El EVANGELIO Y LA JUSTICIA SOCIAL

El EVANGELIO Y LA JUSTICIA SOCIAL

Papá, tú oras por los enfermos, ¿pero, por qué no das medicamentos?» Mi padre me respondió: «Yo no soy médico». Aquel día nació mi vocación»(1) Así describe Denis Mukwege, el origen de su propia historia en favor de los menos favorecidos, quien como médico ginecólogo ha invertido más de veinte años en ayudar a mujeres que han sido víctimas de violación sexual desde su hospital en la República Democrática del Congo. Hace sólo unos cuantos días fue galardonado junto con la activista Iraquí, Nadia Murad, con el aclamado Premio Nobel de la Paz, por sus esfuerzos en combatir el abuso sexual, principalmente hacia las mujeres, como arma de guerra. Hijo de un pastor cristiano y criado en el seno de una familia cristiana pentecostal, el Dr. Mukwege profesa abiertamente su fe en Jesucristo, quien además de su labor como médico, participa como predicador laico en una iglesia protestante local de su comunidad. En alguna ocasión ha expresado que: «La iglesia de hoy y de mañana tiene ante sí numerosos desafíos, ya sea el climático o los relativos al terrorismo, las personas migrantes, refugiadas, heridas de guerra y víctimas de la violencia sexual y los poderes corruptos que, sobre todo en África, crean y destruyen constituciones a su antojo para preservar sus intereses en detrimento de la población. Si somos de Cristo, no tenemos más alternativa que ponernos del lado de las personas débiles, heridas y refugiadas, así como de las mujeres discriminadas […[ si somos de Cristo, debemos hablar, debemos denunciar el mal. Dios otorgó a la iglesia el don de la palabra para que sea la voz de las personas sin voz a fin de liberar a los cautivos y esperar siempre el advenimiento del Reino de Dios»(1)

Cuando escuchamos o leemos noticias y declaraciones como estas, es casi inevitable cuestionarnos acerca de cuál debería ser el papel de la Iglesia de Dios en la sociedad actual ante los abusos y las injusticias que se cometen diariamente prácticamente en todos los entornos culturales y geográficos. Hay quienes expresan que precisamente ejemplos como el de Denis Mukwege son los que deberíamos tomar en cuenta para desarrollar ministerios dentro de nuestras congregaciones y así realmente tener un impacto en la sociedad llevando de esta forma el amor de Dios hacia los menos favorecidos. He escuchado a otros tantos que afirman que la misión encomendada a la Iglesia por el Señor Jesucristo tiene que ver más bien con la proclamación del evangelio y el dar a conocer Su Palabra y no necesariamente en llevar a cabo una acción de beneficio social. Y aún en medio de ambas posturas pudieran estar aquellos que muestran un gran desinterés en reflexionar acerca del llamado que Jesucristo nos hace y de la misión que tenemos como ciudadanos del Reino de Dios en este tiempo actual. ¿Qué espera Dios de Sus Hijos ante temas como estos? ¿Cómo debemos actuar los cristianos ante la injusticia social? ¿Es acaso que la Iglesia debería ser un participante activo de las iniciativas que buscan un entorno más favorable para la humanidad, un ambiente más pacífico, equitativo y justo para todos? ¿A caso la sola predicación del Evangelio no es suficiente para cambiar la vida de las personas? ¿Debería ser la Iglesia la principal voz de aquellos que sufren en el mundo y nuestra labor la de una dignificación de los menos favorecidos?

Muchos han señalado que la Iglesia actual no está haciendo lo suficiente para mejorar nuestra sociedad y que el Cristianismo que no se traduce en acciones concretas de ayuda social termina siendo inútil. Por ejemplo, en América Latina han surgido movimientos como la denominada Teología de la Liberación, que busca orientar el pensamiento y el actuar cristiano hacia un énfasis primordial en la liberación de la opresión de los más pobres argumentando que éste es el énfasis primordial del ministerio de Jesucristo y, por tanto, de Su Iglesia. Sin embargo, aunque en apariencia este tipo de movimientos pareciera tener un sustento bíblico, quienes se inclinan hacia ellos corren el riesgo de dejar de lado la centralidad en el Evangelio y pretender que la obra salvadora de Jesucristo se trata solamente de aliviar los malestares de la humanidad, brindar igualdad de oportunidades a las personas y mejorar nuestro estado actual (económico, de salud, educativo, laboral, político, etcétera). Pero el problema es que cuando se antepone las necesidades de las otras personas como el objetivo principal de la obra de Jesucristo, se pierde de vista que el problema más grave de la humanidad es la separación de Dios por causa del pecado y no las carencias o problemas que se experimentan en la vida (las cuales terminan siendo consecuencia del pecado en el que estamos sumergidos todos). La Biblia expresa claramente que todos necesitamos ser redimidos del pecado (Eclesiastés 7:20; Isaías 53:6; Romanos 3:23, 5:12) y ser reestablecidos en nuestra relación con nuestro Creador para que entonces podamos tener vida verdadera, ya que fuera de esa relación estamos muertos en nuestra propia condición delictiva (Efesios 2:1). Esto es algo que solamente se puede lograr mediante el arrepentimiento y la fe en el Hijo de Dios como Salvador (Mateo 1:21; Marcos 1:15; Mateo 4:17; Romanos 3:22-26), y es primordialmente lo que las buenas noticias del evangelio vienen a anunciarnos: que en Cristo Jesús tenemos redención (Colosenses 1:13, 14; Tito 3:5, 6; Efesios 1:7). Es precisamente esa nueva vida en Jesucristo, que aún a pesar de que en esta vida alguien atraviese el peor de los valles de oscuridad, el Creador de los cielos y la tierra le asegura la esperanza de una vida futura en la que nunca más habrá dolor, ni llanto, ni lamento alguno y donde Dios mismo more en medio de la gente (Apocalipsis 21:3, 4). Es importante recordar todo esto, porque es atractivo pensar que Dios envío a Su Hijo (y ahora a Su Iglesia) en primer lugar para dar una mejor calidad de vida a las personas, pero el evangelio Bíblico nos habla de algo mucho más trascendente.

Sin embargo, aún reconociendo que El Reino de los Cielos no es lo que normalmente la gente espera y que no se trata exclusivamente de mejorar nuestra realidad presente, no podemos pasar por alto las múltiples ocasiones en que Jesús mismo habló de la importancia de amar al prójimo como a nosotros mismos y el haber demostrando con hechos sus palabras al acercarse a los marginados para escucharlos, consolarlos, sanarlos, dignificarlos y por supuesto, perdonarlos. Tampoco podemos ignorar que la justicia es uno de los atributos de Dios y que como reflejo de ello espera que la humanidad ejerza esa misma justicia entre unos y otros. Si hacemos una lectura honesta del texto bíblico, encontraremos que desde Génesis (4:10) hasta Apocalipsis (18:5, 13, 15, 24), el Señor demanda de su creación actuar con dignidad, respetar la vida, cuidar de los más vulnerables, practicar el derecho y abogar por aquellos que no pueden defenderse por ellos mismos. Así mismo, condena severamente a aquellos que no actúan conforme a esta expectativa. Dios siempre ha condenado la maldad y el daño que ésta genera entre las personas y hacia la creación entera. Por esto es que muchas de las leyes que Dios estableció para su pueblo tenían la intención de proteger a los más vulnerables entre el pueblo (Deuteronomio 24:14-15, 17, 22, 27:19) y los Profetas no sólo condenaron el mal proceder de Israel, sino también de aquellas naciones que atropellaban los derechos humanos y pasaban por alto la dignidad sagrada que Dios dio a la vida humana al haberla creado a Su Imagen y Semejanza (Jeremías 22:3; Ezequiel 16:49, 22:6, 7; Amós 1:3-15). La sabiduría de Proverbios nos hace ver que Dios desea que la misericordia y la ayuda por los más desfavorecidos sean características de la humanidad que reconoce a Su Creador, incluso que seamos capaces de alzar la voz por aquellos que no pueden hacerlo (Proverbios 14:31, 31:8). El inicio del ministerio de Jesús estuvo marcado por ese momento crucial en el que al dar lectura del libro de Isaías, dio a conocer que el Espíritu Santo estaba presente en Él para hacer realidad las maravillas del Reino de Dios en favor de más necesitados (Lucas 4:18, 19) e incluso profirió serias palabras de advertencia acerca de nuestra actitud hacia los sufrientes y los pobres (Mateo 25:31-46). Así mismo los Apóstoles tuvieron como parte fundamental de su predicación el advertir a la Iglesia los peligros de olvidarse de testificar la nueva vida en Cristo a través de sus obras de amor con los que menos tienen (Santiago 2:15-17; 1 Juan 2:29, 3:11-18).

Entonces, a la luz de toda esta exposición que Dios nos hace en Su Palabra, ¿qué podríamos concluir acerca de lo que Él espera de Sus Hijos, Su Iglesia? ¿Cómo podríamos vivir centrados en El Evangelio de Jesucristo y transmitirlo fielmente a los demás, con todas sus implicaciones, sin dejar de lado la responsabilidad que tenemos de velar por nuestros semejantes? ¿Será acaso que una nueva vida en Cristo, transformada por el Espíritu, es capaz de entregarse por amor a los demás de la misma forma que Jesús lo hizo por cada uno de nosotros? Un buen punto de partida sería las mismas palabras de la predicación de nuestro Señor Jesucristo: Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo (Mateo 5:16, NVI).

Referencias Bibliográficas

(1) Hofkamp, Daniel (2018) Mukwege, El Nobel que sirve a Dios ayudando a víctimas de violación. URL:http://protestantedigital.com/sociedad/45664/Mukwege_el_Nobel_que_sirve_a_Dios_ayudando_a_victimas_de_violacion Consultado el 20 de Octubre de 2018.

(2) Aldecoa, Xavier (2018). Denis Mukwege Premio Nobel de la Paz 2018, es hijo de un pastor pentecostal. URL:http://www.gacetacristiana.com.ar/denis-mukwege-premio-nobel-de-la-paz-2018-es-hijo-de-un-pastor-pentecostal/ Consultado el 21 de Octubre de 2018.

(3) Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (2015). Biblica, Inc.

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El amor de pareja en la tercera edad.

EL AMOR DE PAREJA EN LA TERCERA EDAD.

Cuanta ternura y alegría provoca el observar a una pareja de adultos mayores caminar por la calle tomados de la mano, el amor que se profesan es realmente inspirador; algunos pensamientos en las redes sociales también tienen el mismo efecto: vi una imagen que me hizo meditar mucho en lo ideal y precioso del amor maduro, en la postal se observaba a un anciano peinando a una mujer mayor, con ternura le trenzaba su cabello teniendo en su rostro una hermosa sonrisa y la leyenda que decía al pie de la foto: «Ella quedó ciega, pero él tenía ojos para mirar todavía su belleza, así que con ternura, diario la peinaba».

Así como la postal que acabo de describirles, hay también canciones populares, que, en este mismo sentido, reflejan cómo a pesar de todo, al final lo mejor es estar al lado del amor de tu vida, el escritor Rafael Ferro en su canción «Cómo han pasado los años» comparte estos versos:

Cómo han pasado los años

Cómo cambiaron las cosas

Y aquí estamos lado a lado

Como dos enamorados

Como la primera vez.

Cómo han pasado los años

Qué mundo tan diferente

Y aquí estamos frente a frente

Como dos adolescentes

Que se miran sin hablar.

Los versos de este autor, nos dejan ver una realidad que vive nuestra sociedad, y es que al ser humano le resulta hermoso estar bendecido con el amor, y tener esta bendición en la edad madura, es realmente un regalo de Dios. Nuestro Padre lo menciona diciendo: No es bueno que el hombre este solo. Sin embargo, también es una realidad que al paso de los años cambian muchas cosas: la rutina, el cambio de carácter, las emociones a flor de piel, el considerar «cursi» o ridículo expresar sentimientos a esta edad, hacen que el amor de pareja se deteriore y poco a poco se vaya marchitando.

