Un memorial es más que un recuerdo

Un memorial es más que un recuerdo

Min. Ausencio Arroyo

Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí (Lucas 22:19).

La fe es sobre todo confianza. Tener fe en Dios consiste en confiar en que el Dios eterno y majestuoso se ha manifestado, y que busca ser experimentado por los humanos como el ser santo y compasivo que dice ser. La fe implica un ámbito relacional que vivencia ese encuentro con lo divino, y posee también un aspecto racional que busca comprender el sentido de ese encuentro, el significado de su presencia, sus gestos simbólicos y sus palabras.

La fe cristiana comprende que hay ciertas cosas que son verdad, que podemos confiar en ellas y que iluminan nuestra percepción de la realidad, guían nuestras decisiones y acciones. Para la fe cristiana la experiencia religiosa se origina en la iniciativa del propio Dios, quien se nos manifiesta y nos declara sus principios de vida. Por tanto, no se trata solo de realizar actos que tengan la connotación de lo religioso, sino que estos actos sean establecidos, en su sentido y forma de realización concreta, por Dios mismo en su revelación.

Los actos religiosos posibilitan y describen el encuentro con lo sagrado y eterno. Cuando esta vivencia se reflexiona y se expresa en conceptos y actos, entonces se convierte en nuestra experiencia de Dios. Las experiencias deben ser puestas en palabras que conformen conceptos que describan lo que se percibe de Dios, a fin de comprenderlo y proclamarlo. Los conceptos teológicos, es decir, lo que se dice sobre Dios, definen lo que creemos y entendemos sobre Él y enuncian la manera de experimentarlo. Puestos en conjunto, estos conceptos remiten a posturas sobre Dios, el cosmos, el ser humano y la vida en sí; sin embargo, los conceptos teológicos no crean, más bien, describen e iluminan la realidad espiritual del creyente.

Haced esto en memoria de mí

Comer pan sin levadura y tomar el fruto de la vid para recordar a Jesucristo.

Hacia el final de su ministerio terrenal, previo a su pasión y muerte, Jesús entregó a sus seguidores la indicación de preservar la memoria de esto, revelando que su crucifixión no era solo una muerte más de la historia, sino que tenía el profundo sentido de sacrificio divino. Les indica comer y tomar alimentos de su cotidianeidad, trigo y uvas, para darles un valor simbólico. Ambos elementos debían ser quebrantados, previo a su consumo, para convertirse en sustento diario de sus cuerpos. Los granos de trigo debían ser molidos para transformarse en harina y luego en pan; del mismo modo, las uvas eran machacadas, en esos tiempos muchas veces con los pies, para extraer su jugo y obtener el dulce líquido que deleitaba el paladar.

El postulado bíblico de recordar los eventos históricos de la intervención salvífica de Dios tiene un sentido de reapropiar los beneficios del acto realizado. Tanto el griego anámnesis como el hebreo Zakkarion (conjugación qal: zakar) se traducen como memorial. El concepto plantea un doble mensaje: por un lado, hacer presente el pasado; y, por otro, hacer partícipe al creyente del presente en un acto del pasado. Con base en las indicaciones del memorial de la pascua, Éxodo 12:14, 13:3-16 y Deuteronomio 6:23, el participante del acto simbólico se deberá incluir entre los testigos o receptores originales del pacto: Y Moisés dijo al pueblo: Tened memoria de este día, en el cual habéis salido de Egipto, de la casa de servidumbre, pues Jehová os ha sacado de aquí con mano fuerte… Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto. Y te será como una señal sobre tu mano, y como un memorial delante de tus ojos, para que la ley de Jehová esté en tu boca; por cuanto con mano fuerte te sacó Jehová de Egipto. Por tanto, tú guardarás este rito en su tiempo de año en año (Éxodo 13:3a, 8-10).

El acto simbólico reconoce la intervención divina. Cuando se dice que Dios recuerda a su pueblo, lo salva. El practicante del memorial se sentirá incluido en la liberación, porque su efecto le ha alcanzado. La redacción de las explicaciones que se deben dar a los niños sobre su identidad de pueblo bendecido contiene esta postura: Cuando mañana te pregunte tu hijo, diciendo: ¿Qué es esto?, le dirás: Jehová nos sacó con mano fuerte de Egipto, de casa de servidumbre… Te será, pues, como una señal sobre tu mano, y por un memorial delante de tus ojos, por cuanto Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte (vv. 14, 16).

Sin importar el paso del tiempo, las generaciones posteriores de creyentes estaban contadas en la intervención divina. Así podemos comprender, por el memorial de la Cena, que ustedes y yo estábamos incluidos en el sacrificio de la cruz. Los participantes de los emblemas somos trasladados al evento histórico de la muerte sacrificial de Jesucristo. Es un memorial porque es Cristo mismo quien nos convoca, nos une en familia espiritual, sustenta y da sentido al encuentro como pastor de su pueblo. Como sacerdote oficia el sacrificio que trae reconciliación y esperanza. La comunidad de creyentes no es dueña de los símbolos, no usa sus palabras ni crea sus gestos simbólicos, más bien, los recibe como don de la iniciativa de Dios.

El pasado puede mirarse con nostalgia, evocar recuerdos y despertar sentimientos, pero puede ser solo un acto mental sin trascendencia. Sin embargo, cuando se afirma que la Cena del Señor es un memorial implica que reconocemos la suficiencia del sacrificio de Cristo, hecho de una vez y para siempre; no es necesario hacer nuevos holocaustos, basta rememorar el evento histórico conformado por la muerte, resurrección y ascensión del Hijo de Dios como sucesos únicos e irrepetibles. Es un verdadero memorial porque Cristo se hace presente en los emblemas, son su cuerpo y su sangre. El acto al que remite proclama la donación de su vida para reconciliarnos con el Padre.

Repetir un acto para rememorar un encuentro original es más que el recuerdo de un evento del pasado. En su etimología latina, recordar significa “volver a pasar por el corazón” (re: de nuevo y cordis: corazón). El acto de la Cena nos da la comprensión de que en el sacrificio de Cristo nosotros ya estábamos en su corazón; cuando fue a la cruz Él ya pensaba en nosotros. No se trata de repetir una cena cualquiera, se trata de conmemorar una cena única e irrepetible. Nuestra Cena del Señor nos conecta con el evento histórico que nos da sentido de pertenencia e identidad. Tenemos vida en Dios gracias al cuerpo de Cristo que fue quebrantado para nosotros. Somos restaurados a su imagen y semejanza por la fuerza de su gracia que moldea nuestro carácter. Su victoria en la cruz crea la esperanza de victoria sobre nuestra vulnerabilidad y mortalidad.

Hacer memoria por medio del pan y el vino es comprender el estado de angustia y soledad que experimentó Jesús ante la traición de un seguidor, las burlas de los curiosos y los verdugos, las flagelaciones corporales, la cobardía de los suyos, la negación de un “amigo”, y el silencio del Padre, para revalorar la mirada tierna de Dios sobre sus criaturas y comprender el profundo amor que llevó a Jesús hasta la muerte en la cruz por quienes no lo merecíamos. Al activar la memoria se mantiene viva la experiencia, conectando nuestro presente con el acontecimiento histórico que trasciende los tiempos.

Más que un recuerdo, la presencia real de Cristo en los emblemas de la Cena

Yo soy el pan que da vida. Sus antepasados comieron maná en el desierto, pero de todas maneras murieron. Aquí está el pan que baja del cielo. El que lo come, no muere. Yo soy el pan viviente que bajó del cielo. Si alguno come este pan, vivirá para siempre. Este pan es mi cuerpo y lo entregaré para que la gente pueda tener vida. Entonces los judíos comenzaron a discutir entre sí. Se preguntaban: —¿Cómo va a hacer ese para darnos a comer su propio cuerpo? Jesús les dijo: —Les digo la verdad: si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre, no tendrán la verdadera vida dentro de ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo vivo en él (Juan 6:48-56).

¿Cómo se debe interpretar las expresiones de “mi carne” y “mi sangre” en el acto de la Cena del Señor? Se han dado varias respuestas:

La doctrina de la transubstanciación. Quienes enseñan esta doctrina toman en el sentido más literal posible las palabras “esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre”. La creencia es que cuando el Señor pronunció estas palabras transformó el pan y el vino sobre la mesa en su propio cuerpo y en su propia sangre, y luego los dio a los apóstoles. Sostienen que los sacerdotes, debido a la sucesión apostólica, tienen el poder de hacer un cambio similar por medio de la oración de consagración y del pronunciamiento de las mismas palabras. Afirman que las características del pan y el vino permanecen, es decir, que el pan sabrá como pan y el vino como vino, pero la sustancia que subyace en ellos cambia, de modo que el pan no sea más pan sino el cuerpo de Cristo, y el vino no sea más vino sino la sangre de Cristo. Siendo que la sangre está incluida en el cuerpo, el laicado solo recibe el pan, y el sacerdote recibe el vino.

La doctrina de la consubstanciación. El reformador Lutero protestó contra la doctrina romana de la transubstanciación, pero conservó, de manera objetiva, el valor salvador de la ordenanza. En este sentido, aceptó las palabras de la institución en su significado literal, pero negó que los elementos fueran cambiados por la consagración. Mantuvo que el pan y el vino permanecían igual, pero que en, con y debajo del pan y el vino, el cuerpo y la sangre de Cristo estaban presentes en el sacramento para todos los que participaran, no solo para los creyentes. De aquí que, con el pan y el vino, el cuerpo y la sangre de Cristo serían recibidos literalmente por todos los comulgantes. Siendo que la presencia de Cristo está solo en los elementos consumidos, los remanentes no son otra cosa que pan y vino. Afirma que la bendición es dada a los que participan en fe.

La doctrina como rito conmemorativo. El reformador suizo Ulrico Zuinglio, contemporáneo de Lutero, objetó a la interpretación literal de las palabras de la institución como lo enseñaba Lutero, y mantuvo en su lugar que cuando Jesús dijo “esto es mi cuerpo” y “esto es mi sangre” empleó una figura de lenguaje en la cual el signo se pone por la cosa señalada. En vez de que los elementos representen la presencia real, son más bien signos del cuerpo y de la sangre ausentes de Cristo. Por tanto, la Cena del Señor ha de considerarse meramente como una conmemoración religiosa de la muerte de Cristo, pero con una adición: que tiene el fin de producir emociones y reflexiones de apoyo, así como fortalecer el dominio de la voluntad.

La doctrina de la presencia espiritual de Cristo en los elementos. No es la bendición pronunciada la que hace un cambio en el pan o en la copa; sino que para todos los que se unen con disposición apropiada en la acción de gracias pronunciada por el oficiante, en el nombre de la congregación, Cristo está espiritualmente presente; de modo que ellos, verdadera y enfáticamente, pueden experimentar que son participantes de su cuerpo y de su sangre, porque su cuerpo y su sangre, por estar espiritualmente presentes, comunican la misma nutrición a las almas y la misma vivificación a su vida espiritual, como el pan y el fruto de la vid proveen a la vida natural. El pleno beneficio de la Cena del Señor es peculiar a aquellos que dignamente participan de ella. Aunque todos los que comen el pan y toman el vino que representan la muerte del Señor pueden también recibir vivencias devocionales, solo aquellos en quienes Jesús está espiritualmente presente reciben alimento espiritual por medio de su participación de los emblemas.

A partir de las palabras de Jesús “Esto es mi cuerpo” (Marcos 14:22), observamos una transignificación del elemento material a la verdad espiritual. El pan de la Cena trae el cuerpo de Cristo al presente, esa presencia es real, pero no literal. El significado del acontecimiento se hace presente una vez más a partir de la acción de gracias y la bendición. De manera similar, el “recuerdo” (anámnesis) de 1 Corintios 11:24-25, según el trasfondo judío, no era simplemente un recuerdo mental ni la repetición real de algo, sino la conmemoración de un evento pasado para vivir su experiencia y recordarlo para participar de sus actos redentores. La liberación histórica es irrepetible, pero sus efectos se reafirman.

En el pensamiento bíblico, incluido el alimento, algo es santificado para un propósito dado “por la palabra de Dios y por la oración” (1 Timoteo 4:5). De manera similar, los efectos de la conmemoración se logran debido a la designación de Dios de lo que se debe hacer (declarado por la Palabra de Dios) y la intención humana de hacer lo designado (expresada por la oración). En el contexto de la Cena del Señor esto significa que el pan y el vino ahora tienen una función diferente a la que tienen como alimento de mesa, su propósito en el memorial de la entrega de Jesús es traer el perdón. En este contexto judío de pensamiento y práctica, los primeros cristianos partieron el pan y bendijeron la copa; al hacerlo, revivieron el momento en que Jesús estuvo presente personalmente, en sus asambleas, el cuerpo y la sangre de Jesús ofrecidos en la cruz y sus efectos se hicieron reales.

