no se coloca por encima del pueblo como juez; sufre con el pueblo, entra en conflicto con el poder y también consigo mismo. La vocación profética nace del llamado de Dios y se vive en obediencia. Su tarea consiste en evocar una conciencia alternativa frente al entorno cultural dominante. La voz profética crea comunidad alternativa frente a los sistemas que normalizan la opresión, la injusticia y el control que deshumaniza.5

La polarización crea fanáticos en todas las esferas sociales. El fanático lee todo desde la lógica del enemigo, necesita caricaturizar al otro para sentirse superior y seguro, convierte la causa en absoluto y grita para vencer. Jesús no calló ante la economía de los poderosos ni ante el uso del templo que desplazaba la misericordia. La Iglesia debe aprender a denunciar sin odiar, dialogar sin claudicar y servir sin buscar control.

Opción por el Reino

La fe posee una dimensión pública. Las Iglesias no solo inciden cuando participan formalmente en política; también lo hacen por sus discursos, prácticas, liturgias, liderazgos y formas de construir imaginarios sociales. No es que “la religión no se mete en política”; más bien, nuestra visión religiosa ya está incidiendo. Por eso conviene responder con criterio y honestidad: ¿con qué intereses, con qué lenguaje, al servicio de quién y bajo qué comprensión del bien común lo hacemos? Nuestra fe debe evitar confundirse con intereses partidistas. Para prevenir estos errores es necesario formar a la Iglesia en apertura a la diversidad, apertura al otro y compromiso con el bien común desde la democracia y el respeto a los derechos humanos.6

La fe siempre se expresa en lenguajes, valores, decisiones y mediaciones de su tiempo. Ante esto es prioritario evitar que una ideología sustituya la base de la fe cristiana; de lo contrario, el Reino quedaría subordinado a un proyecto humano. En tiempos de polarización, el peligro no es solo tener una postura política, sino absolutizarla hasta volverla criterio último de verdad y pertenencia.7

En nuestra sociedad no todos compartimos los mismos proyectos de autorrealización, pero sí podemos y debemos compartir mínimos de justicia: libertad, igualdad, diálogo y respeto. Para la comunidad cristiana, esto no sustituye el Evangelio; permite traducir públicamente nuestra vocación de justicia sin imponer por fuerza nuestras comprensiones religiosas a toda la sociedad. La Iglesia sirve mejor al Reino cuando contribuye a la justicia y, desde ahí, testifica la plenitud del amor de Dios.8

Desde los primeros seguidores de Jesús, la Iglesia ha asumido su vocación desde el seguimiento y no desde la búsqueda de poder. La Iglesia renuncia a las formas de opulencia y dominio para colocarse con los pobres y desde los pobres. Este principio ético evita que la pregunta central sea “¿a qué bando pertenezco?” y la transforma en preguntas más evangélicas: ¿desde dónde y desde quién interpreto la historia?, ¿a quién sirve mi predicación?, ¿quién queda liberado o herido por mi postura?9

Reino vs polarización

La polarización se vuelve peligrosa cuando entra al interior de la Iglesia sin ser discernida. Puede presentarse como celo doctrinal, piedad, identidad institucional o fidelidad a la tradición. Sin embargo, cuando produce desprecio, silenciamiento, sospecha permanente, burla, condena o exclusión, ya no estamos ante un celo santo, sino ante una deformación espiritual.

La polarización tiene su base en ideologías. La ideología no es solo un discurso falso que se impone desde el poder. También puede aparecer como una mentira con máscara de verdad que, al incorporarse al sistema de creencias de la Iglesia, se vuelve modo cotidiano de ser “Iglesia”: prácticas normalizadas, estructuras de liderazgo, relaciones comunitarias, liturgias y hábitos que dicen una cosa y hacen otra. La Iglesia puede tener un discurso inclusivo y, al mismo tiempo, reproducir vínculos enfermos; puede hablar de amor y practicar rivalidad; puede predicar unidad y cultivar bandos.

La polarización eclesial se manifiesta cuando se pierde la capacidad de escuchar; cuando toda pregunta es vista como amenaza; cuando el desacuerdo se castiga; cuando se confunde paz con silencio; cuando la institución se defiende más a sí misma que a las personas; cuando el hermano deja de ser hermano y se vuelve sospechoso. En ese momento, la Iglesia necesita conversión de sus comprensiones y valores, no solo estrategias para mejorar la comunicación.

Prontos para oír, tardos para hablar

Frente a la polarización, el Evangelio ofrece pautas para resistir:

a) Observar antes que reaccionar

Observar en lugar de reaccionar de inmediato. Activar la capacidad de observar evita que el pensamiento rápido lleve las riendas. Antes de responder, conviene detenerse y preguntar: ¿qué sé realmente?, ¿qué no sé?, ¿qué emociones se mueven en mí?, ¿a quién beneficia mi reacción? ¿estoy buscando verdad o confirmación? “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse” (Santiago 1:19).

b) Callar antes que herir

Callar no significa complicidad ni acuerdo. Santiago 3 enseña que la lengua puede incendiar un bosque entero. En tiempos de polarización, callar puede ser un acto de resistencia cuando evita difamar, caricaturizar o humillar. La Iglesia necesita recuperar una disciplina espiritual del lenguaje: verificar antes de repetir, escuchar antes de responder, preguntar antes de acusar.

c) Amabilidad como criterio ético

Ser amable no es negar el conflicto ni maquillar la injusticia. Es negarse a entregar el rostro al odio. Una comunidad que responde con amabilidad no trivializa el dolor, pero tampoco permite que la amargura la defina. La bienaventuranza de los pacificadores no describe personas ingenuas, sino creyentes capaces de entrar en conflictos sin multiplicar enemistades. La amabilidad no es debilidad. En una cultura de violencia verbal, ser amable puede ser una forma de resistencia. No se trata de agradar a todos, sino de hablar de modo que se cuide la dignidad del prójimo. No se necesita humillar para ser firme. Quien corrige sin amor puede tener razón en el contenido y estar equivocado en el espíritu.

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