El amor maduro, es resultado de años de convivencia, de haber pasado por miles de sucesos, algunos difíciles y otros llenos de gozo, y a pesar de todo seguir procurando el bienestar del ser amado. La Biblia nos menciona: Sea bendito tu manantial; y alégrate con la mujer de tu mocedad. Como cierva amada y graciosa corza, sus pechos te satisfagan en todo tiempo; t en su amor recréate siempre (Proverbios 5:18-19, RVA1909). Y en su amor recréate siempre, es aquí en donde se rompen los límites de tiempo, Dios nos dice que es posible, ser amados aun en nuestra vejez.

El escritor Pablo Hoff en su libro «El Pastor como consejero» menciona que hay factores que conducen a la armonía matrimonial y que, por supuesto, provocan ese amor que traspasa los tiempos, entre ellos el respeto mutuo y la comunicación.

El respeto

Cada uno empero de vosotros de por sí, ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer reverencie a su marido (Efesios 5:33, RVA1909). El respeto es uno de los factores más importantes para la armonía matrimonial. Es tan esencial como el amor, se mantiene el respeto matrimonial tratándose el uno al otro con cortesía, consideración y cariño, que agradable es pedir las cosas por favor y dar las gracias con una voz sincera y amable, la comprensión en los momentos difíciles, cuando hay desánimo o tristeza. Incluso el silencio cuando miramos que desea meditar y estar a solas, forman parte de ese respeto.

Un conferencista anuncio su tema así «¿Cómo puede el marido conseguir que su esposa lo trate como si fuera un rey?» En su discurso, contesto la pregunta diciendo «Tratándola a ella como si fuera una reina».

«Una cosa que quita la confianza y el respeto mutuo entre los cónyuges es criticarse el uno al otro ante otras personas, es una experiencia humillante que produce resentimiento y amargura», dice Tim LaHaye(1)

Nunca, nunca ventile usted las faltas, debilidades o deficiencias de su consorte ante otras personas, no lo critique jamás ante sus amigos o parientes. Si no le gusta el comportamiento de su cónyuge con respecto a algún asunto, debe compartir su actitud solo con dos personas, Dios y su consorte no hay nada que haga que una persona se sienta más menospreciada, que saber que su cónyuge ha sido desleal criticándola ante personas de fuera del hogar.

El resultado de un amor maduro y sincero, es el respeto mutuo. Tiene sus bases en la sabiduría y prudencia cuidando la forma de dirigirse el uno al otro, el cuidado al hablarle, cuando están delante de personas ajenas a la familia, pero también en lo íntimo. No importando la confianza que se tengan por el paso de los años.

El respeto se gana,

no se impone

Una de las formas más hermosas de ganar el respeto de nuestro ser amado, es responder a lo que se espera de mí, el cuidado de los roles que me corresponden dentro del matrimonio produce agradecimiento y acrecienta el amor, porque el saber los sacrificios que hace nuestra pareja en favor del matrimonio y familia, producen admiración, gratitud, pero sobre todo, respeto.

Una mesa limpia y una cena muy cuidadosamente preparada por parte de ella, por ejemplo; o el cumplimiento responsable de la provisión para el hogar, por parte de él. Aunque en esta época muchas parejas tienen que compartir la responsabilidad de la provisión para el hogar y en consecuencia ambos trabajan. Que hermoso es cuando en el hogar, de la misma manera, ambos comparten los quehaceres y la atención de los hijos. Una palabra y un gesto de gratitud es una manera de mostrar el respeto por el esfuerzo que el compañero(a) realiza.

La comunicación

en el matrimonio

de la tercera edad

Un par de ancianos resolvían sus conflictos, dejándose de hablar, a veces uno de ellos pasado el enojo, condescendía con el otro e iniciaba la conversación, y así pasaban su molestia, pero uno de esos días el enojo de la abuela había sido muy grande, así que prolongando por más tiempo su silencio, logró desesperar al abuelo, quien tratando de romper esa situación, le preguntaba una y otra cosa, pero ella no contestaba nada, dándose la vuelta y dejándolo solo. Un día, el abuelo, en un intento desesperado por romper ese silencio, empezó abrir cajones, comenzó por las alacenas, sacando y esculcándolo todo, iba de cajón en cajón, roperos, cocina, todo sacaba, y la abuela solo lo miraba, viendo el desorden tremendo que él hacía, desaforado buscaba, sin encontrar lo que buscaba, hasta que la abuela viendo todo el caos que hacía, intrigada pregunto… ¿Bueno, pues que buscas?, a lo que él contesto: ¡Ya lo encontré! ¡Era tu voz!

Una buena comunicación es poder decir de una forma correcta, prudente y sabia, lo que deseo, la comprensión en las diferencias que tenemos como son físicas, emocionales, mentales, deben ser tomadas en cuenta. Una conversación significativa es aquella en donde con seriedad y cuidado trato con mi pareja mis metas, mis ideales, ilusiones y anhelos, o mis desacuerdos esperando comprensión, pero también entendiendo que de igual manera mi cónyuge tiene las mismas necesidades y que juntos podemos llegar a acuerdos y metas de pareja. Hay mucho de qué hablar al respecto, solo tocaremos algunas bases:

Actitudes que debemos

evitar en la comunicación:

1. Enojarse, defenderse vigorosamente y señalarle sus fallas, no sirve de nada y solo crea resentimiento.

2. Desoír la queja y seguir como de costumbre, le dice a tu pareja que no le escuchas.

3. Sentirse ofendido y limitarse a permanecer callado, es una actitud muy cruel «Los palos y las piedras rompen los huesos, pero el silencio rompe el corazón». El silencio prolongado manifiesta ira vengativa y falta de respeto a la otra persona, es un paso para aislarse de la pareja pues quita el amor que queda en el corazón.

4. Evitar la confrontación, guardar resentimientos no son la solución, nuestro rostro refleja cuando no hemos perdonado y eso lastima mucho a nuestro cónyuge.

Pasos para una buena

comunicación

• Busquen el perdón de Dios y su dirección.

• Pidan la dirección de Dios para no herir.

• Elijan el momento apropiado, dejen pasar el enojo y a solas procuren el bien.

• Hablen con amor, con verdad, con palabras suaves y de cariño.

• Busquen la forma asertiva de decir las cosas.

• Mostrar gratitud el uno con el otro cuando sus quejas sean escuchadas.

La comunicación y el respeto son la base de una relación madura, el amor se fortalece aun cada día más cuando es nuestro Padre Dios quien cuida nuestros labios y nuestro ser de no lastimar a quien más amamos. Dios nos permita mirar que al cuidar de nuestro cónyuge no solo logramos su bien sino también es una forma de darle gracias por permitirnos estar al lado del amor de nuestra vida.

Bibliografia

(1) Tim LaHaye, How to be happy though mamed, 1968, pp 37,38

Pablo Hoff, Editorial vida, «El pastor como consejero», pp 71

Santa Biblia. Reina Valera Antigua (RVA).

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LA SANTIFICACIÓN POR MEDIO DEL ESPÍRITU SANTO

LA SANTIFICACIÓN POR MEDIO DEL ESPÍRITU SANTO

Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación por el Espíritu y la fe de la verdad (2 Tesalonicenses 2:13).

Ya se ha dicho que santificación, en el término original, se refiere a algo que ha sido separado o consagrado a Dios. Y cabe entonces la pregunta, ¿separado de qué? Y la respuesta necesaria, separado del pecado para servir a Dios.
En el llamado de Dios a la santidad, la Biblia pone como referente ineludible la santidad de Dios, de hecho, Santo es uno de los nombres con que se describe a Dios (2 Reyes 19:22; Salmo 89:18; Isaías 5:19, 24; 10:20; 12:6; 29:19; 30:12; 30:15; 37:23; 41:14, 16, 20; 43:3, 14; 45:11). A Jesús también se le menciona como «El Santo de Dios» (Marcos 1:24; Lucas 4:34).
La santidad es parte del carácter de Dios. En la visión del profeta Isaías, este escucha las voces de los serafines que decían el uno al otro: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos: toda la tierra está llena de su gloria (Isaías 6:3). Es la misma adoración de los cuatro seres vivientes en la revelación de Juan: …y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir (Apocalipsis 4:8, RV60). De acuerdo a este atributo que tiene Dios, Él nos llama a que seamos santos en todas las áreas de nuestra vida. Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos; porque yo soy santo (1 Pedro 1:15-16, RV60).
En la cita anterior, el apóstol Pedro escribe que Dios nos llama a reflejar su carácter santo, pero ante este llamado, nos damos cuenta de que, como seres humanos, tenemos un grave problema: Nosotros, por nosotros mismos, no somos santos y, como no podemos encontrar la santidad en nosotros mismos, nos preguntamos ¿Quién realizará la santidad en nosotros y cómo lo hará? La respuesta está en Dios pues ha enviado a su Santo Espíritu para que nuestras vidas sean transformadas por su poder.

El Espíritu Santo como santificador de nuestras vidas

Nosotros, en cambio siempre debemos dar gracias a Dios por ustedes; hermanos amados por el Señor, porque desde el principio Dios los escogió para ser salvos, mediante la obra santificadora del Espíritu y la fe que tienen en la verdad (2 Tesalonicenses 2:13, NVI). Como podemos ver en este texto, el que realiza la obra santificadora es el Espíritu Santo.
El Espíritu inicia su obra sellando las vidas de aquellos que, oyendo la palabra de verdad, creen en el evangelio de salvación.
En el cual esperasteis también vosotros en oyendo la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salud: en el cual también desde que creísteis, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13).
El Espíritu Santo no solo nos sella como propiedad de Dios, sino que nos hace nacer de nuevo
De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios –dijo Jesús. ¿Cómo puede uno nacer de nuevo siendo ya viejo? –Preguntó Nicodemo. –¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer? –Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios –respondió Jesús– (Juan 3:3-5, NVI).
El nuevo nacimiento es la obra santificadora del Espíritu Santo. Esta obra es inmediata, ya que limpia nuestras vidas con la Sangre de Jesucristo. Esta es una obra de regeneración instantánea que solo Dios puede hacer, porque nadie puede limpiarse a sí mismo de sus pecados. Por ello, el apóstol Pablo refiere que, antes de haber conocido a Cristo, estábamos muertos en delitos y pecados. Y de ella recibisteis vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). Sin la regeneración o nuevo nacimiento, el hombre depravado por naturaleza, es un cadáver espiritual. Ante esta realidad, el muerto no requiere que se le cure poniéndole parches, untándole una pomada o administrándole un medicamento, porque no se trata de un enfermo, sino de un muerto. ¡Sí, un muerto espiritual! Por ello, requiere una nueva naturaleza, y para ello se necesita que «nazca de nuevo».

Nacer de nuevo tiene que ver con los siguientes puntos: 1. Ser compungido (apenado y afligido) en el corazón. 2. Oír la Buena Nueva: «Jesucristo murió en la cruz por nuestros pecados». 3. Debe operar en él un sincero arrepentimiento de los pecados cometidos. 4. Hacer pública su fe a través del Bautismo en el nombre de Jesucristo. 5. Como resultado recibirá el perdón de sus pecados. 6. Y el don del Espíritu Santo. Esto está referido, en el primer sermón del apóstol Pedro, dirigido a aquellos judíos que asistían a celebrar la fiesta de Pentecostés, cuando dijo: Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo. Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:36-38).