Los emblemas alientan la esperanza

Los emblemas sagrados son puntos de intersección entre la gracia y la fe, son el encuentro de una gracia que desciende de Dios y se derrama sobre los participantes de los actos representativos. Cuando comen el pan y beben el vino, los elementos se hacen eficientes en la fe del creyente. En términos doctrinales se puede decir que: la gracia es causa y la fe es condición. Sin la presencia de Cristo en el pan y el vino no habría contenido espiritual. Sin la fe del participante ni el pan ni el vino producen efecto. A través de la conmemoración de la Cena, el Señor expresa su deseo de permanecer con su iglesia, haciéndose presente por la fe en la Palabra y los emblemas (símbolos sagrados) que apuntan, en un sentido, al momento histórico del sacrificio y, por otro, a la promesa de una humanidad renovada por su amor. Así, la iglesia se mantiene confiada en la esperanza bienaventurada de la manifestación gloriosa de quien venció la muerte (Tito 2:13).

La Cena del Señor alienta la esperanza y confianza en el triunfo final sobre el pecado y la muerte, por la resurrección de Jesucristo que trae restauración y transformación a la creación entera. La fe que se alimenta de la fuente de vida resiste a la tentación de una resignación estéril. La Cena es para la comunidad cristiana y para el mundo una garantía de que los poderes destructores y las realidades hostiles no tienen la última palabra. Dios intervendrá con su amor y poder para cambiar las cosas.

La Cena del Señor se centra en la esperanza cristiana no solo de forma doctrinal sino también ética. La venida de Jesús trajo esperanza al mundo. Cumplió el deseo de Israel por la venida del Mesías (Lucas 1:31-33, 54, 68-69; 2:29-32; Juan 1:41). Sin embargo, muchos israelitas no aceptaron a Jesús y cooperaron en su muerte. A pesar de esta aparente derrota, resucitó de entre los muertos y envió al Espíritu Santo a obrar en el mundo. Su venida en el Espíritu fue la promesa de su regreso en gloria (Apocalipsis 3:11; 22:7, 12, 20).

Los primeros cristianos creían que Jesús vendría pronto y clamaron con el apóstol: «Señor nuestro, ven» (1 Corintios 16:22). Los creyentes contemporáneos debemos continuar esperando que Cristo venga pronto porque una esperanza diferida propicia corazones desamparados y decepcionados. La Cena del Señor es una fiesta de amor y alegría que se come con fe en que el reino de Dios ha venido y está por venir (su plenitud). Jesús celebró la Última Cena como la última comida con sus discípulos antes de comer y beber con ellos en el reino de Dios (Marcos 14:25): quiso que la cena se celebrara como la comida «entre dos eras», celebrando la nueva era del «ya», que está superando la vieja del «todavía no» (1 Corintios 10:11). Por tanto, es una cena escatológica, «hasta que él venga» (1 Corintios 11:26).

En el tiempo de la Cena experimentaremos una noche diferente. Esa noche es singular porque Dios trajo la liberación plena. El ser humano siendo incapaz de resolver sus problemas esenciales permanecía cautivo bajo el poder del pecado. Solo el amor sacrificial de Cristo le pudo traer al universo entero la verdadera reconciliación. Lo que parece un acto violento e insensible constituye la expresión más profunda de amor sublime, y lo que parecía la mayor debilidad divina fue la victoria sobre todos los poderes rebeldes. Pablo escribió: y despojando a las potestades y autoridades, las exhibió en un espectáculo público, triunfando sobre ellas en la cruz (Colosenses 2:15). Para nosotros, este tiempo debe ser de inmensa gratitud por la liberación que nos ha sido otorgada como regalo del Dios de amor. Su don infinito ha pasado por alto nuestras rebeliones, perdonó nuestra arrogancia y egoísmo y nos quitó el temor. Es más que un recuerdo.

La Cena del Señor no es solo un rito conmemorativo, pues la persona conmemorada está presente y activa.

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Guiados por el espíritu

Guiados por el espíritu

Min. Ángel Erazo Pineda

En el marco de una reunión con el equipo del liderazgo pastoral de la iglesia local, y al mencionar que la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo y sostenida por la presencia de Jesucristo, uno de los líderes con cierta angustia en su rostro y preocupación por desarrollar su liderazgo encargado por la congregación, hizo la siguiente pregunta: “¿Cómo saber lo que es ser guiado por el Espíritu Santo?”; además de él, otra hermana que se encontraba sentada junto a él asintió con la cabeza, demostrando que la pregunta era compartida y también sentía la misma necesidad por comprender el sentido de la afirmación.

De pronto, al revisar la mayoría de los documentos rectores de nuestra iglesia encontramos este enunciado, dando por entendido que todos los creyentes que integran la Iglesia comprenden las implicaciones de lo que significa ser guiados por el Espíritu; sin embargo, dada la experiencia presentada al inicio del texto, seguramente aún encontramos líderes o creyentes que se pueden estar cuestionando sobre el significado de ser guiados por el Espíritu.

El presente artículo tiene como propósito recordar a los lectores que el Espíritu Santo guía al creyente en su proceso formativo basado en el estudio de la Escritura, al enseñarlo, redargüirlo, corregirlo e instruirlo.

También lo que se busca con el presente artículo es reconocer que, como creyentes, es necesario contar con un proceso formativo de manera continua, teniendo presente que la lectura de la Escritura no es para informar, sino para formar a las personas con la ayuda del Espíritu Santo.

Si la espiritualidad se distorsiona, se distorsiona la comprensión de las Escrituras.

En el prólogo del Fundamento Doctrinal de la Iglesia de Dios (7° Día) se hace un breve análisis del contexto actual que las personas viven debido a su espiritualidad.

Es una espiritualidad subjetiva. La verdad se mide por la experiencia vivencial y subjetiva del individuo; ya no se busca la verdad religiosa que toca el entendimiento escritural sino la verdad interna del sujeto. La conciencia individual es lo que determina todo lo religioso.

Es una espiritualidad emocional. Estamos en una época en donde prevalece el “emocionalismo”; hay una sobrevaloración de la afectividad, se da la primacía a lo sensible por encima de la razón y el pensamiento lógico. Esta emocionalidad considera a la intuición como un modo de conocimiento primario y fundamental.

Es una espiritualidad tribal. Se considera a la comunidad como la fuente de todos los valores morales y espirituales porque en todo y todos los demás, hay un desmoronamiento de las estructuras institucionales. La comunidad se vuelve excluyente ya que suele calificarse como la única portadora de la verdad.

Es una espiritualidad sincretista. El sincretismo posmoderno se manifiesta en la aceptación de elementos extranjeros, y en la revitalización de tendencias arcaicas, el florecimiento de la demonología, la astrología, las supersticiones, las creencias y prácticas teúrgicas (poder de los ritos). Por ejemplo, alguien puede ser cristiano y creer en la reencarnación o tener una religiosidad light que evade el carácter celoso de Dios, que empequeñece la gravedad del pecado, excluye del Reino toda referencia al dar cuentas a Dios y que predica a un Cristo solo en su aspecto de gloria, sin ninguna relación con el sufrimiento.

En medio de esta realidad contextual sobre la espiritualidad, resulta complejo que las personas recurran a la Palabra escrita, la Biblia, de manera acertada, pues todas las influencias e incorrectas interpretaciones de lo que es la espiritualidad, o, viviendo en medio de espiritualidades construidas a modo, si la espiritualidad se distorsiona, también se distorsiona el acercamiento y comprensión de las verdades contenidas en las Escrituras.

La necesidad de seguir recurriendo a la Escritura

Vivimos en una realidad bombardeada de información, una gran variedad de dispositivos electrónicos con acceso a internet, redes sociales, sitios web, documentos impresos y medios televisivos, nos mantienen en un constante contacto con información de todo tipo, que inevitablemente influye en nuestras creencias y perspectiva que se tiene del mundo y sus situaciones.

Cada vez es más complicado saber identificar cuál o cuáles fuentes de información son formativas y cuáles deforman; a veces, de manera inconsciente aceptamos y adaptamos a nuestros conocimientos ideas y tendencias que marcan nuestro ser y hacer, sin siquiera cuestionarlas o filtrarlas para saber si son benéficas o no.

Por eso, el reto de tener una correcta formación en ideas, principios, creencias y criterios, implica que tenga que ser un proceso de formación bien pensado y consciente, de lo contrario, solo se estará aceptando información que distorsione la percepción de la realidad y una incorrecta toma de decisiones.

El teólogo Daniel Rebolledo (2023) afirma que en las mismas Escrituras, específicamente en el Nuevo Testamento, se describe a la Biblia como alimento; en el Evangelio según Mateo en su capítulo 4 y versículo 4 comenta que, Jesús dijo: Escrito está: no solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de boca de Dios. Mientras que el escritor del libro de Hebreos comenta que la Palabra de Dios es como leche y alimento sólido (Hebreos 5:13-14). Los cristianos necesitan alimentarse de aquello que nutre su vida espiritual; no se puede pretender sobrevivir sin ningún tipo de alimentación.

Entendiendo que la Biblia es el alimento para los cristianos, es necesario mencionar que en el año 2021, Especialidades 625 organizó una convocatoria online llamada “Iglesia Next”, en la cual se realizó una Consulta Iberoamericana acerca del estado del trabajo con las nuevas generaciones en las iglesias cristianas. En esta consulta, una de las preguntas se refería a la lectura bíblica, la interrogante decía: ¿Cuántas veces lees la Biblia en la semana? Un total de 3233 pastores y líderes de más de 20 países respondieron de la siguiente manera: el 31% lee la Biblia más de 5 veces por semana, otro 29% dijo que la lee alrededor de 3 veces o al menos una vez, y un 11% respondió que no ha leído la Biblia por cuenta propia durante mucho tiempo.

Aquí estamos hablando de pastores y líderes de iglesias, lo cual es preocupante. Si los líderes de las diferentes comunidades no leen la Biblia, ¿qué podemos esperar de la comunidad en general? Puede sonar osado o atrevido, pero es una realidad que se debe exponer: en la actualidad nos encontramos ante una época en la que hay seguidores de Jesús que no leen su Palabra, lo cual podría considerarse un analfabetismo bíblico.

El analfabetismo bíblico es un síntoma que se genera cuando la comunidad que gira en torno a la Biblia, es decir, la Iglesia, no la estudia, lo que lleva a un desconocimiento de lo que esta dice.

La dirección del Espíritu Santo en la formación del creyente

Schweizer E. (1984), hace un tratamiento completo sobre lo que es y cómo participa el Espíritu Santo en la dirección de las personas; él afirma que Juan tal vez fue quien con mayor profundidad reflexionó acerca de lo que es el Espíritu Santo; por eso insiste continuamente en lo mismo con una monotonía tremenda: el Espíritu nos otorga, en las palabras de predicación de los discípulos, la visión de Jesús; lo que los profetas veterotestamentarios vivieron en circunstancias excepcionales de la irrupción del Espíritu de Dios, se ve completado y superado por el único hecho que contradice a toda comprensión humana: que el Espíritu nos lleva a contemplar a Jesús con nuevos ojos y a descubrir que Dios trata de venir a nosotros precisamente de esa manera.

También para Pablo, Jesús es ante todo el Crucificado y el Resucitado. ¿Qué es el Crucificado?, quiere decir que la fuerza de Dios se revela en la debilidad; por eso Pablo pone de relieve de una manera tan intensa que el Espíritu incorpora a los hombres al cuerpo de Cristo y que Él comunica sus dones, de tal manera que cada uno necesita de los demás y que nadie puede pensar que lo posee todo e incluso que, con su don, se halla por encima de los otros. Así, pues, el Espíritu edifica la comunidad, funda la comunión, porque libera a los hombres de considerarse a sí mismo como el centro y la norma. Que Jesús es el resucitado significa que el hombre piadoso no vive todavía donde vive Cristo y que, por tanto, todavía no está en la plenitud del reino (no como lugar geográfico sino como dimensión). Precisamente a la comunidad se le otorga en alta medida la sobriedad que ve al mundo realísticamente con sus necesidades y miserias y así puede padecer con él. Pero como Dios no deja que su creación fracase y quiere completar alguna vez lo que nosotros solo podemos realizar de un modo fragmentario, en humanidad, justicia y atenciones mutuas, por eso todo lo fragmentario adquiere su sentido. Así el Espíritu, según Pablo, otorga la comunión, la libertad y la esperanza.

¿Qué es lo que significa el Espíritu Santo hoy?

Ante todo, se puede afirmar simplemente: el Espíritu Santo nos hace estar abiertos a Jesús; la comunidad percibió esto de tal manera que ella al principio solo veía al Espíritu Santo en Jesús; y luego puso de relieve que fue Jesús el que, como Resucitado, le proporcionaba el Espíritu y finalmente en Pablo y, con mayor intensidad todavía en Juan, vio como una acción decisiva del Espíritu el hecho de que él había hecho viviente a Jesús para ella. Si un hombre empieza a comprender que el modo como vivió y murió Jesús, que al principio le parecía tan sin sentido, es aquel que le podía poner nuevamente en orden con Dios, entonces opera allí el Espíritu Santo. Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre… lo que Dios nos ha revelado por su Espíritu… a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura los gentiles, pero para los llamados… poder y sabiduría de Dios (1 Corintios 2:9-10; 1:23 24).

Ya en el Antiguo Testamento, y mucho más en el Nuevo, nos vemos impulsados cada vez más hacia la vinculación del Espíritu y Palabra. El Espíritu preserva a la Palabra de convertirse en la simple repetición del pasado; Él nos hace ver las necesidades de los hombres actuales y de ahí nos impulsa a preguntarnos qué es lo que la antigua palabra trata de decirnos de nuevo hoy; esto alerta para escuchar lo que, por ejemplo, descubren los análisis sociológicos y lo que proyectan los programas sociales, aun cuando ellos proceden de sectores muy distintos de los de la iglesia. Y, al revés, la Palabra salvaguarda al Espíritu para que no sea solo una fuerza difusa e indeterminada. Ella define ciertas líneas fundamentales imprescindibles de la voluntad divina y, al mismo tiempo, nos recuerda los límites de los planes y posibilidades humanas. Así, pues, el Espíritu suministra la fuerza creativa para el futuro, que la Palabra hace que se haga viva de una manera nueva e insospechada; y así también, por el contrario, la Palabra proporciona al Espíritu la claridad que nos recuerda la voluntad de Dios y nuestros límites, y nos preserva de la peligrosa media-verdad de la utopía.

El mismo Schweizer afirma también que de esta manera volvemos a aquello que se decía anteriormente acerca de Jesús: en Él vive toda la historia del Israel del Antiguo Testamento, con todas sus tentativas de entender el Espíritu de Dios, ahora se realiza y se cumple esto; toda la vida de Jesús y, sobre todo su muerte, no es otra cosa que un permanente contar con Dios, del cual, sin embargo, nunca dispone él arbitrariamente; esto le proporciona aquella inaudita libertad que hace que los publicanos y las prostitutas se hallen en su sociedad; esto eliminó los límites que se hallaban establecidos entre él y aquellos, y estableció la comunidad de mesa, que, en la última cena, se hizo más evidente que en ninguna otra parte. Esto se mostró como dirección de Dios, que le condujo a la cruz contra todos los deseos y los planes humanos. Él no eliminó nada de la cruz, sino que pudo exclamar: “¿Por qué me has abandonado?”, pero también afirmó a Dios mientras oraba: “¡Dios mío, Dios mío!”. Él, en su actuación terrena, habló en muchas parábolas del reino de Dios que vendría, e incluso se entregó en sus manos cuando, al parecer, no quedaba ya ningún futuro para él mismo y para el movimiento que trataba de desarrollar. Así experimentó Él que el futuro pertenece a Aquél que le resucitó de entre los muertos, y con ello, le hizo Señor de todos aquellos a los que ha de seguir llamando el Espíritu.

Siendo enseñados, redargüidos, corregidos e instruidos bajo la dirección del Espíritu

En 2 Timoteo 3:16-17: Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. Pablo exhortó a Timoteo: Continua en estas cosas porque la Biblia viene de Dios y no de hombre. Esto es un libro inspirado por Dios, espirado del mismo aliento de Dios. Recordemos que es posible creer en la inspiración de la Biblia en principio, pero negarlo en la práctica; esto lo hacemos al imponer nuestro propio significado en el texto en lugar de dejar que hable por sí mismo; hacemos esto al poner más de nosotros en el mensaje que lo que Dios dice; esto lo hacemos al interesarnos más en nuestras opiniones cuando predicamos que en explicar y proclamar lo que Dios ha dicho; esto lo hacemos cuando hacemos un mediocre estudio y exposición. Por lo contrario, honramos a Dios y su Palabra cuando, mientras sea posible, dejamos simplemente que el texto explique y enseñe por sí mismo.

Y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia. Pablo exhortó a Timoteo a continuar en estas cosas porque la Biblia es útil, y útil de muchas formas: Útil para enseñar, para decirnos qué es verdadero acerca de Dios, el hombre, el mundo en el que vivimos, y el mundo que ha de venir. Útil para redargüir, para corregir, con la autoridad para reprendernos y corregirnos; todos estamos bajo la autoridad de la Palabra de Dios, y cuando la Biblia expone nuestra doctrina o nuestra conducta como equivocada, estamos equivocados. Útil para instruir en justicia, nos dice cómo vivir en verdadera justicia; Pablo sabía que era la verdadera justicia en lugar de la falsa y legalista justicia en la que él dependía antes de su conversión.

Todo esto quiere decir algo muy simple: nosotros podemos entender la Biblia; si la Biblia no pudiera ser entendida, no habría nada útil de ella.

A fin de que el hombre de Dios sea perfecto. Cuando vamos a la Biblia y dejamos que Dios nos hable, nos cambia, nos lleva a la perfección y nos transforma. Una manera en que la Biblia nos transforma es a través de nuestro entendimiento. Romanos 12:2 dice: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Cuando dejamos que la Biblia guíe nuestro pensamiento, nuestras mentes son renovadas y transformadas, así que realmente empezamos a pensar de la manera en la que Dios piensa.

Para que esto sea realidad es necesario que la Palabra de Dios tenga autoridad sobre cada creyente, y solo con la dirección del Espíritu Santo, la Escritura divina tendrá sentido y valor en la vida de las personas, de lo contrario solo será un texto más.

La dirección del Espíritu para formar a los creyentes

El Espíritu Santo desempeña un papel crucial en la comprensión de la Palabra escrita en la Biblia. A continuación, se detallan las principales formas en que ayuda a los creyentes a interpretar y aplicar las Escrituras.

1. Comprensión espiritual: La comprensión de los textos bíblicos no se limita al significado literal. El Espíritu Santo proporciona discernimiento espiritual, sin su intervención. Los seres humanos pueden interpretar erróneamente las Escrituras debido a su naturaleza pecaminosa y su alienación de Dios (Efesios 4:18). El apóstol Pablo enfatizó que las cosas espirituales se disciernen espiritualmente (1 Corintios 2:14), lo que indica que el entendimiento profundo requiere la guía del Espíritu.

2. Generación de deseo: El Espíritu Santo despierta en los creyentes un deseo de conocer y aplicar la Palabra de Dios en sus vidas. Esto incluye la capacidad de ver cómo las enseñanzas bíblicas son relevantes para situaciones cotidianas y decisiones personales; sin esta motivación divina, las Escrituras pueden parecer irrelevantes o distantes.

3. Convicción y enseñanza: Además de guiar en la comprensión, el Espíritu Santo también convence a los creyentes de su necesidad de seguir las enseñanzas bíblicas, infundiéndoles esperanza y propósito (Romanos 8:26-27). Este proceso incluye traer convicción sobre el pecado y guiar hacia una vida que refleje los principios del reino de Dios.

El Espíritu Santo fomenta una comunidad entre los creyentes al guiarlos hacia una comprensión compartida de la verdad bíblica. Esto crea un ambiente donde se puede discutir, aprender y crecer juntos en la fe.

En resumen, el Espíritu Santo no solo inspira las Escrituras, sino que también actúa como guía, maestro e intercesor, facilitando así una comprensión profunda y transformadora de la Palabra de Dios.

Referencias bibliográficas.

Fundamento Doctrinal de la Iglesia de Dios (7° día), Versión septiembre del 2023.

Rebolledo D. (2023). Viejas Escrituras para nuevas generaciones, El lugar de la Biblia en la teología cristiana, en Teología en tiempos de TikTok, Ed. e625. Dallas, Texas.

Schweizer E. (1984). El Espíritu Santo. Ed. Sígueme, Salamanca.

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Adoración renovada: una vida de entrega y frutos.

Min. Derick Jaramillo

Jonathan Edwards expresó: «El amor de Cristo fue de tal manera que se entregó a sí mismo por nosotros, su amor no consistió meramente en sentimientos, ni en esfuerzos ligeros, ni en sacrificios pequeños, sino que mientras nosotros éramos sus enemigos, aun así Él nos amó de tal manera que tuvo un corazón para negarse a sí mismo y asumir los esfuerzos más extraordinarios y pasar por los peores sufrimientos para beneficio nuestro, Él renunció a su propia comodidad y tranquilidad e interés y honor y riqueza, y se hizo pobre y despreciado, y no tuvo donde descansar su cabeza, y lo hizo por nosotros; cuando se trata de amar, Cristo Jesús es nuestro modelo a seguir, Él se hizo sacrificio vivo por nosotros, y cuando se trata de adorar, Cristo también es nuestro modelo a seguir quién nos capacita para honrar a Dios con toda devoción y todo nuestro ser» (Edwards, 1738/2002).

La renovación hacia una vida de adoración en el Espíritu es un llamado profundo que cada uno de nosotros, como creyentes, debemos atender con el corazón abierto. En el tiempo de postpandemia que aún vivimos, donde se nos ha endurecido un poco a todos el corazón por tantas pérdidas, es sumamente necesaria una renovación de nuestra persona e iglesia mediante una vida que adora con todo lo que somos, en todo lo que hacemos. El apóstol Pablo, en Romanos 12:1-2, nos presenta un mensaje poderoso que nos invita a transformar nuestra vida a través de la adoración.

Pablo escribe a la iglesia en Roma en un contexto muy particular. En medio de la diversidad cultural y la presión social de la ciudad, esta comunidad de creyentes enfrentaba desafíos significativos: desde la persecución, muerte, y hasta las divisiones internas. La iglesia, compuesta tanto por judíos como por gentiles, formaba un crisol de tradiciones y creencias. Según el comentarista C. E. B. Cranfield, “la comunidad cristiana en Roma era un crisol de diversas tradiciones culturales y teológicas, lo que la hacía vulnerable a disputas internas sobre la identidad y la práctica de la fe” (Cranfield, 2004).

Pablo, al dirigirse a ellos, no solo busca aclarar la doctrina de la salvación, sino también exhortar a los creyentes a vivir de manera coherente con su fe. Su llamado a la renovación espiritual se convierte en un ancla para una iglesia que lucha por mantener su identidad y propósito en Cristo. En medio de estos desafíos, Pablo les recuerda que la adoración genuina puede y debe ser un elemento central de su vida comunitaria.

Romanos 12:1-2 (NVI)

Por lo tanto, hermanos, les ruego que, por las misericordias de Dios, ofrezcan su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Ese es el verdadero culto que deben rendir. No se amolden al mundo actual, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios.

La adoración como estilo de vida

Cuando Pablo invita a los romanos a ofrecer sus cuerpos como sacrificio vivo, nos está recordando que la adoración es más que un acto aislado; se trata de un estilo de vida que refleja la devoción a Dios en cada acción, evoca la obediencia a Cristo. Alguien escribió: «La fuerza se mide en kilos, la velocidad en segundos, pero la entrega a Dios no la podemos medir, pero sí ver sus frutos». Este pensamiento nos recuerda que, aunque no siempre podemos cuantificar nuestra entrega, sus resultados son evidentes en nuestras vidas y en la comunidad que nos rodea. La adoración genuina trae consigo frutos que se manifiestan en relaciones sanas y un compromiso profundo con los principios del reino de Dios.

En este contexto, es fundamental que entendamos que Pablo no solo está hablando de una adoración que se limita al canto en la iglesia; está hablando de una vida que se entrega a Dios en cada rincón de nuestra existencia. N.T. Wright menciona que «la comunidad cristiana en Roma necesitaba entender su identidad como un pueblo llamado a reflejar la gloria de Dios en medio de una cultura que se oponía a ella» (Wright, 2004). Al hacerlo, Pablo resalta la importancia de vivir de manera que nuestras vidas se conviertan en un testimonio de la gracia y el amor de Dios.