La Santidad es Posicional

Al ser perdonados por la acción redentora de Jesucristo y recibir el Espíritu Santo, la vida del creyente es santificada de manera instantánea. A esta santidad instantánea se le llama Santidad Posicional, ya que somos justificados por la gracia mediante la fe en Jesucristo, y esta santificación es la posición que Dios da al creyente, por haberle separado de la esclavitud del pecado, para servir a Jesucristo. Es por ello que el apóstol Pablo, cuando escribe en sus epístolas, se dirige a los miembros de una iglesia local, llamándoles Santos. Desde luego que no lo hacía porque habían alcanzado la perfección, sino porque habían sido lavados en la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios. Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y Timoteo el hermano, a la iglesia de Dios que está en Corinto, juntamente con todos los santos que están por toda la Acaya (2 Corintios 1:1). Como podemos ver en este texto, todo creyente es considerado parte del grupo de los «Santos», no porque ya hayan alcanzado la perfección, insistimos, sino porque han sido separados del pecado para servir a Dios.

La Santidad también es Progresiva o Gradual

Aunque el creyente haya sido regenerado, esto no implica la ausencia de la naturaleza pecaminosa en su vida, esta sigue allí. Entonces surgen estas preguntas: ¿Cómo vencer a esta naturaleza? ¿Cómo se puede superar la ira, la envidia, los deseos pecaminosos y demás obras de la carne detalladas en Gálatas 5:19-21?

La respuesta es que: debemos andar en el Espíritu y no debemos satisfacer los deseos de nuestra naturaleza pecaminosa, (Gálatas 2:16). Andar en el Espíritu Santo, es dejar que Dios siga obrando en nuestras vidas a través del Fruto de su Espíritu, esto lo menciona el apóstol Pablo en Gálatas 5:22 y 23: Mas el fruto es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley.
El Fruto del Espíritu de Dios nos hace amarle y amar a los demás (Amor), estar siempre alegres (Gozo), vivir en paz con Dios y con todos (Paz), nos hace tolerantes y pacientes (Tolerancia), amables (Benignidad), tratar bien a los demás (Bondad), tener siempre confianza en Dios (Fe), ser humildes y sencillos (Mansedumbre) y saber controlar nuestros deseos (Templanza). En lo natural, las frutas salen de los árboles, porque está en su naturaleza, de la misma manera, estas virtudes fructifican en la vida del creyente por la acción del Espíritu Santo en él. A esta etapa de la vida cristiana se le conoce como Santificación Progresiva o Gradual, ya que todo creyente está en el proceso de crecimiento espiritual, donde necesita a Dios todo el tiempo.

Cada creyente debe tener el deseo de cuidar su vida espiritual, ya que la Palabra de Dios le amonesta a abstenerse de las cosas que lo llevan al pecado. En lugar de dar pie a cometer un pecado, es mejor buscar ser lleno del Espíritu Santo. Efesios 5:15-18 (NVI), dice: Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios sino como sabios, aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos. Por tanto, no sean insensatos, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu.

Aunque la santificación es obra del Espíritu Santo, no debemos pensar de la siguiente forma: «Como es el Espíritu Santo el que obra en mi vida, entonces yo no debo hacer nada». Quien piensa así está equivocado, pues la santificación progresiva es el resultado del trabajo primario del Espíritu de Dios y complementario del creyente, que colabora activamente; esto se evidencia con los siguientes pasajes bíblicos:
Así que, amados, pues tenemos tales promesas, limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santificación en temor de Dios (2 Corintios 7:1).

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro racional culto. Y no os conforméis a este siglo; mas reformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:1-2).
Conclusión: El Espíritu Santo hace nacer al creyente a la vida nueva que viene de Dios y le sustenta en ella. Esta vida nueva es un milagro de Dios que demanda del creyente su disposición a la influencia del Espíritu Santo, para andar en Él; que se traduce en una vida activa, responsable y anhelante de la llenura de Su Santo Espíritu.

Bibliografía:
• Fundamento Doctrinal. Iglesia de Dios (7º día), febrero 2017.
• John C. Ryle, «Santidad». Editorial Peregrino, 2010.
• Leo J. Trese, «El Espíritu Santo y su tarea». Editorial Rialp, 2011.
• John R. W. Stott, «Sed llenos del Espíritu Santo». Editorial Caribe, 1967.
• Gerard Blocha y Philippe Gruson, «El Espíritu Santo en la Biblia».
• SBU (2000) La Santa Biblia Antiguo y Nuevo Testamento. (Versión Reina-Valera 1909). Corea: Sociedades Bíblicas Unidas.
• La Santa Biblia (2000). Corea: Sociedades Bíblicas Unidas (Versión Reina-Valera 1960).
• SBU (1999) La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional. Sociedades Bíblicas Unidas.

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EL PAPEL DEL PROFETA EN LA IGLESIA

EL PAPEL DEL PROFETA EN LA IGLESIA

¿Cuál es nuestra historia ahora? Desmembrada en el interior de un centro botanero en Taxco, Guerrero, fue encontrada la nutrióloga Magdalena Aguilar Romero después de nueve días de su desaparición el pasado 22 de enero del 2018. Nos sorprendió la nota, pero, ¿acaso es el único y espeluznante feminicidio? No, como este caso hay muchos; así como las/os desaparecidos.

El uso de adolescentes que son forzados para ser comandos armados o parte de células delictivas. Los constantes asesinatos de ciudadanos y de quienes forman parte del crimen organizado. Las víctimas por tráfico de niños y mujeres es tan real en México que supera los 500,000 casos.
En un mundo cuyo gobierno se basa en diversas ideologías de poder que, en lugar de potenciar al ser humano, lo han llevado a experiencias de vida infrahumanas con sus políticas tiranas.

Un mundo donde todo se ha materializado y donde el poseer se mira como el único fin para ser pleno; donde se reduce a los seres humanos a simples objetos; donde los índices de enfermedades y pobreza se han elevado sin posibilidad alguna de ser atendidas. En un mundo así, es evidente la urgencia de ser liberados de tanto dolor. En una realidad así que está en constante lamento por el pecado y la injusticia, se anhela escuchar algo nuevo.
La iglesia debería sacar las voces que recuerden al Señor Jesús diciendo a los discípulos de Juan: … Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas (Lucas 7:22b, NVI).
¿Quién hablará hoy cuando todos callan? ¿Cómo puede el creyente de hoy ser un heraldo de la esperanza divina?
Cabe entonces la pregunta: ¿cómo se presentan desde esta perspectiva en el N.T. los creyentes?
En principio, el Nuevo Testamento presenta a Juan y a Jesús como los últimos profetas a manera de oficio o itinerantes. Ellos ejercieron su ministerio ante una situación social similar a la descrita anteriormente. El texto los describe como personas impulsadas y potenciadas por el Espíritu Santo como rasgo distintivo.

Por otro lado, el Nuevo Testamento señala a los creyentes que recibieron el «Don de profecía» que edificaban y exhortaban a la iglesia. También, presenta a personas que vivieron como radicales (con raíces profundas) que entendieron su relación con Dios a través de un compromiso con su realidad. Ellos pronunciaban su palabra y corrieron el riesgo por el juicio que declaraban contra quienes, gozando de poder, oprimían y querían ocultar sus pecados por actos sociales o religiosos opresivos. En este sentido, nuestros primeros hermanos en la fe, fueron profetas, porque como dice Harold Segura: «Dios les había quemado el corazón con el fuego de su Palabra, y no les quedaba otra alternativa que hablar».
Entonces, es pertinente preguntarnos: ¿Cuál es específicamente la función del profeta en la actualidad en la iglesia?

La función del Profeta

Tomando en cuenta nuestros referentes neotestamentarios, por un lado, denunciaban toda manifestación de injusticia y todo pecado en el pueblo y dentro de la iglesia. Por el otro, anunciaban salvación y esperanza en la figura principal Jesucristo, frente a las realidades de pecado, riquezas mal habidas e injusticia y frente al dolor de los más empobrecidos (niños, mujeres, enfermos, ancianos).
Cuando se habla el tema de la profecía es menester aclarar que, profetizar no es vaticinar eventos futuros ni, exclusivamente, la manifestación abierta de información secreta. Sino antes aún, actualizar en el presente la palabra de Dios que comienza transformando las realidades en el aquí y en el ahora, aunque con una mirada hacia el futuro de la completa y plena redención que obrará nuestro Señor Jesucristo.
El Apóstol Pablo menciona alguna de las funciones de la profecía en la iglesia en su Carta a los Corintios Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación (1 Corintios 14:3).

Edificaban a la Iglesia

No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno (1 Tesalonicenses 5:19-21). Pablo siente el deber de orientar a los creyente en estas dos realidades, las cuales procuraban el crecimiento y la madurez en la iglesia. Así lo hicieron Judas y Silas: Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras (Hechos 15:32). Invertían sus fuerzas fortaleciendo a las comunidades.

Vivían cercanos a Dios y comprometidos con su prójimo

El profeta vivía cercano a Dios, pero también estaba, plenamente, con su pueblo. Veía a Dios y a su vez estaba viendo, analítica y críticamente, las realidades históricas. Tenía como referencia la enseñanza de Jesús: El amor a Dios y el amor al prójimo debe estar en relación de semejanza. Era un radical porque veía lo que otros no podían ver, miraba su mundo con los ojos de Dios y su corazón ardía con celo por la voluntad de Dios, de manera que la realidad lo incomodaba tanto que callar era imposible para su caso. Así lo comprendió Juan el teólogo: Entonces uno de los ancianos me preguntó: «¿Quiénes son estos que están vestidos de blanco, y de dónde han venido?» «Tú lo sabes, señor», le contesté. Y él me dijo: «Éstos son los que han pasado por la gran tribulación, los que han lavado sus ropas y las han blanqueado en la sangre del Cordero (Apocalipsis 7:13-14, DHH).

Denunciaban los pecados, abusos de gobernantes y dirigentes religiosos. Jesús no dudo en realizar una crítica radical a los poderes establecidos y la provocación de una esperanza inusitada. Denunció proféticamente en contra de los pecados personales y estructurales en clave sociopolítica.
Dos casos de confrontación entre Jesús y las autoridades que abusaban en el templo según Marcos, cuando dice: Y les decía en su doctrina: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con largas ropas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas; que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones. Estos recibirán mayor condenación (Marcos 12:38-44). Al mismo tiempo, enfocó a los dirigentes que promovían el abuso del tributo. Jesús no respondió directamente diciendo: «no es lícito». Más bien, su respuesta implicaba que si Dios es el exclusivo Amo y Señor y, si el pueblo de Israel vive bajo el exclusivo dominio de Dios, entonces todo pertenece a Dios, y las implicaciones para el César serían obvias.

La misma función profética la desarrolló Juan cuando «denunció los pecados de las siete iglesias, atacó el culto al emperador (Apocalipsis 13:2,4) y condenó ardientemente los crímenes del imperio romano». A la vez anunció el juicio contra los opresores. El triunfo del bien sobre todo mal, y sobre todo, anuncia una nueva creación, una nueva comunidad y un nuevo paraíso (Apocalipsis 20-22).

Consolaban al pueblo en momentos de dolor

Los apóstoles también fueron seducidos por el Espíritu de Dios y tomaron muy en serio su papel de portavoces de la palabra de Dios.
Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús. Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios (Hechos 4:29-31).

¿Cuáles son las implicaciones para la vida eclesial en la actualidad?

Conscientes de la realidad actual donde las desigualdades sociales se incrementan debido al poder con pretensiones multiformes del capitalismo financiero y hegemónico de nuestra era postmoderna. Al mismo tiempo, los excluidos y empobrecidos claman por una nueva forma de vida. Es muy preocupante el silencio y la falta de compromiso evangélico por parte de los cristianos en el presente; en la vida cómoda, sin compromiso alguno por parte de la iglesia, hacia afuera, es decir, en la sociedad.