La adoración se manifiesta en cada acción, la cual puede ser un acto de adoración si está enfocada en honrar a Dios y reflejar su carácter en nuestras vidas. El autor John Stott enfatiza que «la verdadera adoración implica rendirnos a Dios en todo lo que somos y hacemos, lo que transforma nuestra vida cotidiana en un acto de adoración» (Stott, 1994). Esta perspectiva amplía nuestra comprensión de lo que significa adorar y evidencia la renovación que busca Pablo para la iglesia en Roma.

El concepto de adoración también implica renuncia y entrega. Como creyentes, estamos llamados a despojarnos de nuestro ego y de nuestras quejas, lamentos y reproches. No podemos adorar a Dios plenamente si nuestras mentes y corazones están atados a lo negativo. Pablo nos exhorta a ser transformados por la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2).

La palabra griega ἀνακαινόω” (anakenóō), que se traduce como «renovar», implica un proceso continuo de transformación en nuestra mente y vida. Este cambio no es superficial, es una metamorfosis interna que nos lleva a una nueva forma de pensar y vivir. Por otro lado, la entrega, representada en el término griego sōma (σῶμα), significa «cuerpo», y nos invita a ofrecer cada parte de nuestra vida a Dios, convirtiendo nuestra adoración en un sacrificio vivo, santo y agradable.

La adoración, entonces, no es solo un acto ritual, sino una respuesta profunda y continua a la gracia de Dios en nuestras vidas. Te invito a reflexionar sobre tu propia vida: ¿Hay áreas que necesitan renovación? ¿Estás permitiendo que la adoración transforme tus acciones cotidianas? A medida que nos comprometemos a adorar con todo lo que somos, en todo lo que hacemos, podemos experimentar la renovación que Dios anhela para cada uno de nosotros y para nuestra iglesia.

Aplicaciones prácticas:

1. Cultivar una mentalidad de adoración: Dedica un momento diario para reflexionar sobre las misericordias de Dios en tu vida en Cristo. Escribe un diario de gratitud donde anotes al menos tres cosas por las cuales estás agradecido cada día. Esto ayudará a enfocar tu mente en la bondad de Dios y transformará tu perspectiva. 1 Tesalonicenses 5:18: Den gracias en toda situación, porque esta es la voluntad de Dios para ustedes en Cristo Jesús.

2. Integrar la adoración en las relaciones: En tus interacciones diarias con la familia, amigos y compañeros de trabajo, practica la adoración siendo intencional en mostrar amor y respeto. Recuerda que cada acción puede ser un acto de adoración si se hace con un corazón sincero. Colosenses 3:23: Todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

3. Renunciar a lo negativo: Establece un compromiso de no quejarte durante una semana. Observa cómo esto afecta tu estado de ánimo y tu capacidad para adorar. Elimina las quejas y en su lugar, busca lo positivo en cada situación, confiando en que Dios tiene un propósito. Filipenses 2:14: Hagan todo sin quejas ni discusiones.

4. Servir a otros como acto de adoración: Busca oportunidades para servir a los demás, ya sea en tu iglesia, comunidad o familia. Al hacerlo, recuerda que servir a otros es un acto de adoración a Dios, donde reflejamos su amor y compasión. Gálatas 5:13: Ustedes, hermanos, han sido llamados a ser libres. Debemos pedir a Dios que nos libre de un amor excesivo hacia nosotros mismos y un amor insuficiente hacia nuestro prójimo.

Conclusión

La adoración renovada no es solo un acto, sino un estilo de vida vibrante que nos llama a entregarnos por completo a Dios en cada rincón de nuestra existencia; al hacerlo transformamos no solo nuestras vidas, sino también nuestras comunidades reflejando la gloria de un Dios que merece nuestra entrega total. En un mundo sediento de autenticidad y esperanza, cada acción, cada palabra y cada relación se convierten en un poderoso testimonio del amor y la gracia divina, desafiándonos a vivir con fervor y a demostrar que, a través de nuestra adoración podemos experimentar una vida llena de propósito, frutos abundantes y una renovación que impacta a todos a nuestro alrededor. ¡Que nuestra adoración sea un fuego inextinguible que inspire a otros a unirse a este llamado glorioso!

Referencias

1. Cranfield, C. E. B. (2004). A Commentary on the Epistle to the Romans. The Epworth Press.

2. Stott, J. (1994). The Message of Romans: God’s Good News for the World. InterVarsity Press.

3. Wright, N. T. (2004). Paul for Everyone: Romans, Part 1. Society for Promoting Christian Knowledge.

4. Bibilia Interlineal (2013). La Biblia Interlineal Griego-Español. Editor: Estudios Bíblicos.

5. Edwards, J. (2002). Charity and Its Fruits. (S. E. F. T. Leith, Ed.). Carlisle, PA: Banner of Truth Trust. (Original work published 1738)

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Si uno cae el otro puede darle la mano

Si uno cae el otro puede darle la mano

J. Carlos Arce Calvario

Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas (Eclesiastés 4:10, NTV).

La vida en comunidad es un regalo de Dios para el ser humano. Quienes hemos logrado establecer relaciones amistosas sabemos el valor de aquellas personas a quienes libremente hemos elegido llamar hermanas y hermanos.

Hace unos años, mi madre citaba aquel dicho popular que dice: “Dime con quién estás y te diré quién eres”, en clara alusión a mis amigos. Injustamente los hice responsables de muchas hojas de informes que detallaban mis acciones y comportamientos. Digo “injustamente” porque ella ignoraba que, en algunas ocasiones, yo era el instigador de acciones que derivaron en numerosos llamados de atención por parte de nuestros padres.

Con el paso de los años, ese dicho empezó a tener sentido al darme cuenta de que las personas que nos rodean influyen profundamente en nuestras vidas y, al mismo tiempo, nosotros influimos en las vidas de los demás. Pertenecer a una comunidad implica una responsabilidad compartida.

La vida en comunidad, especialmente en una comunidad cristiana, es un bálsamo en tiempos de angustia y necesidad. En él encontramos una familia que se niega a dejarnos rendir, amigos que nos apoyan cuando flaqueamos y hermanos que escuchan nuestras quejas con paciencia y ofrecen palabras de aliento o incluso de corrección cuando es necesario.

Ciertamente, la vida en comunidad no siempre es fácil. Encontramos diferencias y quizás actitudes que causan dolor. Sin embargo, nuestra iglesia debe ser un lugar para sanar y nutrir corazones, no para infligir dolor. Debemos mantener los ojos abiertos y los oídos atentos a las señales de nuestros amigos y hermanos en la fe que puedan estar atravesando dificultades, aunque no lo expresen explícitamente.

Aquellos de nosotros que hemos superado momentos de crisis sabemos que Dios a menudo habla a través de las palabras de hermanas y hermanos que tienen algo significativo que compartir. Hemos sentido el abrazo de Dios en los brazos de nuestros amigos y hemos encontrado consuelo en los hombros de nuestra comunidad.

No, no es bueno estar solo, y el autor del libro de Eclesiastés nos recuerda el profundo significado de la amistad y la importancia de llevar las cargas unos de otros. Se trata de dar la vida por nuestros hermanos y hermanas, así como Cristo se entregó a sí mismo.

La realidad es que a muchas personas que están sufriendo les resulta difícil establecer vínculos de amistad. Es aquí donde podemos intervenir aquellos de nosotros que hemos experimentado un dolor similar y hemos encontrado sanidad. Incluso si nunca hemos experimentado tal dolor, es una oportunidad para encarnar nuestra identidad cristiana y llevar curación a los afligidos y libertad a los corazones aprisionados por dolor y maldad. Seamos el amigo en quien otros encuentren un tesoro, un hombro sobre el cual llorar y el consuelo que Cristo, a través de nosotros, puede brindar.

Es hora de abrazar la bendición de llamarnos seguidores de Jesús. Es hora de entregarnos a quienes se sienten solos y en problemas. ¡Es hora de amar incondicionalmente, como lo hizo el Maestro en la cruz!

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Un llamado a la unidad en Cristo

Un llamado a la unidad en Cristo

Carla Liliana Moya Caza

«No somos salvos por nuestra asistencia a la iglesia, pero la iglesia es una parte vital de la vida de alguien que ha sido salvo. Mientras permanecemos en Cristo estamos unidos unos con otros»

(Kruger, 2021).

Cuando tomamos la decisión de ser seguidores de Cristo, adquirimos también responsabilidades. Una de las más importantes es replicar las acciones que realizó Jesús en su ministerio terrenal. Con sus palabras y acciones nos dejó dos tareas fundamentales que no pueden ser negociables ni pospuestas, estas se encuentran en Mateo 22: 37-39: Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, este es el primero y grande mandamiento y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Una iglesia dividida no puede crecer. Quizá te parezca raro, dentro de la iglesia también se levantan muros, barreras, delimitaciones, brechas, etcétera. Esto es fruto de los pensamientos carnales que se materializan en acciones concretas. Con frecuencia, nos hemos dedicado a separarnos, aislarnos y crear categorías donde nos ubicamos según nuestras ideas y conveniencias.

Estas actitudes divisorias se manifiestan de múltiples formas, a pesar de que presumimos compartir un mismo Espíritu y, por ende, un mismo pensar y sentir. Lamentablemente, esta realidad persiste dentro de la comunidad cristiana, evidenciándose en la incapacidad de consensuar para el trabajo conjunto, las luchas de poder y la oposición a nuestras autoridades, entre otros ejemplos.

Son muchas las formas en que estas acciones se manifiestan, aunque asumimos que tenemos un mismo Espíritu, por ende, un mismo pensar y sentir. Lamentablemente, esto existe dentro de la misma comunidad cristiana; evidenciándose en la incapacidad de ponerse de acuerdo para el trabajo, la lucha de poderes, la oposición a nuestras autoridades , entre otros ejemplos.

Las estadísticas revelan la existencia de aproximadamente 4,200 grupos o tipos de creencias en el mundo, con divisiones significativas incluso dentro del cristianismo. Esto pone de manifiesto la fragilidad de nuestra unidad y cómo aspectos secundarios pueden distanciarnos aún más.

Por lo tanto, es importante reflexionar, si hemos permitido que diferentes barreras se levanten dentro de nuestras congregaciones formando grupos y subgrupos que fragmentan nuestra valiosa comunión en la fe.

Un dilema habitual en nuestra cultura

Cuando se trata de trabajar juntos en la obra del Señor, debemos reconocer que la unidad es crucial, pero no es algo que se dé naturalmente, por eso debemos fomentarla y procurarla.

La época que vivimos está marcada por una cultura que afecta la colaboración efectiva de las congregaciones. Por poner algunos ejemplos, observamos que:

• La cultura moderna enfatiza el individualismo y la autosuficiencia. Las prioridades e intereses personales se anteponen a los objetivos comunes de la iglesia.

• La desinformación que se genera a través de las redes sociales, en ocasiones nos lleva a tomar posturas en situaciones que realmente desconocemos, a propagar rumores y chismes, lo cual genera divisiones.

• La falta de una comunicación horizontal y transparente, por parte de diversos líderes a nivel social genera desconfianza, malentendidos y conflictos, en la iglesia esto no es la excepción.

• Las diversas expectativas generacionales, pueden provocar fricciones. Las diferencias generacionales son una realidad que pocas veces hacemos consciente, privilegiando los métodos y perspectivas de una sola, fomentando así el adultocentrismo en las iglesias.

• Los conflictos no resueltos, generan resentimientos y divisiones. Hay que tener presente que, cuando se evitan confrontaciones, permitimos que los problemas se agraven.

Estos son algunos de los problemas más significativos que afectan la unidad en nuestro tiempo.

La característica de la Iglesia es la búsqueda de la unidad

Cuando los cristianos dejan de ser testimonio visible de unidad, fraternidad y armonía, fallan en su misión evangelizadora y pierden su eficacia como instrumentos para guiar a la humanidad hacia los propósitos divinos en la tierra. Así que, hermanos, os ruego por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer (1 Corintios 1:10).

En teoría, todos estamos de acuerdo en vivir la unidad de la iglesia como un distintivo principal en la Iglesia de Dios, y rechazar cualquier práctica que amenace este propósito. Sin embargo, el verdadero desafío radica en despojarnos del orgullo y los sentimientos de autosuficiencia, así como en romper con los valores mundanos que se contraponen a los objetivos comunes de la Iglesia.

La experiencia nos ha demostrado que hay más desacuerdo entre los cristianos cuando ponemos más énfasis en la diversidad que en la unidad; es decir, cuando nos centramos en lo que nos distingue en lugar de en lo que nos une.

Conclusión

Fomentar la unidad de la iglesia requiere un esfuerzo intencional y constante. Entendemos que hay diversidad dentro de nuestras congregaciones locales e internacionales, puede que en muchos aspectos seamos diferentes, pero al final somos muy semejantes; todos nacemos del amor de Dios. De hecho, Jesús mismo oró por la unidad de sus seguidores para ser un poderoso testimonio al mundo (Juan 17:21).

Mi experiencia como estudiante del Seminario de Entrenamiento Ministerial me ha enseñado que, a pesar de vivir a miles de kilómetros, en un país con una cultura diferente y prácticas eclesiales distintas, podemos vivir unidos como hijos e hijas de Dios.

Una verdad innegable, digna de profunda reflexión, es que una iglesia unida es una iglesia atractiva. Juntos, podemos lograr mucho más para la gloria de Dios. Nuestro testimonio de unidad se convierte en el mensaje más poderoso para atraer a otros al Evangelio.

Bibliografía

García, J. M. (2015). La religión en el mundo actual. La Albolafia: revista de humanidades y cultura.

Kruger, M. (2021). Creciendo juntas: Una guía para profundizar las conversaciones entre mentoras y discipulas. Estados Unidos: KREGEL PUBN.

Martínez, T. (2019). En las fronteras del cristianismo. ResearchGate.

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Shalom

Shalom

Bruno Delgado Puente

El término “shalom” se asocia comúnmente con la paz, aunque con una comprensión limitada de la paz simplemente como la ausencia de conflicto o guerra. Cuando consideramos que un país está en paz, normalmente queremos decir que no está involucrado en hostilidades abiertas con otra nación. Sin embargo, a pesar de esa tranquilidad superficial, el mundo suele estar plagado de crisis, sufrimiento y tribulaciones. Esta noción convencional de paz no alcanza la riqueza contenida en el shalom. Ahondemos en este profundo concepto.

Shalom abarca paz, plenitud, bienestar y salud. Por ejemplo, cuando en Génesis 15:15 Dios le dice a Abraham: Y tú vendrás a tus padres en paz, y serás sepultado en buena vejez, hace referencia a ser sepultado tranquilo, a gusto, despreocupado. Shalom es también ser un amigo de confianza. En la versión RV 1960, el Salmo 41:10 menciona: El hombre de mi paz. La versión NTV lo traduce como “mi mejor amigo”, porque ser el “Îsh shelomî” de alguien es ser amigo íntimo, alguien que nos hace sentir cómodos, estar en confianza y sin limitaciones.

Además, cuando shalom se emplea como verbo (“shalam”) en la Biblia, denota el acto de hacer la paz, restaurar y reconciliar. Proverbios 16:7 ilustra esto al afirmar: Cuando los caminos de un hombre agradan al Señor, aun a sus enemigos hace que estén en paz con él.

Por último, shalom como adjetivo, como se ve en Deuteronomio 25:15, transmite perfección o exactitud.

Así, percibimos que shalom trasciende la noción convencional de paz; significa la restauración completa de algo incompleto, representa la plenitud de una relación o un estado de absoluta comodidad y descanso. Shalom reconoce el intrincado tapiz de la vida, abarcando su totalidad en plenitud.

Considera un muro que se describe como en estado de shalom. Cada ladrillo y pieza que lo constituya sería impecable, sin grietas ni imperfecciones. De manera similar, nuestras vidas comprenden varias facetas: física, mental, emocional y espiritual. Navegamos por la familia, las amistades, el trabajo y las dinámicas sociales, junto con innumerables necesidades, responsabilidades, deseos y aspiraciones. Nos enfrentamos a recuerdos, tradiciones, expectativas sociales y presiones.

En medio de esta complejidad, lograr el shalom parece sumamente cmplicado, casi inalcanzable. Sin embargo, recordemos: Jesús vino a ofrecer su paz a todos (Juan 14:27). El profeta Isaías anunció el advenimiento de un Príncipe de Paz, anunciando una era de tranquilidad interminable (Isaías 9:6-7). Este príncipe es Jesús, quien reconcilió a la humanidad con Dios mediante su sacrificio en la cruz (Romanos 5:1); hizo shalom con nosotros.

El ministerio terrenal de Jesús se centró en la restauración, la consumación y la sanidad, trayendo shalom a la humanidad. Él sigue siendo la única fuente de shalom. En lugar de luchar incesantemente por la superación personal o el éxito, recibamos el shalom que ofrece Jesús. Al profundizar nuestra comunión con Él, seguir su ejemplo y discernir su voluntad para nuestras vidas, alcanzamos el shalom que Cristo otorga.

Hagamos eco de la proclamación del apóstol Pablo de que Jesús es nuestra paz -en griego eirene– (Efesios 2:14-15). Él extiende su vida como un regalo y nos invita a deleitarnos en su shalom.

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Caminando a la luz de sus promesas

Una doctrina que sana

Min. Ausencio Arroyo García

Con su poder divino, Jesús nos da todo lo que necesitamos para dedicar nuestra vida a Dios. Todo lo tenemos porque lo conocemos a él, quien nos llamó por su gloria y excelencia. Así, nos dio promesas preciosas y valiosas; confiando en ellas, ustedes serán semejantes a Dios y podrán escapar del mundo, el cual será destruido a causa de los malos deseos de los seres humanos (2 Pedro 1:3-4).

En un lejano 1924 comenzaron los estudios bíblicos sistemáticos para la membrecía de nuestra iglesia en México. Sus inicios fueron muy modestos, pero el fuerte apego a las Escrituras y el serio compromiso de obediencia de nuestros hermanos ha logrado que esta práctica perdure a lo largo de 100 años. La meta principal de las lecciones ha sido el aprendizaje para el crecimiento en el conocimiento y la experiencia de la fe cristiana.

Nuestra experiencia confirma la validez de la declaración de la Palabra revelada: somos un pueblo de mujeres y hombres bendecidos. Las Escrituras señalan que Dios, por su gracia, provee las virtudes que necesitamos para vivir en condición espiritual conforme a su corazón; ya que las condiciones de crianza y de influencia negativa del entorno son superadas por la intervención del Espíritu de Dios, quien actúa sobre nuestra mente y emociones y nos transforma para ser nuevas personas. Este es un proceso en el que vamos siendo conformados al carácter y la santidad de Cristo.

Necesitamos ser cambiados porque somos cortos de vista

Lo que hay en tus ojos define lo que ves. Es decir, el conjunto de ideas sobre el mundo y sobre el ser humano nos hacen ver la realidad de una forma particular. En el siglo primero, igual que ahora, se presume una supuesta libertad de ataduras: las personas tenían la tendencia a vivir con criterios egoístas. En el tiempo que se escribe la segunda carta de Pedro se divulgaba una filosofía de vida denominada epicureísmo; la cual consistía, entre otras cosas, en el rechazo de la autoridad divina sobre la vida moral, se proclamaban libres de restricciones, negaban que Dios gobernara la historia declarando que, más bien, ésta iba a su suerte.

El valor principal que promovían era lo útil. Juzgaban que no hay verdades morales absolutas, que solo se tienen opiniones particulares. Afirmaban que el hombre era la medida de todas las cosas y que cada uno tiene su verdad. Planteaban que las leyes morales eran convencionales, no naturales. Promovían la avaricia como válida y la consecución del placer por el placer; así como la evitación del dolor.

Varios de estos maestros se introdujeron en las iglesias. Algunos creyentes, ante la postergación del regreso de Jesús, dejaron de crecer en la gracia de Jesucristo y empezaron a vivir en la perspectiva de una existencia temporal, pensaron que no había retorno de Jesús y que, por lo tanto, no habría juicio final. En su escepticismo, estos, que una vez fueron seguidores de Jesucristo, quedaron atrapados por la filosofía de la época, dejaron los principios de la pureza y la justicia y se deslizaron hacia la inmoralidad.

El escritor sopla la tierra de los ojos de los lectores, y dice con dureza: El Señor castigará sobre todo a aquellos que se dejan llevar por sus sucios deseos y no respetan su autoridad (2 Pedro 2:10). Les reprocha el cinismo de asistir a los convites de la iglesia y comportarse como seres irracionales: Estos maestros insultan lo que no entienden… Ellos les hacen mal a otros y se les pagará con la misma moneda. Disfrutan haciendo a la vista de todos lo que les viene en gana; cuando cenan con ustedes, ellos son una mancha que causa vergüenza, pues con sus mañas lo echan todo a perder (2:12-13).

Hoy como ayer, un alto porcentaje de la humanidad está adoptando las propuestas de una vida sin Dios y, por lo tanto, sin valores permanentes. Para muchos no existe una realidad absoluta que determine las normas con las cuales deba vivir el ser humano. Proponen que cada uno debe, de su propio criterio y preferencia, definir cómo comportarse. El ser humano sin Dios busca ser ley a sí mismo; la sociedad que pretenden formar está caracterizada por el éxito basado en la avaricia y el egoísmo, es decir, su final es la ganancia. Se cree que cada uno tiene derecho de tomar lo que le venga en gana, solo porque así lo desea.

El espectro más oscuro de la búsqueda de la ganancia es la cosificación del otro. Los otros no son valorados como personas sino como cosas a las cuales se les quiere sacar provecho. Esto se hace evidente en muchos ámbitos de la vida: muchos políticos solo quieren nuestros votos para ocupar un cargo donde servirse, los ladrones quieren nuestros bienes, los asesinos las vidas, algunos hombres tratan a la mujer como su propiedad. Para muchas empresas, como las de internet, que en apariencia nos dan su servicio de forma gratuita, somos simples objetos, ya que nos convierten en consumidores y lucran con nuestras identidades y nuestros hábitos.

Este criterio está presente aun en los delitos más delicados como los secuestros, la trata de personas, el uso de niñas y niños como objetos de placer, igual que la industria de la pornografía y la prostitución; a todos los mueve el espíritu de la ganancia. Este es el mundo que estamos formando porque es lo que podemos hacer los humanos. Tenemos la vista muy corta, porque solo pensamos el presente.

La soberanía divina, un atributo olvidado

La imagen predominante de Dios es la de un ser misericordioso. Pero, se ha enfatizado tanto que parece que es el único aspecto del carácter divino. Aun los creyentes olvidamos que Él es Soberano y, por tanto, es juez. Los humanos, incluyendo muchos creyentes, hemos dejado de lado la actitud de reverencia ante la majestad divina. El texto de la carta nos enseña que la verdadera religión no viene de nuestros actos rituales sino del encuentro en temor reverente al Dios santo.

Las manifestaciones de Dios a los personajes del Antiguo Testamento provocaron temor y la postración ante lo Santo: Moisés fue exigido a quitarse sus zapatos, Isaías cayó de rodillas, Tomás reconoció a Jesucristo resucitado y le reconoció como su Señor y su Dios. La fe cristiana consiste en la sumisión a la voluntad divina. No se trata de hacer de Dios un ser mágico que cumple nuestros deseos. Él tiene el dominio real puesto que es eterno y único; además sabe y hace lo que es justo. Pedro argumenta la razón para esforzarse en vivir en obediencia a Dios: el futuro es de Dios y cumplirá sus promesas.

Como ya tienen esas promesas, esfuércense ahora por mejorar su vida así: a la fe, añádanle un carácter digno de admiración; al carácter digno de admiración, añádanle conocimiento. Al conocimiento, añádanle dominio propio; al dominio propio, añádanle constancia; a la constancia, añádanle servicio a Dios; al servicio a Dios añádanle afecto a sus hermanos en Cristo y a ese afecto, añádanle amor. Si todas estas cosas están presentes en su vida y aumentan, entonces no serán gente inútil y no habrán conocido en vano a nuestro Señor Jesucristo. Si a alguien le faltan estas cosas, entonces está tan corto de vista que está ciego y ha olvidado que sus pecados fueron perdonados. Así que hermanos, Dios los llamó y los eligió. Esfuércense por demostrarlo en su vida, y así nunca caerán, sino que recibirán una grandiosa bienvenida al reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (2 Pedro 1:5-11, PDT).

Dios cumplirá sus promesas, resta que hagamos nuestra parte. Los cristianos somos desafiados a pelear contra el pecado. El Señor pide que actuemos en conformidad con la naturaleza a la que hemos sido llamados a participar. Pedro explica que la naturaleza determina el apetito (el puerco quiere lodo, el perro comerá su vómito (2:22); pero, las ovejas buscarán pasto limpio). Así como la esencia de los animales, la condición humana se expresará en sus decisiones, la naturaleza caída buscará satisfacer sus apetitos de placer de forma indiscriminada, mientras que una naturaleza renovada tenderá hacia lo santo. Hay un principio determinante: la naturaleza de los seres determina su conducta, construye su medio ambiente y establece sus tipos de asociación. Un apetito santo y puro busca lo que agrada al Dios santo en un ambiente espiritual y nos asocia con los de nuestra naturaleza. Pero debemos comprender que la nueva naturaleza, que viene por medio del nuevo nacimiento, no es el final, es solo el principio. Una vida santa crece, conforme a su esencia. Esto solo puede ocurrir porque el mismo Señor da los medios de gracia para el crecimiento. Lo que opera de manera correcta llega a ser excelente.