Hoy se hace necesario la presencia de una iglesia con voz profética. Si consideramos que la tarea fundamental del profeta es hacer realidad un nuevo comienzo humano mediante la expresión de la libertad de Dios y la política de justicia y compasión, entonces somos desafiados a:
Primero. Comprender y aceptar que, con el derramamiento del Espíritu en la iglesia del primer siglo, el anuncio de la palabra ya no es solo de unos cuantos sino de toda la iglesia. Así, queda marcada como una comunidad profética, donde todo creyente tiene ese llamado y el deber de cumplirlo en todo tiempo. Anunciemos que Dios en Jesucristo tiene la fuerza para seguir adelante.

Segundo. Seguir mirando arriba sin quitar los pies de la tierra, es decir, asimilar que nuestro papel profético no es espectáculo o desciframiento de misterios, no es solo ver hacia el futuro negando el presente. Por más que nos aferremos a silenciar los múltiples textos en la Biblia que registran la confrontación a las estructuras de poder político y religioso, el Evangelio y su anuncio sigue siendo «el recuerdo peligroso de la libertad que cuestiona todas nuestras opresiones, nuestros miedos, nuestros desalientos, nuestras cobardías y también nuestras seguridades». La iglesia tiene que mirar a los desvalidos y oprimidos tal como miró Jesús al pueblo que estaba sin pastor o a la encorvada ignorada por los mismos líderes de la sinagoga o a la samaritana repudiada.

Tercero. Todo cristiano está obligado a enjuiciar la maldad a través de esa palabra divina que es Cristo. Esa palabra le hace valorar como algo positivo la desaparición de la esclavitud, el tráfico de órganos, la trata de blancas, la explotación laboral. También la hace juzgar como inadmisibles las terribles diferencias estructuradas entre ricos y pobres; le impulsa a rechazar una economía de la exclusión y la inequidad. Por ejemplo, a los empobrecidos que, por nuevas reformas, son desplazados de sus áreas de comercio por una riqueza privada sobre la pobreza pública. Además de denunciar cuando la iglesia o los dirigentes muestren abusos de poder y pisoteen los derechos de las personas.

Cuarto. Seguir abonando a favor del crecimiento y madurez de la fe, en una época en la que la iglesia resulta poco atractiva o sin crédito, ante la triste decadencia de nuestra sociedad. La palabra del profeta debe examinar y responder llamándonos a volver a Jesús y a encontrar la plenitud solo en Él. Así, una forma de profetizar hoy, es hablar la verdad de Dios frente a la mentira que el mundo ofrece.

Quinto. Son muchos los desafíos de la labor profética en la iglesia actual, teniendo en mente que no todo está perdido. Por ello, el creyente debe seguir anunciando esperanza. Como dice la Carta del Apóstol Pedro: y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros (1 Pedro 3:15b).

Anunciar que un nuevo reino está presente, y que es el mismo Jesús infundiendo valor y fe todos los días. Anunciar que el bien triunfa sobre el mal. Anunciar que una nueva creación es posible. Anunciar la llegada de una nueva comunidad y un nuevo paraíso como lo anunció Juan: He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad (Apocalipsis 22:12-14).

El presente sigue demandando nuestro papel profético y la iglesia está llamada a ejercerlo aquí y ahora, y hasta el último momento de nuestra existencia.
Recuerde que callar nunca fue una opción para los primeros cristianos. Ellos expresaron su fe, su esperanza y el juicio para todo sistema opresivo y en pecado. «Yo quisiera vivir sin tener que ser profeta…perder la huella de la noche, no sostener más la perla del abismo…Pero es imposible, Dios mío» Canto de la locura (1962), versos de Matos Paoli, encarcelado en una sombría mazmorra por su entrega sacrificada a la patria y su devoción a la más genuina conciencia religiosa, nos sean de inspiración para seguir siendo la voz de Dios en nuestro tiempo.

Fuentes de consulta

José Luis Sicre, Profetismo en Israel. Editorial Verbo Divino-2003
Luis Rivera-Pagán, La voz profética: Justicia, paz y reconciliación. Tomado de: http://www.lupaprotestante.com/blog/la-voz-profetica-justicia-paz-y-reconciliacion/.
Walter Brueggemann, La imaginación profética (España: Editorial Sal Terrae 986), 117.

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PASTORAL DE LAS ADICCIONES

PASTORAL DE LAS ADICCIONES

La adicción es una enfermedad o más bien un síndrome constituido por un conjunto de signos y síntomas característicos. La adicción es una enfermedad bio-psico-social con síntomas bien identificables para la cual se han definido criterios diagnósticos médicamente aceptados.
Se dice que hay adicción cuando alguna sustancia, persona, objeto o proceso ha tomado nuestras vidas y sobre el cual no tenemos control.
Las adicciones son distorsiones de las necesidades básicas humanas, como: Sentirse amado, importante, valioso, seguro, con sentido de pertenencia y significado.
Algunos de los síntomas más típicos de la adicción son:
• Daño o deterioro progresivo de la calidad de vida de la persona debido a las consecuencias negativas de la práctica de la conducta adictiva.
• Pérdida de control caracterizada por una práctica compulsiva de la conducta adictiva, lo cual lleva al deterioro de la calidad de vida.
• Negación o autoengaño que se presenta como una dificultad para percibir la relación entre la conducta adictiva y el deterioro personal.
• Deterioro de las relaciones familiares como consecuencia de la práctica continuada de la conducta adictiva.
El origen de la adicción es multifactorial involucrándose factores biológicos, genéticos, psicológicos y sociales. La naturaleza exacta de la adicción continúa siendo motivo de análisis científico y cada día se hacen descubrimientos que nos ayudan a entender esta enfermedad que afecta la calidad de vida de millones de familias a nivel mundial. Los estudios demuestran que existen cambios neuroquímicos involucrados en las personas con desórdenes adictivos y además es posible que exista predisposición biogenética a desarrollar esta enfermedad.
Algunos de los elementos adictivos son:
• Estimulantes: cocaína, anfetaminas.
• Depresores o sedantes: alcohol, barbitúricos (butisol, amytal, y otros).
• Narcóticos: opio, morfina, heroína.
• Alucinógenos: LSD, marihuana, peyote, hongos.
• Solventes: thinner, pegamento, gasolina, aerosol, quita esmalte.

Otros ámbitos en los que se pueden incurrir en prácticas adictivas:
• Sexo
• Comer demasiado
• Pasar mucho tiempo en los videojuegos
• Escuchar música
• Jugar y apostar
• Bailar
• Ver televisión
• Realizar colecciones de manera obsesiva
• Relaciones interpersonales
• La computadora, Internet, redes sociales
• Trabajo
• Estudios
• Teléfono

Cómo detectar si una persona es adicta
La existencia de una experiencia que es buscada con tal ansiedad que la lleva a perder su control psíquico y emocional.

Características de la adicción
• Negación
• Pérdida de control
• Confusión
• Temor
• Depresión
• Sentido de inferioridad
• Centrado en sí mismo
• Falta de dominio propio
• Baja autoestima
• Amargura

La raíz: el desamor, y la propia insatisfacción e infelicidad de la persona.

Principales causas de las adicciones
• Problemas familiares
• Influencias sociales
• Curiosidad
• Problemas emocionales

Observaciones generales:
• La adición es un síntoma de un problema.
• Las adicciones son un anestésico a la fatiga de vivir, un intento de huir de la realidad – hacer diferencia entre fantasía y realidad.

• Es muy común que se junten varias adicciones en una misma persona.
• Los jóvenes adictos se identifican con el término: VACÍO.
• Un adicto no se responsabiliza de sus errores.

La familia es afectada por los desórdenes adictivos de sus miembros en la dinámica de las relaciones, la comunicación y la conducta, todos estos cambian y se hacen disfuncionales como resultado del proceso adictivo. Estos cambios pasan a formar parte de la dinámica de la adicción, produciendo una facilitación de la conducta adictiva.
A estos cambios se les denomina codependencia, la cual se define como la práctica de patrones disfuncionales de relación de manera compulsiva a pesar del daño resultante. La codependencia es un desorden aprendido en respuesta al proceso adictivo, pero puede transmitirse de manera transgeneracional si no es tratado adecuadamente.
El desarrollo de la adicción se facilita por factores sociales. Algunos autores señalan que nuestra cultura contiene creencias y reglas sociales que son disfuncionales y que se constituyen en el núcleo psicosocial de la adicción. Por ejemplo, se fomenta abiertamente el consumo de alcohol; el consumismo y el culto por la imagen en nuestra sociedad, influyen directamente en la predisposición a la adicción.

La recuperación

La recuperación es el proceso mediante el cual la persona adicta interrumpe el deterioro progresivo, típico de este desorden y comienza un restablecimiento constante de las áreas de vida afectadas.

Las metas necesarias en la recuperación son:
1. La abstinencia.
2. El desarrollo de estilos sanos de vida.
3. El crecimiento espiritual

Para lograr estas metas es necesario que la persona en recuperación realice cambios en su forma de pensar y de actuar, así como cambios en sus estilos y patrones de vida. La recuperación va más allá del tratamiento pues la persona en recuperación necesita mantener los cambios logrados de manera permanente, a lo largo de toda su vida.
El resultado de una recuperación satisfactoria es una persona con una calidad de vida en franca mejoría, con estilos de vida más sanos y con un nuevo sentido de su misión vital, así como una mejoría en su forma de relacionarse con los demás.
El DSM-IV (manual de enfermedades mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría) y la Convención Internacional para la Codificación de enfermedades (ICD-10) nos ofrecen algunos criterios.

La adicción es una enfermedad o un desorden que responde positivamente al tratamiento adecuado. Al igual que otros desórdenes de naturaleza crónica, existe una tendencia a la recaída, pero la recuperación es posible. La negación que acompaña y forma parte de esta enfermedad hace que la intervención eficaz sea imprescindible para lograr la interrupción del proceso patológico.

El tratamiento consiste en una serie de intervenciones estructuradas dirigidas a lograr apoyar la recuperación de la persona hacia una mejor calidad de vida.
Existen varios niveles de tratamiento que están disponibles en la comunidad, a saber:
1. Tratamiento ambulatorio: el paciente participa de manera simultánea mientras continúa con su trabajo y su vida cotidiana sin aislamiento.
2. Tratamiento hospitalario: el paciente es aislado dentro de un ambiente hospitalario, para el manejo de la desintoxicación o para facilitar el despegue de la recuperación, evitándose las situaciones de susceptibilidad de manera temporal.
3. Tratamiento residencial: que consiste en la participación más o menos prolongada en un ambiente de comunidad terapéutica donde el paciente convive con otras personas en recuperación.
Es importante la evaluación individualizada de cada caso, que permita decidir cuál es la alternativa de tratamiento que mejor se acomode a las necesidades de la persona en tratamiento. La evaluación, el diseño de planes y el tratamiento propiamente dicho debe ser supervisado por personal de salud entrenado, tal como en cualquier otro problema de salud.