La santificación de los salvos exige disciplina y determinación de por vida. Hay una serie de virtudes cristianas que se suman en el desarrollo: fe (confianza y obediencia), virtud (excelencia moral), conocimiento (relación personal con el Señor y de su voluntad), dominio propio (control de sus pasiones e impulsos), paciencia (resistir las pruebas, Santiago 1:2-8), piedad (glorificación de Dios), afecto fraternal (aprecio y cuidado de los cristianos, Hebreos 13:1) y amor (un compromiso abnegado que busca el más alto bien de la persona amada). Todas estas virtudes son como círculos concéntricos que van aumentando la madurez del creyente. Es también como una escalera donde un escalón lleva al siguiente, en un ascenso hacia la meta del carácter que Dios forja en sus hijos.

La Carta de Pedro nos indica que todo lo que el cristiano necesita para el presente y para el futuro viene de Jesucristo; el mismo que nos llamó, es quien nos dio las promesas para el futuro. Un futuro que está condicionado por el efecto que permitimos haga su Espíritu en nuestro carácter. Esto es, para que una persona participe en los bienes de la vida cristiana debe entrar en relación con Jesucristo, y llegar a ser su discípulo por fe en su sacrificio redentor y su resurrección de entre los muertos.

La entrada a esa relación es la conversión, no la asistencia al culto, ni la bendición del ministro, ni las oraciones de nuestra madre, ni la tradición religiosa de nuestra familia. Esta relación comienza con la iniciativa de Jesucristo, Pedro dice que Cristo nos llamó “por su gloria y excelencia”. Las primeras bendiciones que El Dios Proveedor otorga a su pueblo son para el presente. Esto debe ser valorado en razón de que, la vida cristiana no es solamente una promesa escatológica (para el final de los tiempos), sea personal (nuestra muerte) o universal (la venida del Señor); sino que sus dones comienzan en el presente, desde ya nos ha dado todo lo que se necesita para “la vida y la piedad».

Ser cristiano no es simplemente buscar a Dios por medio de Jesucristo para que Él provea para todas nuestras necesidades físicas, sino es dedicarse a Cristo en la vida moral. Es tener la actitud de obediencia que pone en primer lugar los asuntos de Dios. Es obedecerlo en la vida moral de tal manera que la conducta y las actitudes del cristiano sean un testimonio de la salvación de Dios y no una afrenta que lleve a los inconversos a dudar de la verdad del Evangelio.

El Evangelio implica determinación sobre el futuro del individuo. Pedro dice (1:2) que Cristo nos ha dado promesas, no vacías ni vanas sino valiosas y grandes. Pedro comienza su lucha contra el escepticismo escatológico en este verso al afirmar que el cristiano tiene un futuro seguro y grande. Estas promesas orientan al cristiano en su conducta en el presente (1:5) y le dan esperanza para un futuro escapando de la “corrupción” o la mortalidad, llegando a ser así “participante de la naturaleza divina” (1:4).

En los últimos años, mucha de la enseñanza sobre las “últimas cosas” que se escucha en los sermones es nada más que especulación. Por lo general no se relaciona la escatología bíblica con la ética cristiana en el tiempo presente. La enseñanza solo pretende satisfacer la curiosidad del creyente respecto a los tiempos y a los eventos de los últimos días, mas no se enfoca en la forma correcta de esperar el retorno del Señor.

Caminando a la luz de sus promesas

Pedro advierte la relación íntima entre el futuro y el presente. Los versos 3:11-12, que dicen: Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios; establecen la finitud de las cosas presentes y la certeza de la segunda venida de Cristo. La visión puesta en el futuro le da al cristiano la perspectiva necesaria para apreciar el valor de la vida santa y piadosa en el presente. En cambio, la persona que abandona la esperanza escatológica está en peligro de pensar que su conducta en el presente no tiene valor o importancia respecto a su destino eterno.

Además, la perspectiva escatológica que Pedro promueve es el antídoto para el pesimismo que piensa que la muerte acaba con todo. La muerte humana no tiene la última palabra porque el cristiano espera ser “participante de la naturaleza divina”, es decir, espera la resurrección cuando cambie su estado corruptible por el incorruptible, su mortalidad por la inmortalidad divina (1 Corintios 15:42, 50-58). Cristo es la respuesta al anhelo más profundo del ser humano, esto es, alcanzar vida eterna, la vida como la de Dios, sin corrupción ni amenazada por la muerte.

En los primeros versículos de la carta, Pedro presenta a Jesucristo como la respuesta completa a todas las necesidades del ser humano. En el presente, provee para las necesidades básicas de la vida natural y la existencia moral. Además, da promesa para el futuro que consiste en la victoria sobre la muerte. Esta existencia es temporal, este estado de cosas pasará, pero, hay una realidad nueva, incorruptible, que está viniendo. Pedro emplea un término mesiánico, la nueva creación consiste en “cielos nuevos y tierra nueva”. La promesa es que seremos revestidos de naturaleza incorruptible. Los cuerpos ya no envejecerán, ni estarán expuestos a las enfermedades, ni a la muerte y toda lágrima será borrada, la presencia plena del Padre y de Jesucristo llenarán todo en todas las cosas.

Si Cristo no regresara entonces toda la vida es un absurdo. Si no hay un Señor que haya vencido la muerte y que retornará a esta tierra con poder y gloria, entonces: “¡Comamos y bebamos que mañana moriremos!” Si no hay un Señor Soberano a quien demos cuentas, si no hay valores absolutos de dignidad, amor, verdad y justicia; si no hay juicio, no hay justicia para las víctimas; nunca habrá justicia para las niñas y los niños inocentes a los cuales se les arrebata con violencia la pureza de su corazón por las mentes perversas que encuentran en su camino. Si no hay juicio divino, entonces las lágrimas de las mujeres que son abusadas o secuestradas y obligadas a prostituirse nunca serán enjugadas, los desaparecidos serán olvidados del todo y su sangre habrá sido derramada en vano, como lo habría sido su misma existencia. ¿Es suficiente nuestro deseo para asegurarnos un bello mundo? ¿No, acaso, estamos atrapados en nuestro corazón engañoso? ¿Podemos como humanos conformar un mundo correcto? Sin Dios, jamás.

Vivimos en esta confianza: Las promesas del Señor son preciosas y plenas para quienes caminan con Él. No son fruto de la casualidad ni de la magia, son regalos para quienes permanecen en fidelidad.

El objetivo de nuestros estudios bíblicos, en armonía con la Palabra eterna, es conocer y comprender el mensaje de Dios, para que nuestras vidas sean cambiadas y nuestra personalidad sea conformada a Cristo. Estamos siendo transformados por la influencia de su poder y su gracia.

Nos quedamos con este sabio consejo: «Ser un auténtico cristiano tiene un alto costo: según las normas de la Biblia. Hay enemigos que vencer, batallas que librar, sacrificios que hacer, un Egipto que dejar atrás, un desierto que cruzar, una cruz que cargar y una carrera que correr. La conversión no se trata de poner al convertido en un cómodo sillón y llevarlo sentado al reino. Es el comienzo de una tremenda batalla, en la cual cuesta mucho obtener la victoria. ¡La vida espiritual que nada cuesta, nada vale! Un cristianismo barato, sin una cruz, probará ser al final, un cristianismo inútil, sin ninguna corona». JC Ryle

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Proclamando el evangelio

Proclamando el evangelio

Min. Antonio Ixcot Quiche

Por gracia y misericordia de Dios somos iglesia, es una de las experiencias más gratificantes para mi vida. Recuerdo que de adolescente viví la emoción de apoyar en la realización de actividades en una cancha de básquetbol de nuestro municipio. Dichas campañas eran dirigidas por el grupo juvenil de la iglesia local. Estas actividades atraían músicos de otros lugares, inclusive de otras congregaciones, con predicadores invitados. En consecuencia, despertaban en la iglesia en general una motivación tal, que la asistencia a los eventos ascendía. Nuestros vecinos y amigos, en un número considerable, asistían a las actividades en estas campañas juveniles, como se denominaban en aquel tiempo, las cuales duraban dos noches.

Como resultado de estas actividades, al pasar algunos años nuestro grupo juvenil llegó a experimentar tal crecimiento que sumamos más de cien jóvenes. Aquello despertó interés en el pastorado de ese entonces; de allí en adelante se iniciaron las campañas evangelísticas a nivel de iglesia en general. Comenzamos con tres noches consecutivas, pero luego se pensaba en todo el esfuerzo y recursos que se invertían para tres noches, y que esto pudiese aprovecharse mejor si fuese por una semana. Entonces se pasó a una semana de campañas evangelísticas. Y desde hace aproximadamente doce años atrás las celebramos, para honra y gloria de Dios, durante dos semanas.

Hasta aquí ha sido una gran bendición celebrarlas sin importar el esfuerzo, dedicación y sacrificio; el cual es compensado con las diferentes formas en que nos ha bendecido el Señor, en diversas áreas como iglesia.

Todos los recursos que se utilizan son el resultado de ofrendas y aportaciones que llegan a un comité de recaudación local, el cual se crea solo para dicha actividad. Se organizan comisiones para la realización de todo el evento, se procura tomar en cuenta a toda la iglesia en general. Varias de estas comisiones trabajan meses antes del evento. Todo esto ha traído edificación, se fortalecen las relaciones, los nuevos oyentes se integran en comisiones y al ver ofrendar y trabajar a otros anima en nosotros ese deseo de servir. La temática de las dos semanas se enfoca en tres áreas: temas de evangelización donde proclamamos a Cristo, temas que invitan a una vida cristiana y en la finalización de cada tema se realiza un llamado al arrepentimiento.

Estos eventos hacen que algunos que habían dejado de asistir se sientan motivados a retomar el camino, ya que dichas actividades se realizan en un lugar público. Esto hace que a los invitados se les facilite la participación, ya que no es lo mismo atender una invitación al templo. Hemos tenido la dicha de ver llegar a familias casi completas asistir a las noches de campañas. Nos gozamos al ver que en las últimas noches algunos de los invitados ya nos saluden con “paz”, el saludo que nos distingue también como iglesia. Se toma nota de los invitados que asisten cada noche para darle seguimiento. Nos alegramos de recibirlos y que juntos nos gocemos en actividades donde experimentamos una bendición especial de Dios sobre nuestras vidas como iglesia.

Una de las actividades previas a celebrar las campañas, son tareas evangelísticas, en las que, desde hace unos años atrás, tenemos la bendición de hacer que toda la congregación salga a las calles a predicar y tocar puertas para invitar. Para ellos se hacen pequeños grupos donde se integra a bautizados acompañados de oyentes, jóvenes y niños, que tienen asignado previamente una manzana del municipio, un área o un camino vecinal para evangelizar. Toda esta distribución se trabaja y se da a conocer a la iglesia con anticipación y se postean en un muro para informarles a todos. También, antes de ese día, hacemos un repaso sobre los métodos, formas y recomendaciones para compartir el Evangelio, pero también les indicamos que compartan la invitación como se sientan más cómodos, que los métodos son una guía y que Dios a través de su Espíritu puede hacernos evangelizar como Él quiera. Esto da la posibilidad que lo hagan de manera libre y muchos que dominan el idioma nativo, el kiché, también lo usen, pues algunas veces esto genera mayor confianza. Estas “evangelizaciones masivas” –como las denominamos– las realizamos tres veces al año. Y estos últimos nos hemos esforzado para no llevarlas a cabo en sábado, sino en otro día. Hemos obtenido una respuesta positiva por parte de un 85% de la iglesia aproximadamente. Aparte, se comparten invitaciones escritas y se publican en las diferentes plataformas de las redes sociales. Procuramos hacer presencia para que la comunidad a la que pertenecemos se informe de las campañas y nos acompañen de forma presencial o de manera virtual.

Hoy, somos una iglesia a la que Dios le ha regalado un crecimiento tal que contamos con nueve misiones, una de ellas ya fue ascendida a estatus de iglesia, y ahora ya tenemos algunas más que han crecido y están cerca de ser nombradas iglesias también. Dios se ha manifestado de muchas maneras dándonos el fruto del trabajo de su iglesia, el mayor número de bautizados que hemos tenido en un año como congregación es de 72 personas.