Rehabilitación y restauración

• Rehabilitación: el abandono del consumo.
• Restauración: la transformación de las conductas personales que provocaron la esclavitud a la adicción. Pasos en la restauración
• Identificar las causas de la adicción y la raíz del problema.
• Precisar el tipo, frecuencia y grado del daño en la adicción.
• Concientizar sobre el deseo de cambiar.
• Incluirle en un proceso terapéutico.
• Restaurar áreas dañadas.
• Crear una red de apoyo.
La codependencia
• Excesiva y a menudo inapropiada preocupación por las dificultades de alguien más.
• El codependiente suele olvidarse de sí mismo para centrarse en los problemas del otro.
• El co-dependiente olvida sus propias necesidades, y cuando la otra persona no responde como el codependiente espera, éste se frustra, se deprime e intenta controlarlo aún más.
• El codependiente busca generar, en el otro, la necesidad de su presencia, y al sentirse necesitado cree que de este modo nunca lo van a abandonar. Los codependendientes son las personas (amigos, padres, parientes, cónyuges, hijos u otros) que conviven con un adicto con la finalidad de rescatarle de la soledad, el aislamiento y el dolor. El término codependencia se empezó a utilizar a mediados de la década del 70 asociado a los familiares de alcohólicos, definiendo al codependiente como el compañero (a) de un dependiente.
Perfil del codependente
• Falta de identidad propia
• Baja autoestima
• Represión
• Obsesión
• Control
• Negación
• Comunicación pobre
• Límites débiles
• Poca confianza
• Ira
• Comportamientos compulsivos

Síntomas

• Necesidad de ser aceptados más de lo saludable.
• Sensación de pérdida de identidad, a veces la persona no sabe quién es o qué quiere.
• Congelación de sentimientos por miedo a herir a los demás.
• Reacciones desmedidas que desconciertan y confunden.
• Incapacidad de disfrutar por estar demasiado comprometidos con los demás.
• Preocupación exagerada por los demás hasta hacerse daño.
• Incapacidad de permitir que los demás vivan las consecuencias de sus actos.

La recuperación

• Aceptar que se tiene un problema
• Desapegarse del objeto satisfactor.
• Pensar y actuar con congruencia
• Mantener el control de sí mismo
• Valorar su pasado
• Vivir su propia vida. Hacerse cargo de sí mismo
• Enamorarse de usted mismo
• Viva el proceso de duelo
• Controle su pensamiento
• Póngase metas
• Aprenda a comunicarse

Enfoque pastoral

Doce pasos y sus comparaciones bíblicas:
1. Admitimos que no teníamos el poder sobre nuestras adicciones y comportamientos compulsivos, que nuestras vidas llegaron a ser inmanejables.
Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo (Romanos 7:18, NVI).

2. Llegamos a creer que un poder más grande que nosotros podía restaurarnos a la cordura.
Pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad (Filipenses 2:13, NVI).

3. Tomamos la decisión de entregar nuestra voluntad y nuestras vidas al cuidado de Dios.
Por lo tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (Romanos 12:1, NVI).

4. Hicimos una búsqueda y un audaz inventario moral de nosotros.
Hagamos un examen de conciencia y volvamos al camino del Señor (Lamentaciones 3:40, NVI).

5. Admitimos ante Dios, ante nosotros mismos y ante otro ser humano, la naturaleza exacta de nuestros pecados.
Por eso, confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros para que sean sanados (Santiago 5:16, NVI).

6. Estuvimos completamente listos para que Dios removiera todos nuestros defectos de carácter.
Humíllense delante del Señor, y él los exaltará (Santiago 4:10, NVI).

7. Humildemente le pedimos que quitara todas nuestras deficiencias.
Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (1 Juan 1:9, NVI).

8. Hicimos una lista de todas las personas que habíamos dañado y estuvimos dispuestos a enmendar todo el mal que les habíamos causado.
Traten a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes (Lucas 6:31, NVI).

9. Hicimos arreglos directos con las personas cuando fue posible, excepto cuando eso podría dañarles a ellas o a otras.
Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda (Mateo 5:23-24, NVI).

10. Seguimos haciendo un inventario personal y cuando nos equivocamos rápidamente lo admitimos.
Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer (1 Corintios 10:12, NVI).
11. A través de la oración y la meditación buscamos mejorar nuestra relación con Dios, orando sólo para conocer de Su voluntad para nosotros y poder para llevarla a cabo.
Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza (Colosenses 3:16a, NVI).
12. Habiendo tenido una experiencia personal como el resultado de estos pasos, intentamos llevar este mensaje a otros y practicar esos principios en todas nuestras áreas.
Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado (Gálatas 6:1, NVI).

Oración de Serenidad

Dios, concédeme la serenidad
Para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
El valor para cambiar las cosas que sí puedo cambiar,
Y la sabiduría para conocer la diferencia.
Viviendo un día a la vez;
Disfrutando un momento a la vez;
Aceptando la dificultad como el camino hacia la paz;
Tomando, como Jesús lo hizo,
Este mundo pecador tal cual es,
No como sería;
Confiando que Tú harás que todo salga bien
Si me entrego a Tu voluntad;
Para que sea razonablemente feliz en esta vida
Y sumamente feliz contigo por siempre en la eternidad.
Amén.

(Reinhold Niebuhr)
Para aprender más:
• Baker, John. «Celebremos la recuperación». Editorial Vida.
• Clinebell, Howard. «Understanding and counseling persons with alcohol, drug and behavioral addictions» Abingdom Press.
• Montagano, Darío Hernán. «Se puede dejar». Editorial Sagepe.
• Warren, Rick. «Celebremos la recuperación. Aplicación del mensaje».

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TEOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD DE LA PROFECÍA

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El libro del Apocalipsis es un libro bíblico que además de no ser fácil de entender, causa mucha expectación e interés en el mundo cristiano y hasta en el que no lo es. Es de llamar la atención, que de todos los cursos que se imparten en la Iglesia, nunca se observa una mayor concentración de gente que cuando se expone sobre el Apocalipsis. En la cosmovisión del mundo occidental, el Apocalipsis es por lo general muy atractivo aunque sea sinónimo de miedo, catástrofes, destrucción, sufrimiento, muerte, guerras, profecías y eventos futuros, pues la gente quiere saber sobre todo eso.
No obstante, nada más alejado de la realidad que considerar esta obra bajo una óptica catastrófica o futurista. Ciertamente el Apocalipsis es un libro que contiene gran dramatismo como es característico del género literario apocalíptico1, más no es una palabra para espantar a la gente y mucho menos al pueblo de Dios, todo lo contrario, es el libro por excelencia que nos trae esperanza y aliento ante la adversidad, es el Espíritu Santo hablándonos ante la crisis y la desesperanza para que vivamos una ética de resistencia, por no decir subversiva2. Contiene un mensaje que trasciende su tiempo y nos sigue hablando aquí y ahora.
El libro comienza con un prólogo y en él, una frase solemne que frecuentemente se pasa por alto: La revelación de Jesucristo. Dicho de otra manera, nos dice: El apocalipsis es Jesucristo. Y es que el apocalipsis es más que un libro de la Biblia, es la revelación, es el quitarnos el velo (apo – kalyptos) que no nos deja ver, y esta revelación no es la guerra o la catástrofe, la bestia, el 666 o el falso profeta, es: Jesús revelado. Y es que estamos hablando aquí de lo que en la gramática griega se llama genitivo plenario. El genitivo no es otra cosa que la manera en que se expresa la relación de posesión o pertenencia, solo que en el de tipo plenario es tanto objeto como sujeto; en otras palabras, es una frase que contiene un doble significado de manera simultánea, lo cual hace que dicha frase diga: Es una revelación tanto por Cristo (Cristo revela) como acerca de Cristo (revela a Cristo).
Esto nos lleva desde el principio del libro a su clave hermenéutica, es decir, la clave para interpretarlo es Jesucristo, el Cordero de Dios, especialmente desde su muerte sacrificial (Apocalipsis 5:6,12-13; 7:9-17; 13:8). Dios se nos revela en Jesucristo (el mensaje de Dios, el Logos), y Jesucristo se nos revela en la cruz, lo que Dios hizo por nosotros.
Jesucristo sin la cruz sería solo filosofía platónica, y con la sola resurrección sería exclusivamente gnosticismo (doctrina del conocimiento intuitivo, misterioso y secreto o gnosis de las cosas divinas que conduce a la salvación) o, en el mejor de los casos, nada más un milagro. Sin embargo, la revelación de Dios está allí donde no queremos, en la muerte. Esto es locura para los griegos (1 Corintios 1:18). Por tanto, cualquier interpretación que hagamos de Apocalipsis debe estar en relación a la cruz, al Cordero inmolado. Todo lo que venga de aquí en adelante, su referencia central será Jesús y la cruz, esto le dará sentido al todo.
Teniendo esto en cuenta, entonces llegamos al verso 3 del prólogo del libro en donde aparece una bienaventuranza o makarismo3, dirigida para aquellos que oyen y leen las palabras de esta revelación. Una bienaventuranza es algo que nos da alegría, pero una alegría que solo puede venir de Dios. Es pues una triple bendición: leer, oír y guardar. Y es que el Apocalipsis es concebido como obra para ser recitada en la asamblea comunitaria, ahí adquiere toda su fuerza, esto es algo que no solía suceder con ningún escrito apocalíptico, pero éste debe leerse en comunidad. La iglesia de hecho tenía lectores para esta tarea, eran los heraldos que representaban la Palabra viva, esto ya sucedía en el año 70 d.C. La lectura de la Escritura era el centro de cualquier culto judío (Lucas 4:16; Hechos 13:15).
La Escritura se leía en las sinagogas judías a la congregación por siete miembros de la misma, aunque, si estaban presentes un sacerdote o un levita, se les concedía prioridad. La Iglesia Cristiana adoptó esta costumbre del orden de la sinagoga, y la lectura de la Escritura siguió ocupando una parte central del culto. El problema de hoy es que no leemos y menos escuchamos; tan solo el ir a la congregación pareciera una carga para muchos, no es prioridad, no importa escuchar a Dios, ni meditar su palabra. No basta con levantar el velo, se requiere que el pueblo colabore escuchando y practicando la palabra de Dios.
La tercer bendición es guardar (teiruntes), que significa observar, vigilar, mantener, que no se nos vaya, no quitar la vista de. Pero ¿qué es lo que hay que vigilar, observar, mantener y poner en práctica? La profecía, y ¿qué es profecía? Existe mucha confusión al respecto, hay un reduccionismo típico en la comprensión que popularmente se tiene de profecía, al considerar que esta es un mensaje solo de tipo predictivo cuando en realidad puede ser predictivo o exhortativo.
Fee y Stuart, en su muy valioso libro: La lectura eficaz de la Biblia4, señalan, con base en una exégesis cuidadosa de los textos proféticos, que solo 5% de esos libros tiene algo que ver con el futuro, y eso mayormente muy cercano, cumplido siglos antes de Cristo. Además, según Fee y Stuart, sólo 2% es mesiánico y sólo 1% puede ser todavía futuro. El 95% que no tiene nada que ver con el futuro no es menos profético por no ser predictivo.
Las visiones del Apocalipsis pueden ser del futuro, pero no siempre ni necesariamente. También, pueden ser del presente de Juan (las siete iglesias). En las visiones, los verbos están en tiempo pasado, no en futuro. En el desarrollo de su mensaje pastoral Juan pasa a menudo del presente al futuro (Apocalipsis 1:5-9), del futuro al presente (cf. 1:10) pero también del futuro al pasado remoto (de 11:15-29 a 12:1-3 y siguiente). «Es un error dar una preferencia a priori a interpretaciones futuras, como también es un error comenzar con un prejuicio contra ellas. Juan no era ni futurista ni preterista, sino pastoral. Ahora es nuestra tarea exegética decidir por las evidencias cómo entender cada pasaje»5.
En otras palabras, la profecía es la palabra en su sentido más teológico, el primer profeta en la Biblia fue Abraham (Génesis 20:7) y el fundador del profetismo fue Moisés, y no porque vaticinara el futuro, sino porque era quien hablaba al pueblo de parte de Dios, era el vocero de Dios, y lo que hablaba era su voluntad para bienaventuranza del pueblo. Un mensaje es profético, en sentido bíblico, por su carácter teológico y ético –denunciativo–, no por predecir el futuro. La finalidad de la proclamación de los profetas es llamar a sus contemporáneos a la conversión, al arrepentimiento, y como dice el texto apocalíptico, porque el tiempo, que deja huella y es de Dios –kairós–, está cerca.
Tenemos pues una palabra que si la escuchamos, meditamos y guardamos es de gran bendición para nuestras vidas. Es la palabra que se nos descubre en Cristo pero que cobra sentido en su muerte por nosotros. Esta es una palabra no para el futuro ni para el pasado, sino para el presente, no para el morbo o la especulación o el terror, sino palabra que denuncia, resiste, promete y devela el amor de Dios en la palabra por excelencia, el Logos, Jesucristo, la voz de Dios para nosotros en todo tiempo.
Vivimos en tiempos difíciles, los poderes políticos se ensoberbecen y engañan al pueblo. Hay incertidumbre en lo que pueda pasar, los cristianos no somos perseguidos como antes, pero si somos testigos de la injusticia y la idolatría de nuestro tiempo. Hoy por hoy, necesitamos de la Palabra, de la profecía, no para saber el futuro o adivinar qué viene según nuestras teorías, sino para seguir el modelo de Jesús, el Cordero. Fieles y testigos hasta la muerte, denunciando la maldad y optando por la vida, el amor y el evangelio. Después de todo, como dijera Karl Barth: «Ante la cruz de Cristo, nadie es grande».

Referencias
1 Este tipo de literatura surge en un momento de crisis nacional en el mundo judío, y propone una manera distinta de comprender la vida. Los narradores apocalípticos ven que la realidad es inhumana, bestial, y anuncian juicio que invierta la situación. http://www.lupaprotestante.com/blog/apocalipsis/ Lupa Protestante. Acceso (12.02.2018).
2 Idem. Más que un libro de miedo al fin del mundo, se trata de una invitación a resistir mediante la ética y la liturgia ante las amenazas de los Imperios que destruyen los símbolos de los pequeños pueblos.
3 Son 7 makarismos en todo el libro: 1,3; 14,13; 16,15; 19,9; 20,6; 22,7; 22,14. Se leen uno a la luz de los otros y no se agotan con lo que dice solo uno de ellos. El número de totalidad y plenitud es el 7.
4 Gordon Fee et Douglas Stuart. La Lectura Eficaz de la Biblia, Editorial Vida, Miami 2007.
5 Juan Stam, Leamos el Apocalipsis en Clave Pastoral. Protestante Digital, Febrero 2014. http://protestantedigital.com/magacin/14253/Juan_Stam_Leamos_el_Apocalipsis_en_clave_pastoral

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CRISTO; MEDIADOR DE UN NUEVO PACTO.

CRISTO; MEDIADOR DE UN NUEVO PACTO.

HABÍA LA NECESIDAD DE TENER UN NUEVO PACTO DEBIDO A LA DEBILIDAD DEL PRIMERO (HEBREOS 9:1-10).

  1. El escritor a los Hebreos habla de Jesús como mediador de un nuevo pacto. La superioridad del sacrificio que realizó, al derramar su sangre, establece un nuevo pacto (Hebreos 9:11-15).
  2. El cristianismo se fundamenta en la muerte de Cristo. Sin esta muerte no tendríamos fundamento de nuestra fe. Fue necesario que el dador de la vida muriera en la cruz, para garantizar al ser humano las inmensas bendiciones de la salvación. Sin la cruz no hay nada, solo miseria, oscuridad, muerte y pecado.
  3. Es por eso que aquellos que no acuden con fe a anunciar su muerte hasta que Él venga, vivirán para siempre lejos de su Creador, sin esperanza, sin consuelo y en oscuridad espiritual (1 Corintios 11:26).

ASÍ QUE, POR ESO ES MEDIADOR DE UN NUEVO PACTO (HEBREOS 9:15)

  1. Aarón fue el Sumo Sacerdote en el Tabernáculo, por lo tanto, él era un mediador, pero no logró alcanzar que el hombre fuese restaurado a una comunión plena con el Señor (Hebreos 9:1-10).
  2. Pero Cristo, a diferencia de Aarón, oficia en un Tabernáculo más excelente (Hebreos 9:11). Entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, para una eterna redención (v. 12). Ofreció un sacrificio puro, obteniendo para su pueblo una mejor limpieza (vv. 12-14).
  3. Por esta razón, es decir, por la naturaleza superior y la eficacia de su sacrificio, Cristo fue mediador de un nuevo pacto (v. 15). Solo Cristo pudo presentar una ofrenda excelente con una actitud humilde, por ello es mediador entre Dios y su pueblo.
  4. El pecado era la causa que impedía la comunión entre el hombre y Dios, por lo tanto, si se quería restaurar dicha comunión, entonces era necesario quitar el pecado de en medio y esto fue lo que hizo Cristo Jesús.
  5. Mediador de un nuevo pacto: Cristo Jesús es solo quien puede garantizar ante Dios y los hombres que el pacto no será quebrantado nunca más; vivimos con esta esperanza hasta que Él venga.
  6. Jesús hizo un pacto con su Padre en el cual se comprometía a llevarnos de regreso a Él a través de su encarnación, enseñando a través de su vida perfecta, pero definitivamente por su muerte en la cruz, Él tomo nuestro lugar, de manera que ahora nosotros, los que hemos creído en su Nombre y lo hemos manifestado en el bautismo, podemos entrar en la presencia del Padre por medio de Cristo Jesús Señor nuestro (Juan 14:6).
  7. Para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto (v. 15b). Se afirma la eficacia del sacrificio de Cristo. La muerte de Jesús no solo fue por los creyentes del nuevo pacto, sino también por los del antiguo.
  8. Siendo que los sacrificios en el antiguo pacto solo limpiaban ceremonialmente, fue necesario un mejor sacrificio que quitara el pecado de los corazones de ellos, pues, de no ser así, el hombre siempre estaría alejado de Dios.
  9. Los llamados reciban la promesa de la herencia eterna (v. 15c). Mientras en el antiguo pacto la herencia era terrena, material y por lo tanto temporal, en el nuevo pacto las bendiciones son espirituales y eternas. La sangre de Cristo, sobre la cual se fundamenta el nuevo pacto (Marcos 14:24), garantiza todas las cosas que la gracia de Dios provee para los que creen. Siendo que el pacto es eterno, entonces la salvación que ofrece es eterna y sus bendiciones también lo son.
  10. Ahora los que reciben esta herencia eterna con todas sus bendiciones, son los que han sido llamados. El Señor establece Juan 8:31 una condición para el verdadero discipulado. Tristemente algunos bautizados no son auténticos discípulos del Señor, pues su corazón continúa lejos de Dios. Así que, los herederos de la promesa no son los profesan una religiosidad, sino aquellos que entregan su voluntad a Dios y se complacen en obedecerle. Estos son los que se convierten en verdaderos discípulos de Jesucristo para recibir la herencia.

CONCLUSIONES:

  1. Si aún estuviera vigente el antiguo pacto, nosotros no perteneceríamos al pueblo de Dios (Efesios 2:11-12). Pero gracias a Dios, quien, por medio de Cristo, nos hizo herederos de un nuevo pacto.
  2. Que nuestro corazón se humille en una verdadera adoración a Dios, quien en su amor y gracia nos tomó en cuenta estando lejos del pacto, para acercarnos a su gloria.
  3. En medio de las tribulaciones y angustias de esta vida, siempre debemos recordar que tenemos una herencia eterna con Dios, la cual fue ganada para nosotros por un alto precio, el de la sangre de Jesús, por lo tanto, esforcémonos en medio de las tribulaciones, avanzando con gozo, poniendo nuestra mirada en el galardón precioso que el Señor ganó para nosotros.
  4. Participemos de este momento, recordando el gran sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, por quien tenemos este nuevo pacto. ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Hebreos 9:14). Renovemos el compromiso con Dios y sigamos fielmente a nuestro Señor y Salvador Cristo Jesús.

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El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

Clamor en Egipto
La oración de lamento es quizá, uno de los primeros actos, en la relación de Dios y su pueblo, un pueblo que clamó desde su dolor y sufrimiento. Personas que se encontraban en un estado de opresión, encontraron en la oración de lamento a un Dios alternativo de los que hasta ese momento conocían: los dioses egipcios. Un Dios desconocido en el que confiaron sus flaquezas, un Dios distinto, y no éstos, porque los dioses faraónicos avalaban y justificaban el deseo desmedido de los faraones. El pueblo de la opresión trabajaba para construir ladrillos que fortificaban ciudades, templos de diversos dioses que engrandecían la vanidad y deseo desmedido del nombre de los faraones, ocurriendo que cada dinastía quería ser más grande que la anterior. El lamento de este pueblo tenía que ser dirigido a Otro Dios. Un Dios distinto.
Esta relación que inició como forma de queja, de un pueblo a un Dios que no conoce, y de un pueblo que se sintió escuchado por ese otro Dios. Finalmente, ese otro Dios decidió escuchar a ese pueblo gimiente, y le proveyó de libertad, una libertad real, representada en signos.

El sábado
El primer encuentro entre Moisés y el faraón es para pedirle que deje salir a su pueblo a celebrar en el desierto un Holocausto a Dios (Éxodo 5:1-9), sin embargo; la respuesta del faraón fue negativa, y les recuerda a Moisés y al pueblo cuáles eran las expectativas que tenía con ellos: «…ustedes están apartando al pueblo de sus obligaciones. Vayan a sus trabajos. Y añadió: ahora que el pueblo es numeroso ¿quieren que interrumpa los trabajos?…». Que fueran más productivos era lo que deseaba el faraón, quien también les llama ociosos, flojos y mentirosos, ya que están pensando otra forma distinta a la de él, pues se perderán tres días de trabajo, y retrasarán la producción y los avances de las obras emprendidas por su imperio.
«El tiempo es dinero», es una idea que, aunque la conocemos en el mundo moderno, también era una idea faraónica: «el tiempo es producción». La idea de perder el tiempo en un mundo de producción es inconcebible. Se degrada la persona si pierde el tiempo para hacer. Sin embargo, la idea bíblica del tiempo incluye también el descanso como un provecho para el ser humano, y así encontramos en el sábado un primer signo de libertad.
Es el descanso (shabath) la herramienta que Dios pone al pueblo para golpear el sistema de producción faraónico. En el pueblo invalidaría el poder y el látigo de faraón. Un sábado ceremonial es el que llevaría al pueblo su liberación.
Es así como tiene lugar la alianza de Dios en el Sinaí, sellada con los primeros mandamientos. El primero, no tener otros dioses ni una imagen de Dios… que justifiquen la esclavitud, o una imagen que demande santuarios, que justifiquen el deseo desmedido y la opresión al pueblo. Ante esto, se presenta al descanso como bendición para el ser humano y signo de libertad

La comunidad sabática como signo de libertad hoy
¿Cuántas veces hemos escuchado los mismos argumentos de la ideología faraónica como creyentes? La seducción del consumismo, de tener más, comprar más, gastar más; da como resultado ciudadanos que tienen que trabajar más tiempo, doblar turnos, adquirir dobles trabajos o laborar los fines de semana, etcétera. Convirtiendo al trabajo en una adicción o en una constante esclavitud. En ese sentido el sábado es una resistencia a la voraz cultura del consumo o del trabajo excesivo.
Para el Israel, una vez ya liberado, las voces de celebración (Sábado) fiesta, la música, así como las oraciones comunitarias (de lamento) recordando los sucesos del Dios libertador.
Encontramos en los Salmos (homenaje a la torá) una amplia recopilación de oraciones que nos ayudan a seguir orando y celebrando el sábado en comunidad (iglesia). Y que afirman la bendición de Dios para el ser humano desde el dolor a la alegría: has cambiado nuestro lamento en baile… La comprensión del pueblo cambia, de ese Dios desconocido al Dios que conocen por haberlos escuchado y liberado de Egipto. Ahora es el Dios libertador, el que, como dice el Salmo 103: salva, rescata del hoyo…, el que, …junto a aguas de reposo (sabáticas) hace descansar, conforta el alma…
Cuando guardamos el sábado lo hacemos también, como resistencia y alternativa. Una visible insistencia de que nuestras vidas no están definidas por la producción consumista y la búsqueda del confort. Una resistencia a las seducciones faraónicas de la búsqueda de vanidad. La iglesia es una alternativa a la cultura del entretenimiento que hoy determina la agenda familiar de miles de familias.
Trasmitir o proclamar a este Dios que libera, que transforma vidas, que guía y brinda herramientas al ser humano para su crecimiento, es una tarea que tenemos todos los que hemos vivido esa trasformación y libertad. El Dios que nos muestra Jesús de Nazaret, es nuestro Dios: Vengan a mí los que estén cansados y agobiados, que yo los haré descansar. Acepten mi enseñanza y aprendan de mí que soy paciente y humilde. Conmigo encontrarán descanso. Mi enseñanza es agradable y mi carga es fácil de llevar (Mateo 11:28-29, PDT)

Bibliografía:
• Sabbath as Resistance: Say no to the culture of now, W. Brueggemann, Westminster John Press Louisville, Kentucky

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FAMILIAS QUE FLORECEN

FAMILIAS QUE FLORECEN

La experiencia nos enseña que los lazos familiares son vitales para los seres humanos; nacemos incapaces de valernos por nosotros mismos y también anhelantes de afecto y seguridad. La manera en cómo se resuelvan estas necesidades marcarán el carácter y la forma de relacionarse de cada persona.