Que la iglesia sea una que predique a Cristo, que sea proclamadora de la salvación que hay en Jesús, no ha sido fácil y, aún más, que la iglesia casi en su totalidad salga a las calles a evangelizar. Se experimentan miedos y estos nos pueden detener, por otro lado, la iglesia no se moverá de manera natural a predicar, necesitamos enseñarla y motivarla. Ya lo dice la Palabra: ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! (Romanos 10:15).

Durante años, intentamos de varias maneras motivar a la iglesia a que saliera a compartir el Evangelio, sin lograr ningún resultado; sin embargo, lo que ayudó fue el poder de la Palabra. Hubo un año donde predicamos por lo menos un sermón al mes, en sábado, haciendo conciencia de nuestra responsabilidad evangelizadora; procuramos aplicar las formas sencillas en las que se pueda compartir el Evangelio de Cristo. Tratamos de motivarlos mediante el testimonio de nuestros hermanos y los resultados que se obtenían.

Recuerdo que un sábado, en la puerta del templo, donde me he quedado atrás algunas veces para intentar saludar a la mayoría cuando van llegando, vi a una hermana llegar con una invitada al servicio de culto. El próximo sábado, la invitada llegó nuevamente, pero ahora no estaba acompañada de la hermana quien la llevó por vez primera, sino ahora de una persona a la que ella misma había invitado; dicha hermana solo tenía un sábado como experiencia en nuestra congregación, pero al siguiente sábado ya había hecho una labor evangelística llevando consigo a otra persona al servicio de culto. Y me pregunté: ¿qué método evangelístico utilizó? ¿Qué le dijo a esta persona para llevarla a la iglesia? ¿Cuántas capacitaciones ha recibido sobre cómo evangelizar? Sucede que, cuando la experiencia con el Evangelio llega a nuestro corazón, no podemos callar lo hermoso que es. Nos pasa como a los discípulos que dijeron: porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (Hechos 4:20). Entonces, no se trata de métodos solamente, sino de testimonios para hacer que otros deseen también vivir y disfrutar lo que vivimos por la gracia de Dios.

Compartir el Evangelio es una de las tareas más edificantes que como iglesia tenemos que realizar. Esta labor no se hace solo desde los púlpitos, tampoco debe ser responsabilidad de unos pocos dentro de la congregación delegado a un grupo o a quienes tienen el don de evangelizar, y no debe estar limitado por nuestros métodos. Lo mejor es hacerlo de manera vivencial. Que nuestra evangelización se base en compartir nuestro tiempo, recursos y mesa. Que las personas no solo disfruten de la Palabra en nuestros eventos, sino a través de nuestra amistad y sincero interés. Debemos procurar que se sientan bien y disfruten nuestra compañía, visibilizándolos dentro de nuestras actividades, compartiendo la comida, conversando y riendo con ellos. Son de las cosas que más efecto tienen para mostrar el amor de Dios hacia los demás, como lo dijo Jesús: Yo les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y yo en ellos (Juan 17:26).

En una ocasión algunos administradores de la iglesia nos cuestionaban por qué gastábamos muchos recursos en las actividades evangelísticas, específicamente en las celebraciones de las campañas. Nos hicieron ver que estos recursos podrían utilizarse en la compra de terrenos o mejorar la infraestructura del templo, para ese tiempo se invertían aproximadamente cincuenta mil quetzales (son más de $100,000 pesos mexicanos). Ante esto, decidimos no celebrar las campañas ese año y lo informamos a la iglesia. Esta guardó silencio sujeta a nuestra decisión, pero al transcurrir los meses ya se empezaban a oír comentarios de que deberíamos realizar las campañas. Lo que terminó por hacernos cambiar de parecer fue que las personas ajenas a la iglesia, vecinos de nuestro municipio, empezaron a abordarnos y nos preguntaban: “¿cuándo y dónde se llevarán a cabo las campañas?, porque no hemos escuchado ningún anuncio o publicidad del evento”. Esto nos hizo reflexionar, pues nos sentíamos mal de responderles que ese año no se realizarían, y nos dimos cuenta de que era necesario realizarlas. A tan solo un mes de la fecha que normalmente las celebramos, nos movimos y recaudamos lo indispensable, no tuvimos expositores invitados, pero las realizamos y hubo resultados sorprendentes. Una vez más nos dimos cuenta de nuestro papel como iglesia y que por ningún motivo deberíamos de callar para proclamar el reino de Dios.

He comprendido que, como líderes ante una congregación, nos vemos tentados a optar por los caminos más cómodos. Tratar de guiar a la iglesia en el cumplimiento de la tarea de predicar a Jesús no es fácil, pues nos expone a situaciones incómodas como la negativa de la iglesia, que por lo regular no desea salir de la comodidad del templo. Cuántos líderes no han logrado llevar a cabo actividades de evangelización, han acabado agotados, frustrados y terminan conformándose con que haya algunos pocos, que, si lo hicieran, se piensa que eso podría ser suficiente.

La tarea de la evangelización también trae salud a nuestras congregaciones, nos exige compromiso, nos enseña a dar nuestro tiempo y recursos, nos obliga a responder dudas, los que nos ha llevado a interesarnos a estudiar a sentir el deseo de aprender para poder compartir de una mejor forma el Evangelio, nos hace vivir la alegría de ver como Dios trae a personas para hacerlas parte de su iglesia, somos fortalecidos al ver cómo el poder del Espíritu Santo obra cambiando vidas. Evangelizar es un ministerio lleno de bendición.

Este año, en la iglesia, habilitamos una clínica de consultas médicas y un pequeño dispensario de medicinas que busca ofrecer servicios gratuitos, pues comprendemos que no basta con hablar de Cristo, también estamos desafiados a vivir sus enseñanzas. Esperamos que este proyecto crezca para bendición de nuestra comunidad y familias necesitadas, que a la vez tengamos más áreas de servicio donde la iglesia pueda ejercer sus dones, profesiones y deseos de servir. Por el momento contamos con ocho médicos en la congregación, dispuestos a apoyarnos. Estamos atendiendo dos jornadas por mes, creemos que como iglesia somos sal de esta tierra y no quisiéramos perder nuestro sabor. Que en nuestras prioridades como iglesia esté el predicar de Cristo siempre. Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo (Hechos 5:32).

* El Min. Antonio Ixcot es pastor dedicado de la Iglesia de Dios en San Sebastián, Retalhuleu, Guatemala, Centroamérica.

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Nosotras también anunciamos

Nosotras también anunciamos

Por: Jocheved Martínez

Tú, Dios mío, hablaste, y miles de mujeres dieron la noticia (Salmos 68:11, TLA).

Deseo iniciar esta reflexión, enviando un especial reconocimiento a las mujeres de la Iglesia por su gran fe y perseverancia; a las que se acaban de bautizar, a quienes han permanecido fieles y firmes en medio de enfermedades y crisis, a las que honran al Señor, atendiendo amorosamente a su familia, a las mayores que con su sabiduría siguen brindando consejos. A las líderes que con todo el corazón se paran al frente para guiar y animar. A las mujeres que, habiendo recibido el llamado de Dios y fortalecidas por su Espíritu Santo, reflexionan en la Palabra y anuncian el mensaje.

La pandemia que vivimos años atrás fue el detonante para que muchas despertaran sus dones y los ejercieran. Por ejemplo, en el 2020 y debido a la contingencia sanitaria, con el programa La iglesia en casa, muchas mujeres se vieron en la necesidad de desempeñarse como guías espirituales en su hogar. En esa misma época y para mantener la comunión con el cuerpo de Cristo, se establecieron los cultos en línea, donde también dirigieron las reuniones, participaron con alabanzas, oraciones y expusieron mensajes bíblicos. De hecho, en la actualidad, en las redes sociales, siguen operando, con gran bendición, diversos programas donde ellas comparten la Palabra de Dios.

En una capacitación a mujeres líderes en el norte del país, se habló de la necesidad de prepararse de manera sistemática en las ciencias bíblicas y se mencionaron espacios de formación como los que ofrece el SEM para adquirir un desarrollo bíblico-teológico adecuado. Al finalizar una hermana comentó: “Yo pensé que las hermanas solamente habíamos sido llamadas para hacer tamales” ¡Sí, podemos hacer tamales y más obras para colaborar en la construcción de los templos! pero si se ha recibido el don de la predicación u otros dones, ¡hay que ejercerlos!

Los dones espirituales que Dios da a la iglesia para su edificación, ¿son exclusivamente para los hombres?

El ministerio de la mujer no es un derecho que se busque, tampoco una obligación que se otorgue, sino una manifestación de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10). No es un fin, sino el cumplimiento de un llamado divino. La función de la mujer en los ministerios de la iglesia sigue siendo un asunto de gran interés. En este tema tan trascendental, nuestro punto de partida es la Biblia con su mensaje pertinente, vivo y eficaz.

En el Nuevo Testamento vemos a Jesús durante su ministerio, alentando la vida de las mujeres; entabla una relación amistosa con Martha y María; sana a una endemoniada, María Magdalena; se deja interpelar por una extranjera; se conmueve ante la viuda que lleva a enterrar a su hijo; expone temas de profundidad teológica con una samaritana… y ella como fruto de su encuentro, es impulsada a cumplir un rol misionero en su comunidad. Existen más ejemplos de cómo Jesús dignifica a la mujer y la equipa para compartir el mensaje de salvación.

Una profetiza, una predicadora

En el Antiguo Testamento encontramos a Hulda, una profetiza que es mencionada en 2 Reyes 22:14-20 y 2 Crónicas 34:22-28. Vivió en Jerusalén, aproximadamente en el año 640 a.C., bajo el reinado de Josías, fue contemporánea de profetas como Jeremías y Sofonías. En ese tiempo, el rey envía algunos colaboradores al templo de Dios y allí encuentran una copia del libro de la Ley. Lo toman y lo leen ante Josías, y al escucharlo, rasga sus vestiduras en señal de tristeza y dolor porque el pueblo había desobedecido a Dios, y ahora sufrirían las consecuencias de su alejamiento.

El rey reconoce y honra el ministerio profético de Hulda al consultarle la voluntad del Señor. Ella cumple su función, interpreta fielmente el designio divino y no duda en advertir sobre el duro castigo. Josías entiende el mensaje y realiza de inmediato acciones pertinentes para acatar la voluntad de Dios y llamar al pueblo a la obediencia.

La profecía o predicación es un don

La profecía o predicación es un don, un regalo de Dios y Él, lo reparte a quien quiere. No tiene que ver con edad, sexo, condición social o nivel intelectual. Es la interpretación de la voluntad divina en circunstancias concretas de un pueblo. Genera esperanza, y su significado permite que sea interpretado desde nuevas realidades. Tiene que ver con evidenciar el pecado y llamar al arrepentimiento. La profecía es una palabra que se menciona en el presente, pero sigue siendo de inspiración para generaciones venideras. La denuncia, solución y esperanza es el camino de quienes ejercen esta actividad espiritual.

Las Huldas de hoy

¿A cuántas ha llamado Dios en este tiempo? Aunque había más profetas, Josías llama a Hulda por su reputación y credibilidad. Ella le da un mensaje claro y directo. Dios hoy sigue llamando Huldas. Mujeres con un testimonio de fe que prediquen la Palabra con denuedo y pasión.

¿Pueden realizar dentro de las disciplinas de las ciencias bíblicas una interpretación del texto sagrado? Las mujeres que interpretan el texto bíblico desafían las explicaciones tradicionales, impulsan un nuevo acercamiento hacia la Biblia, donde hombres y mujeres son tratados con la dignidad otorgada por Dios. Desde la visión que el Señor les presenta, aportan sabiduría y enseñanza, liberan la Palabra y el potencial que tiene, ofrecen nuevas ideas que enriquecen el conocimiento teológico. Promueven un diálogo para erradicar la discriminación donde “nadie debe ser excluido”.

¿Qué impacto ha tenido la interpretación bíblica realizada por mujeres? Las mujeres que se han preparado bíblica y teológicamente han encontrado textos liberadores para las personas oprimidas y marginadas. Como grupo menos favorecido, han vivido en carne propia el menosprecio y a través del evangelio han sabido experimentar la plenitud en sus vidas.