El ser humano no puede existir aislado de los otros. Dios nos ha conformado entrelazados, sólo podemos existir física y emocionalmente asociados con otras personas. Aun estando solos en realidad «estamos» con alguien en la memoria o en el corazón.

El medio ideal de hacer posible la subsistencia, así como lograr el ambiente propicio para que toda persona alcance la plenitud, se encuentra en la familia. La familia es la unidad social fundamental que atiende física, emocional y espiritualmente a los miembros de las diferentes generaciones que la conforman. Sin embargo, la familia puede ser, para cada uno de nosotros, la mejor de las experiencias de vida, o la peor. Esto se debe a la condición humana de sus integrantes, la sanidad emocional de los adultos, las actitudes con que enfrentan las situaciones que atraviesan, las expectativas que mantengan y las creencias de todos los que influyen.

En nuestra época existe una diversidad de tipos de familias. Sin duda que el modelo tradicional de padre, madre e hijos es un esquema muy importante, pero, no podemos rechazar otros que son aceptables a la doctrina cristiana. Hoy vemos familias conformadas por: abuelos criando nietos, madres o padres solos que cuidan de sus hijos, matrimonios sin hijos, familias con hijos adultos que no han salido de casa o que regresan después de divorciarse, y otros más.

Una familia que florece refleja la imagen de Dios, no por el número de sus integrantes o por las figuras representadas en ella, sino porque esté basada en un amor verdadero y en una convivencia justa y sabia. La validez depende de lo interior más que de la forma exterior. La familia es, por excelencia, el elemento cohesionador y esperanzador del género humano. En ella, sus miembros se liberan mutuamente de la soledad, se nutren de afecto y seguridad, atienden sus necesidades legítimas, fortalecen el carácter y mantienen compañerismo a través de las fases de su existencia.

Una familia que florece es una comunidad de amor real

En Efesios 5:21-6:4 se describen las virtudes de una familia de creyentes: Maridos amad a vuestras mujeres. Más que los lazos sanguíneos, de atracción física o de intereses económicos o de trabajo, la familia conforma una unidad aglutinada por el don cristiano del amor.

El amor «ágape» al que se refiere es más que sentimientos. No debe confundirse el amor con egoísmos disfrazados, como una pareja que se relacione con el criterio de «te quiero porque te necesito». La persona que ama no pretende ser el centro de atención, ni busca, como fin central, satisfacer su hambre de cariño, porque sería incapaz de la gratuidad y establecería una especie de pacto comercial: «yo te doy esto y tú me das a cambio lo otro». El amor no se compra ni se vende, sólo se da y se recibe.

«El hogar no son piedras, son almas; El mueblaje no es oro, es cariño… Si se quieren, ¡qué ricos son los pobres!; Si no se aman, ¡qué pobres son los ricos! El amor inventó los hogares…» (Ramón de Campoamor. Poeta español).

Si los padres miran la paternidad como el medio de reiniciarse, es decir, pretender hacer de la vida de sus hijos su segunda oportunidad, y se apropian de sus mentes y corazones y les quitan su individualidad, estarán tomando para sí lo que le corresponde a Dios. Él nos confío hijos para cuidar de ellos y facilitar su crecimiento a fin de que sean para Su gloria. Como dice el poeta Rabindranath Tagore:

Tus hijos no son tus hijos, son los hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen…

Una familia que florece experimenta compañerismo de vida

Vivir en familia es con-vivir. Es ser y devenir con alguien más. Con alguien que es como nosotros sin ser nosotros. Cuando Dios dijo: no es bueno que el hombre esté solo… (Génesis 2:18) declara la liberación de la soledad. Una familia saludable protege, nutre, desarrolla y fortalece a sus integrantes. El hogar constituye el punto central del espacio vital desde el cual cada uno «contará sus pasos». Es allí donde se adquiere la cualidad de la confianza, la autoestima y las herramientas para las jornadas que cada quien encarará.

Los miembros de una familia comparten lo más profundo de las personas, conocen sus pensamientos, la manera de reaccionar, los sueños y frustraciones; su convivencia presupone aceptación plena. La pareja establece una amistad que los une a lo largo de las etapas, los hermanos suelen ser los mejores amigos, madres e hijas llegan a compartir secretos, padres e hijos logran las mejores aventuras, las diferentes generaciones se divierten en todo tipo de juegos.

Cuando llegan los quebrantos de alguno de los integrantes, los corazones se unen en defensa del afectado; si alguien es herido emocionalmente, hay un lugar donde regresar para sanar. Siempre se vuelve al primer amor. El hogar es la referencia de los buenos tiempos, de cuando nos sabíamos amados, cuando podíamos imaginar un futuro seguro, donde se nos permite desarrollar las potencialidades con que somos dotados al nacer.

Una familia que florece es un taller para un carácter firme

El hogar es el taller donde se forja el carácter de una persona. El carácter son las marcas que definen cómo es alguien, la actitud que tendrá hacia las demás personas y cómo enfrenta las situaciones de la vida, sobre todo las crisis. Es la disposición que se tiene al enfrentar los problemas y la convicción con que se asume una tarea.

El carácter habla de lo que hay en verdad dentro de una persona. El libro de Ruth nos cuenta el drama de dos maravillosas mujeres, las cuales sufren cuando la adversidad pasa por encima de ellas: Nohemí pertenece a una familia de migrantes pobres y queda viuda y sin hijos en una tierra extraña; los sueños de prosperidad y bienestar se esfuman y tiene frente a sí un panorama devastador. Pero ella tiene una fuerza de carácter y la transmite a su joven nuera; en la crisis aparece lo mejor de ellas, se hacen cargo de sí mismas, no se sientan a lamentar su suerte, ni permanecen echando culpas sobre otros, no dejan que la amargura tome el control de sus corazones.

El carácter se manifiesta en el autocontrol de los impulsos. Consiste en sobrellevar las críticas y las frustraciones sin conductas destructivas, mostrar paciencia y tolerancia prudente. El carácter es la integridad con que actúa una persona que no tiene motivos ocultos, es la lealtad a la pareja, la afirmación de valores ante las tentaciones, es la disposición de ponerse en pie cuando ha caído.

Nuestras familias florecerán cuando, con la sabiduría y fortaleza de Dios, trabajemos en las actitudes de todos los miembros. Siendo realistas, reconocemos que la vida son problemas, que cada día se enfrentan responsabilidades. ¿Qué hace que una persona se levante cada día y cumpla su trabajo, que busque resolver las situaciones buscando las soluciones viables, que cumpla su palabra aun cuando sería más fácil hacerse desentendido, que sea autodisciplinada en sus conductas? Por supuesto que el carácter. Éste se desarrolla en la crianza. Una crianza con amor firme será de bendición en las personalidades frescas.

Una fuente de esperanza

Las personas que integramos las familias somos frágiles e imperfectas. Ninguna familia alcanza la plenitud del ideal, ya que estamos condicionados por nuestras propias debilidades y somos víctimas de nuestros propios impulsos naturales. Cuando el rey David llegó a su vejez, evalúa su condición y reconoce que el pacto que Dios hizo con su casa es estable, porque la palabra de Dios es firme, pero él y su familia han fallado; sin embargo, cree que Dios hará florecer a los suyos (2 Samuel 23:5). Nuestra familia necesita de Dios. En Dios, cada familia puede encontrar sanidad para sus heridas, fortaleza para superar los fracasos, gracia para cubrir los errores e imaginación para los sueños.

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LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

Nos tocó trabajar pastoralmente con un joven hace algunos años. Desde su infancia fue víctima de violencia por parte de su padre, quien tenía problemas de alcoholismo. A los diez años de edad, fue abandonado por su madre, pues al parecer, no soportó el maltrato que sufrían. Entonces su abuela paterna lo crió. Él sentía que a nadie le importaba. Lamentablemente, en su trabajo venía teniendo problemas por agresividad. Sus relaciones de pareja terminaban pronto, por la misma razón. Cada rompimiento, lo interpretaba como abandono. Estuvimos trabajando por varios meses en su restauración.

En una de las varias charlas que sostuvimos con él, reflexionamos a cerca del perdón. Al principio, atendió a nuestra explicación con mucha atención. Le hicimos saber lo tan necesario que era perdonar para seguir avanzando en su proceso de restauración. Una vez que comprendió el sentido de la charla, la detuvo con molestia. Sus palabras fueron: «ya se para dónde van y créanme, no lo voy a hacer, ustedes no lo entienden, hay cosas imperdonables, no estoy dispuesto a ser abandonado y pisoteado otra vez. ¡Jamás perdonaré! ¡Pídanme lo que quieran, pero eso no»! Estaba dispuesto a su restauración, pero había heridas que dolían, y mucho.

Las heridas de la vida

Frecuentemente, lastimamos a las personas, incluso a aquellas que amamos. A nosotros nos han lastimado también, incluso quienes nos aman. Las heridas, resultado de experiencias dolorosas, dejan cicatrices cuando cierran. Pero, lamentablemente, a veces no sanan, incluso con el paso de los años. Padres e hijos sin relación por mucho tiempo. Hermanos que se han distanciado y no tienen contacto durante largas temporadas. Familias fracturadas, rotas, desgarradas. Amigos que se convierten en enemigos. Personas que abandonan la iglesia, y a veces, hasta la fe, por roces con otros creyentes. En fin, relaciones amorosas que se ven interrumpidas por traiciones, malos entendidos, ofensas; situaciones que hieren, que fracturan, que rompen.

Yo ya perdoné, pero aún duele

«Yo ya perdoné» – parece ser una expresión bastante común a la hora de hablar de los vínculos rotos. Sin embargo, existe una «señal» que permite identificar si realmente se ha perdonado: recuerdo cuando, una noche cocinando con mi esposa, me rasgué un dedo al cortar una verdura. Salió un poco de sangré. Pensé que la lesión no era tan profunda. Mi esposa la cubrió con una cinta adhesiva para heridas, y parecía que todo terminó. Con el paso del tiempo, el dedo me dejó de doler. Sin embargo, cada vez que rozaba con algo, sentía malestar. Eso hizo que fuera al médico, quien me dijo: la herida no ha sanado, el hecho de que el dolor desaparezca de momento, no es evidencia de sanidad, pues al tocar la herida aún duele. Una vez que sana, ya no duele. Algo similar pasa con las heridas del alma.

Comprobamos que no hemos sanado si al hablar de aquella vivencia dolorosa aún surge dolor. A esa experiencia se le llama resentimiento. Es decir, volver a sentir, o sentir otra vez. Cuando no se ha sanado, y aquel mal recuerdo pasa por la mente, se despiertan los mismos sentimientos desagradables, de rabia, como en el momento en que surgió la herida. Incluso, se vuelen más intensos. A veces, no se perdona para darle al ofensor su merecido, sin embargo, al no hacerlo, el primer afectado es uno mismo. Cuesta trabajo sanar, aún más cuando no se asume que se requiere sanidad.

Lo que no es perdonar

Pero, si la falta de perdón nos hace tanto daño, ¿por qué es tan difícil otorgarlo? Sin duda, esta pregunta tiene varias respuestas. Una de ellas, desde nuestra experiencia pastoral, tiene que ver con la comprensión. Es decir, una inadecuada idea del perdón, produce resistencia ante este. A menudo, se tienen ideas confusas, erradas, que bloquean a la hora de querer otorgarlo. Algunas de esas ideas las hemos concebido sin darnos cuenta. Pero entonces, ¿qué es el perdón? Empecemos por lo que no es:

Perdonar no es olvidar. Ante las heridas del corazón, se suele confundir al perdón con el olvido. Sin embargo, absolver al ofensor no necesariamente implica borrar de la memoria la ofensa. Por ejemplo, una persona que ha sufrido violencia extrema por parte de su madre o de su padre, no la olvida, incluso con el paso de los años. Los recuerdos quedan, no se borran de la mente. Sin embargo, eso no indica falta de perdón y sanidad. Cuando se perdona, se recuerda la ofensa, sí, pero no duele al recordarla. Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor.

Perdonar no es justificar la ofensa que se recibió ni al ofensor. En ocasiones, se busca excusar la afrenta, planteando explicaciones que justifican el daño causado o a la persona que lo ocasionó. Por ejemplo, frases como: «Déjala, es tu madre, y tuvo una infancia muy difícil, no quería lastimarte», «su padre cometió muchas infidelidades, él ahora es así porque lo aprendió desde niño», «es un anciano, cuando habla no se fija». Si bien conocer la historia de vida o condición del ofensor permite comprender su comportamiento – lo cual puede ayudar a que la ofensa no se tome como una agresión deliberada hacia la propia persona – eso no significa que el daño se deja de ver como tal.

Perdonar no implica obligatoriamente la permanencia del vínculo con quien ha ofendido o lastimado. Tal vez la afirmación parece «anti-cristiana», pero permítanos explicarlo, pues no es así. A menudo, nos resistimos a perdonar, porque pensamos que si lo hacemos, debemos permanecer vinculados con aquella persona que nos dañó, exponiéndonos a que el daño se repita. Sin embargo, continuar o no con la relación, es una decisión independiente del perdón. Por ejemplo, el hecho de que una adolescente otorgue el perdón a un familiar cercano que abusó sexualmente de ella, no significa que necesariamente tenga que mantener la convivencia con él. Al contrario, eso la expone. En un caso de abuso, los especialistas recomiendan alejar a la víctima del abusador. Ante ciertos casos, será necesario perdonar y tomar distancia, con el fin de no poner en riesgo la propia integridad.

Perdonar no es síntoma de debilidad. Se suele pensar que si se otorga el perdón, la persona que cometió el daño lo volverá a hacer. Por ese temor, no se perdona. Sin embargo, al no hacerlo, se está sufriendo más. Es como un daño doble: uno, cuando se vive la herida, y el otro, de manera permanente, al guardar el resentimiento que produce la falta de perdón.

En pocas palabras, perdonar no es:

  • Olvidar.
  • Excusar la ofensa.
  • Solapar el daño o al agresor.
  • Minimizar el daño que se ha causado.
  • Restar importancia al suceso que ha lastimado.
  • Dar la razón a quien lastimó.
  • Signo de debilidad.

¿Setenta veces siete?

Para comprender adecuadamente el perdón, es fundamental ir a Biblia. Hablar de perdón, es hablar de amor. Al hablar de amor, nos referimos a Dios, pues Él es amor. Para conocer a Dios, es necesario ver a Jesús. Veamos la respuesta que el Señor da al discípulo Pedro referente al perdón:

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mateo 18:21-22).

De la pregunta y la respuesta, se puede resaltar que:

  • Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que era necesario perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro, al parecer, se considera más generoso, pues añade otras tres en su pregunta.
  • El número siete en la Biblia tiene un significado teológico. Indica totalidad, plenitud.
  • En su respuesta, Jesús da una lección. Aún siete veces no es suficiente; pues implica que se está llevando la cuenta de las ofensas recibidas.
  • La frase «setenta veces siete» de Jesús, no tiene un sentido literal, pues entonces estaría diciendo que hay que perdonar cuatrocientas noventa veces. Siendo así, el perdón tendría un límite, si bien, distante, pero límite al fin.
  • En su respuesta, es probable que Jesús esté haciendo referencia al Cántico de Lamec: si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete (Génesis 4:24); para enseñar que el perdón debe extenderse hasta donde llega la ira y el deseo de venganza1.
  • En otras palabras, el «setenta veces siete» de Jesús expresa que, ante cualquier ofensa e independientemente del número de veces que ésta ocurra, es necesario perdonar siempre, más allá de la rabia o las intenciones de desquite.
  • De la respuesta de Jesús, comprendemos que el perdón tiene que ser, más que un acto, una actitud, una forma de vida, que se mantiene durante todo el transitar de la existencia.

En la respuesta a Pedro, el Maestro narra la parábola de «Los dos deudores» (versos 23 al 35). Más que un concepto, enseña a Pedro una lección a partir de esta historia, de la que aprendemos:

  • El punto de relieve de la parábola está en la desorbitada diferencia entre la deuda de uno y la de otro. Aquel rey es capaz de perdonar una inmensa deuda a su siervo. El siervo perdonado es incapaz de perdonar una deuda extremadamente menor a su consiervo.
  • El rey, representa a Dios. El siervo, lamentablemente, nos representa. Ante el Señor, hemos cometido faltas miserables y terribles, de las cuales nos ha perdonado. Nosotros, aun recibiendo ese perdón, no hemos sido capaces de perdonar a las personas que nos han ofendido.
  • Cualquier ofensa recibida, es mucho menor que las ofensas que hemos causado a Dios. Para perdonar, es necesario tener conciencia de la propia condición. Nosotros también somos deudores, y al mismo tiempo, somos objeto de la gracia y del amor del Señor.
  • Abrirnos al amor y al perdón de Dios, a través de Jesús, nos capacitará para amar y perdonar a quien nos ha herido. El perdón viene de Dios. La capacidad para hacerlo no es de nosotros, es de Él.
  • Conscientes de lo que somos, y de lo que Dios es y hace en nosotros, comprenderemos que perdonar no es hacer un favor al otro, sino un acto de gracia, como el que nosotros recibimos primero de parte del Otro.

¿Qué es perdonar?

En resumen, del texto comprendemos que perdonar es:

  • Una capacidad que viene de Dios y quizá la más valiente de las acciones.
  • Un proceso, que implica la comprensión de la propia condición respecto a Dios y, entonces también, respecto al otro.
  • Una decisión personal, una opción del corazón, que surge cuando decidimos dejar que Jesús abrace nuestras carencias y miserias, al permitir que nos ame y perdone.
  • Una expresión de amor, un regalo, la cancelación de una deuda.
  • Un valor, que permite asemejarnos a Dios, a Jesús. Al perdonar, nos parecemos al Señor, más que nunca.

Perdonar implica:

  • Aceptar nuestra realidad y reconciliarnos con ella.
  • Asumir que el otro nos ofendió, aceptar que el ofensor nos hizo mal, reconociendo el derecho que se tiene de hacer justicia, pero renunciando a él.
  • «Soltar» los pensamientos nocivos, decidiendo no guardar en el corazón todos aquellos sentimientos destructivos como el odio, la amargura y el rencor.
  • Modificar la conducta. Es decir, el perdón es acción. De la restauración interior, surge un cambio en la forma de vida, en la manera de relacionarse.

El canadiense Robert Enright afirma: «el perdonar no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor por el daño causado, ni niega el derecho a hacer justicia a la persona que ha sido herida. Tampoco le quita la responsabilidad al ofensor por el daño provocado… Perdonar es un proceso complejo. Es algo que sólo nosotros mismos podemos hacer… con la ayuda de Dios. Paradójicamente, al ofrecer nuestra buena voluntad al ofensor, encontramos el poder para sanarnos…Al ofrecer este regalo a la otra persona, nosotros también lo recibimos».

Entonces, ¿cómo perdonar?

Es necesario perdonar si deseamos vivir con salud y de una manera acorde al evangelio. No perdonar, absorbe la propia energía, desgasta, marchita poco a poco el corazón. Pero, ¿cómo hacerlo? Se requiere:

  • Tomarse su tiempo. Parece que, por ser cristianos, somos llamados a perdonar inmediatamente cualquier ofensa, pero no es así. Antes de hacerlo, es necesario hacer contacto con las propias emociones, con los sentimientos, aunque estos sean negativos, con el fin de no reprimirlos, sino darles una salida adecuada. Escribir lo que se piensa o se siente ante el ofensor, dialogar con una persona capacitada sobre la herida, el llanto como desahogo, son maneras sanadoras para iniciar a desalojar del corazón los sentimientos negativos.
  • Recordar que el Señor nos ha perdonado primero. Tenerlo presente, hará que estemos consientes de la propia condición.
  • Reconocer la herida. Para sanar, es necesario admitir que se está lastimado. Asumir lo que se siente, el propio dolor y coraje. Involucra reconocer la afrenta. Entender que el otro nos ha hecho mal.
  • Recordar el bien que traerá. Perdonar da vida. No hacerlo, consume por dentro, carcome. Dice Proverbios 17:22: El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos. Perdonar libera, da vitalidad, alivio y descanso.
  • Asumir el compromiso. Perdonar no es sencillo. Habrá altas y bajas. Será necesaria la completa disposición. Implica dejar de buscar culpables ante las desgracias vividas, y asumir la responsabilidad de la propia vida, para llegar a la restauración
  • Tomar la decisión. Dar el paso y perdonar. Si la herida es muy profunda, es necesario buscar ayuda de personas maduras. El Señor utiliza a personas para acompañarnos en nuestros caminos, para auxiliarnos en la sanación de las propias heridas.
  • Buscar una nueva forma de pensar sobre esa persona que ha hecho mal. Al hacerlo, por lo general, se descubre que es un ser vulnerable, probablemente con heridas también, necesitado (y a la vez objeto) de la gracia y amor de Dios, como nosotros.

La fragancia que cura

Perdonar posibilita la sanación de las heridas del alma. Es un proceso que requiere tiempo, similar al tiempo de sanación que necesita una herida en el cuerpo. Serán fundamentales la paciencia y la perseverancia, en la confianza de que el Señor es el Médico que está trabajando en nuestra sanidad.

Perdonar nos lleva camino a la restauración. Propicia que, aquello que lastima, deje de doler, y se trasforme en una experiencia de vida, parte de la propia historia, que da aprendizaje, crecimiento y madurez.

Perdonar es hacer bien a quien no lo merece, como Dios lo hace con nosotros. En palabras de Mark Twain: «Perdón es la fragancia que la violeta suelta, cuando se levanta el zapato que la aplastó».

Referencia

1           www.mercaba.com/Aprende a perdonar como Dios te perdona a ti

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