¿Pueden enriquecer el conocimiento teológico desde su perspectiva femenina? Claro que sí. Las predicadoras visibilizan a las mujeres, redescubren la posición que tuvieron en el movimiento de Jesús. Dan voz a enfermas como la desahuciada con flujo de sangre que toca el manto del Maestro; a la cananea, quien pasa de la súplica al reclamo, con tal de conseguir la salud para su hija; a la viuda de Naín, que le resucita a su único hijo. Recrean el tierno abrazo que se dan María y Elizabeth embarazadas, en la zona montañosa de Judá, y experimentan la sublime y sinigual emoción de María Magdalena al ver a Jesús resucitado.

¿Pueden promover mejores espacios para ellas dentro de la Iglesia? Sí, la reflexión bíblico-teológica ha impulsado la dignificación de las mujeres y de personas excluidas. Han ubicado en su contexto algunos textos que tradicionalmente habían sido usados para silenciar la voz de las mujeres. Tienen el compromiso de generar una vida digna para ellas y para todos. Buscan superar la dominación y deshumanización de la mitad del género humano.

Consideraciones finales

La interpretación del texto bíblico realizado por mujeres que tienen el don:

1. Bendice a quien la realiza y bendice a quien la recibe. La iglesia valida la acción.

2. El texto revelado es liberador y genera un encuentro de Dios con las mujeres.

3. Visibiliza a la mujer, le da voz y acción, identidad y propósito.

4. Resalta aspectos que a simple vista no se ven, como la misión de las mujeres.

5. Favorece la comprensión, la fe y la inclusión de las mujeres en la vida de la iglesia.

6. Desarrolla una pastoral para atender las necesidades específicas de las mujeres, promoviendo su bienestar completo.

Impulsemos la labor teológica de las mujeres. Estaremos bendiciendo a toda nuestra iglesia.

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EL DESAFÍO DE LA DESCONEXIÓN ECLESIAL

El desafío de la desconexión eclesial

Min. Josué Ramírez de Jesús

En los últimos años hemos experimentado un éxodo de miembros que han abandonado la iglesia, esto representa un enorme desafío para poder ser eficientes en la misión encomendada por el Señor. En la sociedad actual, muchos se encuentran desencantados con la institución eclesiástica. La desilusión con la iglesia puede surgir por diversas razones: hipocresía, escándalos, doctrinas controversiales o simplemente por una falta de conexión espiritual.

Ante este escenario, un peligro que enfrentamos es el dejar de ser pertinentes, perder el interés por las personas y alejarnos de su realidad social. Es cierto, la Iglesia ha cometido errores y ha fallado en cumplir su llamado a reflejar el amor de Cristo. Sin embargo, aún hay esperanza encontrada en la gracia y el amor de Dios, pues, la verdadera fe no está arraigada en las acciones de la iglesia, sino en la relación con Dios. Incluso cuando la institución falla, la presencia y el amor de Dios permanecen inquebrantables.

Una investigación del grupo de George Barna analizó la valoración de cristianos estadounidenses con las iglesias a las que asisten o a las que conviven, y descubrió que: «Incluso algunos miembros comprometidos de la iglesia sienten que están pasados de moda; el porcentaje de practicantes cristianos milenialls que están de acuerdo en que la Iglesia es irrelevante hoy es el mismo que el de no cristianos que sostienen este punto de vista (25%)».1

Aunque el estudio está dirigido a cristianos de Estados Unidos, esta realidad no es muy diferente de lo que nosotros vivimos, personas dentro y fuera de la iglesia la consideran irrelevante. Por este motivo, algunos miembros han comenzado a romper con la comunidad de fe que heredaron de sus padres, otros han comenzado a ir tras las grandes denominaciones, que tienen ministerios “exitosos” y movilizan a gran cantidad de personas con cultos vistosos y deslumbrantes, donde el pastor es visto como una celebridad o showman, en otras palabras, la llamada “cultura de la plataforma”; a la que pocos pueden acceder.

Las tendencias actuales no nos deben dejar impávidos, la iglesia ha sido llamada a ser portadora de Buenas Noticias, en palabras de Hebreos 12:15 a cuidarnos unos a otros, para que nadie deje de recibir la gracia de Dios. Hoy, la realidad que enfrentamos nos recuerda enormemente nuestros fallos y nosotros debemos reconocerlos con humildad. Sin embargo, no tenemos por qué vivir en el temor.

Es tiempo de despertar del letargo y trabajar porque las próximas generaciones encuentren un lugar y nos superen en fruto y extensión del Reino de Dios. Cada uno de nosotros debe hacer la parte que nos corresponde, amando a los demás como Dios nos ama a nosotros.

No podemos negar los cambios, cerrar los ojos, resistirnos. Los cambios han sido parte del cristianismo desde su origen. No somos mejores ni peores, solo tenemos desafíos diferentes.

¿Qué cambios se están gestando dentro del mundo cristiano hoy en día? Déjeme contarle:

Todos conocemos a hermanos y hermanas que ya no están en la iglesia que los vio crecer. Con algunas excepciones la mayoría está en contacto con alguna comunidad eclesial, algunos como asistentes ocasionales, otros como líderes.

Actualmente, en el mundo evangélico está surgiendo una categoría de los llamados ‘deseclesiados’, ‘desiglesiados’ o aquellos que se desvinculan o desconectan de la Iglesia. Mayormente se da en la relación jóvenes e iglesia, pero también puede incluir a personas de todas las edades.

Este fenómeno, puede ser una invitación a redescubrir el verdadero significado del Evangelio. Jesús criticó frecuentemente a los líderes religiosos de su tiempo por su hipocresía y falta de compasión hacia los marginados. En lugar de seguir ciegamente las normas religiosas, Jesús nos llamó a amar a Dios con todo nuestro ser y a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. La verdadera fe no se trata de cumplir con un conjunto de reglas, sino de vivir en amor y gracia.

Tradicionalmente, la vida de la iglesia ha sido bastante ‘eclesiocéntrica’ y ‘cultocéntrica’; muchas de las terminologías usadas: ser fiel, estar apartado, etc., están relacionados con que la persona vaya o no al culto, es más, a veces ni siquiera preocupándonos en qué condiciones llega, pero lo importante está en llegar. A veces nos interesa que estén ahí, aunque no hagan nada pero que estén ahí, y que lleguen a la iglesia, es una cuestión de repetir prácticas y construir hábitos.

El ‘templocentrismo’ hace sentir que los que no asisten están mal, que están ‘deseclesiados’. La pregunta es si esto es así desde el punto de vista teológico neotestamentario, y saber si también la iglesia debería ‘deseclesiarse’ de sí misma.

Muchos estamos acostumbrados, tan normalizados a años de prácticas con relación a la iglesia y se nos hace mucho más difícil cambiar. Cuando se analiza a los ‘deseclesiados’ observamos que algunos han encontrado la fidelidad yéndose de las iglesias locales, ellos la encuentran fuera porque dentro solo han encontrado traiciones al mensaje de Jesús, traiciones entre algunos miembros, pero también el riesgo de traicionarse a sí mismos de las convicciones que tienen por las presiones de una iglesia ‘eclesiocéntrica’.

¿Cómo se manifiestan estas presiones? “Hermanito, por qué no vino el sábado”, “los jóvenes cristianos no se visten así”, “las mujeres de Dios se visten de tal manera”, entre otras; básicamente se trata de ciertas estructuras que están ahí implantadas. Los espacios de reunión se convierten en espacios de alienación de la realidad, luego entonces, hay personas que ya no los quieren porque ese adoctrinamiento no corresponde con lo que vive el resto de la sociedad.

Hay muchas personas, jóvenes y adultos, que encuentran que salir de la iglesia es un evento liberador. Y la iglesia está a décadas atrás en ciertas posiciones y posturas, no porque no haya tomado una postura sino porque no se permite hablar de esos temas. Entonces, toman distancia porque han entendido que la única forma de ser fiel a Dios es ‘deseclesiarse’, despojarse de esa forma de ser iglesia.

Además, estamos en una época postcristiana, la presencia y relevancia de la Iglesia es muy diferente a lo que era medio siglo atrás. No es que las personas se vayan de la iglesia, sino que salen de ese tipo de estructuras buscando nuevas formas de ser comunidad posiblemente en otras iglesias o tipo de movimientos.

La desconexión eclesial puede ser una experiencia dolorosa y desorientadora, pero, en el entendimiento de muchos de los que se van, también puede ser una oportunidad para un crecimiento espiritual más profundo. Donde a través de la gracia de Dios, pueden encontrar esperanza y renovación incluso en medio de la desilusión religiosa.

El desafío que tenemos como iglesia es grande. Nuestro enfoque tiene que centrarse en las personas, en su relación con Dios y en vivir de acuerdo con los principios del evangelio, la iglesia está llamada a ser el signo visible de Dios más allá de las paredes de cualquier templo.

No solo las nuevas generaciones están en juego, todas las generaciones lo están. Tenemos que preguntarnos cuál es la motivación de alcanzarlos, queremos hacer discípulos de ellos, queremos decir que tenemos una iglesia llena, o tenemos interés en las situaciones que están pasando y los problemas que están enfrentando.

Algunos aspectos que debemos tener en cuenta si queremos alcanzar a quienes se han desconectados de las comunidades eclesiales, son los siguientes:

1. Ir a donde están

No solo debemos acondicionar los espacios del templo para recibir a las personas que invitemos. Nuestra forma de alcanzarlos no se puede reducir a eso, nosotros tenemos que hacer presencia en sus espacios. Si nos fijamos en la historia de la iglesia en los primeros trescientos años, los discípulos de los primeros discípulos que caminaron con Jesús seguían su mismo patrón de misión. ¿Cuál era? Ir donde estaba la gente, y hacer iglesia donde las personas se encontraban. Un caso muy particular lo vemos en la historia de Pedro y Cornelio en Hechos 10.

2. Usar sus medios

Tenemos también que usar sus medios, las redes sociales son los espacios que los jóvenes usan, cada cierto tiempo hay una red social que desplaza a otra red social. Es el medio donde se mueven. Tenemos que ser estudiosos de los medios en los que podemos alcanzar a las diferentes personas y generaciones. Hoy, todavía muchos se enojan y prohíben que los jóvenes tengan redes sociales o usen Biblia en el celular.

3. Usar su lenguaje

El lenguaje tiene que ser sencillo, real e importante. Debemos hablarles y comunicar lo que queremos de forma que podemos conectar con ellos. Ser reales, francos, desde el corazón.

Una de las críticas que tenemos de los estudios bíblicos o de los sermones, es que son como puentes rotos. Lo que sucede es que construimos puentes que no conectan. Hablamos de lo magnífico que hay del otro lado, cuando deberíamos llegar al otro lado. Sin embargo, no cruzamos porque los puentes están rotos, no hay una aplicación con la vida real, y si vemos en las Escrituras el mensaje de Jesús es sencillo, es objetivo, son cosas que se tocan: un arado, perlas, cerdos, una moneda, un padre. Son cosas de la vida real que conectan con el amor de Dios, pero también con la vida cotidiana de las personas.

4. Escuchar sus preguntas

Aquí empieza la parte de pastoral, nosotros estamos respondiendo preguntas que nadie está haciendo, nosotros hablamos de los temas que nos importa a nosotros, estamos haciendo apologética, sin pensar cuáles son los temas que les importan a los demás. No se puede responder, si antes no escuchamos. Como no escuchamos, difícilmente estamos respondiendo.

6. Dejar que contribuyan

Que tomen el lugar que el Señor ya les ha dado por gracia. Muchos se van porque no encuentran en la iglesia un espacio para desarrollar sus dones, algunos sienten que su palabra no es valorada. El discipulado es un medio para que todos contribuyan. No debemos descuidar a los miembros que tenemos pensando que es su obligación estar en los templos. Hay mucha vida fuera de las cuatro paredes y todos pueden contribuir a la expansión y vivencia del Reino.

7. Mucho amor

No dejemos que nuestras tradiciones y nuestras costumbres de invitar a gente a nuestros espacios nos impida alcanzar a las personas, debemos estar con ellos, caminar con ellos, pastorearlos, discipularlos, mentorearlos y sobre todo amarlos.

Que Dios nos dé la sabiduría para enfrentar los desafíos que la época nos presenta.

Referencias bibliográficas:

1 Estudio Barna: “En EUUU se ve la fe cristiana relevante, pero no la iglesia” – Evangélico Digital

Trueman, Carl R. El origen y el triunfo del ego moderno (Spanish Edition). B&H Publishing Group.

Kinnaman, David. Me perdieron (Especialidades Juveniles) (Spanish Edition). Vida.

Kinnaman, David, Lyons, Good Faith: Being a Christian When Society Thinks You’re Irrelevant and Extreme.

Tickle, Phyllis. Emergence Christianity . Baker Publishing Group.

How Pastors & Non-Christians See the Church’s Role – Barna Group.

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